Gustavo, mi cuñado



Un texto de: Marianito
Con fotos de: Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

Cuando mi hermana Laura se casó yo tenía 14 años cumplidos, y aunque era mi única hermana, no sentí ninguna pena de que se casara, al contrario, estaba feliz, porque disfrutaría por primera vez de una habitación para mi solo. Por fin tendría el cuarto desordenado y nadie me iba a gritar por tener tirados shorts y calzoncillos sucios por todos lados, podría dormir en bolas como siempre había querido, y podría masturbarme en la cama sin tener que esconderme en el baño. Por donde se mirara, que Laura se fuera era una bendición.
Obvio que iba a extrañarla un poco, igual. Si cuando empezó a andar de novia con Gustavo, tuve hasta un poco de antipatía por ese macho alto y re fuerte que se cogía a mi hermana. Pero cada vez que lo conocía mejor, empezó a gustarme a mí también. Y cuando digo gustarme me refiero realmente a eso. Mi hermana estaba loca por él y todos nos dábamos cuenta. Hasta ese momento yo no sentía sino una gran simpatía por mi cuñado, pero una noche en que ellos habían salido a bailar y yo me había quedado hasta muy tarde escuchando música todo cambió.
Estaba en mi cama cuando escuché el sonido del auto de Gustavo. Apagué la música, porque Laura no tardaría en entrar y se iba a armar despelote, pero los minutos
pasaron y Laura no aparecía. Me asomé a la ventana y vi que ellos estaban en el auto todavía, imagino que despidiéndose. Laura y Gustavo estaban apretando y franeleando a lo bestia en el auto. Con un poco de morbo me quedé espiando a mi hermana con su macho. Las manos de Gustavo se metían en la remera de Laura, y mi hermana a su vez le acariciaba las bolas adentro del calzoncillo. Me llamó la atención el pedazo de bulto que tenía apretado adentro del calzoncillo Gustavo.
Empecé a desear que mi hermana se avivara y se lo sacara, para poder verlo mejor. La luz no era muy buena y yo me estaba quedando ciego tratando de ver el calzoncillo y las bolas de mi cuñado.
Al final Laura se apartó y empezó a arreglarse la ropa. Gustavo trató de retenerla, pero la boluda de mi hermana no cedió y se bajó del coche, despidiéndose rapidísimo. La puteé en silencio mientras veía al potro de Gustavo tratando de acomodar su tremenda erección adentro del calzoncillo, sin lograrlo. Cuando mi hermana entró en la casa, vi a Gustavo abrirse la bragueta y sacar su hinchado pene de la prisión de su calzoncillo. Su largo y grueso miembro me dejó sin respirar. Nunca había visto otro pene que no fuera el mío, y de pronto, ese pedazo de palo de macho me brota una desconocida y fuerte atracción que nunca había sentido antes por un macho. Hubiera querido poder volar desde la ventana hasta el coche de Gustavo para mirarlo de cerca. Necesitaba verlo con detalle, mirarlo de cerca. Escuché los sonidos que hacía mi hermana abajo en la cocina sin perder detalle de mi cuñado. Vi que Gustavo se acariciaba su verga hinchada y yo hice lo mismo con la mía. Separados, y sin que él lo supiera, alcanzamos juntos el orgasmo. Vi que Gustavo sacudía su mano fuera del coche y que arrancaba el auto sin meterse de nuevo el pene dentro del calzoncillo. Lo vi irse a la mierda y me lo imaginé manejando en la noche, con la poronga al palo, dura como un fierro, apuntando hacia arriba, mientras la guasca seguía espumeándole dentro del calzoncillo.
Me acosté antes de que mi hermana terminara de llegar y me dormí soñando por primera vez con mi cuñado Gustavo.
Después de aquella noche, Gustavo fue otra cosa para mí. Seguía siendo el de siempre, pero yo lo miraba con otros ojos. Empecé a fijarme mucho más en él. Miraba su cara de macho fabuloso y hermoso, y adoraba su cara sobre todo cuando no se afeitaba. Veía esos pedazos de brazos cubiertos de vello oscuro y estaba pendiente de atisbar entre los botones abiertos de su camisa un poquito de su pecho poblado de vello bien macho. Si alguna vez Gustavo venía en shorts, yo no me quería alejar ni un milímetro, para disfrutar de sus piernas largas y peludas, delgadas pero definidas, como las de un corredor. Si por casualidad abría las patas al sentarse y estaba en shorts, yo me ponía al palo de solo imaginar lo que había entre esas piernas y cualquier atisbo en su short que me permitiera adivinar la silueta de sus pelotas o de su pene casi me hacía eyacular encima.
Ni mi hermana ni él parecían notar mi calentura permanente, pero yo vivía para esas veces en que Gustavo venía a casa. No sé si a alguno de ellos les parecía raro que yo no me despegara para nada, pero nunca me impidieron hacerlo. Siempre que era posible los acompañaba, y Gustavo se acostumbró a mi presencia.
En una ocasión organizaron una salida en la facultad donde estudiaban los dos y yo hice todo lo posible para que me inviten. Mi hermana no estaba muy de acuerdo, pero Gustavo me apoyó. La salida era en un club y ahí por primera vez vi a Gustavo en shorts de baño. Alto y velludo, fuerte como un roble, mi atracción crecía más que nunca. No me aparté de él en todo el día. Al final del día, hombres y mujeres se separaron para ducharse y cambiarse antes de volver.
