Los calzoncillos de Carlos

Posted in Uncategorized on March 25, 2008 by horacio36

Con mucho amor para todos… y lujuria!!!

Diegomotion
carlos
Los calzoncillos de Carlos

Mi papá es el más bueno y lindo de todos, vivimos solos en el departamento y todas las mañanas me trae el desayuno a la cama. Si estoy durmiendo boca abajo me despierta masajeándome el culo y me doy vuelta. Si ya estaba boca arriba me masajea las bolas. Siempre me despierto excitado a la mañana.

-Qué tenemos acá?

Me dice y se sonríe, y me sigue tocando y se sube arriba mío para besarme el cuello mientras me manosea las tetillas. Yo toco su pijama y lo siento duro. Entonces se saca el pantalón para que le agarre la verga y lo pajeo. Él me sigue besando y me mete la lengua en la boca. Me destapa y ve que estoy en calzoncillos. Me toca de nuevo y más ganas me dan de pajearlo. Entonces me acerca la pija a la boca y no puedo parar de chuparla. La meto toda adentro y le paso la lengua y la muerdo con los labios y me muevo bien hasta hacerlo suspirar. Me hace poner de espaldas y me la apoya en la colita. Sé que tiene muchas ganas, pero se aguanta, me lo abre con los dedos y le pone la lengua bien profundo. Le da vueltas, lame de arriba a bajo, lo chupa con mucha fricción. Después de un rato él mismo se pajea y me larga toda la leche caliente en la espalda y se queda un rato abrazado a mí. Luego se da una ducha y sale al trabajo. Yo tomo mi desayuno siempre frío, pero contento.

Salgo del edificio para hacer unas compras al supermercado. En la puerta saludo a mi viejo, que es el portero. Todos lo saludan, pero cuando lo saludo yo se le para y tiene que disimular. En el super el guardia de seguridad me cachea y mientras me toca me dice:

-Dieguito, con esos shorcitos me volvés loco, vamos para el fondo?

Siempre me dice lo mismo. Como si fuera el putito más lindo del barrio. Seguro que le dice eso a todos.

-Por esta vez sí, pero solo un ratito.

Pasamos las góndolas y me lleva al depósito de mercadería. Ahí me baja los shorcitos y me chupa el culo como desesperado. Alfonso es un hombre de tez oscura y grande de cuerpo. Me abraza bien fuerte para mostrarme lo excitado que está.

-Dejame garcharte Diego, te lo suplico.

-No, no puedo.

-Entonces chupamela, bajame el cierre.

Me arrodillo y le bajo el cierre al pantalón, le bajo el boxer y veo su negra poronga, enorme. Le chupo la cabecita, le beso el tronco y los huevos. Me pide que se la trague toda. Pero es muy gorda. Lo intento y me agarra de la cabeza y me empieza a sacudir como si me cogiera. Mi lengua trata de chuparlo pero la pija va y viene muy rápido. De pronto me larga una ráfaga de leche que apenas alcanzo a tragar del todo.

-Hooooo, Diego, hooo, seguí chupando, haaa…

Le hago caso porque no me suelta. Es una gran pija.

Salgo cargado de bolsas del supermercado y me paso por el puesto de diarios. Ahí ocurre un evento especial, Manuel, el diariero, me llama y me pide que me oculte bajo el mostrador y le haga la paja. Nada más. Y mientras tanto me cuenta los chismes del barrio. Le bajo el slip y se la chupo un poco, de yapa, después le pongo un preservativo y lo empiezo a pajear. Es duro para acabar, siempre tarda mucho. Me cuenta todos los líos del barrio, infidelidades, peleas y otros chismes. Por ejemplo, en la casona al lado de mi edificio se muda un tal Carlos con la esposa, no tienen hijos varones. Lo sigo pajeando, le masajeo los huevos para ver lo duro que están. Su pija está toda colorada, creo que va a acabar. Ya se le acabaron los chismes, pero sigue dura la pija.

-Diego, sos el mejor, dame duro, haa, haaaaa, la puta! Sí, cachorrito, siiiiiiiii…

Se llenó el forro de leche. Le besé los huevos de despedida, me encanta pajearlo a Manuel.

Casi llegando a casa me encuentro con los muchachos del barrio. Esos con los que juego al fútbol los sábados a la tarde.

-Hola Diego!

-No te olvides de ir el sábado.

-No, ahí voy a estar.

Uno me pellizca el culo, aprovechando que tengo las manos ocupadas con las bolsas.

-No! Dejá ese culo que es mío.

-Pará, qué tuyo!

Y se entran a pelear. Yo sigo caminando y un hombre viejo me previene:

-Tené cuidado con esos que te van a culear si te agarran. Yo no me confiaría, jejeje.

Miro a los chicos tan musculosos y sensuales con esa ropa de moda que muestra los calzoncillos y se les ve hasta los pendejos del culo y de la verga. La tentación es grande, creo que se me paró.

Llego al edificio y papá me abre la puerta, como buen portero. Me lleva al ascensor y una vez adentro me aprieta contra el espejo y me besuquea todo. Cuando la puerta se abre de nuevo me suelta y él sigue viaje mientras llevo las cosas al departamento.

Tocan timbre. Es el vecino de arriba. Quiere jugar a ver quién llega más lejos. Nos bajamos los calzoncillos y él me pajea a mí mientras yo lo pajeo a él. Tiene una linda pija para acariciar. Yo empiezo despacio y después le doy con todo. Hoy acabamos juntos y él llegó más lejos, como prenda se la tuve que terminar chupando. Pero, con lo que me gusta hacerlo! Aunque sólo hasta ahí, después tiene que volverse a su depto.

A la noche papá llegó muy cansado del trabajo. Le serví la cena y le dije que tenía ganas de comprar calzoncillos nuevos. Me dijo, sentencioso:

-Diego, creo que ya estás en edad para ser culeado.

Me quedé pensativo. Esa noche di vueltas en la cama hasta quedar dormido. En mi sueño sentía una presencia muy caliente que me amarraba los brazos y las piernas, no lo podía ver, sólo sentía calor y algo que me penetraba. No había nadie, pero no podía soltarme y esa cosa seguía entrando en mi culo. Tampoco podía gritar. De pronto sentí un gran placer en el centro de mi cuerpo, y me desperté.

Tenía a mi viejo en pijama encima mío, me estaba despertando para el desayuno. Me quise dar vuelta pero no me dejó. Todo su cuerpo estaba encima mío, frotándolo con el mío.

-Estoy al re-palo, te la voy a enterrar.

Me puse a temblar de susto, me bajó el slip para dejar mi culito al aire y chuparlo con ganas. Yo lo dejé hacer, me gustaba que me lo chupe, pero después me puso el dedo y empezó a empujar. También me gustaba, pero era la primera vez que me hacía eso.

-Relajate Dieguito, esto te va a gustar, no tengas miedo, no te va a doler nada.

Su dedo siguió entrando y abrí más las piernas. Miré para atrás y vi su pijama mojado de la excitación.

-Te voy a poner la puntita y vas a ver lo que se siente.

-No pá, no quiero, yo quiero chuparla.

-Vos no sabés todavía lo que querés, hacele caso a papi.

Me sacó el dedo y me pasó la lengua de nuevo, despacito, dejando mucha saliva. Yo me salí de la cama.

-Vení acá carajo!

Se sacó toda la ropa y me empezó a correr por el departamento, y me alcanzó, no tenía a donde ir. Pero como yo seguía resistiéndome me la puso en la boca y me tranquilicé.

-Todavía no estás listo chiquito, pero ya vas a buscar solito que te la meta en el culo.

Y seguí chupando y saboreando sus jugos.

-Vas a ver que cuando pruebes no vas a querer otra cosa, todas las mañanas me vas a pedir que te la pongaaaaa…

Mi viejo tenía la pija a mil, sentía que me estaba por lanzar toda la leche.

-Vas a pedir que te la ponga toda adentro, vas a ver, haaa…, bebé lindo, haaaaaa…

Me llenó la boca de leche. Mis calzoncillos se mojaron también, toda esa revolución me había excitado demasiado. Papá se fue a trabajar y yo me duché con agua fría. Salí envuelto en la toalla al balcón para secarme al sol y vi algo imposible. En la casa de al lado un tipo iba y venía en calzoncillos. Eran blancos, llamativos, pero el cuerpo tan masculino fue lo que me llamó la atención, no era muy grande, salvo su bulto, no era muy peludo, pero lo suficiente como para llamarlo ‘macho’. La mirada dura y los músculos bien puestos, no el típico fisicoculturista, sino un tipo fuerte con las manos grandes. Empecé a sentir que me latía el culo, y ese tipo de ahí era el responsable de esa extraña sensación. Me lo quedé mirando y no me di cuenta de que el viento me volaba la toalla y mostraba mi pequeña excitación al mundo. Me enamoré a primera vista. Después vi que su señora lo llamó para lavarle el calzoncillo. Él se lo sacó con desparpajo y ella lo llevó con la otra ropa. Mi

vista siguió al calzoncillo blanco, pero cuando la desvié para verlo a él desnudo, se había metido en una pieza. Solo pude ver a la mujer que empezaba a mojar la ropa para lavarla a mano en el balcón. Me desilusioné, “está casado” pensé. Me metí para adentro y no pude resistir hacerme la paja pensando en ese tipo desconocido. El nuevo vecino, un tal Carlos.

