Cómo me encamé con mi psicólogo





Una experiencia de: Marianito –
yorsitoblanco@yahoo.com.ar
con fotos de: Horacio –
calzoncillosquearden@gmail.com

Me llamó Germán y les tengo que decir que yo guardaba un secreto terrible en mi existencia. Y les cuento entonces la historia de cómo ese secreto una vez dejó de serlo, y pasó a ser la felicidad más excitante y loca de mi vida.
Todo comienza con la historia de mi debut sexual. Debuté a una edad muy temprana, concretamente a los 14 años. Por ahora prefiero decirle solamente “Él” al que me usó por primera vez el culo. Supongo que cuando les cuente mejor, Uds. van a pensar que debe haber sido terriblemente traumático. Pero la verdad que no, que no tanto. Seré terriblemente puto y degenerado, pero la verdad es que me gustó muchísimo. No fue la manera convencional, fue una relación de las que nadie podría hablar sin vergüenza y sin escándalo. Pero a mí me gustó muchísimo sentirlo a Él en mi culo, sentir que le estaba dando el culo y que él me lo re cogía y lo usaba a su antojo. Yo quería ser su puta. Él quería ser Mi Macho. Yo quería ser su mascota sexual, que él me usara a su total antojo y capricho, quería servirlo, darle placer, porque así Él me daba placer a mí y yo me sentía terriblemente, totalmente puto, que es como me gusta sentirme. Él quería tener a su putito a su total disposición, que lo complaciera y le satisfaciera sus más bajos instintos de varón, sus gustos más depravados. Así que nos llevamos bárbaro. No había problema, salvo algunos pocos inconvenientes en mi casa que teníamos que cuidar, digamos, cubrir las apariencias. Pero eso lo aprendimos juntos, y fue fácil.
El problema igual que quiero contarles empezó en realidad un poco más tarde. Digamos, a los 17, 18 años. La cosa es así: Yo me miraba al espejo, y sentía y podía descubrir lo que en realidad yo era. Un putito terriblemente hermoso. Perdonen lo que considerarán una falta de modestia, pero si me ven me lo concederían. Yo estaba crecidito, y era un pendejo lindo y estaba buenísimamente fuerte. Tenía las piernas totalmente bien desarrolladas, musculosas, fuertes, velludas; un muy buen bulto; una jeta agradable pero por sobre todo bien masculina, con labios carnosos y un gesto de mucha sensualidad (porque básicamente así me sentía, siempre tenía una fenomenal hambre sexual de más y más machos, más y más verga, más y más guasca); pero creo que lo mejor que tenía —y tengo— es el lomo y el culo. Será que siempre hice mucho deporte, sobre todo mucho rugby y mucho fútbol. Pero lo cierto es que —además de que cuando me ponía shortcitos todo los machos a mi alrededor empezaban a sudar y a endurecer sus porongas de tan sólo mirarme— yo sabía realmente cómo ser un tipo bien machito… pero al que nadie dudaría en calificar de PUTO. Y al que todos querían culearse. Yo siempre sabía muy bien mover el culo. Es lo mejor que tengo. Sé además que con la cara, el gesto, el tipo de físico que tengo —insisto, sobre todo por el lomo y las gambas— no parezco para nada afeminado. Simplemente soy un machito muy lindo y muy puto al que todo macho en celo querría culearse.
Pero a medida que fui creciendo y transformándose en un lindo machito puto, Él —Mi Macho— empezó a ponerse terriblemente desconfiado, celoso y posesivo. Apenas me veía que yo iba a salir de casa y que me ponía los shortcitos de rugby para irme a entrenar, se venía como un loco encima mío. Y empezaba a manosearme fuerte, a llenarme la boca de besos, a pasarme las manos por el culo por dentro del short, hasta que me lo bajaba y loco de pasión y de calentura terminaba babeándome, chupándome todo y, finalmente, garchándome. Y obvio que a mí me encantaba. Pero yo era pibe, tenía que ir al colegio o a entrenar… Y, si bien obviamente me dejaba culear porque Él me ponía terriblemente al palo, yo de a poco fui empezando a salir cada vez menos. Casi no podía tener amigos. Y a los entrenamientos los perdía casi todos, motivo por el cual cada vez rendía menos.
Igual en el colegio y en el campo de deporte, sabían lo que me pasaba. Y si no lo sabían, peor, se lo imaginaban. Entonces no decían nada, ponían cara de cualquier cosa. Pero el triste resultado fue que cada vez se me acercaban menos pibes, no me invitaban a salir a ningún lado —ni siquiera pude ir al viaje de egresados— y el entrenador me solicitaba cada vez menos. Francamente, y sin exagerar, les digo que me traumé. Cuando Él ya me había garchado y me había regado el ano de guasca y me había usado bien como su putita, Él medio como que se daba cuenta porque después andaba cabizbajo, medio como culpable. Y quería arreglarme, compensarme haciéndome regalos, llevándome a comer, al cine, comprándome pilas de CDs, etc.
Pero obvio que no era lo mismo. Yo no tenía una vida normal de un pibe de mi edad. Y fuera de él, ningún otro machito me había cogido. Y ganas a mí no me faltaban, aunque mi pasión y mi locura era Él. Sólo de Él yo me había enamorado, sólo por Él yo era puto. Pero ganas tampoco me faltaban de que me usara otro machito. O, por lo menos, de ir a los bailes o de entrenar como un pibe normal de mi edad. Y todo el mundo sospechaba o sabía que era por Él. Que yo era su pertenencia, su mascota sexual, su putito privado y clandestino. Y que mientras yo siguiera siendo el Puto de mi Macho, Él no iba a permitir que nadie se me arrimase.
Con las minas no había problema, porque ellas ya sabían que yo era puto. Y ni falta hacían las palabras. Simplemente, ni se me acercaban. Es que vivo en un pequeño pueblo de provincia y ahí todo el mundo sabe de todo el mundo. Igual Él y yo no nos podemos quejar, porque hasta dentro de la familia respetaban nuestro pacto, y hacían como que no sabían nada y disimulaban. Y creo que en todo el pueblo pasaba lo mismo.
Mi problema no era que todo el mundo en el pueblo, sobre todo todos los varones, supieran que yo era puto. Al contrario. Me encantaba. ¡Si yo quería ser el puto de todos los machos del pueblo! El problema, por el contrario, era que Él no los iba a dejar usarme. Y yo quería ser, primero, el puto de Él. Pero, después —con su permiso, por supuesto—, libremente, ser el puto de todos. Mi culo necesitaba guasca de todos, de la mayor cantidad de machos posibles. Si ustedes vieran este culo… No solamente es bellísimo. Es algo peor (o mejor). Es adicto a los machos. A la poronga. A la guasca.
Un día me pasó algo muy especial con un tipo que me gusta muchísimo. Y así van a entender por qué tomé la decisión que tomé, digo, la de ir finalmente al psicólogo.