Entré a las duchas atrás de Gustavo, admirando su firme culo de macho moviéndose bajo el short de baño. No había duchas suficientes para todos, y el grupo se dividió compartiendo duchas. Por supuesto yo no me despegué de Gustavo y cuando empezó a desnudarse para bañarse me sentí más excitado que nunca. Me dijo que me apurara a bañarme o me iban a ganar la ducha, pero yo no podía desnudarme sin que se me notara la pija toda al palo. Le dije que mejor esperaba hasta llegar a casa para ducharme. Sin decir nada se dio media vuelta y se bajó el short. A partir de ese momento creí que me volvía loco de lo puto. Definitivamente, Gustavo me gustaba. Estaba enamorado de Gustavo. No podía dejar de mirarlo en bolas en su ducha y estaba a punto de estallar de la calentura.
Meses después Gustavo y Laura nos confirmaron que se casaban. Sentí de todo. Celos, culpa, calentura y bastante alegría también de saber que de alguna manera a Gustavo lo iba a tener siempre cerca.
Cuando ya fueron matrimonio y se fueron a vivir juntos se estableció una rutina donde cada viernes venían a cenar a casa.
Mi nueva pieza había sido totalmente decorada a mi gusto, y yo me masturbaba en mi cama cada noche, siempre con Gustavo en la mente. Soñaba, solo soñaba. Me masturbaba todo el tiempo pensando en mi macho Gustavo, del que me había enamorado. Gustavo. Gustavo,me gustás, me decía todo el tiempo mientras enchastraba mis eslips.
Uno de esos viernes de cena familiar, los recién casados nos dieron la feliz noticia de que ya estaban esperando un bebé. La familia los felicitó y yo no pude dejar de pensar en la verga de Gustavo arrojando aquellos millones de espermatozoides que permitirían a mi futuro sobrino formarse y nacer. Así de trastornado estaba todavía por mi cuñado.
Pasaron los meses. La panza de Laura se hinchó como un globo. Como era su única hija, mi vieja no dejaba pasar un día sin estar al tanto del embarazo de Laura, y al empezar el noveno mes decidieron que Laura se vendría a la casa para que mi vieja pudiera atenderla. Como yo me iba a quedar de nuevo sin mi pieza decidieron que me fuera a la casa de ellos, la de Laura y Gustavo, hasta que naciera el bebé. Un mes entero en casa de Gustavo, él y yo solos. Mi futuro sobrino se ganó no solo mi cariño, también mi agradecimiento. Tendría oportunidad de disfrutar de la compañía de su padre por 30 días y eso era el mejor regalo que podían hacerme.
Gustavo me recibió tan amable como siempre y como su departamento era chico, dijo que si no me molestaba podía dormir en su cama. Sobra decir que aquello no me
molestaba para nada.
Sin que me lo pidieran asumí el papel de mi hermana. Me levantaba temprano para preparar el desayuno de Gustavo. Para agregarme calentura como si fuera a propósito, Gustavo se levantaba siempre en calzoncillos y así en calzoncillos pasaba una hora bien pasada tomando café y leyendo el diario sin cambiarse. Yo me sentía su puta esclava sirviendo el café y acomodándole las cosas para el macho que se iba a trabajar. Y me encantaba ser su mujer. Y lo espiaba cuando se duchaba por una rendija de la puerta y me masturbaba mientras lo veía desnudo sin enterarse de que el puto de su cuñado lo observaba. A la noche, Gustavo dormía con unos boxers de algodón viejos y suaves. Yo me hacia el dormido dormir y cuando lo escuchaba respirar pausado y profundo, me copaba mirándolo. Bajaba las sábanas y me acercaba lo más posible a sus bolas sin atreverme a tocarlo, aspirando el aroma de su sexo bajo la tela del bóxer, tratando de adivinar la forma abultada de su verga. Un par de veces encontré una erección bajo la tela del calzoncillo, y hubiera dado cualquier cosa por tocarla, pero nunca me atreví.
Después de una semana, las erecciones nocturnas de Gustavo eran constantes. El macho estaba caliente por la falta de sexo. Mi hermana estaba en otra casa, y prácticamente imposibilitada de satisfacerlo. A la mañana siguiente, al espiarlo mientras se bañaba, vi que se pajeaba. No pude resistirme y entré al baño con el pretexto de acercarle una toalla. Me miró sorprendido aún con la mano moviéndose sobre su pene duro y tenso, y aunque noté su mirada de vergüenza, su calentura de macho no lo dejó detenerse. Yo me acerqué a la ducha y sin pensarlo más me arrodillé frente a él, acercándole mi boca. Entre sorprendido y excitado, Gustavo me dejó acercarme a la punta lubricada y húmeda de su verga y suspiró resignado cuando me la metí entre mis labios.