Fui a jugar al fútbol. Me encanta transpirar y ver a los otros chicos transpirados, andando con el torso desnudo. Me gusta festejar el gol abrazado a todos ellos, moviendo sus bultos en sus shorcitos. Cuando vamos al vestuario puede pasar cualquier cosa. Pero hoy no creo que pase.

Mientras el agua cae por mi cuerpo desnudo siento las miradas de los demás en mi culito. Yo no soy santo y les miro las vergas, al palo, pasándose el jabón.

Mientras me seco con la toalla se me arrima uno apoyándome la pija en el muslo.

-Diego, esto es para vos. Querés venir a casa?

No resisto la tentación de apretarla en mi mano. Pero le digo que no.

-Por qué no?

-Porque me gusta Carlos.

-Quién es Carlos?

-Alguien que apenas conozco.

Le solté la pija, que se hizo chiquitita en seguida.

Me puse los shorcitos y ya estaba saliendo, pero se me acercaron cuatro en cuero que me acorralaron.

-Diego, acá tenés machos de verdad, elegí en qué orden querés que te la demos.

-No quiero nada, mi macho es Carlos.

-Vení, tocá, está llena de leche.

Me llevó la mano a su pija en su pantalón. Era tentador quedarse, pero mi amor por Carlos era más grande, aunque imposible.

-Hacete la paja, pero dejame en paz.

Dos ya se estaban pajeando, pero yo no iba a ceder, me iba a ir limpio de ahí. En otro tiempo me hubiera puesto las cuatro pijas en la boca y mi lengua iría de una a otra al compás de mi líbido hasta hacerlos lanzar toda la leche en mi cara. Pensar en esto me hizo dudar un poco y mi duda le dio tiempo a uno para meterme mano en el culo, pero lo saqué y salí corriendo.

En el camino a casa me encuentro con Alfonso, me dice que tiene cerveza para mí en su casa, que lo acompañe. Le digo que no puedo. Me dice que en su casa vamos a estar más cómodos, sin ropa, sin apuro. Que me puede dar un buen masaje para aliviar todas mis tensiones. Le digo que no. Me toma del hombro con mucho afecto y me pide que vaya con él, que necesita descargar tensiones, que tiene la verga dura de sólo verme, que necesita muchos masajes de lengua en ese lugar. Es muy insistente este Alfonso, y sabe las palabras que me ponen cachondo. Le digo que no otra vez, pero suena a un sí.

-Dale, vení, te vas a perder tener esta poronga donde quieras?

-Alfonso, estoy enamorado, no quiero nada con otro hombre que no sea Carlos.

Alfonso se quedó patitieso y me dejó ir.

Pasé por la lavandería de la esquina y pedían empleado, así que entré y me dieron el empleo. Ahora podía ayudar en casa con el dinero y tenía una ocupación para no pensar tanto en mi amor imposible.

Cuando llegué a casa estaba todo oscuro y mi viejo apareció de la nada para sorprenderme desnudo. Me abrazó y besó contra la puerta, pidiéndome que me desnudara. Nunca le había dicho que no a mi papi. Me saqué los shorcitos en la oscuridad y la remera. Me besó el cuello y las tetillas, me manoseaba el culo mientras nuestras pijas chocaban entre sí. Estaba excitado, pero pensaba en Carlos y en sus calzoncillos blancos. Tenía le lengua de mi viejo en la garganta, mezclando nuestras salivas. Su boca bajaba por mi cuello acariciando mi piel, mordiendo y chupando aquí y allá. Volvía a subir y a chuparme la boca.

-Vamos a la cama.

-Hoy no, conseguí trabajo y tengo que ir temprano mañana.

Me clavó su pija en los huevos, reclamando insistente.

-Vamos, es un ratito, yo mañana te despierto bien temprano con el desayuno hecho.

-No pá, no puedo.

-Alfonso me dijo que estás enamorado, cómo es eso?

-Alfonso habló con vos? Y porqué?

De repente me soltó y se fue a su cuarto. Me quedé pensando, pero no le di importancia.

Pasaron varios meses y yo seguía en el Laverrap. Todas las mañanas pasaba por la casa de Carlos y a veces lo veía. Lanzaba suspiros, y cuando lo veía semidesnudo, que era lo usual en él, lanzaba más suspiros.

Un día llegó su mujer al Laverrap y me dejó ropa para lavar.

-Lo quiero rápido, me dijo.

-Vuelva en dos horas y va a estar limpio y seco.

Puse la ropa de a una en la máquina, hasta que descubrí los calzoncillos de Carlos. Los olí, como si fueran rosas. Era su olor. Llené mis pulmones con su olor a macho fuerte. Pasé la lengua por donde sus huevos se apoyan y su pija hace fuerza cada vez que se excita. Besé sus calzoncillos. Respiré profundo y podía sentir su sabor en mi boca. Los pasé por mi pecho y mis tetillas estaban duras. Mi pija también y necesitaba agarrarla y pajearme. Me bajé los pantalones y me pajeé. Besé los calzoncillos de Carlos de nuevo y me los puse en el culo, quería sentir que me penetraba. Mientras mi mano iba y venía con mi pija, mi culo se comía el calzoncillo de Carlos. Todo este tiempo esperando que Carlos me mire, me toque, me seduzca, me coja. Ahora podía sentir su olor, su sabor a pija, a través de su calzoncillo. Carlos me cogía.

-Haaaaaaa…

Estaba por acabar, un poco más y termino, es una locura coger con un calzoncillo, pero me está cogiendo él, Carlos.

-Haaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

No era yo el que gritaba, era la señora de Carlos que venía a traer más ropa para lavar y me descubría haciéndome la paja sobre su ropa sucia, con el calzoncillo blanco en el fondo del orto.

-Sucio! Qué hacés con mi ropa!? Voy a llamar a la policía, te voy a hacer echar. Haaaaaaaaa!

La mujer salió gritando e insultando, todo el barrio se iba a enterar de mi degenerada manera de gozar. Me moría de vergüenza, pero lo peor era que Carlos se iba a enterar y se terminaría mi romance platónico con él. Sentí mucho miedo y me quedé llorando en el piso.

Y entonces la mujer trajo a su marido. Ambos puteando y gritando que me iban a matar por sucio y degenerado. Entró enceguecido y dándome cachetazos, amenazando con patearme. Agarró la ropa y se la dio a la mujer.

-Vos llevate esto y lavalo, que para eso tenés manos.

Y siguió gritándome.

-¡Carajo! Levantate llorón o te agarro de los pelos y te levanto a patadas. Explicame qué estabas haciendo. No llores más, te digo, no llores!

Yo seguía sentado en el piso llorando, tratando de hablar pero no me salía ni una palabra. Entonces se acercó a mí y viendo que tenía los pantalones a la altura de los tobillos, la pija chiquita y un calzoncillo en el culo me abrazó y me dijo:

-Ya, tranquilo, contale a Carlos qué pasó acá.

Traté de tranquilizarme, traté de hablar y otra vez empezaba a llorar como desconsolado.

-Pendejo, mirá lo que me hacés, tengo la pija parada por tu culpa.

Sacó su pija y me la puso en la boca. Ahí recién me tranquilicé y empecé a chupar como si fuera una mamadera. Estaba calentita. Cerré los ojos y él empezó a mecer mi cabeza con su pija adentro. Sentí un placer nuevo, diferente al de otras veces. Ahora volvía a sentir el olor del calzoncillo, pero era una pija real, la verga de Carlos estaba en mi boca. La chupé con más fuerza, me golpeaba la garganta y mis labios sentían sus huevos cuando empujaba con fuerza. La tomé en mi mano y pasé mi lengua con lentitud por toda su pija, mis labios midieron su circunferencia desde la punta hasta los huevos. Iba y venía, sin pensar en nada más. Su mano empujaba mi nuca y de repente me infló los cachetes con toda su guasca.

Se acomodó la ropa y se fue. Me quedé saboreando su leche mientras me abrochaba el pantalón. Cerré temprano la lavandería. No sabía si iba a seguir trabajando ahí. Me llevé a casa el calzoncillo de Carlos y lo puse debajo de mi almohada, para soñar que vuelve por la noche a buscarlo.

Al otro día miré por la ventana y nada. Fui a trabajar y nada, se diría que todo era normal. Vuelvo a casa y papá me espera en la puerta del edificio. Entramos juntos al ascensor y apenas se cierra la puerta me manosea todo. Tengo una mano en el culo, otra en la pija. Sus ojos sobre los míos. Me cierra la boca con la suya. Quiere un beso, pero su olor no es el de Carlos, no puedo besar a nadie más.

-Diego, respetá a tu papi. Hace tiempo que no hacemos nada, papi quiere mucho a su bebé.

-Pero yo quiero a otra persona.

Se abre el ascensor. Entramos al departamento y no me dice más nada.

A la mañana siguiente miro por la ventana y veo que Carlos anda desnudo por su casa. Ya reconozco sus pelotas. Bajo y toco timbre en su casa. Me atiende él, en bolas. Su mujer no está. Miro por primera vez su cuerpo en cuero desde tan cerca, desde la punta de los pies a la cabeza, pasando por la punta de su verga.

-Quiero mi calzoncillo, me dice.

-Está debajo de mi almohada, pero vine para hablar con vos.

-Estoy en bolas y solo, te doy diez minutos, hablá o besá mis huevos.

