Violación patronal

a Hernán

La primera parte de esta historia la conoce todo el mundo porque fue un escándalo y salió en la tele y en todos los diarios. Lo que nadie sabe, lo que voy a contarles ahora, es la historia completa. Con todo, todo lo que le pasó finalmente a Horacio después de que hizo lo que hizo. Y, sobre todo, lo que le hicieron a él.
Repasemos los hechos. Les cuento todo desde el principio para los que no se acuerdan o para los que se enteran ahora por primera vez.
Horacio Lewin tiene 34 años recién cumplidos cuando empieza todo esto. Joven, muy elegante, muy machito de aspecto, de pelo negro bien cortito, de muy lindas facciones y medianamente musculado, la verdad era un machito muy lindo y sensual Horacio cuando empezó a trabajar como asistente privado en esa agencia. Sobre todo, como todo el mundo sabe, Horacio era totalmente machito y totalmente… heterosexual. Casado con una joven empresaria y con un hermoso hijo de 6 años, vivía en las afueras de la ciudad, en una de las zonas más selectas y exclusivas, y el joven matrimonio celebraba en esos días la llegada al hogar de un nuevo vástago. Un bebé que tenía un poco de toda la belleza que tenían sus padres. Si alguna de sus dos hijos salía apenas un poco tan hermoso como él, Horacio iba a tener con qué sentirse orgulloso.
El suegro le había comentado a Horacio la posibilidad de trabajar como asistente privado de los jóvenes hermanos Rodríguez Larreta. Y Horacio había accedido gustoso y esperanzado a esa implícita propuesta laboral. El resto fue un par de cordiales y rápidas entrevistas. Horacio se quedó sin problemas y con total rapidez con el cargo de asistente privado de los hermanos Rodríguez Larreta
Horacio, además de ser un machito lindo y espléndido, era un hombre de fuertes convicciones morales y religiosas. A Horacio todo le resultaba propicio para iniciar una perorata sobre lo degenerado que estaba el mundo, adónde vamos a ir a parar, ya no hay valores, no se respeta la familia, no se respeta el matrimonio. Horacio vivía consternado por lo degenerado que estaba poniéndose el mundo. Sobre todo porque más de una vez le había pasado a Horacio que otros hombres demostraran ser unos degenerados al mirarlo con una mirada turbia cargada de deseo. Incluso en una ocasión, en una reunión social, un hombre de mucho prestigio, amigo de su suegro, se había acercado a él, se le acercó muchísimo, hasta casi abrazarlo, y sin mucho disimulo terminó toqueteándole el culo a Horacio.
Horacio terminó esa noche en su cama, completamente insomne. Él no podía entender que un hombre gustara de otro hombre. Se había sentido una mujer con la mano de ese hombre —robusto, velludo, de aspecto muy masculino— en su culo. Estaba que ardía de la indignación. Y eso de que otros hombres lo miraran, extasiados por su belleza, como queriendo seducirlo, era algo que lo sacaba de sí. Le había pasado otra vez, una vez que en un shopping había ido a comprarse ropa. Y entre esa ropa le dijo al vendedor que también quería elegir para llevarse unos calzoncillos. La mirada del vendedor cambió completamente cuando Horacio dijo que quería probarse calzoncillos. Pasó a ser una mirada lujuriosa, deseante, degenerada. Y cuando, a los minutos, estaba Horacio apenas cubriéndose el culo y el bulto con sus nuevos calzoncillos, el vendedor había ingresado abruptamente en el probador, para mirarlo a Horacio, y había llegado a mirarle el culo de una manera totalmente depravada. Cuando Horacio observó que lo había hecho a propósito, que ese hombre estaba metiéndose en su intimidad para mirarle el culo y admirarlo sacándose y poniéndose calzoncillos, Horacio nuevamente se sintió violado.
Afortunadamente, pensaba Horacio, no pasaban esas cosas en su trabajo con Martín y Gustavo, sus dos nuevos jefes. El trabajo de Horacio tenía miles de complicaciones, pero a él le encantaba, lo desempeñaba sumamente bien, y tanto Martín como Gustavo estaban más que complacidos con Horacio. Les arreglaba todas las reuniones, organizaba sus agendas, estaba al tanto de todos los proyectos, coordinaba sus viajes, sus entrevistas, todo…
Martín y Gustavo confiaban totalmente en Horacio pero sobre todo era él quien confiaba en ellos. Horacio veía que ambos hermanos en un punto eran como él, por lo cual se sentía tranquilo. Por supuesto ellos tenían más dinero, estaban mejor ubicados socialmente pero, en lo fundamental, Horacio se sentía tranquilo. Eran jóvenes, trabajadores, honestos, entusiastas y sobre todo, pero por sobre todo, perfectamente varoniles. Heterosexuales. Casados. Respetables.
Esa tarde en particular, Horacio ya estaba disponiéndose a irse, estaba arreglando sus cosas para agarrar el auto y dirigirse a su sacrosanto hogar. En eso estaba cuando se da cuenta de que el mucho café consumido en el día le estaba trayendo problemas en el estómago, y se sentía un poco descompuesto. Justo en eso estaba pensando cuando por el intercomunicador lo llama Martín.
—Horacio, perdonanos pero estamos trabajando en el despacho de Gustavo. Lamentablemente tenemos que pedirte un favor muy especial. ¿Podrías quedarte unos minutos más tarde, por favor, solo por hoy? Es que vamos a necesitar muchos archivos, muchas carpetas… Y sobre todo mucho, mucho café. —terminó de pedir Martín con una risita final en las últimas palabras, con un poco de timidez.