Esto no está bien – dijo con labios apretados sosteniendo su pene hinchado con una mano y deteniendo mi cabeza alejada con la otra. Yo insistí en silencio tomándolo por sus afiladas caderas y atrayéndolo hacia mí sin dejar salir su glande rosado dentro de mi boca. Terminó cediendo lentamente, dejando que un poco más del tronco hinchado entrara en mi garganta. El resto fue más fácil, y pronto tenía la totalidad de su erección entrando y saliendo con un ritmo rápido y exigente. Lo sentí tensarse, sus piernas se pusieron rígidas y se paró sobre las puntas de sus pies. Sus manos tomaron mi cabeza mientras su cadera se empujaba con más fuerza sobre mi rostro. Los pelos negros de su pubis me arañaron la nariz y la dureza de su verga me marcó que el macho estaba por acabar. Intensifiqué los movimientos de succión y mi lengua recorrió despacito pero con fuerza su húmeda piel. Mis manos se aferraron a su culo mojado y vibrante para que me acabase y el chorro caliente y abundante de su semen me llenó la boca. El sabor ácido y penetrante de su guasca me animó a succionarlo hasta el ultimo momento, hasta haberle sacado la última gota de la misma sustancia con que mi futuro sobrino se había formado. Lo ordeñé hasta dejarlo seco.
Gustavo salió del baño sin decirme nada. Se vistió como siempre para irse a trabajar y al despedirse hizo el intento de decirme algo y se arrepintió. Estaba por irse nomás cuando se dio vuelta y me abrazó. Solo me apretó fuerte y muy, muy despacio, susurró en mi oído:
-Gracias, Marianito cuñado.
Esa noche lo esperé hasta muy tarde con la cena caliente y Gustavo no llegó. Pensé que a lo mejor había cagado todo por no haberme sabido contener y me sentí mal por él y por mi hermana. A la mañana siguiente Gustavo estaba en la cama como siempre.
Debía haber llegado tan tarde que ni siquiera me había dado cuenta. Cuando se levantó para bañarse, empecé a preparar el desayuno. No me atreví a meterme al baño nuevamente y lo esperé mejor en la cocina. Cuando salió a desayunar aun no se había vestido.
Me quedé esperándote en el baño, – me dijo simplemente.
Yo lo miré con una fuerte mezcla de excitación y cariño. No dije nada más. Gustavo me miraba directo a los ojos invitándome a que me acercara. Caminé hacia él sin dejar de mirarlo. Sus largas piernas se fueron abriendo mientras me iba acercando. Un paso más y el nacimiento del tronco de su pene estaba a la vista. Cuando me arrodillé entre sus piernas separadas, la verga entera estaba a mi disposición.
Esta vez no había apuro, ni culpa, ni espera. La verga de mi cuñado era mía, y me dediqué a adorarla. La olí con detenimiento, con esa mezcla de jabón y masculinidad llenando mi deseo. La chupé desde la punta hasta todas las bolas. Me las metí en la boca una por una, para terminar haciéndoles lugar a los dos en mi boca golosa de puto. Como la primera vez, el sabor de su semen me sumió en un absoluto placer que
me hizo acabar al mismo tiempo que Gustavo me llenaba la boca con su riquísima guasca. Cuando ya se iba para el laburo me dijo que iba a pasar temprano para ir a comer los dos a casa de mi vieja. Allá se comportó normalmente con todos, como si nada hubiera pasado entre nosotros, y pronto nos mandamos mudar. Al salir de casa, ya en el coche y rumbo al depto Gustavo hablaba nerviosamente y se tocaba la entrepierna casi sin darse cuenta. El pesado bulto de su sexo era bastante notorio y yo no pude evitar tocarlo. Gustavo me dejó acariciarlo durante el corto trayecto hasta el depto. Me dejo ahí. Esa noche lo esperé más ansioso que nunca, pero Gustavo llamó para decirme que iba a llegar tarde. Me fui a la cama con una depresión total y absoluta. Me sentía un puto abandonado.
Me desperté en la madrugada al sentir unas manos recorriendo mi cuerpo. Era Gustavo, por supuesto, y venía medio en pedo. Sin mayores caricias ni preámbulos trataba de bajarme los eslips de forma torpe y algo desesperada. Alcé la cadera para que pudiera sacármelos sin problemas, y él casi me los arrancó de un tirón. Me quedé totalmente desnudo y a la expectativa. Era mi primera vez. Nunca había tenido sexo con nadie, ni hombre ni mujer, pero sabía perfectamente todo lo que necesitaba. El deseo me sofocó y un poco cagado en las patas miré como Gustavo se desnudaba. La pija la tenia totalmente erecta, y más hermosa y al palo que nunca. Quise chuparsela como a la mañana, pero Gustavo me apartó de un manotazo y sorprendido dejé que mi macho me indicara lo que quería.
Gustavo me tiró boca abajo sin mayores explicaciones. Sus manos me acariciaron el culo abriéndomelo de una. Me sentí totalmente expuesto y vulnerable. Una sensación nueva para mí. Gustavo me untó crema en el ano y me montó con la misma fuerza y firmeza que lo haría con una mujer. Yo no estaba preparado y la penetración me hizo pegar alaridos de dolor. Le rogué que parara, que me estaba matando. No me tuvo piedad. Al contrario. Me miró con asco y en vez de parar un cacho me enterró la verga tan hasta el fondo que casi me mata, sin piedad. Me aferré a las sábanas, conteniendo los gritos porque Gustavo era lo más importante de mi vida y yo pensaba que lo que yo aguantara era poco comparado con el placer que podría estarle dando a mi macho. El aliento caliente de mi macho Gustavo resoplando sobre mi nuca me indicaba lo mucho que estaba disfrutando y traté de pasar por alto la sensación desgarradora que me partía el culo. Me cogió rápido y fuerte, descargando dentro de mí esa leche que ya había probado en mi boca, y sin siquiera darme las gracias me desmontó y se tiró a dormir despatarrado a mi lado.
