Usando el culo de Carlos



Texto: Federico – Fotos: Horacio

Sentado pensativo en la silla, frente a la mesa bebiendo su leche, tratando de encontrar la solución en la blanca leche, sin poder lograrlo, todo su cuerpo está en un estado de confusión al igual que su mente. Ni siquiera asocia eso a la llegada de Mariano. Es uno de los pocos momentos en los que Carlos, el atlético capitán del equipo de fútbol, tiene el libre albedrío para poder pensar sin ninguna influencia, para darse cuenta de que algo anda mal, sin saber qué es, sin poder entenderlo. Pero algo se rebela. Trata de no dejar que su mente caiga en ese pozo de desviación sexual. Así que, casi con furia, toma el resto de leche y lo aprieta con fuerza, como tratando de hacerle pagar todas las dudas que surgen en su mente.
Mariano por su parte baja silenciosamente, con sólo un short como vestimenta. Es hora de saborear a Carlos, el musculoso macho a quien desea someter definitivamente. Sin que Carlos se dé cuenta, Mariano lo observa detenidamente mientras Carlos está distraído, absorto en sus pensamientos, sin darse cuenta de que Mariano se le acerca.
La voz fuerte y firme de Mariano, con el bulto creciéndole dentro del short, pronuncia la palabra que somete. La vista de Carlos se fija en el vacío: una mirada perdida, débil, aislada dentro de su cuerpo de macho intocable, sentado, sin poder hacer el menor movimiento.
— PONETE DE PIE Y CAMINÁ HACIA MÍ —le ordena Mariano, figura sensual y morbosa con el short a punto de estallar. Carlos, en calzoncillos, lentamente, avanza hacia donde está su dueño, quien gobierna su escasa energía mental.
Es sumamente excitante para Mariano tener al atlético macho frente a él, que usa solamente un bóxer, ajustado, remarcando sus redondas y duras nalgas, y al frente del calzoncillo el gran paquete sexual, el trofeo de todo puto hambriento que se preciara. La mirada perdida de Carlos, la excitación en Mariano por su dominio, su control, su poder sobre Carlos. Mariano se acerca lentamente a ese macho viril y portentoso, para poner sus manos en el fuerte tórax de Carlos, recorrerlo lenta pero firmemente, pasando sus largos dedos por los oscuros pezones, manipulándolos con rudeza, sin que el rostro de Carlos haga el menor gesto por el trato invasivo.
Mariano se coloca detrás de Carlos, para recorrer la ancha espalda del deportista. Igual que con el tórax, la recorre desde los hombros hasta la estrecha y definida cintura, sintiendo, explorando cada uno de los músculos de Carlos, para después acercar su rostro y poner su larga lengua en la línea media de la espalda, y deslizarla lentamente, en dirección hacia el culo del macho. El borde del calzoncillo de algodón de Carlos es el único límite que tiene ahora la lengua ansiosa, voraz de Mariano.
El sabor de esa piel es para Mariano el mejor manjar sexual que ha tenido, a pesar de sus múltiples trofeos viriles. La piel de Carlos ha hecho que Mariano desee aun más el tenerlo así sometido, el ir conduciéndolo paulatinamente hacia el éxtasis impuro del deseo homosexual. Carlos con su mente dormida y su piel desnuda hace que la verga de Mariano se endurezca más. Mientras tanto, Carlos, bajo el control de la poderosa mente de Mariano, permanece con la mirada fija. No puede impedir que las manos de Mariano lo toqueteen, manoseen, disfruten, recorriendo su espalda y todo su cuerpo, al tiempo que la lengua de Mariano se desliza una y otra vez por el marcado camino que se delimita aun más por lo desarrollado de la espalda de Carlos. La saliva de Mariano deja en la piel de Carlos una gruesa línea que refleja la luz.
— Te deseo, y muy pronto voy a penetrarte muy profundo, Carlos. Ya falta poco para que mi verga este desflorándote, llenándote el culo de semen, por primera vez -le repite Mariano al oído, recorriendo con su lengua todo el pabellón auricular. Y la punta de su lengua amenaza con internarse en el oído medio.
El éxtasis sexual de Mariano manosea el bóxer de Carlos, dejándolo a éste casi completamente desnudo, bajándole milímetro a milímetro el calzoncillo, sin que Carlos pueda hacer el menor intento por despertar. Para él en ese estado es como si nada sucediera. Y como si nada sucediera, el calzoncillo comienza a explotar de sensualidad.
— Bajate el calzoncillo, Carlos. Te quiero con el culo al aire —le ordena Mariano.
Como objeto móvil, Carlos se baja el bóxer y con docilidad encantadora de macho sometido le muestra su transpirado culo a Mariano, para después volver a la inmovilidad, con el culo al aire, con su miembro semirrecto, sus pezones duros, enrojecidos por los pellizcos que Mariano le dio. La espalda está humedecida, empapada por la espesa saliva de Mariano.
— MMMMMMMMMMMHM—- es el gemido de placer de Mariano al ver esas duras nalgas, unidas fuertemente, como protegiendo el virginal culo de Carlos. Las manos de Mariano se posan sobre esos dos redondos y duros globos de carne, para recorrerlos lentamente. Recuerda las veces que ha saboreado esas nalgas, las veces que su lengua ha separado esos redondos y firmes glúteos, para saborear el esfínter anal y las paredes del culo de Carlos, aunque este sólo lo sospeche oscuramente.