No lo pienso mucho, paso adentro y empiezo a besarle los huevos. Mi lengua se desespera por su pija que está siempre erguida, le chupo la cabeza y se me mete adentro a empujones.

-Ha, ha, ha, pendejo.

Me golpea los cachetes a porongazos pero no puedo parar de tragar saliva y mi lengua se enreda en su pedazo. Me pego entre sus piernas, toda mi boca se entrega a su pija para que me llene de guasca. Son pocos minutos donde estamos solos los dos. Me coge la boca, siento su pija explotando en mi lengua, llenando mi nariz de su olor a leche. Trago todo y sigo lamiendo.

-Parate ya, se terminó el tiempo.

Me limpio la boca con la mano y me voy, satisfecho. No sé qué logré, ni lo que quiero, pero me siento satisfecho por demás.

Estoy en el trabajo, pero nadie lava ropa hoy. Entonces llega Carlos. Me sorprende verlo.

-Pendejo, me estás rompiendo las pelotas. Sos puto, trolo, quién sabe cuántos te rompen el culo, pero conmigo no se juega.

Se saca la camisa. Su torso desnudo me paraliza, me parece que una belleza desmedida se posó en él para quedarse. Su boca choca con la mía y me saca del éxtasis en que estaba para llevarme a otro. Mi respiración se agita.

-Puede entrar alguien.

-No me importa.

Cierro la puerta con llave mientras él termina de desnudarse.

-Pibe, me calentaste, ahora bancate que te rompa el culo. Vení acá y chupala.

Arrodillado bajo sus huevos empiezo a lamerlo. Tiene unas pelotas maravillosas, pero su pija me pide que me la trague entera. Entra y sale de mi boca.

-Disfrutá ahora, porque en un rato te hago ver las estrellas cuando te parta el culo.

Me entra la verga hasta los huevos. Chupo su cabeza, vuelvo a tenerla toda adentro, se sacude otra vez. Estamos solos y nadie puede molestarnos. Por primera vez puedo apreciarlo con atención. Mis manos acarician sus piernas, su piel, suben por su abdomen. Él agita su verga en mi boca.

-Haaa, todavía no chiquito. Sacate todo.

Quedo desnudo para él. Sus manos acarician mi cuerpo y me lleno de placer.

-Dale, mové ese ojete nene puto, lindo, que tu papu te quiere dar garcha.

Se para atrás mío y me quedo paralizado de nuevo, sintiendo su boca en mi cuello y luego bajando por mi espalda. Me agarran espasmos de placer. Siento que me muerde, siento su lengua caliente en mi piel. Sigue bajando. Me tiembla el culo cuando me mete la lengua, nadie me había hecho sentir así. No paro de gemir, la calentura que siento no tiene límites. Su lengua gira en mi culito haciéndome tiritar.

-Estás a punto de sentir una pija de verdad nene. Agarrate fuerte.

¡Zaz! Me la clava. Tan dura. Tan salvaje. Todavía no entró toda pero ya veo las estrellas. Va entrando de a poco mientras me muerdo los dientes.

-Mové ese culo Diego de mierdaaa… carajooo…

-Ay!

-Haaa, sentila puto, sos mi puto ahora.

Un tal Carlos me está cogiendo, el Carlos de la casona de al lado, el Carlos que amo con todo. Tenía que ser él el primero en mi culo. Se mueve atrás mío sacudiendo su pija, haciéndome suyo. Todo ese pedazo de carne entrando y saliendo de mi orto. Atrapado entre sus brazos. Sólo escucho mis gemidos. Siento un placer tan hondo.

-Mové el culo, putazo, hacé feliz a mi pija.

-Haaaa, Carlos, te amo.

-Mirá como te amasijo el orto.

Más gemía y más loco se ponía, me asesinaba el culo a pijazos. Me cambió de posición para levantarme las piernas y mirarme a los ojos. Ví su pija entrar en mi culo y cerré los ojos de emoción. El hombre que amo me está poseyendo. Me trae hacia sí con sus brazos y su pija se abre camino sobre el terreno virgen.

-Ha, haa, ha, haa…

Todo mi cuerpo flota sobre su verga. Sus empujones son fuertes y está por venir toda su guasca. La espero, la deseo, quiero llenar mi cuerpo con su leche.

-Yaaaa! La quiero toda… Carlos, damela, yaaah…

-Daleee Dieguito, movete así, hacele caso a Papu que sino te rompo el culo a patadas y te saco la garcha, mové ese ojeteee carajoooo… Sos mi puto y soy tu papu, la puta madre que te parió.

-Hooo…

Volvió a cambiar de posición, tenía el culo muy sensible, no aguantaba más. El placer me invadía todo el cuerpo, sentía que iba a estallar. Sus huevos se estrellaban contra mi horto, su pija iba y venía con la misma potencia del principio. Amo su poronga, amo su cuerpo, amo su forma de hacer el amor.

-Nene, no vas a olvidar nunca como coge Carlos.

-Haaaaa…

Acabé yo y luego él, inundando mi culo, tan anhelado de su guasca. Quedamos pegados de sudor y leche. Yo no quería dejar ir a su pija y él no quería soltarme el culo. Apenas nos separamos, ya lo quería tener de nuevo adentro. No quería separarme de él.

-Escuchame esto, vos sos mío, entendiste?

-Sí.

Su beso me empapa la boca, mis labios se pegan a él, desesperados. Quiero tenerlo para siempre. Ahora tiene que irse, pero lo sigo besando, todavía temblando de calentura.

-Vestite pibe, nos vamos a volver a ver muy pronto.

El día en la lavandería pasa muy rápido. Sólo pienso en Carlos. Mi viejo me espera en casa, en slip, mostrándome que está al palo y que quiere que se la chupe.

-Papá, sólo puedo ser de Carlos.

-Pero siempre te gustó chupármela, dale a papi un chuponcito.

El contorno de su pija está marcado por su slip, y aunque siempre me excitó, ahora me debía exclusivamente a Carlos. Ante mi negativa, sacó su pija y su mano empezó a pajearla.

Al otro día me pidió que fuera al mercado. Como siempre Alfonso estaba ahí. Esta vez me detuvo y me llevó a su despacho.

-Creo que te estás abusando, yo no hice nada.

-Esto es abuso.

Se me acercó para abrazarme fuerte y lamerme el oído. Sus brazos no iban a dejarme ir.

-Siempre te gustó mi uniforme, no?

-Sí, pero eso era antes.

-Y te gusta mi pija.

Su pija estallaba en su uniforme de guardia.

-Eso era antes.

-Y ahora qué es lo que te gusta?- dijo, y sus labios estaban a un centímetro de los míos, lanzando un cálido aliento, acercándose milímetro a milímetro.

Mientras tanto Carlos iba con un ramo de flores a mi edificio, había averiguado mi departamento y estaba tocando timbre. Mi viejo por supuesto lo vio y lo increpó.

-Qué le estás haciendo a mi hijo?

-Es cosa entre él y yo.

-Es cosa mía también, el culo de Dieguito es mío.

Carlos se enfureció y empezaron a las piñas, las flores volaron por el aire.

Alfonso seguía presionándome, pero yo no cedía.

-Tu viejo quiere lo mejor para vos Diego.

Su pija rozaba la mía. Su mano se colaba por detrás de mi pantalón.

-Lo mejor para vos es tener mi poronga bien adentro.

-Yo soy de Carlos, nada más.

Se le bajó la excitación y de la bronca me soltó, se fue sin decir palabra.

Se me hacía tarde para ir al trabajo. En el camino me llama Manuel.

-Ahora no puedo Manuel.

-Pero tengo un chisme que te va a interesar.

-Cuál es?

-Tocame un huevo y te lo digo.

Le toqué los dos.

-Andá a tu casa una hora antes de lo habitual, Alfonso suele ir para allá y se reúne con tu viejo, pasa algo con vos?

-Hum, pasa, después te cuento.

En el Laverap me está esperando Carlos.

-Ya sé lo de tu viejo y vos.

-Eso es pasado.

-Tenés que salir de esa casa, lo voy a fajar a tu viejo. Hoy casi lo fajo, pero nos separaron.

Me preocupé, mi cara estaba gris. Él cerraba con llave la puerta del negocio y me daba un cálido beso. Me sacaba la remera y yo le desabrochaba la camisa. Nos besábamos más mientras nuestros pantalones caían al suelo. Su slip blanco lo bajé muy despacio, mientras su bulto crecía más y más. Chupé sus bolas y besé su pija. La respiración se aceleraba. Su pija iba y venía en mi boca. Estaba al palo y lo llenaba de saliva para que me coja bien. Desnudos nos revolcamos entre una montaña de ropa y me dejó su culo en la cara.

-Chupalo bien y te doy con todo.

Metí la lengua bien adentro, dando vueltas con fuerza y lamiendo de arriba a bajo. Era un culo delicioso. Lo penetraba con la lengua y le hacía lanzar gemidos a Carlos que lo excitaban más y más. Mi mano recorría su verga mientras seguía chupando su culo. Hundía mi cara en él tratando de llegar hasta el fondo, haciendo que la verga de mi macho se ponga más dura y venga al contraataque para destrozar mi culo.

Y pasó así, me dio vuelta y me ensartó su poderosa pija llegando bien hondo arrancándome gritos de placer.

-Esto es lo que te merecés, puto, por ser tan puto.