Me limpié en el baño y me recosté a mirarlo. Era bellísimo y yo sentía que lo adoraba. Recorrí con mis manos su cuerpo desnudo y dormido. A la mañana siguiente me desperté antes que él y le preparé el baño y el desayuno. Gustavo se levantó con resaca y un mal humor que yo no le conocía. Mientras se bañaba me llamó y fui corriendo al baño a ver qué quería. Lo encontré bajo la ducha, en pelotas y hermoso. No dijo nada, solo me señaló su verga erecta y enorme. Me metí en la ducha a chuparle el pene mientras él se recostaba en la pared y disfrutaba de mi chupada. Me sentí feliz de que me necesitara y cuando se fue a trabajar me quedé pensando en él y en lo mucho que yo lo amaba a Gustavo.
Esa noche volvió a cogerme. No estaba borracho, así que fue un poco mejor que la noche anterior. De todas formas, fue un sexo enérgico, sin caricias ni contemplaciones. Se limitó a acariciarme un poco el culo después de que le chupé la verga y los testículos hasta casi hacerlo tirar toda la guasca en mi boca. Esta vez quiso que me sentara sobre su verga, dándole la espalda. Yo le di el gusto a pesar de que todavía tenia el ano totalmente dolorido. Me unté un poco de crema y me monté. Me metió la poronga casi hasta la mitad, y el resto tuve que metérmelo a pesar del dolor. Mi cuñado me agarró por la cadera y me empaló sobre el pedazo duro y exigente, haciendo que diera saltitos sobre él, sentándome sobre aquel pedazo de fierro al rojo vivo una y otra y otra vez, hasta hacerlo suspirar de placer. Dijo que había sido una de las mejores garchas de su vida.
En la madrugada me volvió a culear. Entre sueños sentí sus dedos metiéndoseme en el culo y cuando me metió el pene me desperté bruscamente. Gustavo me untó un
poco de saliva y me culeó profundo de nuevo hasta que eyaculó y me dejó dormir. A la mañana siguiente nos despertamos tarde y no hubo tiempo de hacer nada más, pero para la hora de la comida, Gustavo ya estaba apurado por culearme otra vez. Me lo dijo en un susurro mientras mi vieja servía la sopa y mi viejo hablaba de política y la plata que no alcanzaba.
Gustavo me hizo una seña mientras se disculpaba para pasar al baño, y no tuve más remedio que seguirlo. En el baño se bajó los calzoncillos que resbalaron por sus fuertes piernas velludas de macho. Su pedazo apurado y hambriento me esperaba de nuevo. Me arrodillé para chupárselo, pero mi cuñado me levantó y me empujó contra el lavatorio, abriéndome el culo para untarme el ano con baba. Me la metió sin más vueltas, allí, en casa de mis viejos, a metros nomás de su mujer y mi familia. Me sentí tan excitado como él, y juntos tuvimos un orgasmo de la putisima madre, él en mi culo y yo masturbándome como su puto penetrado por su macho. Salimos como si nada y comimos con mi familia igual que siempre.
Por la noche me volvió a coger, esta vez sobre la mesa del comedor con todas las luces encendidas y con la misma urgencia de siempre. Empecé a sospechar que Gustavo era un adicto al sexo y me imaginé que tarde o temprano la novedad de hacerlo conmigo se le pasaría, y que tal vez entonces tendría la oportunidad de hacerlo con él de una forma más cariñosa. Pero me equivocaba.
Después de una semana, donde me cogió de todas las formas imaginables y en las posturas más raras que se puedan imaginar, pensé que Gustavo se tranquilizaría, pero nada que ver. Al contrario. Una noche llegó a casa del trabajo con otros dos tipos. Me presentó y me pidió que les preparara cerveza con ingredientes.
Se sentaron los tres y yo sentí que entraban a cagarse de risa mientras yo traía la cerveza. A la hora estaban totalmente en pedo. Gustavo puso una porno en la videocasetera. Una rubia con tetas descomunales chupaba la enorme verga de un negro mientras otro negro se la metía por atrás. Gustavo y los amigos se pusieron al palo. Noté los bultos, sobre todo porque entraron a meterse las manos en los calzoncillos para empezar a pajearse.
—¿Sabían que mi cuñadito es puto y sabe chupar poronga tan bien como la puta esta? – les dijo Gustavo.
Ellos me miraron cagándose de risa, me parece que ya estaban invitados al juego, y mientras yo me quedaba callado, totalmente humillado y amargado, traté de callarlo a Gustavo implorándole con la mirada. Yo lo amaba a Gustavo. Le había dado mi cuerpo, mi culo porque lo amaba y quería que fuese mi macho y yo su puto.
—Che Gustavo, no jodás -dijo uno de los tipos.