—Por supuesto, Martín. No te hagas problemas. Para eso estoy. En dos minutos voy allá y llevo café. —replicó Horacio.
Para él el trabajo era lo primero y fundamental. Horacio se dirigió directamente a la cocina a preparar café, para llevárselos hasta el despacho de Gustavo, que quedaba a varios metros.
Les llevó el café, los ayudó con todo lo que le pidieron, trabajó como una hora con ellos. Horacio siempre era un colaborador fundamental para ellos. Incluso también tomó café y opinó libremente, como siempre lo hacía. Martín y Gustavo lo adoraban, ellos nunca habrían sabido cómo hacer sin Horacio cuando llegaba un proyecto nuevo, como estaba ocurriendo ahora. Como a la hora, Horacio creyó distinguir una mirada secreta entre Martín y Gustavo. Lo confirmó el hecho de que Martín pareció tomar una decisión —siempre era él el que tomaba la delantera, en todo— y le dijo:
—Bueno, Horacio, ya te hemos trastornado bastante por hoy… Andá yendo cuando quieras. Nos vemos mañana, entonces.
—Estoy para eso, Martín. Bueno… por lo visto van a tener que trabajar toda la noche ustedes dos. Esto recién empieza.
Martín y Gustavo se miraron entre ellos. Horacio cree percibir de nuevo una mirada secreta entre ellos. Responde Gustavo esta vez:
—No te hagas problema por nosotros, Horacio. Hasta mañana.
Horacio se despide nuevamente, recoge los puchos y los pocillos vacíos de café, y se retira. Acomoda la cocina, lava todo, luego se dirige a su escritorio para terminar de recoger sus cosas. Vuelve a sentirse mal del estómago. Maldito café, se dice. Voy a tener que ir al baño. Piensa que debería avisarles a Martín y Gustavo que está en el baño, que todavía no se va a ir. Pero después se dice a sí mismo: No, para qué, no voy a interrumpirlos en su trabajo por una nimiedad semejante…
Horacio estuvo en el baño alrededor de quince minutos. Cuando salió pensó: —Pobres chicos, matándose hasta casi la noche, hay que ver hasta qué horas van a estar acá encerrados, voy a prepararles café y se los llevo directamente, así no los interrumpo y los alivio un poco.
Cuando cruzó el pasillo que llevaba al despacho privado que compartían Gustavo y Martín, vio lo que le trastornaría para siempre la vida. Apenas podía dar crédito a lo que sus ojos veían. Los dos pocillos de café que transportaba se le cayeron al piso por el temblor que le dio súbitamente, pero pese al ruido y las interjecciones de Horacio, Gustavo y Martín no escucharon nada, ni lo vieron, quizás por la penumbra que ya penetraba todo el lugar.
Gustavo era el menor, y se notaba. De cuerpo mediano, de pelo castaño y mirada plácida y algo inocente, Gustavo era lindo pero podía llegar a pasar desapercibido. Martín era todo lo contrario. Era el mayor, era un hombre fornido, velludo, tenía el aspecto saludable, macizo y contundente de un jugador de rugby.
Los dos hermanos estaban en calzoncillos, haciendo lo suyo, haciendo eso, cuando Horacio los vio. Martín estaba con el calzoncillo bajado, a la altura de las rodillas, puesto en cuatro sobre el escritorio, y además de su culo sideral abierto de par en par se veía entre sus piernas musculosas y duras un pene de dimensiones totalmente infartantes. Martín tenía el culo totalmente abierto, el pene erecto alcanzaba un tamaño increíble, que daba miedo, y Gustavo estaba también en calzoncillos, bajados hasta las rodillas, arrodillado sobre el suelo, chupándole el culo a su hermano Martín. Gustavo se masturba mientras comía del culo de Martín, quien gemía y se sacudía en un movimiento espasmódico, su voz masculina decía aberraciones tales como SIII HERMANITO HACEME TU PUTA SOY TU PUTA QUIERO SER TU PUTAAAA PAPITOOOOO, Gustavo hacía su trabajo con la lengua meticulosamente, se la insertaba completamente dura y movediza en el ano a Martín, quien además de agitarse y mover su culo enloquecidamente por toda la cara de Gustavo se estaba masturbando.
Horacio quedó inmovilizado. Apenas podía creerlo. No se preguntaba nada. No hacía otra cosa más que mirar. Tenía la boca abierta de par en par y los ojos desorbitados.
Horacio por momentos creía decirse: —Pero son hombres. Pero son casados los dos. Pero son hermanos ellos dos.
Al rato Martín y Gustavo cambiaron posiciones. Martín parecía por momentos querer eyacular mientras su hermano Gustavo le chupaba el culo, pero finalmente se decidió por incorporarse. Lo agarró a su hermano con energía, lo agarró por el cuello y le dio un inmenso beso en la lengua, prolongado. Horacio podía ver cómo se comían las bocas, como se entrelazaban las lenguas los dos hermanos, y ver incluso como se intercambiaban y chorreaban las salivas. Gustavo no dejaba de manosearle todo el tiempo el culo a Martín. Con una mano Gustavo siguió haciendo su trabajo en el culo de Martín y con la otra comenzó a masturbarlo, lo que provocó que Martín se excitara muchísimo más. Como siempre, parecía ser Martín quien tomaba siempre las decisiones. Le hizo un movimiento a Gustavo que este entendió, y se tiró ya completamente desnudo, sacándose rápidamente el calzoncillo y tirándolo a un lado, boca arriba, y Martín se movió como para sentarse sobre él, poniendo su cuerpo como en posición para ir a cagar y poniéndole el culo de nuevo en la cara a Gustavo. El hermano menor sigue entonces horadando, trabajando, lavando, comiéndose el culo de Martín. El hermano mayor se masturba, y por momentos parece acordarse y mueve la mano para masturbarlo un poco también a Gustavo.