Fue con mi entrenador de rugby, que se llamaba Héctor. Todavía recuerdo la tarde en que vino a verme al vestuario después de un entrenamiento de rugby en el que yo estuve peor que nunca. Yo ni imaginaba que Héctor iba a venir a hablarme. Yo estaba en el vestuario como siempre, traumado, lleno de muchachos en pelotas, con un olor a macho que me hacía palpitar el culo. Y estuve demorándome, a propósito, largo tiempo, totalmente en bolas. Me había sacado el short y el slip y hacía como que no sabía qué hacer, poniendo cara de putito desorientado. Y sin disimular para nada el tremendo pedazo de erección que tenía por tanto olor a machos en pelotas, jóvenes, fuertes, sudados, con sus cuerpos intactos llenos de guasca por tirar…
Y, sin embargo, nadie quería ni tocarme ni mirarme. Estaba así, en pelotas, con el short de rugby y el slip en la mano, mirando a todos, un poco como boludito pero en gran parte, desafiante y como provocando. Al rato todos me miraban con sus porongas al palo, y nadie dijo una palabra. Todos miraban expectantes, sin saber qué hacer. Yo entré a mover el culo como sin intención, pero con toda la intención de que se sirvieran y me lo usaran a su antojo, antojo de machos en celo. Lo miré a uno en particular y mirándolo de frente a los ojos, le espeté:
—¿Te gusta, no? ¿Te gustaría hacerte este culo, no? Y vos también me gustás a mí, machito…
Algunos se rieron, Sebastián —que era el pibe este— medio como que se cagó en las patas y de repente perdió todo su atractivo para mí, porque de repente vi todo lo boludo y cobarde que puede ser un (pseudo) hombre. Al rato, yo seguía con mi short y mi slip en la mano, con el culo totalmente al aire y la pija al palo, y todos mirándome y riéndose, como si así pudieran disimular que estaban todos al palo y que querían cogerme y no se animaban. Me agarró como un ataque de locura.
—Sí, loco sísísíiii… Soy puto, loco, soy puto y qué??? Tan machitos son y ninguno quiere trincarme??? Si no va a salir de acá, forros, si no le voy a decir a nadie. Usenme, cojanme, haganme su puto, no sean forros, si total acá todo el mundo ya sabe que soy puto…
Estaba como loco. Seguían riéndose. Algunos como que querían fingir lástima, pero sé de varios que ardían de deseo por mí y por mi culo, por poseerme, por hacerme el amor hasta hacerme gozar como una hembra y sentirse ellos bien machos, y sin embargo no se animaban. Eran todos unos cagones, aunque eran unos machos bellísimos. Yo me metí, así como estaba, bajo la ducha, a la vista de todos. Abrí bien el culo, y empecé a gritarles:
—Vean, loco, vean lo que es este culo. Todos se lo quieren morfar. Lo quieren chupar, se lo quieren garchar loco, pero como son unos forros se cagan en las patas y no se animan. Y yo sé de lo que tienen miedo, forros, yo sé que están pensando en Él… y de lo que tienen miedo es que Él se entere y que venga a defenderme y los cague a trompadas a todos ustedes. Porque ninguno es tan macho como Él, loco. Todos ustedes son casi tan putos como yo, porque le tienen miedo, porque me quieren coger como que me coge Él pero saben que la pija no les alcanza…
Y yo me abría bien el culo mientras decía esto, lo balanceaba bien, me hacía bien el putito, les mostraba el ano bien profundo abriéndome con mis propias manos los cantos, así estaba yo de putito loco cuando escuchando el griterío entró Héctor.
—¿¿¿Se puede saber qué carajo pasa acá, mierdaaa??? —bramó con su voz de macho inconfundible.
Algunos tímidamente me señalaron. Yo aproveché la ocasión y, cagándome de risa, abrí bien el culo y se lo mostré bien abierto a Héctor, que siempre me había gustado. Las pijas de todos bajaban poco a poco por lo tenso del ambiente, pero yo seguía totalmente excitado.
Héctor entendió lo que pasaba. Mandó a que todos se fueran cuanto antes, y secamente me señaló y me ordenó:
—Y vos, Germán, apurate ahí en la ducha. Vestite que tenemos que hablar.
—¿Qué pasa, Héctor, no puedo hablar con el culito al aire? Si a mí me gusta tenerlo así, Héctor… ofrecerlo, sabe?… porque yo soy puto, sabe?… ¡Me gustan los machos, Héctor!
Nadie se rió, nadie me hizo caso, hicieron como que no me escuchaban. Héctor movió la cabeza tristemente y no dijo una palabra. Como un nene tonto yo me acuclillé bajo los chorros calientes de la ducha y me puse a llorar desconsoladamente. No podía más. No sólo era puto. Además estaba loco. Totalmente loco. Necesitaba un macho urgente que viniera a cuidarme.
Y que no fuera Él. Que por favor no fuera Él… que me amaba tanto, que me deseaba tanto, que me celaba tanto, que al final no me protegía, al contrario, me lastimaba…
De a pocos todos se fueron. Con su buzo y sus espectaculares shorts de siempre, Héctor se había sentado y prendido un cigarrillo, para esperarme mientras yo terminaba de ducharme. Y de llorar. No hizo un solo gesto ni de apurarse ni de querer consolarme. Solamente —hermoso, varonil, potro fuerte como siempre en sus hermosos shorts de rugby, blancos, sucios, casi hechos mierda de tanto embarrarse y sudarlos—, con sus patas bellísimas y fuertes apenas moviéndose, me esperaba y fumaba. Qué macho espectacular, glorioso, brutal, hermoso era Héctor. Siempre me había gustado. Siempre había sido como un padre para mí.
Lloré tanto que ni sé cuánto demoré. Finalmente me enjaboné, me bañé bien y me puse mi short y fui a sentarme a su lado. Yo estaba triste, muy triste, cansado, hastiado. No sabía ni qué decir. Como Héctor es un hombre y yo solamente un triste puto, obviamente fue a él a quien se le ocurrió cómo empezar el diálogo. Y así empezó a hablarme:
—Te tenés que ir, Germán. Te tenés que ir de acá porque estás jugando mal y ya sabemos por qué y te tenés que ir del pueblo porque acá vas a volverte loco.
Empecé a llorar de nuevo, tenía tanta, tanta tristeza. Es que Héctor tenía tanta razón. Era un hombre. Y lo sabía todo.
—Nadie jamás va a acercarse a vos por lo que vos mismo dijiste. Ya todos lo sabemos. Y tenés razón, Germán, es una lástima pero estás en lo cierto. Nadie te va a tomar en serio nunca. Este es un pueblo de cagones. Vos tenés otra cosa adentro, diferente —y me dio un golpecito en el pecho— y la tenés que salvar. Acá, aun sin querer, vamos a terminar lastimándote, haciéndote mierda.
—Él no me va a dejar ir.
—Eso ya lo tengo pensado. Y ya se me ocurrió la solución.
—¿Y de qué voy a vivir yo si no sé hacer nada?
—Tenés que estudiar, Germán, además del sexo hay otras cosas en la vida. En la ciudad vas a tener sexo y vas a tener la Facultad. Acá no hay nada de eso. Mientras estudies en la Facultad, Él te va a mandar la plata. Yo mismo voy a hablar con él.
—No va a dejarme ir.
—Dejame a mí.
—Yo lo amo a usted también, Héctor…
—No lo creo, Germán.
—Y lo amo tanto a Él, lo amo tanto… yo no sé si voy a poder vivir sin él.
Ahí mismo me agarró un ataque de angustia y de llanto tal que a los dos segundos lo tenía a Héctor, hermoso y fuerte en sus shorts, con su cuerpo morrudo, duro, bien velludo, tan masculino, abrazándome y reconfortándome.