—Te lo juro, – contestó mi cuñado -. El puto este la chupa de la puta madre, si lo sabré yo.
—Che, qué hijo de puta… Mirá que cogerte a este pibe que es casi un nene…

—Ya me conocés. Cuando se me para y quiero tirar guasca hasta soy capaz de culearme a un puto. Y Marianito es un putito bien obediente y bien putito con su macho.
Otro dijo, cagándose de risa: —Che Gustavo, entonces nos lo tendrías que prestar.
Y Gustavo respondió: —Claro. Si yo se lo mando él que es re puto va a obedecer. ¿No, Mariano? —dijo mirándome.
Yo traté de negarme, pero Gustavo se puso de pie y casi me empujó sobre las piernas de uno de sus amigos, que sin necesidad de más explicaciones se abrió la bragueta y sacó la poronga. Yo no se la quería mamar, pero Gustavo quería y yo quería complacerlo a él.

Tomé la verga del tipo con una mano y me la metí en la boca. El otro amigo se puso como loco cuando me vio y también se sacó la verga, acariciándosela mientras esperaba su turno. Gustavo me miraba extasiado, yo me daba cuenta de que estaba tan loquito de calentura como los otros dos. Primero me acabó en la boca el primero y el otro ya me estaba esperando para usarme. También se la chupé y cuando me llenó la boca de guasca sin un respiro agarré la de mi cuñado. Los tres me dejaron sus litros de leche en mi boca y me las tomé todas hasta la última gota. Satisfechos, los amigos de Gustavo se despidieron y prometieron llamarlo para volver a usarme y divertirse conmigo, con el cuñadito puto. En cuanto se fueron, Gustavo me sacó rápido como una fiera el short y los eslips, ahí mismo en el living donde les había mamado las porongas a los tres.
Bien bruto, me abrió las piernas. Tenía de nuevo el pene alzado y duro como un fierro. Esta vez lo que quería era mi culo, no solamente mi boca. Me cogió a lo bestia, clavándome el ano hasta casi matarme, mientras no dejaba de repetirme que yo era un puto de mierda, tan puto que no me había importado morfarme las vergas de los tres, y que ahora me la daba por el culo porque ese era el premio que yo me merecía por ser tan puto degenerado. Yo me perdí en la sensación de su verga horadando mi culo. No le recordé que había sido él mismo quien me había ordenado que lo hiciera, y que yo lo hice porque lo amaba a él, a Gustavo mi cuñado.
Dos días después Gustavo me llamó a media mañana. Bien mandón, me ordenó que lo esperara para ir a comer a casa de mi vieja. Yo lo tenía que esperar en la esquina de su trabajo. Me pareció raro porque el trabajo de él estaba más lejos de la casa de mi vieja, pero obedecí. Cuando llegó no venía solo. Lo acompañaba uno de los dos amigos que había estado en casa. Gustavo lo único que me dijo era que el amigo necesitaba con urgencia una buena chupada de puto en la poronga. Me ordenó que me pasara al asiento de atrás, donde el macho me esperaba con la pija al palo saliendo por la bragueta de su calzoncillo, mientras Gustavo manejaba. Obedientemente me subí atrás y me puse la poronga del tipo por la bragueta de su calzoncillo, mientras el coche circulaba por la ciudad. Yo estaba cagado de miedo de que alguien me viera mientras pasaba con su auto. El amigo empujaba mi cabeza sobre su verga dura y yo sentía el glande tocando el fondo de mi garganta. Cuando conseguí que el macho tirara hasta la ultima gota de guasca, el tipo se bajó en una esquina y yo me pasé al frente, junto a mi cuñado Gustavo.
– Bajate el short puto – me ordenó.
– ¿Acá?, ¿y si alguien me ve?
– ¡Obedecé, puto del carajo!
Hice lo que mi macho Gustavo me ordenaba. Me bajé el short y el slip, sentándome con el culo desnudo sobre el tapizado del auto. Gustavo metió la mano derecha en mi culo tembloroso mientras conducía con la izquierda.
-Tenés el culo mojado, puto. Como una puta de la calle. ¿Y, Marianito, te calentaste con la chupada que le hiciste a mi amigo, no?
Yo asentí, sin explicarle que él era el único que me excitaba y que sus palabras y su trato eran los que me habían parado la verga.
-Ya lo sabía. Sos una puta, una putita.
Sus dedos me entraron en el culo junto con sus palabras de macho rabioso. Abrí las piernas para darle un mejor acceso mientras Gustavo paraba ante el semáforo en rojo. Al lado del coche, un tipo gordo que manejaba un enorme camión de mudanza se nos quedó mirando. El gordo se dio cuenta de lo que estaba pasando. Me hizo un gesto guaso y zarpado que me hizo cagar de vergüenza. Gustavo se dio cuenta de que yo trataba de cerrar las piernas porque nos estaban mirando. En vez de dejarme cerrarlas, Gustavo me abrió todavía más el culo con las dos manos para dejar que el tipo mirara mi culito de puto abierto de par en par.
– ¿Te gusta el puto? – le gritó al tipo por la ventanilla.