Mariano muerde con fuerza cerca de los apretados cantos de Carlos. El deseo se apodera de él, y dándole una fuerte mordida marca el filo de su dentadura en esa dura carne, marfil contra tono muscular. La mordida de Mariano queda marcada en el gran trasero de Carlos, quien —a pesar del dolor de la acción en su contra— permanece quieto, sin expresar absolutamente nada.

Los dedos de Mariano separan con vigor el afamado y apretado culo de Carlos, para ver cómo —aun en ese estado de hipnosis— Carlos aprieta el esfínter anal. Sin embargo, al sentir cómo se abren los cantos de Carlos, Mariano siente en el pene el lujo de saborear ese rosado manjar, antes incluso que su lengua misma. Poniéndose de rodillas, detrás de Carlos, hunde una vez más su cara en el culo del somnoliento macho. Sus mejillas ayudan a separar más el duro culo del legendario capitán, mientras que con la lengua lentamente se dirige hacia su objetivo, pasándole la punta sobre los bordes del esfínter. El placer que siente Carlos sobrepasa su estado de hipnosis. Su cuerpo empieza a temblar mientras su mente permanece sometida. La saliva de Mariano ha sensibilizado el culo de Carlos a lo rugoso de la perversa lengua del puto, a la cálida humedad del depravado hambre del putísimo Mariano, que pasa una y otra y otra vez. Para Carlos, hundido en la pesadez de su duermevela, la sensación es como si de un momento a otro fuera a despertar, a salir del trance para reaccionar. Pero el control de Mariano es absoluto. Y el inconsciente de Carlos, bajo su dominio, se halla imposibilitado de poder hacer cualquier acción que no sea ordenada por Mariano.

— MMMMMMMMMMMHM —es el nuevo gemido de Mariano, al sentir cómo la mente de Carlos libra una encarnizada batalla entre sus deseos y los de su hipnotizador. Hacía apenas unos minutos que Carlos había estado recapacitando y tratando de reforzar sus deseos de varón bien parido y de exterminar para siempre algunas enfermas, desviadas fantasías sexuales. Y ahora nuevamente lo está penetrando la lengua de Mariano, que echa por la borda los deseos de retomar el control macho de su vida de macho. El musculoso semental, Carlos, no se da cuenta real, no en su conciencia, pero cierta voz en la profundidad de su mente le dice que algo anda mal. Algo le dice que está aceptando una cosa prohibida para su soberanía de macho, y eso está sucediendo. Y ese conflicto mental sin embargo no hace más que alzarlo en celo al pobre macho prisionero, Carlos, el capitán, llevando su pene al borde del estallido.