Me agitó la pija en el culo. Sentía sus bolas como latigazos. Estaba atrapado en sus brazos de macho, siendo cogido por segunda vez. Sintiendo el placer y la magia que solo me daba esa pija. La pija de Carlos se hundía y volvía a salir. Éramos dos cuerpos calientes, uno dentro del otro. Su pija llegaba al centro de mi cuerpo.

-Cogeme Carlos, soy tuyo.

-Te voy a reventar el culo de guasca.

Mi culo se partía en dos, recibía sin quejarse la carne de Carlos, dejaba sus secretos a flor de piel.

-Qué buen culo Diego, qué buen culo.

-Dame toda tu leche.

-Ahí va mi leche, tomá, haaa…

-Haaaa, papu, síiii…

Salí una hora antes del trabajo, para averiguar si Manuel decía la verdad. Abrí despacio la puerta del departamento, papá no estaba abajo como otras veces. Miré por la puerta entreabierta de su habitación y los vi. Alfonso arriba de mi viejo, desnudos, clavándole la gruesa pija. Solo le veía los huevos moviéndose sobre el culo abierto de mi viejo. Un cuerpo de piel blanca debajo de la piel oscura y brillante de otro cuerpo. Ambos sobre la cama, gimiendo, hablando sobre mí.

-Dieguito es mío, le voy a romper el culo como te lo rompo a vos.

-Mi bebé es nuestro, mientras vos te lo cogés yo se la hago chupar. Vamos a llenarlo de leche.

-Tomá viejo, tomá!

Era un peligro para mí estar ahí. Fui a mi pieza a rescatar el calzoncillo blanco de Carlos debajo de mi almohada y fui a su casa para contarle lo que pasaba.

-Vos te quedás a vivir conmigo, de ahora en más voy a ser tu papu y vos mi hijo puto.

Le contó a su mujer que yo era un degenerado por culpa de mi viejo y que no tenía a donde ir, entonces me hicieron un lugar en el sofá del living.

Mientras estoy durmiendo escucho discusiones y Carlos llega con unas frazadas y sábanas y se tira al piso al lado mío.

-¿Todo bien papu?

-Todo bien, dormí.

Me toma de la mano y nos cubrimos con las sábanas, me acerco más a él. Mi mano pasa por los pelos de su cuerpo, curioseando, y se detiene sobre su verga. Me acerco más y empiezo a besarle el pecho. Su verga está dura. Voy bajando y besando su piel caliente hasta llegar a su pija. En silencio le bajo el slip y le doy mordiditas. Me la trago entera y se la chupo mientras él se acomoda para cogerme la boca. Pero no se queda quieto. Me manosea todo el culo y se me acelera el corazón. Me saca la verga de la boca y se pone a chuparme el culo que está al rojo vivo. Siento su lengua entrando y saliendo. Quiero tener su pija bien adentro rompiéndome todo mientras su lengua sigue yendo y viniendo dejando mi orto abierto como una flor. Quiero gritar, esa lengua me está cogiendo, me abro más y más, necesito que me la ponga ya mismo. Presiento que está por venir su pija. Estamos en la oscuridad, sin hacer ruido, pero presiento que se está acomodando para ponérmela. Mi cuerpo se tensa

de solo pensarlo, agarro con fuerza las sábanas. Ahí viene, al borde de mi culo mojado la siento entrar, sin avisar, toda, su poronga hasta los huevos. Me relajo de nuevo. Es mío, soy suyo.

Papu Carlos me está cogiendo, todo su cuerpo encima mío y su pija adentro, bien adentro, donde el placer de ambos se encuentra. La sábana vuela. Entra y sale su pija de mi culo. La respiración que se escucha no es la de dos tipos dormidos, estamos acelerados, exhalando con fuerza. Siento sus uñas y sus diente dejando sus marcas en mi espalda y hombros. Siento su orgasmo llegando. Mi cuerpo espera todo ese temblor, mi culo se lo devora y quiere toda la leche. Carlos me coge, siento su descarga blanca y candente. Mi culo lo aprieta. Su pedazo se hunde por última vez y cuando sale mi boca lo devora hasta atragantarse. Quiero todo su jugo, yo lo quiero, lo quiero. Mi lengua pasa por toda su extensión y hasta que la última gota fue engullida no me quedo tranquilo. Después duermo sobre el pecho de mi papu, hasta la mañana.

Todas las noches son así, discusión, sábanas y frazadas, mi culo lleno de guasca. Pero sabíamos que no duraría para siempre. Una tarde, que Carlos no estaba y yo llegaba del trabajo, se terminó. La mujer estaba muy alterada, me dio un bolso con mi ropa y comenzó a tirar ropa por la ventana. Salí a la vereda con mi bolso mirando a todos lados. La gente curioseaba.

Y la ropa caía y Carlos llegaba. Yo salí a su encuentro y nos besamos. Y en ese beso fuimos uno solo. Y la gente alrededor se convertía en hojas para nosotros. Y más hojas caían y se arremolinaban alrededor nuestro. Pero nuestro beso era infinito. Y los árboles quedaban pelados de hojas y nos seguíamos besando. No había gente, eran hojas que caían. Y la escarcha cubría la corteza de los árboles y seguíamos unidos en un único beso, por siempre.

Macho rugbier prostituto y morboso

Posted in Uncategorized on October 30, 2006 by horacio36



Un cuento de :
Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar
Con fotos de:
Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