—Déjeme chupársela, Héctor, por favor, porfa… buahhhhhhh…
—Por supuesto, mi amor, por supuesto…
Así como estaba, en sus shorts, sacó el pene totalmente al palo, vibrante, hermoso, lleno de una guasca espesa y suculenta, briosa y fulminante que le palpitaba y circulaba por dentro, para que su bebito Germán tuviera de comer, para amamantarme. Sacó el pene por un costado del short. Al rato yo mismo le bajé del todo el short y el calzoncillo y seguí amamantándome… pero también le besé las piernas, le chupé bien las bolas, le besé esas patas que yo adoraba tanto, le mojé toda la entrepierna, lo chupé, lo saboreé, lo lavé y le enjuagué todo su cuerpo de hombre con mi saliva, me lo comí todo… Y él se dejó hacer hasta darme por fin mi alimento, hasta llenarme la lengua y la garganta de su semen de hombre maduro, bueno, hermoso, varonil…
Cuando terminamos por fin me dijo:
—Andate, Germán. No quiero volver a decírtelo. Yo te quiero mucho pero por eso mismo andate. Cuidate y andate.
Me dio una tarjeta. La leí. Lo miré sin entender.
—Es un psicólogo y vive en la ciudad. Es amigo mío. Te tenés que cuidar y vos aprendiste cosas de la peor manera que hay. Ahora tenés que cuidarte por todo lo que pasaste. Llamalo, te va a atender bien y no te va a cobrar caro. Decile que lo llamás de parte mía.
—No, Héctor, no…
—No acepto ningún no. Yo soy hombre y soy grande y sé por qué digo lo que digo. ¿Entendido?
—Entendido, Héctor.
Se me acercó. Ya se había puesto de nuevo sus shorts y su calzoncillo. Estaba hermoso. Bellísimo. Bellísimo y fuerte, rudo y tierno, violento y paternal como el mejor hombre. No se había puesto nada más. Estaba en cueros, sólo con el short y un slip debajo. Me dio un hermoso, prolongado, ensalivado, amoroso beso en la boca. Nunca antes un hombre me había besado en la boca, excepto Él. Y pude sentir que con Héctor era algo distinto. Me gustaba tanto su piel. Su aroma a macho. El olor de sus patas. El aroma extasiante a macho en sus bolas. Y era un varón tan bueno y tan bello a la vez.
Era otro hombre, simplemente, un hombre con todas las letras, un macho espléndido, hermoso, varonil. Yo me sentí tan puto. Me extasiaba y me habría quedado la tarde entero besándolo en la boca. No pude con mi genio y entré a manosearle el short, el bulto, las bolas…
—No, Germán, no…
—Héctor, por favor…
Se soltó y empezó a irse. Antes de cruzar la puerta, volvió a hablarme. Fue la última vez que lo vi, así como era, hermoso, macho, en cueros, sólo con sus shorts…
—¿Me prometés que me vas a hacer caso y te vas a cuidar? Andate. No quiero volverte a ver acá en este pueblo ni en este club.
—Prometido, Héctor. Lo quiero mucho a usted, Héctor, sabe…
Me sonrió y se fue, guiñándome un ojo para disimular su, nuestra, infinita tristeza.
Y me fui, entonces. A los quince días ya tenía todo preparado para mi mudanza a la gran ciudad, y estaba esperando solo en la estación de ómnibus. Él no me había llevado, ni siquiera quiso acompañarme. No sé qué habrá hecho Héctor, pero igual no le debe haber resultado tan fácil como quiso hacerme creer esa tarde en el vestuario.
Héctor lo debe haber llamado a Él, pero yo no escuché nada. No sé cómo pero lo convenció, aunque lo dejó de muy mala gana, de pésima onda. Me trató peor que nunca Él a partir del momento en que habló con Héctor. Me garchó algunas veces más, por supuesto, pero con más violencia que nunca, con un salvajismo desenfrenado, como escupiéndome todo su odio cuando me escupía la guasca por el orto. Como yo a Él lo amaba —y lo amo—, igual gocé… pero era claro que estábamos totalmente vulnerados los dos. Y no me regaló más shortcitos ni slips lindos y modernos como siempre había hecho. Esa era su perdición, su locura. Comprarme mucha ropa interior y manosearme mucho y chuparme todo mientras yo me ponía y sacaba los muchísimos shortcitos que él me compraba cada dos por tres.
A la Facultad pude hacer una inscripción previa por Internet, y el resto de los trámites los haría personalmente apenas llegase a la ciudad. Le mentí a Él y le dije que tenía que irme cuanto antes porque sino no me iban a dejar entrar. En realidad precipité mi partida, porque de sólo verlo a Él, a Mi Macho, sabiendo que yo iba a dejar de ser su Putito, que yo no iba ya a estar más para servirlo, complacerlo, adorarlo, chuparlo todo… preparando mi culo y ofreciéndoselo gratis para que él me tirase su chorro de guasca, vital para mi existencia… saber que eso no iba a pasar más me hacía sentir totalmente desamparado en el mundo. Yo era muy Puto y muy joven y muy lindo, okay, pero no era lo mismo sin mi Macho, sin Él.
soy lo que soy no quiero piedad / no busco aplausos / toco mi propio tambor / dicen que está mal, / yo creo que es hermoso / Por qué tengo que amar / según los otros dicen / tratá de entender las cosas de mi mundo. / La vergüenza real es no poder gritar / yo soy lo que soy. / Soy lo que soy / no tengo que dar excusas por eso / a nadie hago mal, el sol sale igual / para mí, para ellos / Tenemos una sola vida sin retorno / por qué no vivir como de verdad somos / no quiero fingir, no voy a mentir / yo soy lo que soy.Eso cantaba Sandra Mihanovich por la radio que pasaban en el ómnibus. Y, bueno, seré muy tonto, muy sensible… muy puto, qué sé yo… pero entre justo esa canción y todo lo que me pasaba al separarme de Mi Macho, no pude parar de llorar durante horas en mi trayecto del pueblo a la ciudad.
Como siempre, el resto de la familia y la gente del pueblo, todos salvo Él, ni bola me habían dado cuando se enteraron de que me iba. Alguno que otro se debe haber sentido aliviado.
Para mejorar un poco mi estado de ánimo a bordo del ómnibus, traté de pensar en las cosas lindas que me iban a pasar apenas llegase a la ciudad. Lo primero que iba a hacer apenas encontrase alojamiento, esa noche misma, sería ir a un pub gay. O a un cine porno. Algún lugar lleno de machos hermosos, de sementales desenfrenados que se abusaran de mí. Ojalá —fantaseaba yo— me agarraran entre varios, me llevaran al baño o a algún escondite y me usaran y transaran entre varios. Tenía ganas de que me destrozaran el culo, de que me partieran el ano como señal de bienvenida a la gran ciudad. Me habían hablado maravillas de un pub nuevo que se llamaba “Lucho Por Más Sexo”. Si podía, iba a ir a un cyber a buscar el website de Dieguito López en el que da consejos sexuales a los putitos que se inician. Dieguito López era el putito más carismático de la colectividad gay, todos los mejores machos se lo habían culeado o se lo querían garchar. Y todos los putitos nuevos como yo, e inexpertos, íbamos a su website o escuchábamos su programa de radio en FM Trolo para aprender sus infalibles lecciones sobre cómo levantarse a los mejores machos.
Apenas llegué a Retiro, me di cuenta que el tórrido verano en la ciudad iba a ser sofocante. Hacía un calor que partía la tierra. Y yo que había estado horas sentado quieto en el ómnibus, tenía los jeans calcinándome, la remera totalmente pegada al cuerpo por el sudor… y, sobre todo, el calzoncillo metido tan adentro del ano que era como que estaba fusilándomelo. Así no podía seguir, tenía mucho que caminar por la ciudad, y el cuerpo no me iba a responder si estaba tan vestido con ropa sudada. Ma sí, esto es la ciudad, qué tanto —me dije a mí mismo— y me decidí. Como el ómnibus que me había traído llevaba pocos pasajeros y ya todos se habían ido, quedábamos sólo yo y el conductor. Lo miré al tipo y le pregunté, señalándome el cuerpo:
—Te molesta si…?