Aun en ese estado, entonces, Carlos siente cómo su culo peligra ante los lengüetazos cada vez más febriles de Mariano. Su mente se rebela ante la indefensión, ante la inmovilidad y todo su cuerpo empieza a temblar suavemente, como si el espléndido macho deportista que es se esforzarse por romper el trance hipnótico, como si quisiera despertar y defender su pobre, exquisito, varonil, delicioso, pobre, pobre culo macho.

Mariano, aunque absorto al explorar los pliegues del culo de Carlos, se da cuenta de que el cuerpo de Carlos trata de defenderse, de rebelarse. Sin detenerse ni preocuparse sigue recorriendo el esfínter una y otra vez, mientras que a cada húmedo lengüetazo el ano de Carlos se dilata más y más. Y el sudor aumenta.
En la profundidad de su sopor, la mente de Carlos se niega a lo que experimenta.

— NO, NO, NOOO… -se repite una y otra vez al sentir cómo su culo peligra de nuevo, cómo esa lengua amenaza con ingresar de un momento a otro en él para desvirgarlo definitivamente. Es la primera vez que Carlos trata de liberarse, de salir de ese trance, de no permitir que su cuerpo experimente un paso más en esa oscura, intrépida, ignorada sexualidad masculina que lo ha empezado a dominar desde hace unas semanas.
Mariano por su parte sigue llenando de saliva el culo de Carlos, sin importarle que éste trate de despertar, de defenderse. Tiene la seguridad de que no podrá hacerlo, de que lo tiene dominado. Desde que Mariano conoció a Carlos se dio cuenta de que debía ser cauteloso en el dominio, para no echarlo todo a perder, pero ahora —ya con todo lo que había avanzado en los comandos implantados en Carlos— no tenía de qué preocuparse. Sin embargo el cuerpo de Carlos se tensa a cada segundo más.
— NGGHHH —de la garganta de Carlos escapa un gemido, casi un grito de rebeldía, resultado de la dura batalla que se libra en ese momento en su varonil semiconciencia.
Mariano detiene su lingual ataque al trasero de Carlos. Se queda quieto extrañado de que Carlos hubiera podido hacer ese sonido estando bajo control mental. Algo malo está pasando. Se pone de pie y ve cómo el rostro de Carlos hace grotescas muecas, forzando cada músculo de su cara para lograr salir del letargo en el que se encuentra, de volver a la conciencia. El sudor, ahora, baña todo el espléndido, tenso cuerpo de Carlos. El temblor es más intenso. Pareciera como si en cualquier momento fuera a salir de su trance. El esfuerzo es apreciable. No obstante, los comandos implantados en su mente por Mariano, y su indeclinable gobierno mental, son lo bastante fuertes como para que no se los derrote fácilmente.
La mirada de Mariano se posa en Carlos que tiene los ojos cerrados, que aprieta con fuerza los párpados y emite aun gemidos de desesperación.
— NGGHHH—. Los gemidos van volviéndose cada vez más fuertes e intensos.
— QUIETO- le ordena con voz autoritaria Mariano, sintiendo de nuevo la verga crecer y bullir dentro de su short.
El fornido macho no intentará otro movimiento. Pero su cuerpo mantiene el temblor constante y la excesiva sudoración. Permanece el hermoso varón con los ojos cerrados, como un bebé inquieto, sin poder expresar ninguna rebeldía.
— ABRÍ LOS OJOS- le ordena, dictamen que Carlos obedece de inmediato. Su fugaz rebeldía está controlada, al menos en lo referente al cuerpo. Mariano lo mira fijamente. Sus ojos se clavan al segundo en los oscuros cantos de Carlos.
— MIRAME, CARLOS. VAS A OBEDECERME. SOY TU MACHO. RECORDALO —le dice sin parpadear, con firme voz autoritaria, reforzando los comandos antes implantados.
— DECILO.- le ordena.
La vista de Carlos permanece fija en el short hinchado de Mariano. Pero no pronuncia palabra alguna.
— DECILO —-vuelve a repetirle Mariano.
Contra lo que esperaba, la mirada de Carlos se torna nerviosa pese a estar hipnotizado. Y no pronuncia ninguna palabra.
— CARLOS, RELAJATE. RESPIRÁ PROFUNDO- le ordena.
El musculoso pecho de Carlos se expande una y otra vez, rítmicamente, para respirar con profundidad de macho en sosiego. Se normaliza su mirada. Se relaja.