a Carlos y a Leandro

Carlos estaba de nuevo solo en la oficina. Había terminado otra de sus interminables, fatigosas reuniones de trabajo. Esas que lo tenían nervioso todo el día y cuando terminaban, lo dejaban saturado, cansado, como vacío. Y completamente al palo. Todos se habían ido. No quedaba nadie en su despacho, ni cerca. Carlos estaba completamente solo. Y al palo. Tan excitado, tan caliente y cachondo estaba Carlos que casi le estallaba el calzoncillo. Y se sentía más puta que nunca.
Para cualquiera que lo viese, mujer o puto, Carlos era un machito más que lindo, sumamente deseable. Pero como era tan serio y se hacía tanto rollo con su vida sexual, nunca tenía Carlos la posibilidad de escuchar qué sensual y deseable, qué masculino y lindo era para los demás. En lo más íntimo de su ser, Carlos se sentía como el peor. Y totalmente abandonado.
En lo sexual se sentía totalmente angustiado e insatisfecho. De 41 años recién cumplidos, vestido de oficina, con unos hermosos pantalones azules y una reluciente camisa blanca, impecables mocasines y medias blancas, el pelo sumamente corto y una cara totalmente de machito lindo y varonil, Carlos suspiraba en su oficina mientras se refregaba las bolas. Se sentía ardiendo. Sentía que el culo se le abría de par en par. Su culo de puto secreto le ardía de deseos de que lo hicieran puta, tenía hambre de macho, hambre de verga y de un chorro de guasca que le inundara hasta el fondo de su ondulado, velludito culo hermoso y virgen.
Era casado. Su mujer lo deseaba muchísimo todavía, jamás había dejado de desearlo en 7 años de matrimonio, sus dos hijos varones le daban muchísimas satisfacciones… Carlos también la quería a ella, incluso a veces la deseaba, jamás había dejado de cumplir hermosamente sus faenas sexuales de machito esposo ejemplar, y era un excelente padre. Era además muy buen cogedor Carlos con su esposa, y también lo había sido antes, con otras, cuando soltero. A culear nadie le podía enseñar.
Pero lo que sentía en el culo, íntimamente, eso solamente Carlos lo sabía. En ese sentido, Carlos estaba muy solo. Le tenía pavor y rechazo a la vida gay y, como era tan machito y masculino —y sumamente discreto—, ningún amigo tenía para confesarle que, en lo más profundo de su ano intocado, Carlos se sentía una puta totalmente voraz, hambrienta, insatisfecha… Amaba los machos. Los amaba. Los adoraba, se volvía loquito Carlos por los machos. Quería probarlos, chuparlos, complacerlos, ser su puta, ponerse a disposición del macho más guaso y bestia. Quería que un macho lo hiciera puta.
Pero hasta para eso estaba condenado Carlos, con ese aspecto de machito algo juvenil y casi maduro, totalmente masculino y sin ningún amaneramiento. Además, se cagaba Carlos de sólo pensar en andar merodeando por algún lugar del ambiente para deambular como un putito en busca de un macho que se lo garchara.
Carlos se decidió y finalmente optó por tomar el teléfono y llamar, sin dejar de masturbarse en ningún momento. Así como estaba, en sus hermosos, varoniles, estupendos slips blancos, el lindo machito Carlos, con los pantalones bajados y la verga totalmente al palo, discó el número de teléfono de una línea de contactos gay.
No era la primera vez que llamaba a esa línea. El número lo había sacado de Internet. No cobraban ningún servicio especial, así que se quedaba tranquilo de que no iba a figurar ningún número telefónico extraño cuando llegara la factura. Y podía estarse horas con el teléfono en esa línea, pues por su trabajo Carlos, que era traductor y editor, se pasaba casi todo el día solo en su oficina. Salvo cuando había reuniones como la que había habido recién, que por tanto stress lo dejaban como ahora, aturdido de deseo, totalmente puto, con ganas de que un macho lo agarrara, lo desvirgara por fin y le dejara el culo hecho pedazos, inundado de espesa leche de varón.
Cuando se llamaba a esa línea había al principio una pequeña introducción con una voz grabada que explicaba cómo había que hacer, que números había que discar para las diferentes opciones. Carlos ya se las sabía todas de memoria, así que salteó la explicación. Cada miembro que entraba —siempre masculinos, pues no podían entrar mujeres a esa sala de chat telefónico— tenía 30 segundos para dejar grabada su presentación. Esa presentación era la que escuchaban todos los otros hombres que estuvieran conectados con sus teléfonos en ese momento.
En esa pequeña introducción había un ejemplo, que Carlos por supuesto no había seguido nunca. Y eso que también escuchaba los mensajes de presentación que dejaban los otros hombres. Pero Carlos siempre se cagaba, lo cual lo hacía sentir muchísimo peor. “Además de puto, cobarde y cagón” —se recriminaba a sí mismo. Cuando le llegaba el bip para anunciarle que era el tiempo para dejar grabada su presentación, ya Carlos estaba tan molesto y cagado que lo único que atinaba a decir era: “CARLOS”.
Aun así, muchos hombres lo llamaban. Los mensajes eran breves, directos y expeditivos. Por ejemplo, “¿En qué zona estás?, ¿Qué andas buscando, Carlos, te gustaría un putito de 18? ¿Qué hacés, man, te va que garchemos hoy a la tarde? Yo tengo lugar, estoy por el centro y vos?”
A veces Carlos se excitaba nada más que de escuchar las presentaciones ajenas, las de otros hombres que con menos pudor y más conocimiento sexual, se mandaban frases como QUIERO UN MACHO BIEN GUASO COGEDOR QUE ME HAGA MIERDA EL CULO Y ME LO DEJE LLENO DE GUASCA. Así le habría gustado hablar a Carlos. Pero no se animaba.
Las más de las veces, terminaba masturbándose con otra clase de miembros frecuentes: los pajeros. Esos que llamaban y explícitamente sólo buscaban sexo telefónico con otros pajeros. Por supuesto, Carlos terminaba accediendo a tener sexo telefónico con ellos, incuso a veces directamente llamó a alguno que ofrecía eso. Carlos hablaba poco, casi nada. Más que nada lo que hacía era ronronear, suspirar, decir cosas como sí, macho, sííííí… Los que se prendían más con Carlos eran los machos bien activos, que no necesitaban que el puto de Carlos hablase mucho, solamente lo usaban, quería que el puto gozase escuchando las obscenidades y los extraños caprichos sexuales que le pedían. Y generalmente eyaculaba así Carlos, escuchando a los machos acabar, aunque eso después lo dejaba todavía más frustrado e insatisfecho. Él quería otra cosa. Quería que lo agarraran con fuerza, con violencia, que le manosearan el culo y lo franelearan, que lo violaran. Que le partieran el culo. Ese culo que lo llamaba a Carlos desde las mañanas gritándole a los alaridos su deseo de macho. Su deseo de que se lo culearan.
A los pocos minutos, se arrepintió Carlos de haber entrado a la línea. Incluso la erección se le estaba bajando, cada tanto volvía apenas un poco cuando le mandaban mensajes con las frases y preguntas típicas: “Y Carlos, ¿por dónde andas? ¿Qué te gusta que te hagan? Che machito, decime cómo sos, ¿querés que hagamos algo esta tarde?” Pero Carlos quería otra cosa. Quería que lo putearan, que lo hicieran puto, que lo maltrataran o, mejor dicho, que lo trataran como lo que él realmente era: un puto, un puto de mierda, dispuesto a suplicar por poronga, por garcha, dispuesto a rebajarse y a complacer a su macho haciéndole cualquier cosa con tal de que le rompiera el culo. Que le hiciera en el orto la realidad de su deseo más íntimamente, más secretamente puto.
Había que marcar 3 si uno quería ir pasando rápidamente cada presentación, para ir salteándolas, y era lo que Carlos hacía, sólo que cada presentación era un nuevo fiasco. Eran todos nenes, o bisexuales casados inseguros como él, sin brío, sin grosería, o peor, hombres que se ponían nombres femeninos y hablaban como mujeres. A Carlos le gustaban los MACHOS. Lo que había ahí era todo lo contrario a lo que él necesitaba. Hasta que, de repente, una voz en particular, una voz de macho pareció directamente golpearle en los oídos, en la cabeza, directo en el culo.
“Te parto el culo y te hago puta si me garpás bien. Soy lo que un puto como vos necesita. Soy TU MACHO. Rugbier, 29 años, en zona capital, no voy a domicilio ni hoteles, poronga 28 x 5, cabezona, al palo siempre, para hacerte el orto. Te hago todos los morbos. Llamame y concretamos rápido. Si no, no me rompan las pelotas. Chau, putos”.
Otra de las opciones era la 6, marcar el 6. Era para rebobinar y volver a escuchar el mismo mensaje de presentación. Es lo que hizo Carlos durante más de quince minutos.
Cuando se dio cuenta de que estaba poseído por una súbita locura por ese rugbier de vozarrón brutal, estaba con el calzoncillo totalmente sacado, tirado al lado suyo en el piso, sobre la alfombra, tocándose el culo… se había puesto completamente puta. No podía dejar de escuchar esa voz. Era la voz de un auténtico macho, bastante bestia, soberbio, jodido, bien grosero… El macho que Carlos necesitaba.
No atinaba a pensar nada concreto Carlos. Sólo se tocaba el culo una y otra vez, se masturbaba lentamente, como extasiado, escuchando una y otra vez la presentación del rugbier. Hasta que de pronto se dio cuenta de que marcando nuevamente el 6 ya no le daban la presentación del rugbier. Carlos se desesperó, estaba como loco, se había enamorado de un rugbier bestia y bruto que a lo mejor ni siquiera existía… había tantos hombres que inventaban cada cosa en esa línea…
Recapacitó. Se dio cuenta de que no pasaban las presentaciones de los tipos que estaban ocupados en comunicaciones privadas. Pero Carlos era un cagón, ni se le había cruzado por la cabeza pedir una comunicación privada con el macho rugbier. Debía haber otro puto más decidido que lo estaba encarando a su macho. No había pensado nada concreto para hacer con él, solo quería escucharlo, imaginarlo…
