ARREBATO SEXUAL


Un texto de: Diego Putito Lopez
diegomotion1@yahoo.it
Con fotos de: Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

El Ingeniero Molina observaba la maqueta del edificio que iba a construir y pensaba que hoy sería inevitable. Era una torre de departamentos de unos 20 pisos, rodeada de un espacio verde y otros 2 edificios muy pequeños. La maqueta le parecía una poronga en erección y pensaba que se parecía a la suya. “Hoy va a ser inevitable”.

Salió de su oficina y se despidió de su joven cadete, a los tres pasos se dio vuelta para mirarlo de atrás, se deleitaba viendo su culo, tan paradito. Imaginar comerse ese culo hacía que se le parara la pija ahí mismo y tuviera que taparse con el maletín para que no lo advirtieran los demás. “Hoy va a ser inevitable”.

Llegó a su casa y vio a su hijo estudiando con un compañero de escuela en la mesa del comedor, lo saludó con un apretón de manos. “Qué dedos tan finos, qué varonil, qué cuerpo tan atractivo y tierno. Me gustaría meter su mano en mi calzoncillo para que me acaricie la pija, los huevos y acabarle encima de la cara, besarlo y chuparle toda la lechita.”

-Hola mi amor- saludó a su mujer y se sentó para almorzar. “Hoy tengo un día muy difícil, lleno de tentaciones.”
Miró en la televisión un partido de tenis, a cada rato enfocaban los culos de los tenistas, inclinados y listos para darle a la pelotita. “Parecen listos para que los ensarte de una”. En cada raquetazo se los escuchaba gemir, la pija de Molina daba saltos de excitación, el amigo de su hijo tenía una boca hermosa, seguro que lo chuparía bien. “Mojé todo el calzoncillo”.

-Me ducho y salgo con los muchachos amor, hoy tengo fútbol.
-¿Para qué te duchás si vas a transpirar a lo loco?
“Buena pregunta, pero tengo un olor a bolas tremendo.”

-Primero vamos a tomar algo, no puedo estar con olor a chivo mientras bebo mi vaso de Cunnington.
El agua fina caía sobre la cabeza de Molina, los pelos aplastados sobre la frente lo hacían verse mejor, una gota de agua se amacaba en su grueso labio, la bebió. Estaba sentado bajo la ducha, con la mirada perdida. Todavía tenía puesto el calzoncillo, mojado, pegado a su pija se dibujaba el contorno. Se admiraba a sí mismo, le gustaba verse, pero ahora estaba pensando en la persona que veía todos los jueves después del partido. Paradójicamente él sólo fumaba un día de la semana, y era después del partido de fútbol con los amigos, se despedía y se compraba un paquete de 43/70. Y lo imaginaba ahora, mientras el agua de la ducha recorría su cuerpo haciéndole interminables cosquillas. Mientras su pija crecía debajo de la tela mojada y tibia. Con la mirada perdida pero todo su cuerpo excitado. Se lo imaginaba semidesnudo, con un fondo de color y unas luces tenues que recorrían su cuerpo. Posando para él, con algo de humo en el ambiente, probablemente el humo de su cigarrillo. Y tenía la mirada del que mira algo que le gusta, una mirada de aprobación y complicidad, los labios le incitaban a besarlo, su cuerpo se dejaba tomar, listo para ser penetrado. “Hoy va a ser inevitable”.

Dejó de soñar despierto. Salió del baño, se cambió, preparó su bolsito y se fue al club.
Durante el partido tuvo la oportunidad de festejar un gol de su equipo abrazando a su amigo por atrás y apoyarle la verga con fuerza mientras los demás compañeros también lo abrazaban y lo felicitaban. Pero fue el único gol que festejaron, perdieron 3 a 1. Molina no dejaba de mirarle las piernas a sus competidores, en especial los bultos, pero con cierto disimulo. En las duchas era una gran tentación pero se distraía hablando del trabajo y del partido, en especial hechándole la culpa al arquero:
-¡Gordo! Sos un inútil, te comiste cada amague.
Pero a pesar de la ducha y de la derrota en el fútbol no podía dejar de pensar en algo que lo obsesionaba. Ahora mismo iba a verlo. “Hoy va a ser inevitable”. Salió del club, se despidió de sus amigos y fue a comprar su paquete de cigarrillos al kiosco. Lo atendió el de siempre, el de todos los jueves a la tardecita. Con ese cuerpo delgado, pero atlético, la piel dorada, los ojos color miel, tan masculino. El cabello un poco rubio…

-¿Le doy lo de simpre? -esperó respuesta pero Molina dudaba- ¿Un 43/70?
Molina entró por la ventanita ridícula del kiosco trepándose al mostrador. Nadie en la calle se interesó por el hecho curioso, solo pasaban y seguían su camino. Minutos después el kiosquero estaba tirado en el suelo. No podía defenderse, estaba bien maniatado. No podía gritar, estaba bien amordazado.
Molina lo miraba agitar las manos y murmurar, pero no podía entenderle, probablemente le decía: “¿Porqué a mí? ¿Qué vas a hacerme? Soltame, dejame ir, no me hagas nada”

Bajó la persiana y quedaron casi a oscuras. Con la mínima luz y en silencio, le fue soltando el cinto y bajando los pantalones. Al contacto de la piel de sus manos con las piernas de aquel hombre Molina se sintió sobre excitado. Se desabrochó rápidamente su pantalón para quedar en bolas. Tomó una caja de preservativos del mostrador solo para sacar el gel y colocarlo en su verga y en el culito peludo del kiosquero. Se quejaba y trataba de oponerse, pero Molina no le hacía caso, todo lo contrario, se excitaba más. Empujó su pija hasta el fondo. Por curiosidad palpó las bolas del tipo y le tocó la pija para comprobar con sorpresa que también estaba dura. Comenzó a pajearlo y sentía como se movía el culo por dentro. Comenzó a cogerlo, mientras le masajeaba los pesones, mordisqueaba su cuello y olía su nuca y su pelo revuelto. Aceleró los movimientos y acabó deprisa. Se vistió y se fue corriendo. Molina no pudo dejar de fumar, pero tampoco dejó de tener fantasías.

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