Y tanto se relaja la hombría de Carlos, el cuerpo de Carlos, el culo de Carlos, que pronto Mariano casi sin poder creerlo asiste con todos sus sentidos al primer derrumbe definitivo de Carlos. Sus pedos. El culo de Carlos, más concretamente su ano, explota en pedos fuertes, humeantes, suculentos. El ambiente se llena de olor a culo de macho, a gas secreto, profundo, anal de macho. Carlos embriaga a Mariano con un aroma exquisito proveniente de lo más profundo de su ano. Y el short de Mariano está a punto de reventar. Ama hasta la locura el culo de Carlos, los pedos de Carlos. Quiere arrancarle el calzoncillo ya. Quiere desvirgarlo ya.
— VENÍ CONMIGO CARLOS – le dice Mariano, con la voz más suave, pausada y morbosa que nunca. Y con su verga llenándose de inquieto, burbujeante semen ante la promesa del oloroso, suculento culo de Carlos. Lo toma por el brazo y lo conduce hasta una silla, donde le presiona apenas con sutileza el hombro.
— SENTATE CARLOS —le dice, sin que se note que sea una orden.
Carlos, con los calzoncillos bajados y el culo al aire, con el culo rajándose pedos todavía, se sienta lentamente en la silla. Su fabuloso, bello pene de varón indefenso apenas está erecto. Mariano se coloca frente a él.
— Relajate, Carlos, seguí respirando profundo. Tirate todos los pedos que necesites. ¿Sabés quien soy yo, no Carlos?- le pregunta.
— Sssssí. Mi MACHO.- responde de manera autómata, casi sin titubear
— Decime Carlos ¿por qué querés desobedecer mis órdenes?-.
— SEÑOR, yo no soy gay. No deseo serlo, SEÑOR.- Al empezar a decir esto su cuerpo se tensa. Su mirada se llena de muecas nerviosas. Y su culo explota de nuevo en sonoros y fuertes pedos. Más olor a gas de macho, a culo de Carlos, para provocar el hambre sexual de Mariano.
— Carlos, vos me pertenecés, ¿te acordás, no?-
— Sí, MACHO.
— Tu obligación es servirme. Espero no lo olvides.
— NO, SEÑOR— sigue contestando sin dejar de temblar, sabiendo que no puede fugarse del control de su macho Mariano y que hay toda una vulnerable zona de su hombría totalmente sometida a su MACHO.
— Respirá profundamente, Carlos. Así, así. Más profundo. Vas a cerrar los ojos y a dormir profundamente, Carlos. Tranquilizate.
— Sí, MACHO —
— ¿Querés ir a cagar, Carlos?
— No, MACHO, gracias igual.
— OK. Voy a contar del 10 al 0. Vas a caer en sueño profundo. Completamente relajado. ¿Entendido, Carlos?
— Sí, SEÑOR- responde Carlos con los ojos cerrados.
— 10… 9… 8. ¿Más relajado, más tranquilo, Carlos?
— Sííí.
— 7… 6… 5. Mente en blanco. Cuerpo distendido. Abrí los cantos del culo, Carlos. Recordar: Obedecer relaja.
— Obedecer relaja, SEÑOR. Abro los cantos del culo para su verga, señor Mariano, aunque me cago. Me cago de miedo.
— Yo, Carlos, soy el puto de Mariano. Tengo que complacerlo y servirlo siempre. 4… 3…
— Yo, Carlos, hummmm…
— Soy el puto de Mariano.
— Soy el puto de mi macho Mariano.
— Muy bien, muy bien Carlos. Tengo que servirlo y complacerlo. 3…2…
— Tengo que servirlo y complacerlo porque soy el puto de mi macho.
— Muy bien, Carlos, muy pero muy bien. Cuando diga cero, vas a estar profundamente dormido. Y te vas a relajar todavía más cuando empieces a complacer a tu macho.
— Entendido, macho Mariano. Yo soy su puto. Culo relajado, culo que goza, señor Mariano.
— Muy bien, Carlos. Y basta de pedos.
— Carlos no se tira más pedos, señor Mariano.
— 2.
El musculoso cuerpo de Carlos se relaja, el temblor se termina, sus pesados brazos caen a los lados de su cuerpo.
— 1.