Se excita muchísimo Martín, por lo cual se mueve nuevamente, se recuesta en el piso y, ya los dos hermanos completamente desnudos, empiezan a franelearse, a toquetearse todo el cuerpo, a contonearse casi los dos en movimientos idénticos, y entran a besarse en la boca y en todo el cuerpo con todavía más pasión que antes. Los dos se tocan las nucas el uno al otro para besarse, como para pegarse todavía más fuertemente las caras. En algún momento Martín hace que Gustavo se dé vuelta, siempre acostado sobre el piso, y se acuesta sobre él. Casi sin tener que hacer ningún trabajo previo, Horacio observa que Martín va a querer penetrarlo a Gustavo. Lo único que hace como preliminar Martín es mover y sacudir su infartante pene erecto por las nalgas de Gustavo, quien entrecierra los ojos y parece arrobado, como en éxtasis, con el culo totalmente preparado para la entrada pujante de Martín, quien efectivamente a los pocos segundos ya está bombeándolo, taladrándole el ano, con un vigor y un brío totalmente violento, desmesurado, y Gustavo plácidamente llevado al éxtasis se deja hacer, se deja penetrar, parece gozar mientras Martín como un animal terrible le rompe el culo.
Horacio —ya lo dije— no atinaba a pensar nada, a decirse nada. Yo creo que ni siquiera él se dio cuenta que estaba manoseándose el bulto por dentro de su calzoncillo blanco mientras veía el espectáculo degenerado y portentoso de los dos hermanos haciéndose el amor sobre el escritorio de trabajo, en calzoncillos al principio, semidesnudos, completamente en bolas después. Los veía manosearse, besarse en la boca, hacerse el amor y cogerse como dos animales en celo.
Martín no parecía tener piedad, arremetía cada vez con más fuerza y violencia en el culito de Gustavo, quien parecía alegremente tranquilo y complacido de que su hermano mayor le rompiera el culo. Horacio se manoseó sin darse cuenta, entonces. La única decisión que tomó fue quedarse totalmente en silencio mientras miraba y, finalmente, la decisión que lo hizo famoso.
No fue una decisión tomada con mucha elaboración. Simplemente se decidió y lo hizo. Era lo que correspondía —se diría siempre Horacio después de haberlo hecho. Saco su teléfono celular y tomó todas las fotografías que pudo, ya desde el momento en que Martín se sacó el calzoncillo y acomodó su culo bien adentro de la cara de su hermano Gustavo, para que este empezara a cogérselo por el culo con la boca…
El resto es historia pública. Horacio estaba avergonzado, se sentía traicionado, se sentía violado en su confianza. Así que después de pasarse una noche en su cama pensando, víctima del insomnio —y, sin que su mujer se diera cuenta, toqueteándose dentro de sus calzoncillos, a los que llegó a ensuciar con su propio semen—, resolvió denunciarlos. Los hermanos eran más que conocidos, prominentes figuras sociales, los dos jóvenes empresarios lindos y hacendosos del jet-set porteño. Cuando Horacio reveló las fotos y las hizo públicas, pocos se animaron a criticarlo. Su suegro, los medios y todo el clero lo apoyaron fervorosamente. Se supo que Martín y Gustavo, por su parte, habían entrado en la ruina de sus vidas. Sus esposas los abandonaron, perdieron la potestad de sus hijos, sus familias los expulsaron y les quitaron la herencia, y nadie quiso nunca más tener una sola relación laboral más con ellos. Los hermanos estaban arruinados.
A Horacio, por su parte, nada pudo salirle mejor. Un par de medios de derecha, fuertemente subvencionados por el clero, lo mostraron como un héroe de la moral judeocristiana, la familia y el salvador que nos rescataba de la degeneración. Así, transformado subitamente en un héroe, en muy poco tiempo Horacio dirigía su propio medio, tenía su propio programa de televisión y había incrementado sus ingresos a un nivel increíble. Su familia, empezando por su suegro, estaba totalmente orgullosa de él, de Horacio. De nuestro machito violado.
Voy a contar cómo fue todo puesto que todo esto es secreto. En esta ocasión, de más esta decirlo, Horacio nunca se animó a denunciar.
Habían pasado cinco años ya de este episodio con Martín y Gustavo, y cada tanto Horacio los recordaba, pero trataba de alejarlos de sus pensamientos. Trataba de no tomar conciencia que cada vez que recordaba las imágenes de los dos hermanos en calzoncillos haciéndose brutalmente el amor sobre el escritorio se le abultaba su propia verga dentro de su propio calzoncillo.
La noche que ocurrió esto fue en un fin de semana que su mujer y su hijo menor habían viajado. Horacio quedó entonces a cargo de su hijo mayor, Sebastián, su orgullo, que a todo esto ya tenía 13 años. Obviamente, el chico ya estaba grandecito. Y hermoso. Era casi tan bello como su padre Horacio, una preciosura, un machito bellísimo realmente. A Horacio le costaba guardar el control cuando lo saludaba a su hijo, lo abrazaba fuerte, le daba muchos besos, quería transmitirle todo su calor y su amor de padre. Pero era muy visible que a veces la imagen resultaba chocante; incluso padre e hijo terminaban mirándose como turbados, aunque visiblemente confusos y excitados.