Cuando por fin se dio cuenta de que ahora el rugbier debía estar transando con un puto para cazarlo como su cliente, Carlos se desesperó. Casi enloquece de la envidia, los celos, el deseo, y por la dilatación anal súbita y enloquecida que se estaba apoderando de él.
No sabe qué hacer. Hasta que se decide, apenas escucha de nuevo la presentación del rugbier. Decide elegir rápidamente la opción 1, que es la de enviar un mensaje privado. Así que tenía que hablarle al rugbier. Decirle algo. Pero Carlos nunca había tenido contacto sexual con un hombre. Y estaba tan cagado y tan muerto de miedo y con el culo tan palpitante y muerto de deseo que cuando suena el bip para anunciarle que tiene que grabar su mensaje para el rugbier, lo único que atina a decirle es: “Eehhh… ehhh… Soy Carlos… eh… Me interesa, me interesa mucho lo tuyo… eh…” Demoró tanto en hablar, en balbucear algo, que se le venció el tiempo, y salió el mensaje sin que pudiera decirle a su macho rugbier nada concreto. Ahora esta más cagado de miedo que antes Carlos. Sólo cabe esperar. Ver qué responde el rugbier.
Carlos entra en desesperación a medida que pasan los minutos sin recibir ninguna respuesta del rugbier. Entra a maldecirse y a putearse a sí mismo por haber sido tan estúpido, por no decirle nada para retenerlo. El rugbier debía estar pactando algún negocio sexual más rápido y concreto con un puto más expeditivo, que supiera tener menos pudor e ir directamente al grano. Otro puto se está llevando a su macho delante de sus propias narices. Y Carlos se siente a punto de morir de celos.
Su corazón se sobresalta, su culo se abre todavía más cuando le llega un anuncio de que tiene mensaje del Rugbier. Aprieta el 1 que es el número que hay que marcar para escucharlo.
“Está bien, Carlos, puto… Decime qué te gusta que te hagan, pedazo de trolo, decí bien claro y concreto. Y a qué hora querés la garcha. Yo estoy por Boedo. Hablá concretamente, puto forro, que tengo otros putos que atender”.
Carlos casi enloquece de lujuria al escucharlo. La voz es totalmente varonil. Depravada. Se ve que es un macho bestia, grosero hasta decir basta, no tiene ninguna cordialidad ni afecto para hablar. Carlos no sabe qué hacer. Pronto comprende que, aunque más no sea para poder terminar de masturbarse bien, necesita seguir en contacto con él, escuchar su voz, imaginarlo, imaginar su cuerpo, sus bolas, su vello, su verga…
Escucha el mensaje una y otra vez apretando el 4. Pronto se decide, diciéndose a sí mismo que al fin y al cabo supuestamente quien paga es el puto y por lo tanto tiene algún derecho a exigir. Trata de hablar con voz más segura cuando le graba al Rugbier su segundo mensaje de puto interesado y cachondo: “Gracias por responderme, Macho… eh… eh… Siempre me gustaron los rugbiers. Esos cuerpos peludos, grandotes…. Sobre todo los shorts. Me vuelven loco los shorts de rugby, Macho… me gustaría que me atendieras en tus shorts de rugby, sobre todo si están muy usados y hechos mierda… no me importa la suciedad ni el olor a chivo. Al contrario. Eso me excita. Decime cuándo y cuánto y voy para allá. Espero tu mensaje. Gracias. Carlos”.
Con el calzoncillo tirado a su lado, con el culo desnudo al aire, Carlos se olvida de todo, completamente hecho puta, completamente poseído por la voz de su macho rugbier…
Se estaba apoderando de su culo de machito virgen y emputecido todo el deseo que tenía acumulado durante años por los machos del rugby, por los machos que por ejemplo veía en la televisión, fingiendo un interés deportivo que en realidad no era tal… Se calentaba como una puta, se volvía completamente puto Carlos mirando esas piernas, esos vellos, esos cuerpos macizos, morrudos, algo brutales, empujándose, dándose duro, maniatándose, revolcándose, matándose entre si… y esos shorts!!!
Los shorts de rugby, sobre todo los blancos, cuanto más sucios y rotos y desgarrados estuviesen, eran su pasión más profunda de puto fetichista secreto. Cuánto daría Carlos, la vida daría, por tener entre sus labios de puto entregado la verga henchida y brutal de un rugbier con sus shorts sudados, embarrados, sucios y hechos bolsa, sin sacárselos ni bajárselos…
Carlos, con el culo al aire, se masturba salvajemente, frenéticamente, desnudo, con su calzoncillo al lado, esperando únicamente la única señal de vida que ahora le importa: la respuesta de su macho rugbier. Con esa voz de patán hijo de puta, grosero y brutal, bien macho, tratando como se debe a un puto como él, a un puto como Carlos, que sólo necesita maltrato y garcha de un macho que le dé bien duro. Carlos enloquece de furia, de celos, de angustia cuando a medida que pasan los minutos imagina que tantos otros putos como él se están abalanzando sobre el macho, sobre el rugbier, sobre el único macho existente en esa línea habitada únicamente por putos como él, por putos como Carlos…
Tiene pavor, locura, ganas de llorar y gritar Carlos cuando se da cuenta de que pronto un puto con más dinero y experiencia de puto le va a sacar a su macho. Carlos no sabe cómo hacer, no sabe hablar como un puto para seducir a un macho. Lo que sí ya sabe es que está dispuesto a pagarle al macho todo el dinero que sea necesario para que éste lo deje saborear con sus temblorosos labios de puto la superficie sucia y mugrienta de su short de rugby, con la verga palpitante abajo. Pero no le importa tanto la verga como sentir la cercanía física del macho bestia, del macho jugador de rugby, sentir el short en los labios, en el culo, arrodillarse como un puto siervo frente a su patrón, un macho vestido únicamente con unos mugrientos, desgarrados, sucios, blancos shorts de rugby…
Pronto llega el mensaje de respuesta de su macho en shorts de rugby, y cuando lo escucha Carlos no sabe si seguir masturbándose o si ponerse a llorar… “Ahhh… ehh… quién eras vos… ah, sí, sí, la puta de Carlos, jaja… Huuuy, loco, me están bombardeando a mensajes todos los putos hoy, jaja… Bueno, che puta, Carlitos, vos querías que te garcharan y que te pongan la bombachita… ¿o no, ese era otro?… huuy, jaaa, ni me acuerdo… ¿o te gustaba el yorsito de rugby a vos?, ya no me acuerdo boludo… jaaa… bueno, loco, no sé… ahora estoy en el baño sentado y me estoy mandando un cago así que no me acuerdo de nada porque todos los putos me llaman y yo me voy al carajo que me estoy re cagando…. ahhh, puta madre, se me está partiendo el culo, juaaa… bueno, che Carlos, puto, forro, jaaa… bueno, si querés tenés mis datos en Internet, fijate puta… ahí tenés mis datos puto… ahhh, mierda, ahhhh, cómo me estoy re cagando, ahhh, me está partiendo el culo este cago, anotá che…”
Así como estaba, Carlos, con el culo al aire y la verga a punto de estallar —imaginando a su macho en shorts de rugby, bajados, sentado en el inodoro, cagando, con la verga erguida como un mástil— se incorpora como puede y anota rápidamente la dirección de Internet donde el macho bestia que se está cagando dice que están sus fotos y sus datos.
Carlos tiene el culo totalmente enfermo de pasión, de locura, de hambre por su macho guaso en shorts de rugby. “No tengo que pensar, tengo que HACER, tengo que hacer que mi MACHO con SHORTS de rugby me entre a GARCHAR, me haga mierda el CULO”, se dice a sí mismo Carlos.
Por cuestiones de laburo, Carlos estaba prácticamente toda la jornada conectado a Internet. Sin levantarse, se arrodilla frente a su escritorio con su hermoso culo masculino y virgen al aire para llegar al teclado de su compu y teclear la dirección que le había dado su macho en shorts de rugby.
Carlos empieza a temblar apenas entra a la página de su macho. Sin darse cuenta, su culo tembloroso y deseable entra a palpitarle y no puede contener la saliva que empieza a desprenderse de sus carnosos labios entreabiertos, su hermosa cara de varón empieza a gesticular en obscenos gestos de deseo por ese hombre, ese macho velludo y patán en shorts de rugby.
En la página está escrito en grandes letras mayúsculas el nombre de su macho, Leandro… Tiene una gran foto en el cuerpo central de la página, y a un costado figuran el número telefónico, sus datos corporales y miniaturas de otras fotos. La foto central es la que saluda al ingresante a la página.
En el centro del plano de la foto, se ve a un jugador de rugby en shorts blancos, con un buzo verde. Alcanzan a verse sus piernas, el centro prominente de la escena lo ocupan los genitales, pulposos y grandotes, con una verga en ostensible estado de erección, cubiertos por el short. Las piernas son gruesas, musculosas, sumamente velludas. Los brazos son impresionantes, por su fuerza, por su tamaño. Un brazo sostiene un balón de rugby apoyándolo sobre la cadera, acentuada en su compacta y fuerte estructura varonil por el contorno del short blanco… El otro brazo cruza su cuerpo y termina con la mano dentro del short, acariciándose el macho por dentro del short los genitales, las bolas… En otras fotos lo que muestra el rugbier es el culo y la verga, totalmente al palo, en primer plano… la verga tiene un glande rosado, está totalmente hinchada, lustrosa… debe medir no menos de 18 cm.
En otra foto impresionante, el macho en shorts de rugby aparece acostado sobre el piso de lo que parece ser un vestuario. Tiene el culo de glúteos duros, apenas velludos, de una piel cobriza, totalmente abierto, con el short de rugby bajado, y el culo se muestra en todo su esplendor varonil abriendo bien abiertamente las cachas generosas y palpitantes… En la parte de abajo de la página, en letras más chicas, hay unas palabras en español y abajo, más chiquito todavía, un texto mal traducido al inglés. El texto dice algo así como: SOY TU VICIO, TU CALENTURA, TU VICIO SUCIO DE PUTO SECRETO. LO QUE EXIJO DE VOS: QUE ESTÉS TOTALMENTE EXTASIADO POR UN MACHO DISPUESTO A HACER REALIDAD TODAS SUS DEPRAVACIONES SEXUALES CON VOS, PUTO DE MIERDA.