Y ahí nomás me saqué la musculosa, las zapatillas y el jean. Me quedé solo con el slip, totalmente empapado por el sudor, y por lo tanto totalmente pegado al cuerpo (más concretamente, al culo, que es lo mío que siempre llama más la atención). El conductor puso una cara muy rara y se me acercó muy rápido. Como me dio un poco de miedo, se ve que él comprendió y me dijo:
—Seguí, seguí nomás…
—Ah bueno, gracias…
Y entonces le pedí por favor cuando me sacara el slip que me lo tuviera. Así que yo, con el culito al aire, apoyé mi bolso sobre mi asiento para buscar adentro un short más fresquito para ponerme.
—¿Sos taxi vos? —me preguntó súbitamente el conductor. Me llamó mucho la atención la pregunta. Qué amable que era, pero qué cara rara tenía. Igual yo me sentía bárbaro, con el culito al aire, eligiendo un yorsito para ponerme al lado de un varón tan atractivo, y sudado él también, cada vez más pegado a mí.
—Eh??? No… no, justamente estoy por salir a buscar un taxi.
—Nene, para qué buscás justamente vos un taxi con el pedazo de cuerpo que tenés.
—Y… pero… Tengo que ir lejos, no quiero caminar, además tengo que encontrar dónde vivir y dónde trabajar.
—Ahhh, ya entiendo… ¿Estás buscando laburo vos?
—Y sí… Tendré que pagarme los estudios, vio?
—Mirá… Hacé una cosa. Andá a esta dirección y preguntá por Marcelo. Es amigo mío. Te va a tratar bien aunque a veces se pone un poco fiero. Te paga bien y te deja libertad de horarios.
—Ahhh… mil gracias… mil gracias… no sé como agradecerle, señor…
—¿En serio querés agradecerme?
—Y… claro… sí… sí, por supuesto…
—Bueno, entonces, decile a Marcelo que te sentís muy agradecido por mí. Y si te da el trabajo decile lo mismo a él, que querés darle las gracias. Y él con eso solo ya va a entender.
—Bueno… si usted lo dice… gracias señor…
Señaló con la mirada el slip mío que seguía teniéndome en la mano. Entendí su gesto.
—Si quiere se lo regalo, señor…
—Gracias, nene, gracias… GRACIASSSS!!!
Se ve que estaba contento el señor. Yo, por mi parte, también estaba contentísimo. Primero, porque no me gusta usar nada cuando me pongo mis shorts, quiero sentirlo acariciándome el culito, y el slip ya me molestaba. Segundo, porque iba a ir a lo de este tal Marcelo y por lo visto me iba a dar trabajo y me iba a tratar bien. Después dicen que la ciudad trata mal a los provincianos… Habladurías de la gente mal cogida, nomás. Tomé un taxi y le di la dirección al taxista, que me miraba mucho también. Le hice un guiño de ojos. Me respondió con su mejor sonrisa. Me di cuenta de que lo que yo me había sospechado allá en mi pueblo era cierto. Yo era un putito hermoso. Todos me iban a querer. Llegué a la dirección que me había dado el chofer.
—Vos quien sos???
—Eh… usted es el señor Marcelo?
—Vos quién sos pregunté carajoooooooo…
Así me respondió el señor que estaba del otro lado de la puerta. Entendí que yo no había tenido buena educación.
—Mi nombre es Germán, señor. Y estoy buscando al señor Marcelo. Traigo esta tarjetita que me dio un amigo suyo que es chofer.
—Soy yo Marcelo. Pasá.
Antes de seguir, tengo que darles un dato fundamental. Este tipo Marcelo era espectacular. Era un poco más joven que Él, pero no mucho. De pelo muy corto, rapado, el cuerpo grande pero no era gordo, más bien morrudo y duro; a diferencia de Él, tenía el lomo, el brazo y las piernas como de fierro. Estaba en calzoncillos. Usaba unos calzoncillos blancos, tipo milico, que dejaban ver la musculatura firme de su cuerpo, unos genitales que corrían bulliciosos e inquietos dentro de sus calzoncillos. Y, sobre todo, unas patas duras, fuertes, velludas, fenomenales, que me estaban quitando la respiración. Por lo visto tenía el carácter fiero, como me había dicho su amigo el chofer. Parecía arisco, malo… pero cuando le vi la cara y el cuerpo me di cuenta de que era un hombre del que yo podía enamorarme perfectamente. A Marcelo por lo visto le gustaba que el putito lo tratara bien, que obedeciera sus órdenes de macho, que no le cuestionara nada y lo supiera servir. Y en eso yo soy un especialista. Soy un putito muy atento y muy cuidadoso con Mi Macho, sé cómo obedecer y complacerlo y tenerlo contento y satisfecho. Más todavía cuando me gusta un macho, como en este caso Marcelo, que me encantaba.
—¿Te gusto yo, puto?
—Eh… perdón… señor, Ud. quiere decir que…?
—Callate, puto. Vos también estás bueno. ¿Vas al gimnasio?
—No. Pero hago mucho fútbol y mucho rugby.
—Se nota. Estás bueno. ¿Te dejás trincar o la ponés vos?
—Eh pero… no entiendo si…
—Dale nene. ¿Te voy a poder garchar o te tengo que pagar solamente para que te culees a un puto viejo?
—No, señor. A mi me encantaría que Ud. me use. Y todos sus amigos. Y los que Ud. diga, señor Marcelo… pero… eh… pero no entiendo si…
—Sí. Es eso. Te uso yo. Canilla libre. Eso quiere decir que a vos no te garpo pero te dejo vivir acá y que morfás conmigo. El resto 40 para vos y 60 para mi.
—Pero yo quiero ir a la Facultad, señor… y…
—Mientras estés acá a la noche, no hay problema.
—Bueno, entonces…
—Mostrame el culo.
—Pero…
—Mostrame el culo de una vez puto, y callate la boca.
Así como estaba yo, ya totalmente excitado de que un macho como Marcelo me estuviera ofreciendo lo que para mí era el mismísimo paraíso, me bajé el yorsito y abrí bien los cantos del culo, mostrándoselo abierto de par en par.
Marcelo se escupió la mano y de una me metió tres dedos.
—No chillés, eh? Bancatelá que te tengo que revisar… Hummm… Ok… Sí, está bien. Relativamente poco uso. A ver…. —apretó más fuerte—…. Ok… Se dilata bien… A ver, nene. Arrodillate y chupame la verga.
Me arrodillé y me puse con mi mejor carita de putito complaciente ante este hermoso macho espléndido en calzoncillos, Marcelo. No tenía la pija del todo parada pero cuando le agarré las bolas con una mano y con la otra empecé a acariciarle las piernas y con la lengüita empecé a masajearle bien profundo el pene, se puso del todo erecta. Y tenía un pedazo de verga espectacular el hijo de puta.
—Muy bien… Muy bien… Hacelo mejor ahora… A ver… Presioná más profundo con la lengua todo el glande… Así…. Bien… A ver. Ahora chupame las bolas y después un rato el culo sin dejar de tirarme la goma.
Cumplí todo lo que él me pidió. Cuando lo tenía encima mío para que yo le chupara el ano mientras le masturbaba el pene con la mano, en un momento dijo:
—Me estoy meando.
—Bueno, señor.
—Dale que me meo.