Cuando recibió el llamado telefónico, Sebastián estaba durmiendo en su cuarto y Horacio estaba pegándose una ducha. Las primeras veces que llamaron Horacio no atendió. Ni loco iba a salir de la ducha. Pero como vio que no dejaban mensaje y que en cambio volvían a llamar una y otra vez, se alertó. Pensó que quizás se trataba de su mujer, que podía estar teniendo un problema.
—Así que tu hijo es puto.
—Ehhh…? ¿Quién habla?
—Tu hijo es puto, Horacito… Todo lo putito que vos no te animás a ser, forro…
—¿Qué dice? ¿Qué esta diciendo, mierdaaaa??? ¿… Quién habla?
—Vino acá el nene hoy y se morfó varias pijas, ya se lo culearon dos y ahora todavía hay un macho que se lo quiere hacer también mañana. Y tu nenito puto dijo que por supuesto va a venir también mañana. Quiero ver cómo se lo garchan. Justo justito delante mío. No sabés lo lindo que estaba el nene mientras se lo estaban garchando… y después me lo quiero culear yo… ¿No querés ver vos también?
—Pero… pero… ¿quién habla mierdaaaa???
—Solamente dos veces te lo voy a decir, Horacito. Tengo fotos de todo. Del nenito mientras los grandotes de acá nos hacíamos una fiesta garchándolo. Fotos. En todas las posiciones. Santa Fe 4522. Preguntá por Hernán en la barra.
—Ud. está loco… voy a hacer una denuncia, hijo de putaaa… animate a decir tu nombre, hijo de putaaa… Mi hijo es…
—Santa Fe 4522. Fotos. De todo. Para que el papi vea. Santa Fe 4522.
—Pero… pero…
Y cortó.
Imagínense lo conmocionado que quedó Horacio con este llamado telefónico, con esa varonil voz ruda y gozadora que le había hablado así de su propio hijo. Horacio se miró en el espejo. Estaba húmedo, en calzoncillos, asustado, despeinado, chorreando agua… totalmente turbado, violentado… Cuando pensaba en la imagen de su hijo siendo abusado por hombres como el que lo había llamado, se sentía humillado, violado… Se sentía totalmente loco. Y observó su propio cuerpo en el espejo, del que salía por la bragueta del calzoncillo su miembro completamente erecto.
Lo primero que hizo fue ir a ver a su hijo en su dormitorio. La imagen que vio de su hijo Sebastián lo confundió todavía más. Vio a un bello adolescente durmiendo en slips, el pobre inocente se había dormido boca abajo y mostraba sin saberlo su bello culito a su padre que lo miraba turbado y enloquecido, parecía un nene… pero… pero… totalmente bellísimo, crecido. Con un culo espectacular. Su hijo… su hijo… ¿no sería ya inocente?… ¿Sería cierto? ¿Se habrían abusado esos hombres de él, de su hijo… de su bellísimo nene adorado?
Horacio era un hombre de decisiones rápidas. Decidió vestirse rápidamente, ir a esa dirección que ese hombre infame le había pasado por teléfono, esa dirección la tenía pegadísima en el cerebro, la recordaba perfectamente. Decidió que lo mejor era no despertarlo a Sebastián y sin decirle nada dejar la casa con su hijo total y perfectamente encerrado bajo llave.
Todo el resto de la noche fue cada vez mayor y mayor confusión para el pobre Horacio.
Cuando llegó al lugar, al principio creyó pensar que obviamente se trataba de una broma de mal gusto, pésima, y desestimarla por completo. Ese lugar era un cogedero gay, de lo peor. Pensó que como un hombre como él iba a entrar a un lugar así. Pero después decidió que justamente si lo que le habían dicho por teléfono era cierto, seguramente habría ocurrido en un lugar así.
Venciendo como pudo su pudor, su vergüenza, su asco, Horacio entró al lugar. Lo primero que vio parecía un pub común y corriente, solo que casi en penumbras, y con algunas luces demasiado coloreadas y la música a un volumen que aturdía. Pero a medida que fue adentrándose, cada vez se sintió peor. Le habían dicho que preguntara por Hernán en la barra. Y a la barra se dirigió.
El hombre que estaba en la barra apenas le dirigió la mirada cuando Horacio preguntó por Hernán. Sólo le dijo a Horacio que lo siguiera. Y fueron subiendo unas escaleras y a medida que recorría el lugar Horacio no podía dejar de observar y sentirse cada vez peor. Había cada vez menos luz pero entre las penumbras se distinguía a hombres haciendo el amor con otros hombres, hombres casi desnudos, algunos de ellos totalmente desnudos bailaban para que otros lo vieran. En una parte vio a dos viejos masturbándose mientras un hombre se culeaba con suma violencia a otro jovencito, rubio, joven… casi como su hijo… Debe haber subido como tres pisos el hombre de la barra, seguido por un Horacio sumiso, pasivo, entregado, temeroso… Antes de subir los últimos tramos de una escalera, Horacio pudo ver que un macho vestido únicamente con un short blanco se escupía en la mano y le ofrecía con un gesto obsceno sus pelotas totalmente hinchadas y una verga impresionante completamente al palo.
El hombre tomó un pasillo y Horacio lo siguió. En algún momento llegó a una puerta, y le dijo escuetamente “Acá es”. Golpeó la puerta y se escuchó una voz gruesa y grosera gritando “PASEN PUTOS”. El hombre como si nada abrió la puerta y le hizo a un gesto a Horacio para que entrara. Horacio lo hizo. En un segundo solo pudo notar que había entrado a un lugar totalmente oscuro. No se distinguía nada. Escuchó que la puerta se cerraba detrás de él. El hombre se había ido. Horacio estaba completamente solo, había entrado solo sin darse cuenta. Horacio estaba paralizado por el terror. Todo estaba oscuro, no se distinguía nada de nada. De pronto sus ojos fueron habituándose a la penumbra del lugar, alguien prendió alguna mínima luz y Horacio los pudo distinguir. A los dos.