Al segundo de darse cuenta Carlos de que hay un número telefónico privado, un celular, lo anota enfebrecidamente. Anota al lado del número, LEANDRO, RUGBY.
“Leandro, mi macho, debe estar todavía sentado en su trono, en el baño, cagando, con sus shorts de rugby bajados, con la verga al palo palpitando, buscando un puto para hacerse unos mangos y tirarse un buen chorro de guasca…”, se dice Carlos.
Con un coraje y un impudor desfachatado de putito cachondo que nunca tuvo él antes, Carlos verifica apretando el 6 si su macho rugbier está todavía en línea.
O está ocupado, o se fue… U otro puto de mierda está queriendo arrebatárselo…
Casi no piensa Carlos. No puede sacarse la imagen de su macho en shorts de rugby de su cabeza, de su cuerpo, de su culo. Si pensara, Carlos se cagaría nuevamente y cortaría. Sabe que no va a animarse jamás a contratar a un prostituto. Pero no hace a tiempo de pensar.
El corazón casi se le da vuelta, su culo se crispa, la cabeza le estalla, el pecho entra a palpitarle cuando llega un anuncio de que tiene un mensaje privado del Rugbier. No sabe qué hacer. Se da cuenta de que ya no hay paso atrás. Está totalmente vencido Carlos. Con las manos temblando y el culo palpitándole salvajemente, aprieta el 1 para escucharlo.
“Dale, Carlos puta… ¿qué era lo que te gustaba a vos, putazo?… Ah, dale puto que me tengo que ir, tengo el culo embarrado de mierda que acabo de mandarme un cago de 2 kilos y tengo que hacerme a un puto que ando necesitando guita… Avisame si te va, puto de mierda, te doy garcha y te hago todos los vicios que tengas, puto de mierda degenerado… Avisame rápido que voy a colgar en un rato y me voy al carajo… Ah, dale que me estoy limpiando el orto y tengo a otro puto esperando, el que garpa mejor se lleva a este machito y me lo culeo, jajaja… Bueno Carlos putita, chau, puto forro….”
La línea vuelve a recordarle a Carlos cuáles son los distintos números de las distintas opciones. Carlos se las sabe de memoria. No es ese su problema. El problema es que se está cagando de miedo pero, a la vez, arde de deseos por ese macho guaso y degenerado en shorts de rugby. No sabe qué hacer. Tiene miedo. Tiene una lujuria tal que se siente completamente puta, completamente desvergonzada y degenerada, completamente ávida de su macho, de sus bolas, de sus piernas, de su cuerpo, de sus shorts… Pero eso no hace olvidarle el miedo… Al contrario…
Si marca 1 le manda un mensaje de respuesta. También puede ignorarlo, apretando el 3. Si apretara el 5 Carlos lo bloquearía y el rugbier ya no tendría más modo de comunicarse con él en esa sesión. Si apretara el 4 escucharía una vez más el mensaje guaso del macho, una y otra vez: con eso Carlos podría masturbarse, escuchándolo una y otra vez a su macho hablándole como a un puto, como lo que es verdaderamente, íntimamente Carlos… Si aprieta el 2 tendría que esperar unos segundos, le pondrían en línea una frenética música electrónica y tendría una comunicación privada con su macho en shorts de rugby, podría hablar directamente con él… con Leandro…
Es lo que hace Carlos. Está totalmente poseído, totalmente puto por su macho en shorts de rugby… no mide las consecuencias. Cuando su inconsciente censor entra a recriminarle, Carlos se dice a sí mismo que quizás todo lo que haga es masturbarse mientras habla con su macho Leandro, engañándolo, diciéndole que quiere contratar a un servicio y masturbándose con las imágenes que le entren a sacudir el cuerpo y el culo a medida que escuche sus palabras guasas, en esa voz de macho tan sexual…
La música es insoportable, pero el culo de Carlos está tan vicioso y corrompido por el recuerdo de la guasa voz de su macho en shorts de rugby que casi no le importa. Cuando por fin los comunican a Carlos y a su macho Leandro, a Carlos se le para el corazón, está totalmente cagado de miedo y no puede hablar. Como no dice palabra, el macho la toma él, bien resueltamente:
—Dale, puto… ¿Qué te gusta que te hagan, trolo, qué anda necesitando ese culo…?
—Eh… yo… yo…
—Pufff, bueno loquito… Si querés te corto y te volvés a pajear en soledad…. ¿Querés eso, puto?
—Noooo!!!… No, no, por favor Leandro, no…
—Okei, puto… Mirá, te voy diciendo. El servicio es caro porque este macho se lo merece, okei? Tengo un caño que te parte el ano y te hace ver las estrellas. Vas a ser la puta mejor culeada del país con este pedazo de poronga que te ensarto en el ano, puto, jajaja… Atiendo a los putos en mi casa. Venís, garpás y te doy garcha bien dura. Si sos un puto bien degenerado y querés morbitos raros, me avisás y te digo cuánto. Dale, avisá…. Dale que tengo otro puto en línea. Ya te dije, el que garpa mejor…
—Eh… eh…
—Dale, putazo de mierdaaaa, hablá de una vez carajoooo!!!
—El problema es que… yo… eh… que yo… eh…
—A ver, puto forro. De una vez. Decime de una vez, directo. ¿Qué carajo te gusta a vos, puto forro? ¿Qué te llamo la atención, que te gustó de mí?… ¿Viste la página mía, putazo?…
Carlos se da totalmente por vencido. Se da cuenta de que ya no hay paso atrás. Ya desnudó su culo, está con todo el cuerpo totalmente desnudo, tirado sobre el piso, tiritando y sosteniendo bien fuerte el teléfono contra su cuerpo. Ahora le toca desnudarse completamente el alma. Decirle a su macho qué anda necesitando, cuál es su pasión secreta, su vicio imperdonable, aquello que le hace palpitar el culo de deseo…
—Es que… eh… Yo… Yo soy virgen, Macho…
La respuesta del Macho es rápida y neta: —Okei, puto… No problem… ¿Qué más? ¿Querés que te desvirgue de una vez y te haga el culo, putazo? Todo bien… Que más te gusta, Carlos putazo….
—Eh…. yo… yo….
—Hablá, carajo, que me tengo que ir.
—Eh… Me gustan los machos…. los machos que…. —Carlos se está quedando sin respiración, su pija está totalmente bajada, su culo abierto de par en par— Me… eh… Me… Me gusta que me traten como a una puta.
—Ahhh… bien… bien… Me va interesando… qué más…
—Me gustan los rugbiers. Siempre me gustaron… Eh… Me vuelven loco, loco…. eh… Puto me vuelven…
—Ahhh, ya me acuerdo, puto, vos sos el que se calentás con los yorsitos….
—Sííííí…. eh… síííí… Me vuelven loco, loco, los machos en shorts de rugby…
—Okei, puto… Como sos medio boludo vos y yo estoy apurado, te hago un par de preguntas rápidas, respondé directo y vemos si transamos, okei trolo?
—Dale.
Carlos está vencido. Está extasiado. Está cagado de miedo. Está feliz. Está enamorado. Aterrorizado. Completamente puto está Carlos.
—Los yorsitos que tengo ahora son blancos… están hechos mierda, medio embarrados, se me hicieron mierda en el último partido… ¿Todo bien???
—Síííííí, Leandro, síí, macho, sííííí…. Todo bien, sííí…
—Okei, puta, pará de chillar…. ¿Te va que te peguen?
—Noooo…
—¿Que te pongan la bombachita?
—Noooo…
—¿Que te escupan? ¿Que te meen en el culo, en la jeta? ¿Que te caguen? ¿Que te…
Carlos lo interrumpió, decidido pero con miedo todavía:
—Que me traten como a una puta. Eso soy. Eso soy con vos, mi macho Leandro. Pero ponete esos yorsitos, por favor, esos shorts que me dijiste que… ah…aaaahhh…
—Che puto, ¿no serás un pajero vos? ¿No te estarás haciendo la paja mientras me estás cagando y al final no tomás servicio, no?
—Nooo, te juro…
—Dame tu número y te llamo yo.
Carlos se muere de miedo. Pierde la cabeza. Su culo manda ahora, su ano profundamente masculino y virgen se apoderó de Carlos y ahora es el que lo hace hacer lo que hace. Le da el número. Su macho en shorts de rugby cuelga y lo llama directamente, ahora a su número privado de celular.
—Okei, puto… ¿Estábamos?…. ¿Querés tomar servicio?
—No puedo salir… Es que yo trabajo… ahhh… Te decía, macho, perdoname. Me cuesta hablar porque estoy nervioso.
—Me cago en tu trabajo, Carlos. Acá vas a trabajar de puta que es lo que sos, ¿entendiste?
—Sí, Macho… Perdonemé.— Carlos traga saliva.
—Mirá, Carlos puta. Es simple. Tengo un puto que también ya me dio el número. Al puto ese lo que le calienta es que se lo culeen bien fuerte, lo trate como a una mina y que antes de garchármelo le ponga una bombachita.
—Ajá… pero…
—Pará, puto, pará… Dejame hablar… Quiere que me lo coja el puto ese con la bombachita puesta… Que se la ponga como si lo hiciera como mambo mío, y él quiere hacer como que se resiste para que sea más fuerte la humillación. Bah, el morbo de él… Le gusta ser humillado al puto… Una mierda. A mi me da asco un macho con bombachita, forro… Así que te prefiero a vos…
—Ajá… bueno, me alegro, Macho… Jajá.
—Si, pero…. el puto garpa bien…
—Entiendo, Macho…
—Entonces, puto, dale. De una vez. Bien clarito. A ver…. ¿Cuánto estás dispuesto a garpar vos, trolo?
—Bueno, pero yo… eh…
—Simple, Carlos. Simple. Directo. Este macho se culea a putos por la guita, ¿entendés?…. El puto que mejor pague se lleva al macho, yo me lo culeo, le cobro y me rajo… ¿okei? Así que dejate de romperme las bolas, puto, y decime cuánto…
Carlos traga saliva. Tiene miedo. Está cagado de miedo. Pero no es su voz, ni su cabeza los que responden. Es su culo. Su culo enamorado, virgen, masculino, totalmente puto y enamorado de este guaso macho en shorts de rugby…
—Lo que haga falta, Macho… Lo que mi Macho Leandro ordene… Lo único que este puto pide, implora… eh… por favor entiendamé Macho… es… eh… es…
—Sí, ya sé, puto, ya sé… El yorsito. Te voy a atender con el short, putazo, no te hagas drama, jeje… El puto ese garpaba 150 mangos para que me lo culee en bombachita y lo humille antes de culeármelo… Así que a vos te cobro 200 y te hago el orto y te dejo chuparme todo y te trato como a una puta… Y con el yorsito puesto, jajaja… todo por 200 mangos… ¿Todo bien, puto?