—Sí, señor Marcelo…
Yo había entendido que quería ir al baño, así que me corrí un poco para que se levantase y dejarlo pasar. Pero lo que hizo fue nada más darse vuelta y tirarme todo el chorro de su meo, primero en la cara y luego en el pecho. Se debe haber tomado como cinco litros de cerveza mi machito Marcelo porque todavía no había terminado.
—A ver ahora. Ponete en cuatro como una perra. Dale. Dame el culo. Rápido. Ya. Yaaaa…
Y me siguió rociando con su espléndido, fogoso, hirviente, varonil chorro amarillo en lo más profundo del ano. Como me daba tanto placer, no pude dejar de ronronear y poneme bien putito.
—Bueno, nene… Okei. Más ya sería de vicio.
—Pero señor Marcelo…
—¿Te gusto yo?
—Sí, señor Marcelo. Usted es hermoso. Macho. Fuerte. Varonil. Quiero que sea mi patrón, señor Marcelo. Quiero ser su pertenencia. Usame como vos quieras, Marcelo. Soy tu puto.
—No me tuteés, pedazo de puto forro que te bajo los dientes de una trompada. ¿Entendido?
—Entendido, señor Marcelo. Sólo que estaba tan agradecido que… —y entonces me acordé—. Lo mismo de su amigo. Estaba pensando en que estoy tan agradecido a los dos que no sé cómo darles las gracias…
Me miró fijo y bastante serio.
—Escuchame bien, entonces. Acá el que habla soy yo y vos escuchás. Nos vas a agradecer hoy a las 10 de la noche. A las 10 de la noche bien puntual te quiero acá. Ahora salí y hacé lo que tengas que hacer. Después, las cosas del laburo. Las condiciones ya te dije, 40 y 60. Hacés con tu vida lo que quieras pero mientras no faltes al laburo y mientras estés acá, hacés lo que yo diga. A los clientes buena onda pero tenelos cortitos. Si te dejás escupir y mear, cobrales más. Si te quieren culear más de una vez, cobrales el doble la segunda. No te dejes manosear mucho, andá directamente al grano. Dales rápido la boca o el culo porque si te entran a franelear se prenden mucho tiempo de vos y la guita no rinde. Ahora te vas. Y volvés a las 10 a más tardar que mi amigo y yo te vamos a usar…. y nos vas a poder agradecer. ¿Entendido?
—Entendido, señor Marcelo.
—Macho me vas a decir.
—Entendido Macho.
—¿Alguna otra pregunta?
—Sí, Macho, perdonemé pero… ¿puedo dormir con Ud. o tengo que dormir solo? Porque como soy medio nene yo a veces de noche tengo miedo y…
—Vas a dormir conmigo. Y cuando tengas miedo te agarrás de mi verga. A vos nadie te va a hacer mal. Ningún macho ni nadie te va a usar sin mi consentimiento. Quedate tranquilo, Germán…
Y agregó, con su primera sonrisa dirigida a mí: —Yo voy a ser como un padre para vos, Germán.
Y entonces dejé mis cosas en lo de Marcelo y me fui a conocer la ciudad. Lo primero que hice fue ir a un cyber y mandé dos mails. Uno, a Dieguito López, que lo único que decía era: “Ya estoy en la ciudad, soy puto y vos sos mi ídolo. Pero me las estoy arreglando bien solo”. El otro a Héctor, que decía: “Siempre lo amaré, Héctor, Ud. es como otro padre para mí. Lástima que no me haya culeado pero estoy portándome bien. Sólo quería decirle, Héctor, que ya mismo justamente estoy yendo a lo de Carlos, su amigo. El psicólogo”.
En ese mismo locutorio, pedí una cabina y lo llamé a Carlos, el psicólogo, el amigo de Héctor. Casi tartamudeo cuando la espesa, masculina voz que me atiende dice con tranquilidad “Hola, buenas tardes, Licenciado Carlos Alberto Lombardo”. Ustedes dirán que yo soy muy puto, pero la verdad casi eyaculé ahí mismo al escuchar esa voz.
Era una voz gruesa pero sosegada, de macho sedado pero, yo me palpitaba, cuando se ponía al palo era capaz de matarte haciéndote el amor. Me llamó la atención notar por la voz de Carlos que era mucho más joven que su amigo Héctor.
Combinamos una entrevista para la misma tarde, para dentro de dos horas. Le pregunté a la señora del locutorio si la dirección que me había dado Carlos era muy lejos de donde estábamos y me dijo que no, unas doce cuadras nada más. Yo estaba totalmente impaciente por verlo a Carlos y contarle todo de mi sexualidad… tanto es así que la verdad me puse un poquito alzado. Para ver si me calmaba, decidí emprender el trayecto haciendo mi primera caminata libre por la nueva ciudad. Vi machitos hermosos, pero los que más me seguían gustando eran los oficinistas cuarentones, los camioneros, los señores entrados en años. Los imaginaba bien guarros, mandones, llenos de perversiones sexuales asquerosas y cochinas que un putito como yo debía cumplirles y hacerles realidad.
Igual, no sé por qué, no podía dejar de pensar en Carlos. Me había seducido por completo su voz. “Qué puto sos, Germán” me dije a mí mismo, alegremente. Alegremente, porque por fin iba a contarle toda mi vida sexual de putito reventado a un hombre, a un hombre joven, a un hombre joven seguramente hermoso que se llamaba Carlos.
La verdad, cuando lo vi en su consultorio, al principio, solo al principio, me desconcertó un poco. Era apenas unos años mayor que yo. No era delgado, sin ser del todo gordo, parecía un osito velludito y feliz con cara de bueno. Su cara no era hermosa, pero sobresalía en ella la mejor boca que vi en mi vida, unos labios espectaculares, que te debían derretir el sexo entre las piernas y todo el culo cuando te zampaba un beso en la boca. Su cara era como su voz: tranquilamente masculina, cálida, dulce. Era un hombre con quien enseguida sentías la necesidad de intimar.
Me preguntó antes que nada por qué iba a verlo. Le dije lo de Héctor. Entonces me preguntó qué sentía yo al ir a verlo.
—Ganas de besarlo, Carlos… —le dije, porque era la verdad.
Se sonrió apenas, no se sorprendió para nada pero me preguntó entonces:
—Me refería, querido Germán, a si sentís la necesidad de contarme algo de tu vida.
—Ah sí, sí, por supuesto, Carlos… Cuantos antes lo hagamos mejor. Ejem, quiero decir lo de hablar…
—Bueno, entonces, querido Germán —me dijo con esa boca hermosa, con su voz espesamente masculina, con su presencia tranquila que me transmitía calor por todo el cuerpo—… Lo importante es que te recuestes en este diván y me cuentes tranquilamente, sin culpas ni temores, todo lo que consideres imprescindible contarme ahora —y me señaló el diván al terminar de hablar.
—¿Me saco la ropa, Carlos?… ¿Toda, o me quedo con el yorsito solamente?
Ahí sí se sorprendió un poco. Pero se recompuso enseguida y me dijo tranquilamente:
—En realidad no es estrictamente necesario pero… eh… lo importante es que te sientas cómodo… en fin…
—Cómodo, Carlos, la verdad… La verdad me siento tan cómodo de estar con vos, Carlos, la verdad… preferiría estar sólo en mi shortcito porque hace mucho calor aquí, voy a estar más relajado. Y si me puedo acostar boca abajo en el diván mejor, Carlos…
—Bueno, no es lo más ortodoxo, Germán, pero si lo preferís así…
Y me fui sacando todo menos mi yorsito azul, el de siempre: chiquito, muy usado, bien desgastado, que yo sé por mi larga experiencia de putito que a todos los machos con estos shorcitos los pongo al palo. Le dije lo mismo que antes le había dicho al chofer del ómnibus.