A los dos hermanos. A Gustavo. A Martín. Los hermanos.
Horacio se largó a reír. Claro. No podía ser de otra manera. Y se los dijo, riéndose:
—Claro, claro.. Cómo no se me ocurrió antes… solamente dos degenerados como ustedes dos, pedazos de putos de mierda, podían inventar una patraña así… dos mentes perdidas y morbosas como la de ustedes dos… ¡Putos, pedazos de putos degenerados!
Horacio no podía parar de reírse, quizás para disimular la turbación de estar en un lugar semejante. Los había reconocido perfectamente, estaban iguales pese a los años transcurridos. Solo que ahora Martín y Gustavo estaban apenas vestidos. Antes —salvo aquella vez— los había visto vestidos ambos de un modo perfectamente elegante y discreto. Ahora ambos mostraban sin tapujos lo que eran. Dos degenerados. Estaban los dos en calzoncillos, en calzoncillos blancos, y mostraban sus cuerpos musculosos y velludos sin ningún pudor. Es más: Lo mostraban con morbo, con incitación, como con soberbia, con orgullo…
Martín, como siempre, era el que tenía el físico más espectacular. Velludo, algo bronceado, con su cuerpo fornido, macizo, se distinguía en el bulto de sus calzoncillos un tamaño totalmente descomunal. Gustavo, de todos modos, no se quedaba muy atrás. Tenía un cuerpo apenas un poco menor que el de su hermano mayor, pero un calzoncillo aun más diminuto que el de Martín mostraba un cuerpo totalmente trabajado e igualmente sensual.
Horacio no podía parar de reírse. Martín lo miraba con un dejo de sonrisa totalmente irónica, como gozándolo a Horacio… Gustavo era el más serio. Como siempre, habló Martín:
—Mirá, Horacio… veo que te acordás perfectamente de nosotros. OK, mejor… Nosotros también nos acordamos siempre de vos. La cosa es así, Horacio. Tu hijo vino aquí esta tarde, estuvo con nosotros y…
—Pará, pará Martín —lo interrumpió con total seguridad Horacio.— Ya no soy el mismo de antes. No me vengas con mentiras, con degeneraciones… A mí no me engañás más.
Martín siguió hablando como si nada: —Le hicimos a tu hijo lo mismo que en un sentido vos nos hiciste a nosotros. Mientras Gustavo lo garchaba, yo sacaba las fotos; después cuando me lo culeé yo…
Horacio entró directamente a bramar, enrojecido, loco de furia: —¡¡¡Dejen de inventar degeneraciones, putos de mierda, hijos de putaaa, paren yaaa!!!
Gustavo tranquilamente hizo la pregunta: —¿No querés ver las fotos, Horacio?
Horacio quedó demudado. Fue Martín el que siguió la conversación: —Todas las fotos están en el celular, todavía sin revelar. Preparadas para que el papi Horacio las vea. Por 5000 dólares mañana, en efectivo, aquí mismo, te entregamos el celular. Y nosotros nos quedamos sin nada…
Y Martín hizo una sonrisa grosera mientras añadía: —O… casi sin nada… solamente con el recuerdo de habernos garchado a un nene perfectamente lindo y sensual… y putito…. Un putito casi tan lindo como su papi Horacio…
Horacio estaba totalmente confundido. No podía hablar.
—El pacto es simple. Te acercás a esta mesa donde está el celular. Ves las fotos. Confirmás lo que te estamos diciendo. Y venís mañana de nuevo, pero con la guita. Con la guita en billetes constantes y sonantes. Y aquí no ha pasado nada.
Horacio se había transformado en un zombi. Casi sin darse cuenta se aproximó a esa mesa, donde efectivamente estaba el teléfono celular con las fotos cargadas. Cuando se inclinó para tomar el teléfono, sin saberlo escribió su propia condena. Ya era demasiado tarde. Había hecho el movimiento fatal.
Gustavo le había tomado las muñecas por atrás. Lo había esposado. Y Martín se sacó el calzoncillo, tranquilamente, hermosamente, machamente. Con su magna presencia de macho tranquilo y espectacular, seguro de sí, Martín al sacarse el calzoncillo lo escupe, tira en el calzoncillo un buen chorro de abundante saliva y se lo pone a Horacio en la cara. Se escucha la voz de Gustavo decir:
—Vas a hacer todo lo que te diga Martín. Por tu propio bien. Y no quieras hacerte el loquito, Horacio, porque de acá salís directo a la morgue.
—No te hagás la putita fina, Horacito… acá vas a ser nuestro puto y si no nos servís bien, sos boleta —dice tranquilamente Martín, sin dejar de refregarle su calzoncillo por la cara y la boca a Horacio, para que éste no pueda hablar.
A partir de ese momento le empiezan a ocurrir cosas a Horacio que él nunca olvidaría, aunque nunca se las haya confesado a nadie. Cada noche posterior recordaría punto por punto todo lo que le habían hecho Martín y Gustavo. Pero en ese momento estaba como un zombi, no sabía cómo reaccionar, lo habían agarrado… y se sentía completamente impotente… no sabía cómo rebelarse…
Al rato era Gustavo el que le hablaba a Horacio, y Martín mientras tanto se complacía en refregarle las bolas por la cara, en escupirse cada tanto en las manos, enjuagarse el miembro y pasárselo por toda la jeta a Horacio; otras veces escupía directamente en su calzoncillo y era el calzoncillo lo que le pasaba por las testillas, por el culo, por la cara a quien sería ahora, por fin, su putito: Horacio.