El tipo le mostró el dedo medio mientras lo metía entre los dedos de la otra mano, imitando el movimiento de una cogida y asentía con la cabeza. El semáforo se puso en verde y arrancamos. Me alegré de que nos fuéramos, pero Gustavo estacionó una cuadra después en cuanto encontró lugar. El camión de mudanzas hizo lo mismo y Gustavo se paró a hablar con el tipo. Regresó un minuto después y me dijo que lo siguiera mientras cerraba el coche. El tipo de la mudanza se había bajado también y vi que era grande y bastante fuerte. Tendría unos 40 años y los brazos llenos de tatuajes. Abrió la puerta trasera del camión y los tres subimos. Cerró la puerta y quedamos sumidos en la oscuridad. Encendió una lamparita y nos miramos los tres.
Gustavo buscó donde sentarse y se acomodó, indicándole al tipo que empezara a usarme. El macho se me acercó y me empezó a manosear mientras me besaba el cuello y me bajaba el slip. Yo trataba de no mirarlo y fijé la vista en Gustavo, que sentado nos miraba con mucho detenimiento, disfrutando de tenerme en esa situación.
Después de desnudarme completamente, el tipo se bajó los calzoncillos. En calzoncillos era todavía más impresionante. Un enorme pedazo de pene brillaba rojo
bajo la luz de la lamparita y me dijo que se lo chupara. Yo no tenía ganas y estaba cagado de miedo pero Gustavo me observaba y me arrodillé para meterme la verga gruesa y al palo del tipo en la boca, bajo la atenta mirada de mi cuñado, que empezó a acariciarse el bulto, en eslips, sin dejar un segundo de mirarnos.
Después de un largo rato de chupada, el tipo me sacó la verga de la boca y se acomodó a mis espaldas. Me empujó hasta hacerme quedar en cuatro patas, como una perra para que la preñen. Yo estaba frente a mi macho Gustavo, casi entre sus piernas, y me concentré en el bulto impresionante apretado en esos eslips, para no sentir como el tipo de atrás comenzaba a garcharme. Su garcha me entró en el culo con total bestialidad y yo sin querer gemí. Gustavo se abrió la bragueta, liberando en mi cara su verga totalmente al palo. Me atrajo la cara hacia su pene y mi boca ya estaba totalmente complaciente para recibir ese pene de Gustavo. Mi culo estaba lleno de verga, pero la única que me importaba era la que tenía en la boca, la de Gustavo. Mi cuñado se inclinó un poco para acariciarme los pezones. Nunca había hecho eso, y sus caricias, aunque rudas, me hicieron olvidar todo lo demás. Sus dedos en mis tetillas me llenaron de placer, y mi culo debió de contraerse con mi deseo, porque el gordo de la mudanza comenzó a bombear con más intensidad y pronto me dejó su carga de semen dentro de mi culo, mientras Gustavo explotaba en mi boca.
Regresamos al coche nuevamente y Gustavo manejó en silencio hasta llegar a casa de mis padres. Laura había empezado a tener contracciones y todo se olvidó mientras nos preparábamos para irnos al hospital. Esa misma noche nació mi sobrino y con su llegada, yo sabía que mi vida en casa de Gustavo había llegado a su fin. No supe si entristecerme o alegrarme. Por un lado sabía que lo iba a extrañar pero por otro lado, la relación había tomado un giro muy extraño que no era el que yo había esperado.
Para mi sorpresa, la familia decidió que Laura y el bebé se quedarían unos días más en casa, para que mi vieja pudiera ayudar a mi hermana con el bebé. Mientras me lo informaban, Gustavo me miraba con una mirada rara, y sin que nadie se diera cuenta se acarició el paquete justo donde yo pudiera verlo. No pude dejar de sentirme excitado, y supe que esos días, por pocos que fueran, serían muy bien aprovechados por mi cuñado.
Las dos primeras noches dormí solo, porque Gustavo la acompañó a Laura en casa de mis padres, pero el llanto del bebé y las continuas levantadas en la madrugada para alimentarlo no le permitían a mi cuñado descansar, y su trabajo se estaba resintiendo. Le explicó a mi hermana que necesitaba dormir bien y que mejor esperaría junto conmigo a que ella pudiera regresar. Y lo tuve de nuevo en casa.
La primera noche me cogió violentamente, y repetidas veces. Yo no me explicaba de dónde sacaba tanta energía. Su pene necesitaba poco tiempo para recuperarse y mi dolorido culo apenas se reponía de una garcha cuando ya me lo estaba abriendo de nuevo. A pesar de todo, siempre terminaba excitándome, y su verga seguía siendo fuente de inagotable placer para mí, su puto. Se acomodaba mis piernas sobre sus hombros, abriéndome totalmente las cachas para él y yo totalmente emputecido lo dejaba penetrarme. Me apoyaba contra la pared, en la cama, subido a la mesa del comedor, en la ducha. Donde Gustavo quisiera, yo le ofrecía mi culo y mi absoluta obediencia a sus necesidades de varón en celo. Le chupaba la pija, lo pajeaba, se la acariciaba, se la paraba y se la exprimía siempre que me lo pedía, y me tragaba todo el semen que mi macho decidiera tirar.
