Pibes de barrio



Culo: Diego – Calzoncillos: Horacio




El sol cae perezosamente en esta época del año. En el terreno de la esquina no hay árboles que hagan sombra sobre los dos muchachos que viven en la casita de chapas, pero igual sienten frío. Están sentados en el patio sobre dos cajas de madera,
vestidos con ropas viejas, llenas de polvo. El terreno es pequeño, está sin alambrar, ellos no son los dueños, pero no tienen miedo. Toman vino en cajita, sin vasos.
Yo soy uno de ellos.
Franco bebe el vino del pico, le chorrean algunas gotas que se deslizan hasta su pecho y se pierden por debajo del buzo. Imagino esas gotas como una caricia excitante. Me pasa la cajita, nuestros dedos se tocan, permanecemos callados. Tiene la mirada seria, pensativa. Bebo yo ahora del pico, todavía tibio por los labios de Franco, todavía con el aroma de su aliento. Anhelo su saliva. Hago de cuenta que el vino es su saliva y me lleno la boca, juego con la lengua y luego lo trago. Le devuelvo la caja, no hemos tomado mucho, pero ya me siento mareado, se me escapa de los dedos y cae sobre su pie. Amago recogerla pero me entretengo acariciando su dedo gordo que sale de un agujero de su zapatilla. Él me toma la mano y la lleva a su rodilla. Me sigue observando mientras levanta la caja. Mi mano aprieta su rótula y dibuja sus bordes. Se levanta y el bulto en su pantalón me dice que mi juego está llegando demasiado lejos.
Mi mano retorna a mi propia rodilla. Miro el suelo un instante y vuelvo a levantar la mirada. Veo sus ojos, siguen duros, sin expresión.
-Vamos adentro.
Me levanto y lo sigo, entramos a la casita y cierro la puerta. Me pide que sostenga el vino mientras él se saca el buzo y la remera. Por los huecos de las chapas entran rayos de sol que iluminan su piel. Me concentro en esos puntos luminosos y mis ojos se ciegan. Él me arrebata la cajita para tomar otro sorbo de vino y entonces me empiezo a desvestir. Quedamos ambos con el torso desnudo. Nos juntamos en un abrazo casi fraternal, nuestra piel queda pegada, casi simétrica, depresión con depresión y bulto con bulto. Mis manos acarician su espalda. Él hace lo mismo, pero siento un líquido frío que baja por la línea de mi culo. Desparramó un poco de vino por ahí. Me da un pequeño temblor. Nos separamos y deja la caja de vino en la mesa. Se coloca detrás mío y recorre con su lengua el río de vino que provocó momentos antes. Mientras baja con la lengua me va bajando el pantalón. Quedo con el culo desnudo y me siento completamente desnudo, descubierto. Su lengua sigue recorriéndolo para no dejar rastros del vino. Siento un rayo de sol entibiando una de mis nalgas, pero Franco apoya su mano ahí y la siento caliente.
Lanzo un suspiro, él agita su respiración. Su lengua gira en remolinos en mi hoyito. Su otra mano se agita en su pija, pero yo deseo hacerlo, deseo apoderarme de su pija y hacerlo gozar con mi mano, con mi culo, con mi boca. Él acaba y me muerde. Su leche se desparrama en el piso de tierra. Se tira en la cama, boca arriba, su pija trémula todavía tiene restos de leche. Él mira el techo. Yo me acerco sigiloso, trepo por sus piernas y con mi boca chupo su pija.
Bebo su semen como antes bebía su vino. Tengo sed de su boca. Con tímidos besos voy ascendiendo, beso su ombligo, sigo un camino de pelos negros y apretados, beso su pecho, cerca de su axila, a derecha e izquierda. Doy besos menos tímidos en su cuello, me quedo más tiempo. Por fin llego a su mejilla.
Él me mira de reojo, impasible. A esta altura mi pija hace contacto con la suya, está al palo de nuevo, más fuerte y vigoroso que antes. Apoyo mis labios en los suyos, mis labios con sabor a verga, sus labios con sabor a orto.
Presiono, cierro los ojos, mis brazos lo abrazan, él empieza a abrazarme también. Su lengua busca la mía. Por fin siento su lengua y su saliva. Me abraza con más fuerza, nuestras pijas chocan y nuestros huevos se cotienen mutuamente. Nuestras bocas apenas se separan para gemir, gemidos ahogados, gemidos pajeros. Me da vuelta en la cama y quedamos de costado, empieza a penetrarme, está muy lubricado, casi no encuentra resistencia en mi culo que lo esperaba desde hace tanto tiempo.
Su carne dentro de mi carne. Sus huevos se agitan atrás mío mientras muerde mi cuello en pequeños pellizcos.
En cada embestida lo espero y llega el placer, en cada retirada lo vuelvo a desear, y luego presiento que vuelve y se hunde de nuevo en mí arrancándome gemidos. Mis manos aprisionan las suyas, las suyas aprisionan mi pecho. Nuestros corazones laten al unísono y sin control. Por último acelera su ritmo, su cuerpo colapsa y desparrama toda su leche en mi interior. Se descarga violentamente, me suelta y me vuelve a tomar. Yo quiero ser suyo por siempre. Mi culo lo aprieta.
Él me besa en el oído, está más relajado y más suelto.
Siento que sonríe y yo sonrío.

One Response to “Pibes de barrio”

  1. buenísima la historia, una vez estuve con un pibito como estos personajes y la pasé muy bien… me trajo lindos recuerdos…

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