Gustavo decía: —En este momento ya te estamos filmando, Horacito, así que guarda con hacerte el vivo. También queremos fotografiarte, acá tenemos el celular preparado para sacarte fotitos mientras te desnudamos, te usamos, te desvirgamos.. Mientras te rompemos el culo, Horacito… Te cuento que además si querés rebelarte contra alguno de tus dos machos, te vamos a fajar bien fajado, y te hacemos boleta. Acá tenés la prueba.
Horacio la sintió primero en el culo y luego en la cara. Calibre 38.
Siguió Martín: —Si te portás bien y te dejás usar bien y te vas de acá bien culeado y con el ano bien sucio de guasca, todos contentos y acá no ha pasado nada. Si no, va a haber sangre. Te reventamos los sesos. En la parte de atrás hay suficiente cal viva como para que de vos no quede un solo hueso intacto.
Casi sin respiro pero con suma tranquilidad, sin dejar de escupirse las bolas y el calzoncillo para pasárselo por la cara a Horacio, le dijo Martín a Gustavo: —Desnudameló.
Horacio empezó a cabecear, “esto es una pesadilla” se decía, ni siquiera podía gritar porque Martín le metía el calzoncillo hasta el fondo de la boca, empezó a retorcerse como un bicho antes de ir a la quema.
—Sacale todo menos el calzoncillo. Y el calzoncillo bajaseló hasta las rodillas que a Horacio lo quiero con el culito bien abierto y preparado para su macho. Así que empezá nomás, preparameló, hermano…
Horacio sentía cómo las manos invasoras, húmedas, obscenas de Gustavo le palpaban todo el cuerpo, le sacaban la ropa sin que él pudiera hacer nada, pronto se sintió casi completamente desnudo, estaba en calzoncillos, las manos de Gustavo seguían recorriéndolo, palpándolo, horadándolo, humillándolo… Martín asistía a todo esto con paciencia mientras cada tanto se untaba el palo y las bolas con su propia escupida.
—Vas a ser mi puto —le dijo como una sentencia, con total tranquilidad, su morboso macho Martín.
Pronto Horacio sintió cómo las manos de Gustavo lo empezaron a tocar primero por la cadera, luego fue bajando, inmediatamente y sin poder defenderse, sin poder dejar de sentirse cada vez más humillado y más impotente… Horacio sintió cómo de un solo movimiento brutal y violento Gustavo le bajaba el calzoncillo. Horacio empezó a llorar, Martín sonreía como con total inocencia, cada tanto seguía escupiéndose, ahora más que nada en el calzoncillo que tenía en su mano, y le daba a Horacio el calzoncillo recién escupido como si fuera un bebé que se deleitara chupándolo… Gustavo seguía haciendo su trabajo con total rapidez, con total brío.
Horacio podía notar en todo su cuerpo, y sobre todo en su culo, ahora completamente al aire, con el calzoncillo bajado, cómo Gustavo debía estar totalmente al palo, excitado de estar preparándole el culo a Horacio para su hermano Martín, porque Horacio escuchaba cada tanto su respiración agitada, sus gimoteos… al principio Horacio no entendió qué era eso qué estaba haciéndole Gustavo en el culo. Pronto se dio cuenta.
Sintió bien adentro de su culo la disparada urgente, humeante, olorosa del chorro amarillo de la verga de Gustavo descargando todo su meo bien adentro del ano, mientras que con las manos le tenía abiertas de par en par las cachas.
Cuando Horacio se dio cuenta de que Gustavo estaba meándolo, que Gustavo estaba haciéndole eso en el culo, se encabritó nuevamente. Empezó a moverse de nuevo y a forcejear, como queriéndose liberar. Lo agarró Martín brutalmente de la cabeza, puso su cara pegada a la de Horacio y mirándolo fijamente a Horacio a la cara empezó a hacer un gesto raro con la cara, y a la vez hacía ruidos con la boca, como haciéndose gárgaras. Empezó a rejuntar saliva en la boca y mirándolo fijo a Horacio le descargó toda la escupida en la jeta.
—No te hagás el vivo. Ni lo intentes.
Horacio tenía la cara completamente escupida, y sentía cómo después de echarse un meo Gustavo seguía trabajándole el culo, imitaba ahora a su hermano, se escupía cada tanto, se pasaba la escupida por la mano y con los dedos bien impregnados de su baba se metía brutalmente, profundamente en el culo de Horacio. Que estaba aterrorizado. Martín seguía sujetándole la cara y seguía respirándole en la boca, sin dejar de mirarlo fijo. Así estaba cuando le dio la orden:
—Masturbame.
En el mismo momento de decirlo, Gustavo lo sujetó fuertemente por el culo con ambas manos y Martín le puso la 38 en la sien.
Horacio estaba aterrorizado, no podía creer estaba pesadilla pero no era loco. Hizo lo que le pedían. Sabía bien claro cuál era el riesgo. Tomó con su mano temblorosa el miembro infartante y henchido de Martín. Empezó a masturbarlo sin saber bien cómo hacerlo, tratando de imitar pese a su temblor el movimiento que hacía cuando se masturbaba él mismo.
Martín le dijo: —Más rápido.
Mucho más humillado se sintió Horacio cuando empezó a ver la cara de placer de Martín y sentía en su mano cómo el pene de Martín crecía en volumen más y más en su mano, pero lo peor fue cuando le dijo: —Eso, mamita, eso… hacé gozar a tu papito.