Toda una semana a su completa disposición y satisfaciendo hasta su más mínimo deseo, pero para Gustavo eso no era suficiente. El sábado siguiente me dijo que iría a jugar futbol con mi viejo y que yo lo esperara en casa. Cuando llegó, mi viejo lo acompañaba. Me sentí raro por tener a mi padre en el depto donde tantas veces Gustavo me había cogido y donde cada rincón parecía recordarme tanto sexo y tanta garcha con él. Nos sentamos los tres en la sala a tomar cerveza y al rato Gustavo encontró la transmisión de un partido. Mi viejo y él se enfrascaron en eso. Ya casi al mediodía mi padre se empezó a dormir y Gustavo me hizo señas de que me quedara callado y no lo despertara.
Gustavo se levantó silenciosamente hasta mi oído.
—¿Sabías, Marianito, que tu viejo no se pone calzoncillos abajo del short? —me dijo.
Yo lo miré, negando con la cabeza, y muy despacio le pregunté como sabía.
—Mientras jugábamos – me explicó – se le corrían la verga, las pelotas, todo, de un lado para el otro. Y cuando se agachaba podías ver cómo se le asomaban los huevos. ¿Sabías que tu viejo tiene pelotas grandes, peludas, un pedazo de bolas tipo tamaño de dos pomelos? —me preguntaba Gustavo.
Yo lo miraba a Gustavo sin entender un carajo. No entendía nada. Jamás se me había ocurrido imaginarme las pelotas de mi viejo. Nunca lo había visto en bolas, por ejemplo. Yo trataba de decirle a Gustavo que la parara con eso, que se dejara de decirme esas cosas. Yo me sentía totalmente de la nuca de que me hablara de eso. ¿Acaso a mi macho Gustavo le gustaban los machos como mi viejo? Gustavo puso su dedo en mi boca, como amenazándome. Volvió a la carga.
—Che Marianito, ¿no te gustaría verle la verga a tu viejo? ¿Te imaginás si empezás a chupársela? Yo creo que mi suegro tiene un buen trozo y que a vos te coparía mamársela como buen puto degenerado que sos.
Yo me había puesto como loco. No paraba de negar con la cabeza con toda la fuerza que podía, mientras trataba de mandarme a mudar pero Gustavo me agarraba y me sujetaba muy fuerte y no me dejaba ir. Me empujó de forma violenta obligándome a quedarme.
—Vos vas a hacer lo que yo te diga – me dijo mientras me apretaba el culo sobre el short hasta hacerme doler. Quiero que te asomes entre las gambas de tu viejo y me confirmes si de verdad no se pone calzoncillos abajo del short.
Aunque hice el intento de negarme terminé poniéndome de pie. Me arrodillé entre las piernas abiertas de mi viejo y con cuidado de no despertarlo me asomé a su short. No vi nada, y Gustavo me indicó que le corriera un poco el short. Tratando de no despertar a mi papá, le levanté la punta del short y efectivamente, a mi viejo se le veían las pelotas, grandes y peludas. A pesar de no querer, yo no pude dejar de excitarme. Mi papá era un hombre de 45 años, atractivo y masculino en su madurez, con brazos fuertes y muy buenas gambas, que le daban un aspecto de un tipo saludable,fuerte, bien machazo. Yo nunca lo había visto desnudo y verlo ahí con las piernas abiertas y las bolas colgándoles por el short me provocó una erección de la puta madre.
-Olelo. -me ordenó Gustavo -. Quiero que me digas como huelen las pelotas de tu viejo.
Obedecí. Me acerqué todavía más a la entrepierna de mi viejo en shorts. El olor a bolas, a sudor, a macho me llenó las fosas nasales.
– Huele a macho – le dije a Gustavo -. Está bueno
—Ahora empezá a chuparlo – dijo simplemente.
No me creí capaz de atreverme, pero Gustavo se había sacado la verga de los calzoncillos y se pajeaba mientras me ordenaba que hiciera esas cosas. El deseo me devoró. Saqué la lengua lentamente y con la mayor suavidad posible la pasé por la rugosa superficie de las pelotas de mi viejo, tratando de no despertarlo porque si lo hacía yo ni me imaginaba cómo le explicaríamos Gustavo y yo lo que estaba haciendo. Sus pelotas se inflaron un poco a medida que yo me arremetía con la lengua. Cuando lo tuve a mi viejo totalmente mojado Gustavo me ordenó que siguiera. Mientras trataba de correrle un poco el short, el pene de mi padre se le resbaló por una pierna, asomando de pronto. Me di vuelta, totalmente cagado, para mirarlo a Gustavo. Como me lo temía, me ordenó que lamiera la punta de esa verga que apenas asomaba por el short.
Como en un momento mi viejo empezó a inquietarse en su sueño, Gustavo y yo nos cagamos. Paré de chuparle la pija a mi viejo. Al parecer el viejo no se había dado cuenta de nada, porque al rato se puso de pie y la punta de su verga desapareció bajo el pantalón corto mientras se sobaba los genitales, un poco extrañado, pero no dijo nada. Nos dijo que ya era tarde y que tenía que irse porque ya Laura tenía todo preparado para regresar a su casa ese mismo día y que nos esperaban para comer. Tanto Gustavo como yo estábamos muy calientes por lo que acabábamos de hacer y prometimos llegar temprano.