La cabeza de Carlos está cada vez más pesada. La cara se hunde en el pecho del hipnotizado deportista. Y si bien todavía persiste en el aire el exquisito perfume del culo de Carlos y sus pedos, el ano ya no expulsa más gases.
— 0. Ahora sólo vas a escuchar MI VOZ-
— Sí, señor — responde Carlos sin moverse.
Cada músculo de su cuerpo está perfectamente relajado. No intenta el menor movimiento. Su respiración es pausada y profunda. El sudor ha cesado. No más pedos en el culo bullicioso y bullente de Carlos.
Mariano ya lo tiene a Carlos en la profundidad hipnótica donde lo quería para poder reforzar sus comandos y evitar que hubiera destellos de rebeldía, quitar de su interior esa pavorosa idea de que se está convirtiendo en gay.
—Decime Carlos. Honestamente. La verdad, toda la verdad, nada más que la verdad. ¿Te gustan los machos?
—Noooooooo, señor. Solamente estoy obedeciendo a MI MACHO.
— Porque conmigo sos un PUTO.
— Yo soy su PUTO, señor.
— Lo que hacés no tiene nada que ver con ser gay. No quiero que te hagas gay. Sólo quiero usarte de puto. ¿Entendido, Carlos?
— Sí, macho. Yo soy su puto y lo complazco, señor.
— Eso no te va a hacer gay.
La respuesta de Carlos se demora, como si la pobre mente imbécil del futbolista procesara mal la frase. Mariano le repite apenas suena el primer nuevo pedo de Carlos.
—Carlos ¿quién es tu macho?
— USTED, SEÑOR—
— ¿Qué debe hacer un puto para satisfacer a su macho?
— Dejarse… eh… dejarse hacer de todo, señor —-responde nuevamente, intranquilo, sin poder detener la catarata olorosa y caliente de sus pedos que resurgen con fuerza de la profundidad de su ano de varón acorralado.
— NO QUIERO QUE TE HAGAS GAY. SOLO QUIERO QUE SIRVAS A TU MACHO. DECILO, CARLOS.
— No gay, SEÑOR. No más complacer a mi macho. Yo soy su puto.
— ¿Ves? No hay nada gay en eso.
— No, mi macho. Yo soy su puto, no más.
Mariano toma el rostro de Carlos y lo levanta un poco. Colocándose, abriendo las piernas, empieza a frotar su dura verga en los pezones de Carlos y luego por su cara, pasándole la poronga y las bolas de un lado a otro.
— Abrí la boca, Carlos. Te voy a usar. Complaceme. — le dice suavemente
— Si señor —Carlos levanta un poco su barbilla, que tiene una marca roja por el paseo de las pelotas y el miembro henchido de semen de Mariano. Abre lentamente la boca sin abrir los ojos.
— Servime, Carlos. Chupame. Chupame bien, Carlos puto —le dice mientras empuja lentamente su glande sobre los cálidos labios de Carlos, quien sigue sentado con los brazos a ambos lados del cuerpo, sin mover nada más que sus labios carnosos y varoniles. Posa esos labios de hombre fabuloso y bello sobre la verga roja, lubricada de Mariano.
Mientras sus labios tocan y se humedecen del jugo varonil Mariano, Carlos repite suavemente:
—Lo complazco, señor. Sirvo a mi macho —mientras su boca besa suavemente el miembro de Mariano en una acción autómata. Mete después la gruesa cabeza de la verga de Mariano en su boca, tratando servilmente, dócilmente de complacer a su dueño.
— Así, así, bien hecho.— lo premia Mariano con su voz gruesa y susurrante mientras sus manos se posan en el cabello de Carlos para manejarlo mejor. Mientras ocurre la felación. Mientras lo usa a Carlos, su puto.
Cuando Carlos siente la recompensa de parte de su macho, empieza a succionar más rápido y voraz, tratando de meter en su boca la mayor longitud del fierro al palo de Mariano.
— Mmmmhm.— Gemidos de placer al estar complaciendo a su MACHO Y SEÑOR escapan de la garganta de Carlos.