Martín parecía sumido en el éxtasis y Horacio no podía dejar de mirarlo. Lo tomaron de sorpresa por segunda vez porque no podía dejar de mirarlo fijo él también a Martín y ahí fue cuando sintió, ahora en su mano que masturbaba a su macho, el líquido caliente, humeante, que salía del pene de Martín. Lo estaba meando en la mano, el hijo de puta, mientras su puto lo pajeaba. Mientras su puto Horacio, en realidad, sin saberlo, sin querer intuirlo, estaba preparándole el miembro a su macho Martín para que le rompiera bien el culo.
No sabía por qué, se lo preguntaría después muchas veces, pero no podía dejar de mirarlo en la cara bien de cerca de Martín. No podía desviar la mirada de él. De todos modos, seguía sintiendo cómo Gustavo seguía preparándole el culo, ya debía tener tres dedos en lo profundo de su ano, se lo estaba dilatando, el culo de Horacio estaba empapado del meo y de la baba de Gustavo que seguía preparándole el culo al puto para su hermano.
Así creía Horacio. Por eso al principio también fue sorprendido cuando empezó a notar completamente alarmado que el miembro de Gustavo iba de a poco hundiéndose entre sus nalgas. Le estaba apuntando con su propia pistola Gustavo en el culo a Horacio.
Horacio tenía pavor justamente de eso. No quería que lo culearan. Quería pedir por favor que lo dejaran hablar pero… entre que no le salían las palabras y que cada tanto Martín seguía metiéndole su calzoncillo sucio en la boca, no podía. No podía implorar que por favor eso no. Eso no. Cualquier cosa. Iba a hacer todo lo que le pidieran. Pero por favor, por Dios, eso no. El culo no. Horacio se moría, nada tenía sentido en el mundo si le rompían el culo…
Como si leyera su pensamiento, casi sin abrir los ojos, sumido en la masturbación que seguía prodigándole su leal puto Horacio, Martín le dijo: —Sí, Horacito… es lo que te estás imaginando. Eso mismo.
Horacio estaba dispuesto a todo, a morir, a hacer cualquier cosa con tal de que no le tocaran el culo, por favor, por Dios, por… AHHHHHHHHHHHHHHHH, así fue el bramido que largó Horacio cuando sintió el dolor súbito, horrible de tener el miembro incrustado de Gustavo en el ano. Se la había metido de una, totalmente brutal, y le estaba desgarrando el culo. Fue entonces que Martín dijo: —Estás haciendo mucho ruido, Horacito… Vamos a tener que taparte la boca nomás…
Al siguiente alarido que pegó Horacio, totalmente humillado, totalmente lacerado hasta las entrañas por el dolor bestial que sentía en el ano por el pene infartante de Gustavo que estaba culeándoselo, Martín le abrió la boca brutalmente, con las dos manos, y le metió bien adentro todo su miembro: —Así, mamita… así, así… Chupá bien. Así, mové bien con la lengüita, mi amor. Dale, puto, dale.. Chupá bien o te reviento los sesos.
Horacio chupaba frenéticamente, un poco por miedo, un poco por vergüenza, mucho por terror, chupaba frenéticamente el palo de Martín, como apoyándose de algún modo en el miembro de Martín por la herida lacerante que sufría en el culo por Gustavo, Martín empezó a entrecerrar los ojos nuevamente, Gustavo a respirar más pesadamente todavía que antes, por eso Horacio se sintió brutalmente amenazado cuando vio que sin despegar un milímetro el pene de la boca de su puto, Martín le tomó con el celular bien pegado a la cara de Horacio la primera foto.
Sacó miles de fotos, una tras otra, como si a Martín lo excitara esa terrible, mortífera combinación: que su hermano Gustavo se estuviera culeando a su puto Horacio, que Martín los tuviese a los dos totalmente a sus órdenes, cómo si entre la lengua y la baba de Horacio su pene se sintiera en el mejor de los mundos, por todo eso junto, quería fotografiar, sacar todas las fotos necesarias hasta que Horacio estuviera por fin completamente sucio, sucio en el culo por la guasca de Gustavo, sucio en toda la cara y la boca por el semen que estaba calentándole y preparándole Martín.
Horacio empezó a llorar fuerte cuando sintió en lo profundo de su ano el chorro inconfundible, caliente, poderoso, urgente de Gustavo descargando todo su semen allí… Horacio estaba tan desesperado que, como un bebé en estado de desesperación absoluta, se prendió bien fuerte del miembro de Martín, al que chupó con mas frenesí, mas devoción que nunca. Como si de algún loco y extraño modo Martín fuera a salvarlo, cuando en realidad era quien estaba abusándolo más que nadie. Horacio sintió casi al mismo tiempo las dos guascas de los dos hermanos, estaban perfectamente sincronizados, mientras le ensuciaba el culo a Horacio el semen a borbotones de Gustavo, la guasca de Martín salió en un espeso y fuerte chorro mojándole toda la boca, la lengua, la cara toda.
Apenas le dieron respiro. Apenas estuvo completamente inerte, tirado en el piso, sucio de guasca en el culo, sucio de guasca de Martín en la boca, Gustavo se paró sobre Horacio, poniendo cada pierna al lado de cada extremo de Horacio y lo fotografió por todos lados. Incluso se complació en darle el gusto a su hermano Martín cuando éste le dijo: —Ponelo en cuatro como una perra, con mi calzoncillo sucio en la boca. Sacale también fotos por el culo…
Horacio estaba como desmayado, sabía perfectamente bien qué le estaban haciendo. Pero ya se había entregado. No pensaba nada. No podía hacer nada. Que hicieran con él lo que quisieran.