—Carlos… ¿te puedo pedir un favor? Como me gusta usar el yorsito sin slip abajo… ¿me podrías tener un ratito el slip mientras me saco el jean y me pongo el short?
—Bueno, hagámoslo rápido…
—¿No tenemos tiempo, Carlos?
Yo vi que mientras me sostenía el jean, Carlos rápidamente me miró todo el cuerpo. Yo diría que me empapó, me mojó todo, me chupó todo el cuerpo con la mirada. En algún momento vi que movía los dedos palpando mi slip, como queriendo disimular pero…
—Empezá a hablar, Germán, por favor, en la posición que más te guste y del tema que consideres más urgente para decirme.
A partir de ahora, queridos lectores, trataré de reproducir lo más fielmente que pueda lo que le dije a Carlos aquella primera tarde en su consultorio, ambos solos, él un poco nervioso pero encantador, yo con mi yorsito azul hecho pomada y mi culito al aire y hecho completamente un putito en celo. Durante un largo, largo rato hablé solamente yo.
—Bueno, Carlos… Bueno, para empezar… Yo soy puto, ¿no? Entonces… bueno… Hasta ayer que me vine de mi pueblo siempre me cogió mi viejo… bueno, mi padre… ejemmm… Me vine a la ciudad porque Héctor tampoco me quería coger aunque a mí varones como Héctor me enloquecen casi tanto como mi papá… y.. bueno… eh… Allá en el pueblo nadie me quería coger. Yo sé que tengo un culo espectacular. Y te garantizo, Carlos, la mejor experiencia y entrenamiento que un puto pueda tener. Realmente sé cómo complacer a un macho y dejarlo completamente satisfecho. Hacerlo sentir el macho más macho, y yo ser su putito complaciente. Todo gracias a mi papá. Él me empezó a coger y a entrenar para que yo sea el mejor puto. Todo el mundo se cree que si tu padre te coge está todo mal en tu vida de puto. Y no es tan así. Yo sé que el viejo es fenomenal, me hizo puto bien puto y sé hacer casi de todo. Obviamente, en lo que más tengo experiencia es en hacer las cosas que él quería que su hijo le hiciera. No me daba muchos mimos, salvo cuando era chico. Pero me enseñó todas las posiciones del culo, por ejemplo. Tengo una dilatación espectacular, y sé como mover el culo para calentar a un buen macho. Sé adorarlo en sus calzoncillos. Sé obedecer cuando me escupe, me mea o me pega. Sé chupar la poronga haciendo la presión exacta en el glande con la lengüita sin dejar de masajear con la mano las bolas del macho… Sé también…
—¡Germán! Germán! —me interrumpió súbitamente Carlos.
—¿Qué pasa, Carlos?
Se ve que por el tono de mi voz, Carlos comprendió que yo no estaba muy al tanto de las reglas del psicoanálisis. Entonces me dijo:
—Quiero que me cuentes tus verdaderos deseos. Tus conflictos. Tus miedos. Tus rabias. Tus temores. Tu deseo. Quiero saber cómo ayudarte…
—Hummmm… bueno, Carlos… En realidad tengo varios miedos. Tengo miedo, por ejemplo, que mi papá me extrañe mucho y que yo también y… (como estaba casi llorando decidí contar otras cosas). —Tengo miedo de no hacer bien mi primer trabajo de prostituto esta noche, con el señor Marcelo que es un machazo espectacular pero se nota que es muy exigente. Que me hagan doler mucho, aunque… no sé, quizás me haga doler mucho Marcelo, que esta noche va a estar con su amigo para usarme los dos… Tengo miedo de no ser bueno con todos los clientes, o defraudarlos…
—Querido Germán —escucho nuevamente la plácida, reconfortante, espesa voz masculina de Carlos.- No pienses en tanto en los otros. Quiero que me cuentes, por ejemplo, qué frustraciones tenés.
—Y… bueno, Héctor por ejemplo… yo quería que él me cogiera pero no hubo caso.
—Germán… abrí profundo…
—¡Siempre lo abro bien profundo el culito, Carlos!
—Me refiero a que abras profundo tu corazón. Que confíes en mí… A ver, por ejemplo, Germán…. ¿por qué permitiste que tu padre abusara de vos?
—Y… Es mi viejo… Además está re fuerte. De chico me dolía un poco porque tiene la poronga muy larga y con la cabeza muy gruesa. La primera vez me violó, después empezó a perseguirme, pero cuando vio que yo gritaba mucho, el viejo se avivó y empezó a trabajarme el culito antes… con una cremita que él había conseguido… Además, me traía yorsitos lindos y yo quería estar hecho un putito bien cogible para él… Es mi papá, ¿no?
Me parece que Carlos estaba un poco confundido. Hizo un largo silencio
—¿Y ese hombre del que me has contado?.. Un tal Marcelo, ¿puede ser?
—¡¡¡Me encantó Marcelo!!! Se ve que es bien fuerte y bien guaso. Debe tener sus buenos morbos. Tiene unas gambas fuertes y peludas, cuando me vino abrir estaba en calzoncillos y casi le doy el culo ahí mismo, porque a mí, Carlos, la verdad… los hombres en calzoncillos…
—Germán, Germán…. No te apresures tanto. Yo no voy a juzgarte.
Cuando Carlos me dijo eso, la verdad no supe qué decir. ¿Qué carajo habrá querido decirme?
Se ve que Carlos entendió que yo no lo entendía. Acto seguido, se vino hasta el diván y me pidió que me sentara y que le dejara espacio para sentarse al lado mío. Carlos me habló nuevamente, y empezó a abrazarme y a darme su calor de macho bueno, cálido, macanudo, sensible… hermoso….
—Quiero que cierres los ojos, Germán… Por favor haceme caso. Debemos hablar muy seriamente. Quiero que te relajes y cierres los ojos. No me desafíes más. Yo sé que te sentís culpable. Pero yo estoy aquí para darte mi calor. Mi apoyo.
—Eso estoy buscando, Carlos. Tu apoyo. Tu calor.
—Sé que estás buscando eso de mí. Y te lo voy a dar. Voy a dedicarte todo el tiempo, la atención que merecés, voy a darte lo mejor que he aprendido.
—Bueno, besame Carlos. Tenés una boca hermosa, Carlos, yo desde que entré que siento deseos de besarte y… —yo estaba ya muy sensibilizado y muy apretujado al machito hermoso de Carlos, quería que me hiciera el amor. Le pedí: —Quiero verte en calzoncillos, Carlos. Mostrame tu calzoncillo, por favor…
Carlos se tomó la cabeza entre sus manos. Por primera vez, lo vi desarmado. Estaba hermoso. Hermoso pero triste. Se ve que yo no lo supe entender. Me miró desconsolado.
—Germán, ¿quién te creés que soy yo?
—Un hombre. Te llamás Carlos. sos joven. Sos muy hermoso a tu manera. Sos varonil pero tenés una boca que tengo ganas de besarte que apenas me puedo contener. Me gustaría verte en calzoncillos, Carlos… Quiero tu apoyo.. Lo necesito.
Como pude ver que Carlos me seguía mirando igual de desconsolado y atónito, la verdad yo me sentí súbitamente muy mal, muy desprotegido, muy triste, muy solito y desamparado.
—¿No te gusto yo, Carlos? porque yo… eh.. bueno, no sé… ahora me siento muy tonto y muy solito y tengo ganas de llorar…. Porque yo… yo… yo… buahhhhhhh….