—Gozá vos mismo, Carlos, mientras me servís, mientras te uso— le ordena Mariano, colocando una de las manos de Carlos en la verga semirrecta del hipnotizado felador. Mientras la boca de Carlos sigue succionando una y otra vez el miembro alzado y chorreante de Mariano, una de las manos de Carlos empieza a frotar con fuerza su propia gran verga.
Para Mariano lo satisfactorio, lo excitante, lo morboso es ver cómo los labios húmedos, gruesos de Carlos estrangulan y recorren su largo miembro, así como cada vez es mayor la cantidad de poronga que éste se introduce en la boca golosa.
— Así, así, buen chico. Buen puto. No quiero que eyacules hasta que yo te lo mande, Carlos.
Carlos asiente dando unos mejores lengüetazos al jugoso palo de su macho. El vello púbico de Mariano choca con la nariz de Carlos; mientras éste aun permanece con los ojos cerrados, los labios empapan todavia más la húmeda verga alzada de Mariano. La saliva se le escurre a Carlos por las comisuras de los labios, por el bocado suculento que Carlos saborea con fruición.
Mariano en pocos minutos siente cómo su verga se alista para escupir una vez más la leche en la cara de Carlos. De modo que con fuerza le sujeta a su varón domado la cabeza para empezar con los intrépidos disparos de guasca que se estrellan en la garganta de Carlos. Por su parte Carlos traga la leche espesa y turbia de Mariano para complacerlo; esa es su misión: complacer a su MACHO Y SEÑOR. La lengua chorreante de Carlos limpia perfectamente la verga de Mariano de todos los restos de semen que quedaron después de la eyaculación, para seguir frotándose con vigor la goma, para seguir excitado. La verga de Carlos escurre líquido que se le embarra en los dedos de sus manos por lo abundante. Mariano se retira, saca el miembro de la boca de Carlos y observa cómo el pene de Carlos está a punto de eyacular de nuevo. Así que prepara el escenario.
— Carlos, acordate. Sos mi puto. Tenés tu propio culo. Quiero que goces por el culo, Carlos. Quiero que me provoques mostrando tu culo gozar. Agarrame el short. Pasatelo por el culo. Es el culo de un puto, Carlos. Es el short de Mariano, de tu macho. Limpiame la guasca del cuerpo con mi short y después pasatelo por el culo para mostrarme cómo sos de puto masturbándote el ano con el short embarrado de guasca de tu macho. También podés pasártelo por la boca. Quiero que te lo pases también por la boca. Así saboreás mi guasca de macho mezclada con tu mierda, Carlos. Los putos como vos, Carlos, gozan por el culo pensando en su macho y pasándose sus shorts y sus calzoncillos por todo el cuerpo, la boca, el culo. Y vos sos un puto, Carlos.
Mariano sabe que la posición es difícil para Carlos, de modo que lo ayuda. Con autoritaria fuerza, con ademán enérgico, Mariano agarra a Carlos, lo para, le abre él mismo los cantos. Se pone a su lado. Hace arrodillarse a Carlos, con el calzoncillo bajado y el culo al aire, para ponerle en la hermosa cara varonil su propio short, que se subió él mismo nuevamente, para que ahora su puto se lo baje y lo use en sus pajas de puto cachondo.
Mientras tanto, la mano de Carlos sigue frotándose el miembro a la altura de la base, mientras una mano de Mariano empuja su espalda y la otra su nuca para ayudarlo a mantener esa posición sexual de puto retorcido y entregado.