Los hermanos pusieron música, se pusieron a tomar cerveza, cada tanto hablaban de otra cosa, todo como si Horacio no estuviera allí, en el piso, silencioso, totalmente sucio, totalmente derrotado y totalmente… culeado. Violado. Solamente se acordaban de él cuando se había juntado mucha cerveza en sus cuerpos y se acercaban al cuerpo tirado de Horacio para tirarle un meo.
Horacio no decía una palabra. Ni siquiera se movía. Los dejaba hacer.
Tampoco se movió, ni se sorprendió, ni siquiera pensó nada cuando vio que Martín y Gustavo empezaban a hacer de las suyas, también en el piso. Cuando se tiraron en el piso, en calzoncillos, y empezaron a hacer sus juegos sucios de hermanos cómplices y degenerados, como aquella vez… casi repitiendo paso por paso los mismos movimientos.
Gustavo tirado en el piso boca arriba, Martín sentándose sobre su hermano, poniéndole el culo al nivel de la cara, para que se lo chupe, como en posición de cagar, pero sin apoyar del todo el culo en la cara de su hermano. Gustavo también como aquella vez empezó a hacer de nuevo su experto trabajo de hermanito menor con la lengua. Le mojó bien el culo a Martín, le lavó bien el ano, Horacio los miraba extasiado y entontecido, por eso casi se sorprendió cuando Martín con el culo gozando por la lengua de Gustavo que lo cogía, le dijo a Horacio: —Sacanos fotos.
Y Horacio cumplió. Horacio pensaba hacer todo lo que los hermanos le ordenaran. Al rato, Martín se incorpora, se baja un poco el calzoncillo, lo agarra con un poco de brutalidad a Gustavo y empieza a manosearlo y a darle besos en la boca, mientras le manosea todo el cuerpo, y le dice a sus dos putos: —Vos, Gustavo, masturbame. Y vos, puto, ahí, seguí sacando fotos.
Horacio sacó todas las fotos que pudo. Estaba extasiado, enloquecido, totalmente sucio de guasca pero totalmente entregado a los caprichos sexuales de los dos hermanos, Martín y Gustavo. Estos se abrazaban, se manoseaban, con los calzoncillos bajados se masturbaban, se tocaban el culo, todo esto sin dejar de darse espléndidos, largos, mojados besos en la boca todo el tiempo.
Se escuchó la voz de Martín: —Vos hermano, seguime pajeando a mí, mientras el puto Horacito se pajea mirándonos a los dos. Dale, puto, ahí, a vos te hablo, mierdaaaa….
Horacio se sintió casi bendecido por la orden de Martín. Se bajó un poco el calzoncillo y empezó a manosearse el pene, todo sin dejar de mirar el hermoso espectáculo de sus dos machos en calzoncillos, haciéndose el amor, bellamente, como dos hermanos varones que se aman a punto de consumar su varonil unión, comiéndose las bocas, disfrutándose el uno al otro en la fiebre de sus cuerpos masculinos y espléndidos.
—Tocate el culo mientras te pajeás mirándonos, puto boludo… y empezá a gemir como una putita. Dale o te reviento.
Martín cada tanto daba estas órdenes y al segundo de darlas, volvía con su boca a comerse la boca de su hermano Gustavo y a matarlo a besos. Estaban los tres totalmente extasiados. Pero Martín nunca se olvida de lo que quiere, no se deja llevar tan fácilmente. Gustavo y Horacio son diferentes. Tienen que seguirlo a él. Al hermano mayor. Al macho.
Por eso Gustavo no vacila un segundo cuando Martín lo aparta subitamente y le da la orden: —Agarralo al puto. Servimeló.
Horacio estaba en otra, estaba en éxtasis tocándose el culito y como siempre cuando llega a darse cuenta ya es tarde. Se deja levantar por Gustavo, quien empieza de nuevo a prepararle el culo. No opone resistencia. Gustavo lo sube a Horacio a la mesa. Le levanta las patas. Empieza a chuparle el culo a él, a Horacio, al puto que va a ser de su hermano, al recién culeado por su propia poronga. Horacio escucha la voz de Martín mientras Gustavo se lo coge ahora con la lengua:
—Dale, puto de mierdaaaa… te dije que gimieras como una putita. Dale puto, gemí carajo, que mi hermano te está haciendo el culo, pedazo de forro…
Nadie estaba tan humillado, tan feliz, tan sucio, tan entregado, tan derrotado, tan enloquecido como Horacio, con las piernas en alto, con el culo totalmente mojado por la lengua de Gustavo que se lo cogía… Nadie tan perdido como Horacio cuando Martín se le aproxima para culéarselo, por fin, para reventarlo y hacerlo mierda. Él. El Macho. El Hermano Mayor. Martín.
Tan fuera de sí estaba Horacio, tan puto, cuando Martín empezó a bombearlo que —aunque estaba amenazado y con la boca tapada de nueva por el calzoncillo sucio de Martín que le había puesto Gustavo— se animó a decirle:
—Sí, Martín, sí…. Voy a hacerte gozar, Martín, ahhhh… voy a hacerte gozar como un macho hermoso, eso es lo que sos, Martín, por todo lo que te amo, por todo lo que te amé siempre, por todo lo que te hice por ser yo un hijo de puta y un puto de mierda, Martín, mi amor, mi macho, perdoname, Martín, reventame macho, haceme tuya macho…. ahhhh… ahhhh….. aaaahhhh..

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar

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