No pude seguir hablando. Lo deseaba tanto a Carlos y por lo visto él no gustaba de mí. De alguna manera, tartamudeando y a borbotones, se lo pude decir. Era un tipo joven y bello, Carlos, y a mí me parecía que sólo querían abusar de mí los machos maduros y morbosos para usarme el culo, para que yo sea el putito joven y sumiso con el culo abierto para su guasca. Pero yo también necesitaba ahora imperiosamente el apoyo de Carlos. El calor de Carlos. El cuerpo de Carlos.
—Germán, Germán… qué caso loco, Germán… Escuchame bien, por favor…
—Sí, Carlos, decime…
Allí Carlos me tomó las manos, y acercó mucho su cara a la mía. Pude sentir su olor a macho recio y elegante, a joven rezumante de sexo bullente y generoso, pude sentir su aliento con tanta calidez y virilidad…
—Yo quiero ayudarte, Germán, y no me estás dejando. Yo quiero apoyarte y vos te estás cerrando…
—Lo que pasa es que no me puedo abrir del todo, Carlos… estoy sentado y… en esta posición… además, vos mucho que me decís que me querés ayudar y yo hace media hora que te estoy pidiendo algo y vos te hacés el boludo, Carlos…
—¿Qué pasa, Germán? A ver. Decime. Pedime. Abrite. Abrite a mí. Yo quiero darte mi apoyo. Decime que querés de mí.
—Ponete en calzoncillos, Carlos. Quiero ver tu calzoncillo.. .
Allí se ve que Carlos siente haber perdido una batalla conmigo, su indómito paciente. Porque desganadamente veo que se incorpora, se saca primero la camisa, luego los pantalones, las medias, el calzado… y por fin lo veo frente a mí, casi desnudo, bello, osito, peludo, deseable, hermoso, casi desnudo, en cueros, joven, apetecible, besable, chupable… en sus calzoncillos. En sus hermosos calzoncillos clásicos, como de tela de camisa. Me muestra su cuerpo fingiendo indiferencia.
—¿Suficiente, Germán?
—No, Carlos.
Carlos parece en ese momento perder definitivamente la compostura frente a mí.
—¿Se puede saber qué pasa ahora?
—Pasa que… que… que…
No pude hablar más. Quizás lo que hice fue una salvajada. Pero con toda la fuerza de mi deseo de putito insaciable, totalmente enamorado de mi machito joven y hermoso Carlos, lo tomé así como estaba, semidesnudo, en sus calzoncillos… y lo empujé hacia mí, lo derribé en la cama haciendo que cayera su cuerpo sobre el mío. Desesperadamente, famélicamente, lo primero que hice fue besarle la boca.
Guauuuu, la boca de Carlos era mucho más sabrosa, más rica, más dulce, más profunda que lo que yo había imaginado por su hermosa cara de machito lindo y bueno. Al principio Carlos se resistió, pero muy pronto venció la resistencia y nuestros labios se chupaban con ardor, con vehemencia, totalmente locos de pasión los dos. Al rato nuestras lenguas se abrazaron y se revolvieron y se desafiaron entre sí como queriéndose comer la una a la otra. Nuestras bocas se enredaron tanto que yo pronto estaba bebiéndome toda la saliva dulce y masculina, sabrosa y cálida de Carlos.
No pude contenerme más y por supuesto cedí a mis deseos. Agarré bien pronto el pene de Carlos por la bragueta de su hermoso calzoncillo y empecé a masturbarlo salvajemente. Cuando vi que el trozo de Carlos era diferente de todos los que había conocido, me excité, me puse muy puta y enloquecí completamente. Era una pija más gorda, no tan larga como la de mi viejo o la de Marcelo, pero ocupaba al palo casi toda mi mano, estaba dura y suculenta, llena de guasca joven de macho hermoso violado por la boca y por las manos insaciables de su paciente putito…
Metí toda mi mano y mientras estrujaba y masturbaba su pene henchido, le masajeaba las bolas que eran grandes, gordas, no muy peludas pero de una piel exquisitamente suave y tersa. Carlos casi no me tocaba, se dejaba hacer. Yo lo amaba, lo deseaba, lo besaba, lo masturbaba con locura. Al rato estaba sorbiendo de su pija al palo, al rato estaba pasándole toda mi lengua golosa por las bolas. Carlos estaba mas hermoso que nunca, exaltado y despeinado. El calzoncillo estaba caído, por la mitad de sus piernas de osito velludo y lindo.
No me pregunten por qué, él no me lo pidió, pero en algún momento no pude contenerme e hice por iniciativa propia algo que siempre me habían pedido y que deseaba con ardor hacérselo a Carlos. Me corrí, le dejé todo casi todo mi espacio en el diván, y manipulándolo casi violentamente hice que se pudiera en cuatro, mostrándome y abriéndome el culo, mirando él a la puerta de su consultorio, y yo deslizándome como un gatito habilidoso por debajo de él, para con mi lengüita insaciable y golosa recorrer todo el cuerpo de Carlos, ya totalmente desnudo, y pasar de su culo a sus bolas, de sus bolas a su pene, de su verga de nuevo a su culo. El culo de Carlos fue un paraíso lleno de frutos raros pero exquisitos para mí. Tenía un poco de vello, y el ano cuando se abrió y se mostró como un capullo era apenitas un poco rosado, contrastando con las nalgas y con toda la piel del cuerpo del hermoso Carlos que era bastante oscura, como color de aceitunas.
No podía dejar de recorrerlo con mi lengua, de chuparlo todo, de empaparlo a Carlos, una y otra vez, de sus bolas a su pene, de su pene de nuevo a sus bolas, correrme con la cabeza y pasar entonces a su culo, a su culo hermoso de machito osito hermoso, y cálido, y bueno, y joven, y hermoso….
En algún momento, yo presa ya de un frenesí total, cogiéndome a Carlos con la lengua completamente dura y al palo, veo que mi macho no aguanta mas y descarga todo el torrente de su cálido, espeso, blanco, espumoso semen, manchándome gran parte del pelo, porque tenía toda mi cara hundida en la profundidad intocada, aromática, misteriosa, masculina, riquísima de Carlos.
Yo no había eyaculado todavía, pero al segundo de eyacular él, Carlos se levantó muy indignado y se puso de nuevo el calzoncillo, casi trastabillando, y escondiendo sus hermosas bolas y su espléndido culo masculino dentro de su calzoncillo otra vez.
Me mira muy secamente y me dice:
—Bueno, Germán. En algún sentido debés creer que te saliste con la tuya. Pero no. Pudiste violarme y lo hiciste y yo… bueno… Yo me dejé violar… Porque eso fue lo que hiciste. Esto fue exactamente una violación. Esto fue una venganza. Pero no te vengaste de tu padre, que fue quien verdaderamente te violó.
No me pregunten por qué. Pero que con todo el amor que yo le había dado a Carlos mientras le hacia el amor y comía y bebía de su culo y de sus pelotas, con todo el deseo que yo sentía todavía recorriéndome el cuerpo por Carlos, la verdad me sentí muy defraudado. Pero no me puse a llorar. Empecé a putearlo. Lo insulté, lo humillé. Yo, siempre putito sumiso hasta ahora, estaba totalmente fuera de quicio.