En cuanto mi papá salió del depto, Gustavo se bajó el eslip y sacó su verga hinchada y dura, manoseándosela mientras me arrastraba hasta el ventanal que daba a la
calle y me manoteaba para bajarme los pantalones y mi eslip, todo de un solo tirón. Para cuando mi papá bajó por el ascensor los dos pisos y apareció bajo nuestra
vista, yo ya tenía la verga de mi cuñado Gustavo totalmente enterrada en el culo. El hijo de puta cagándose de risa y gimiendo como un potro desenfrenado me agarraba del ventanal mientras me garchaba y bombeaba sin parar. Si tuvo todavía el descaro de despedirse de mi viejo haciéndole adiós con la mano, mientras yo sonreía con cara de boludo, totalmente cagado de miedo, con la poronga de mi cuñado taladrándome el culo, y lo saludé también. Mi papá nos contestó el saludo sin imaginarse que bajo la parte de ventana que no podía ver, su yerno le estaba metiendo la garcha a su hijo Marianito hasta los pelos y se lo cogía de la forma más animal que se puedan imaginar.
Después que me terminó de garchar, Gustavo se acostó satisfecho a dormir la siesta y yo me metí al baño, donde me masturbé, y por primera vez lo hice pensando en una verga que no era la de mi cuñado. Traté de evitarlo, pero la imagen de las pelotas grandes y peludas de mi viejo, de su glande rosadito, me tenía tan caliente que apenas necesité manotearme un cacho la verga un par de veces para largar un potente y abundante chorro de guasca.
Cuando llegamos a la casa de mis viejos, un poco mas tarde, Laura y el bebé estaban listos para mudarse por fin a su casa. La comida estuvo re buena y estaban todos tan contentos que las horas pasaron y para cuando se dieron cuenta ya era tardísimo. Se
despidieron y lo ayudé a Gustavo a subir todas las cosas en el coche, y como Laura no podía hacer fuerza me fui con ellos para ayudarlo a bajarlas en el depto.
Cuando terminamos Gustavo se ofreció a llevarme de vuelta, pero yo no quise. Eran unas cuadras nomás y el barrio no era denso. Ya casi era madrugada pero yo
necesitaba caminar y pensar en un par de cosas. En el camino fui pasando revista a todo lo que había hecho con Gustavo. Me sentía una basura, una mierda, un hijo de puta. Un degenerado, casi tan degenerado como él, como Gustavo. Pero también me daba cuenta de que nomás de pensar un rato en Gustavo ya me empezaba a palpitar el culo y me venia a la cabeza que lo amaba y que quería que me garchara toda la vida y ser siempre su putito. Odiaba a mi hermana porque le había dado un hijo y sin embargo ella no era ni la mitad de puta que yo.
Cuando llegué a casa de mis viejos, ya estaba todo a oscuras. Supuse que mis padres ya se habían acostado y entré tratando de hacer el menor ruido posible. En la sala, mi viejo estaba sentado frente al televisor, profundamente dormido. Solamente la luz azulada de la tele lo iluminaba. Estaba descalzo y en cueros, el viejo. Se había puesto nomás el calzoncillo, el conocido y desteñido bóxer azul con el que acostumbraba dormir. No pude dejar de fijarme en su pecho velludo y fuerte, en su abdomen moviéndose que apenas se distinguía en medio de todo ese vello de macho y, mas abajo, en sus piernas abiertas. La erección dentro de mis eslips era terrible y tuve que hacer un enorme esfuerzo para dejar de contemplar a mi viejo antes de hacer una locura.
En puntas de pie, me acerqué para apagar la televisión y cuando estaba a punto de hacerlo, mi padre, aún con los ojos cerrados me dijo que la dejara así. Mi viejo entonces abrió los ojos. Si yo tenía alguna duda tenía todavía sobre si se había dado cuenta o no de lo que había sucedido en casa de Gustavo, se me disipó cuando vi que se llevaba una de sus manos a las bolas. Despacio, sin dejar de mirarme fijo, dejaba escapar de su calzoncillo sus grandes pelotas peludas y llenas de semen.
—Mirá, Marianito, como podés observar ahora tampoco tengo nada abajo del calzoncillo.
Caí de rodillas, entre los velludos muslos abiertos y la vibrante luz del televisor como único testigo de mi nuevo objeto de adoración.

http://espanol.groups.yahoo.com/group/machosenshortsboxersslips/

4 Responses to “Gustavo, mi cuñado”

  1. Anonymous Says:

    QUE BUENO !!!!
    PICARA IMAGINACION…BUENAS FOTOS

  2. Anonymous Says:

    hola..me gustaron tus historias…felicitaciuones por la cpacidad para invemntar y hcaer que el relato logre encender al que lee…muy buenas fotos..para un fetichista de los shorts como yo están re buenas…mi dirección es alonsoabreu@gmail.com por si alguien que comparta ese mismo gusto desea ponerse en contacto ..lo cual agradeceria mucho ya que en mi país , chile, como que cuesta encontrar tipos que aprecien la belleza de una buena verga o un culito dentro deun short apretado, cortito y de tela suave como seda…todo un delite para la vista, el tacto el olfato y las neuronas

  3. Anonymous Says:

    pon videos gays por favor
    tienes mas paginas de estas

  4. ojala y sigas escribien do relatos asi de chidos me ice una paja
    ajjajajaja

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