Carlos se para mostrándole el culo, su trofeo, a Mariano. Abre bien las piernas y los cantos de su culo. Le baja el short a Mariano. Con docilidad, con empeño, con ternura, Carlos le pasa el short a Mariano para limpiar a su cuerpo de su propia guasca. Luego, con energía de puta famélica, Carlos se pasa el short de Mariano con algunas manchas blancas de guasca por su culo, por su boca, por su pene. Por momentos parece que lo que más le gusta a Carlos es mantener el short sucio de semen y enjuagarlo con su boca. Sus ojos delatan placer. Le gusta enjuagarle el short a Mariano, se deleita saboreando restos de guasca. Efectivamente, el culo de Carlos está algo sucio y el short se mancha todavía más. Mejor para Carlos. Come en el short restos de su saliva y su mierda para deleitarse en la mezcla de sabores con el semen de Mariano. Su macho. Su señor.
—Carlos: Vas a despertar cuando cuente 3. En ese preciso momento vas a eyacular con mi short en tu culo. Y después te vas a limpiar con el short. Vas a manchar todavía más mi short con tu eyaculación. Y te la vas a comer. Vas a comer tu guasca y tu mierda, Carlos. Sos un puto. Cumplí.
— Mmmhm — con gemidos Carlos responde afirmativamente.
—No te vas a acordar de nada en particular. Sólo que tenés que cumplir mis órdenes de macho cuando yo te quiera usar. ¿Entendido, Carlos?
En el musculoso cuerpo de Carlos se aprecia el enorme esfuerzo que hace por mantener su culo con los cantos totalmente abiertos, para después meter en su boca todo el volumen del short.
—1.
—2.
Carlos siente cómo sus grandes bolas están al borde de la erupción. En tanto, Mariano camina con gozadora serenidad hacia la puerta de la cocina para esconderse, mientras va dándole a Carlos la orden de despertar.
— 3.
— Mmmhm — responde Carlos, sobándose el culo con el short de Mariano, mezclando su baba febril con su mierda, con la guasca de Mariano que quedó en el short.
Carlos recobra la conciencia, desnudo, parado, con el calzoncillo bajado, con su culo abierto de par en par, con un short sucio de guasca en su boca. Antes de que pueda hacer algo, en su entregado, humillado estado de confusión, su miembro al palo dispara las primeras descargas de semen.
—AAAAGHHHH —. Con repulsión separa su boca del short que huele a mierda, a macho, a guasca.
—¿Qué estás haciendo, Carlos?—
La voz de Mariano se escucha cuando éste con alegría finge un gesto de estupor. Mariano está parado en el marco de la puerta de la cocina. Usa solamente ropa interior. Carlos se da vuelta, avergonzado, humillado, violado, apenado. Su rostro enciende un fuego rojo que le quema la cara de vergüenza por haber sido descubierto en… esa situación tan humillante, tan abyecta, tan… de puto. Ni él mismo puede explicarse.
— ¡¡¡MARIANO!!!- responde avergonzado, desconfiado de lo que pasa. Creyendo que es un sueño. Una pesadilla. Ni siquiera sabe por qué esta desnudo. Ni menos aun por qué está en esa… posición de… de… de puto. Con un short en la boca. Con el pene chorreando semen y el culo abierto de par en par.
El pene de Carlos, mientras tanto, prosigue su tarea. Dispara las últimas descargas de semen caliente, espeso. En la oscura maleza de su mente, Carlos busca una explicación que él sabe, lamentablemente, nunca va a llegar.

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2 Responses to “Usando el culo de Carlos”

  1. Anonymous Says:

    Buenisimo, copado,en serio. Che traigan a ese Carlossssss con todo ese culoooooooooooo ke me lo quiero hacer yaaaaaaaa hijo de putaaaaaaaaaaaa!!!

  2. EL MONITO Says:

    QUE BUENO ESTE RELATO!!!!!!!!. ME DEJÓ AL PALO, QUIERO UNA EXPERIENCIA ASÍ

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