—¡Noooooooo!!! ¡Violación, pedazo de hijo de putaaa!!! Yo te hice el amor, Carlos, sos un pedazo de sorete inmundo mal cagado si no te diste cuenta que TE AMOOOO, que te DESEOOOO, boludo, hijo de putaaaa, cómo mierda se te ocurre hablar de violación…
Carlos me miraba plácidamente, cínicamente, parado frente a mí en sus calzoncillos, con una sonrisa irónica dibujándose en su hermosa cara de machito joven: —Claro, Germán… Pero claro también que no es a mí a quien insultás. Es a tu padre. Fue Él quien te violó. Quien abusó de tu confianza. Quien te humilló…
—¡Pedazo de hijo de putaaa!!! Forro, boludo, sorete mal cagado. Por qué no te lavás el culo antes de hablar de mi viejo, Carlos pelotudoooo…
Siempre plácido, sereno, hermoso, sosegado, bellísimo en sus calzoncillos, Carlos me respondió, siempre con su hermosa sonrisa irónica:
—¿Así? ¿Y qué más querés hacerle a tu padre, Germán?… Para castigarlo, para humillarlo, para vengarte. Porque él abusó de vos, Germán. Él te violó. Y vos estás furioso. ¿Querés vengarte, no es cierto? ¿Querés vengarte en mí de él?
—Boludooooo, yo te deseaba, yo te hice el amor Carlos….
—Mentira. Vos me usaste, me violaste. Me desnudaste y me usaste como hacía él con vos.
Lo pensé un segundo. Y me decidí. Manos a la obra, Germán. Lo miré profundo a Carlos, quien seguía hermoso y parado frente a mí en sus calzoncillos.
—¿Sabés una cosa, Carlos? Hay algo que siempre quise hacer con mi padre. Vos querías que te dijera mi conflicto, mi rabia con mi padre, no?
Entonces Carlos me mira y toda su actitud cambia súbitamente. Cambia su voz, vuelve a ser el machito lindo y bueno que me había abierto la puerta de su consultorio. Solo que ahora está en calzoncillos. Sólo que ahora está mucho más deseable, mucho más sensual, más machito lindo varonil que nunca en sus calzoncillos, simples, hermosos, bellísimos calzoncillos.
—¿Te puedo pedir algo, Carlos?
—Por supuesto, Germán.
—Necesito confesarte algo muy bajo. Muy sucio. Muy feo. Pero no puedo dejar de hacerlo.
—Estoy aquí para apoyarte, Germán.
—Te necesito mucho, Carlos.
—Lo sé.
—Cerrá los ojos, Carlos. Yo ahora quiero que seas vos quien cierre los ojos.
Carlos me mira desconfiado, como si no quisiera o no pudiera entender. No está muy convencido. Insisto:
—Por favor Carlos.
Cuando cierra los ojos, empieza todo de nuevo. No pude con mi genio. No me pidan explicaciones. No se por qué lo hice. Porque lo amaba, a Carlos. Porque lo deseaba tanto, a Carlos. Nunca antes había deseado tanto a un hombre como lo estaba deseando ahora a Carlos. Y, afortunadamente, Carlos no era mi padre.
Empecé de nuevo a besarlo, a lamerlo con locura, pero ahora más despacito, con ternura, pero con igual o más profundidad. Lo estoy chupando todo a Carlos. Me lo como a Carlos como si fuera un caramelo. Carlos caramelito dulce. En algún momento me arrodillo ante él. Empiezo de nuevo a succionarle el pene. Las bolas. Carlos no ofrece resistencia. Si está gozando, de todos modos disimula. Pero noto que poco a poco sus bolas van creciendo e hinchándose, llenándose de guasca. Su pija pronto alza vuelo. El pene está gordo, grande, lleno de guasca para Germán, su putito.
Empiezo de nuevo a masturbarlo. Cuando no lo hago con la lengua lo hago con la mano y voy internándome de nuevo en su culo, ya mojado, húmedo, desvirgado por mi lengua hace un ratito. Carlos se arrodilla en el diván, yo me arrodillo ante él, me pone su hermoso y peludo culo Carlos en la cara, yo empiezo de nuevo a saborearlo, a lamerlo, a chuparlo, a penetrarlo con mi lengua. Es tan rico el culo de Carlos. me encanta el olor del culo de Carlos. El sabor. El aroma. Es dulce. Es rico. Es macho. Es joven. Es Carlos.
Solo por un segundo dejo de lamer el culo de Carlos. Él se da vuelta sorprendido, como preguntándome con la mirada.
Y yo solamente digo: —Con los ojos cerrados, Carlos, por favor. Fue un pacto. Un pacto entre hombres, ¿no es cierto?
Carlos asiente, Carlos se da vuelta, Carlos vuelve a darme su culo para que yo me lo coma y se lo chupe.
Pero no puedo evitarlo. Está ocurriendo. Está empezando a ocurrir. Y simplemente no puedo evitarlo.
Y lo que no pude dejar de hacer fue lo que hice.
Fuerte, decidido, lleno de un extraño vigor nuevo, loco pero tranquilo, me bajé completamente el short. Saqué mi arma, por fin erecta y poderosa. Me escupí un buen chorro de saliva, me lo refregué por las bolas y por el palo.
Carlos todavía no se enteraba de nada. Empieza a sospechar cuando con las dos manos abro bien las cachas de su hermoso, riquísimo, joven culo y al rato cuando siente que un miembro duro, cruel, asesino lo está horadando. Lo penetro salvajemente y a medida que empiezo a bombearlo, empiezo a gritar como un loco
—Ahhhhhhhh putoooooooo, te amoooooooo, te deseooooooooo, te quiero cogerrrrr, te voy a matar hijo de putaaaa, Carlos, Carlos hermoso, Carlos putito, te voy a desfondar el culo mi puto, te voy a partir el ano en cuatro, te voy a hacer sentir como una yegua, te voy a hacer un hijo en ese culo hermoso de puto hermoso que tenés
Y lo agarraba salvajemente, lo tomaba por las caderas y por el culo y lo atraía hacia mi verga al palo y enloquecida, en la que corría una guasca nueva, urgente, un chorro caliente de semen espeso y humeante para el culito de mi machito Carlos, de mi putito Carlos. A mi machito Carlos le dolía el culo. Pero yo quería hacerlo mi puto. Lo sujeté bien fuerte, le clavé la poronga hasta el fondo del ano y lo hice gritar, le dolía pero no dejé de agarrarlo y bombearlo ni un segundo, yo sólo manejaba a mi antojo el culo de Carlos y a todo su cuerpo grandote y joven de machito lindo, yo lo estaba haciendo mi puta, yo lo deseaba…. Y entré a bombearlo sin parar, a castigarle el culo, a hacerlo hembra, a cogerme a mi deseado, amado, lindo machito en calzoncillos Carlos, ya totalmente desnudo y sometido a mi bayoneta que ya entraba a escupirle el culo bien adentro:
—… Ahhhh… ahhhh…ahhhhhhhhhhhhhhhhhh.. y sabes por qué, Carlos… sabés por qué te estoy cogiendo, sabés por qué te hago pedazos el culo Carlos, por qué me estás embarrando la pija de mierda… porque te deseoooo Carlos… porque te respeto y porque te deseo…. porque creo que te amo Carlos… y esto no es una violación Carlos… esto es cogerte mi amor mi puta mi culito hermoso…. ahhhhhhhh… ahí va, ahí va, está llegando, dale putaaa, preparate, te amo, Carlos, te amo, te amoooo, veni putito, veni que papá te va a dar leche por el culo, ahí va, ahí va, ahí vaaaaaaaaaaaaa….

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar

2 Responses to “Cómo me encamé con mi psicólogo”

  1. Anonymous Says:

    bueno a mi parecer es q german era un chico adicto al sexo ,no tenuia por q penetrarlo a carlos ya q el lo queria ayudar

  2. Carlos se dejo penetrar porque en el fondo de el el lo quiria a ser.

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