Carlos está desesperado. Pero vuelve a repetirse: No hay paso atrás. Vuelve a mirar su compu. En el monitor sigue viendo la figura compacta, excitante, enloquecedora de su macho en shorts de rugby. Carlos ya es un puto enamorado. Sabe que ahora no puede permitirse cagarse de miedo otra vez. Es su única oportunidad en su triste vida de puto vicioso en secreto. Las bolas de Leandro, de su Macho, siguen desde el monitor de su compu desafiando el volumen inflado de sus shorts de rugby, haciéndolos casi estallar de guasca…
Carlos anota la dirección del rugbier. De Leandro. De su Macho.
Desganadamente, resignadamente Carlos se pone el calzoncillo. Y los zapatos, las medias, el pantalón, la camisa, el saco… Se mira en el espejo. “Ya está, ahí está, soy Carlos —se dice a sí mismo—, soy un machito deseable si me miro bien, pueden desearme varias putas, pero no hay nada que hacerle. Me gustan los machos. Amo a los machos. Yo, Carlos, soy una puta. Y ahora me va a terminar de hacer puta un Macho en shorts de rugby, ante quien voy a esclavizarme, voy a ser su mascota sexual, su puto de mierda, su puto rebajado, va a sodomizarme, va a hacerme el culo, va a cogerme. Voy a ser el puto de mi macho soberano en shorts de rugby”.
Nadie le vigila los horarios a Carlos, el editor y traductor eficiente. Todos confían en él. Es un machito ejemplar, un padre respetable, un marido fabuloso, un excelente profesional… Si alguien llama a su estudio y Carlos no está, nadie va a pensar nada malo ni feo. Se trata de Carlos, nada menos. Quién va a sospechar de él.
Por momentos vencido y resignado, por momentos calenturiento y a punto de eyacular en su calzoncillo nada más que por los movimientos frenéticos de su imaginación ardiente, prisionera de su macho en shorts de rugby, Carlos agarra su auto y, cada tanto manoseándose las piernas, el pecho, el culo, se dirige mansamente a la dirección que le dio su macho soberano en shorts de rugby, que queda en el barrio de Boedo, bastante lejos del centro.
Por momentos piensa Carlos en la imagen de su macho con esos shorts de rugby embarrados, mugrientos, desgarrados y hechos bolsa, y se dice: “No le voy a dar mi culo. Voy a chuparle la poronga, voy a manosearlo en sus shorts, voy a besarle las piernas, el culo, las bolas, voy a chuparlo todo… Pero el culo no se lo puedo dar. Soy un machito. Soy un padre de familia, un profesional. De mi culo ningún macho tiene que saber porque si el macho me hace el orto, va a hacerme su puto para toda la vida y… Y ahí sí, Carlos, ahí sí cagaste: ya no hay vuelta atrás. No le dés el culo, Carlos, por Dios haceme caso” —se decía jodidamente a sí mismo.
No es Carlos quien se baja de ese auto, enfrente de ese edificio, y toca el número indicado en ese portero eléctrico. Nadie sabe quién es, él menos que nadie. Es otro, no es Carlos… Es un puto vicioso, un enfermo cachondo de lujuria, un hombre cagadísimo de miedo, un extraño… Está tan sumido en su locura, en su vergüenza, en su humillación, en su pasión de puto que apenas si escucha los bocinazos, la gente que circula alrededor… Cuando escucha la voz de su macho soberano (¿se habrá puesto ya sus shorts de rugby, el estupendo hijo de puta, el grandísimo macho hijo de puta?), acepta mansamente la pregunta:
—¿Sos vos, puto?… ¿Carlos, el puto putazo, el trolo de mierda, ese sos? Juaaaa, subí puto, subí, que acá Leandrito te va dar garcha, juaaa… Dale puto, dale que ya me puse el yorsito, jeje…
Carlos, encogido de hombros y temblándole todo el cuerpo, encerrado en el ascensor, apesadumbrado pero apasionado, muerto de amor, cagadísimo de miedo y humillado, muerto de vergüenza, nota una vez más que el culo le palpita y que si sigue así, sin poder desviar de su cabeza las imágenes de su macho en shorts de rugby, se va a eyacular encima y se va a enchastrar todo el calzoncillo con su semen de puto.
Cuando se abre la puerta y su macho soberano aparece, ya desaparece Carlos. Ahora es la puta, la puta de él, de Leandro. Ahora es su puto para que su macho Leandro le haga mierda el culo, se lo parta en pedazos, se sirva de él para descargarle bien profundo dentro del ojete su chorro inigualable de guasca de macho semental.
Tal cual como en la foto. Pero no tenía ya el buzo verde, ni zapatillas, ni medias… Estaba casi totalmente desnudo, descalzo… Nada en su cuerpo macizo y contundente y bello y portentoso… Nada, sólo el prometido, embarrado, sucio, blanco short de rugby.
—Arrodillate, puta…. Entrá gateando como lo que sos. Una puta de mierda.
Carlos baja la cabeza, aunque le cuesta muchísimo hacerlo. No puede dejar de mirarlo a su macho Leandro en su semidesnudez. No puede dejar de mirar esas piernas, ese cuerpo, ese bulto con esa verga inigualable y poderosa hinchando el short. Ese short. El short de rugby, el prometido short de su macho Leandro.
—Así acá no entrás, Carlos… Grabateló bien en esa cabeza de puto. Acá entrás en bolas, o en slips en todo caso. Bajándotelo el slip para mostrar bien el culo, que es lo único tuyo que no me da tanto asco. Acá sos una perra y venís a complacer a tu macho… ¿Entendido, puta?
—Entendido, Macho…
El departamento está casi a oscuras. Es un despelote ese departamento, tiene olor a encerrado, casi no hay luz, todo se viene abajo del muchísimo desorden que hay, la alfombra está sucia, y entre un par de sillas y una mesa y un sofá destartalado, Carlos tiene que arrastrarse e ir gateando porque así se lo pidió su macho en shorts…
El hocico de perra caliente de Carlos casi pega un alarido de éxtasis cuando percibe que sobre esa alfombra hecha mierda, completamente polvorienta, su macho Leandro desparramó todos sus calzoncillos.
—Sí, ya sé, ya sé, Carlitos… Como sé cómo son los putos como vos, por eso te preparé los solsiyoncas de tu macho… Para que los mires, los chupes, los laves con la lengua… Dale, puta de mierda, agarrá el calzoncillo más roñoso y andá chupando… Empezá a laburar, puto, que andan necesitando una buena lavada los calzoncillos de tu macho…
Carlos se había desnudado rápido, casi intrépidamente. Había tirado toda su ropa de oficina a un costado de la habitación, sobre una silla que estaba a punto de caer de lo vieja y rota… Se había quedado únicamente en sus impecables slips blancos Calvin Klein. Como su macho en shorts se lo había ordenado, su macho Leandro, Carlos no se sacó del todo el slip, pero se lo había bajado a la altura del culo, para ofrecerle su culo de perra en celo a su macho soberano.
Gateaba, se arrastraba, y cuando su macho le dijo que empezara a chuparle los calzoncillos que había en el piso para lavárselos, para darles a todos una buena chupada y dejárselos impecables, Carlos casi pega un grito de yegua en éxtasis. Agarró un slip que había en el piso, era también blanco, como el suyo, pero éste estaba casi amarillento… Tenía restos de gotas de meo, de guasca. Tenía un fuerte olor a pelotas, tan intenso el aroma a bolas que casi lo tumba del impacto a Carlos, que ya al segundo se recupera y se estaba extasiando con el olor intenso, fuerte a las bolas peludas e henchidas de su macho Leandro.
—Mientras vas chupando y lavando los calzoncillos de tu macho, puto, me vas a ir garpando. Y no dejés de chupar y laburar que te hago mierda el culo pero a patadas y no te doy la garcha…. ¿entendido, puto?
—Entendido Macho.
—Chupá bien. Quiero ver cómo me lo lavás a ese calzoncillo chupándolo bien con tu lengua de puto, dale. Bien, bien, perra, … a chupar, a laburar carajooo, a chupar!!!
—Sí, Macho, sí, síííí, sí…. Mirá cómo te chupa el calzoncillo tu perra…
—Dale, trolo, lavameló bien…
Y lo miró dictatorialmente: —¿Trajiste la guita, puto roñoso?
Carlos no larga el calzoncillo que viene chupando. Ese calzoncillo lo está poniendo totalmente puto y en éxtasis; a Carlos le inunda el cuerpo el aroma a ese calzoncillo, con su olor a bolas, con sus restos de meo, con la sombra y el aroma de los pedos de su macho Leandro. Pero sin largar ese calzoncillo ni loco, va arrastrándose Carlos hasta la silla donde dejó tirado su propio pantalón, agarra la billetera y saca la plata. Lo mira suplicante a su macho en shorts, Leandro: está bellísimo, poderoso, infartante… Está para chuparle todo ese macho espectacular, que lo mira con cara de grandísimo hijo de puta, y así suplicante, arrodillado en el piso, Carlos lo mira desde abajo y le dice:
—Permítame pagarle sus honorarios, Macho… Tome, por favor.
Cuando estira su mano para darle el dinero, su macho Leandro se pone fiero y con la cara más furiosa que le haya visto Carlos en su vida a un macho, se pone como loco y le tira una escupida que le moja toda la cara:
—¿Cómo vas a pagarme así, puta de mierdaaa?… ¿Cómo te atrevés, puto forro?
Carlos no entiende. Está muerto de miedo. Arde de deseos. El culo le palpita enloquecidamente. Lo mira a su macho en shorts y casi llora de pensar que si su macho se enoja y se ofende con él, lo va a echar, no lo va a dejar ser su puto y Carlos nunca va a poder probar semejante machazo que le está cagando la vida, que lo está enamorando, que lo está haciendo puto…
Leandro lo mira con asco a su puto tirado en el piso, chupando su calzoncillo como un nene asustado que no sabe qué hizo mal. Leandro entiende que su puto no entiende. Por eso con un bufido de impaciencia, le explica a su puto:
—La guita me la tenés que pasar por todo el cuerpo, puto forro… Me franeleás bien las bolas con la guita, me la pasás por el culo, por el bulto, me la pasás por la verga… ¿O no es eso lo que querés vos, puto infeliz?… ¿No es garcha acaso lo que está buscando ese puto de mierda que chupa el calzoncillo de su macho, carajooo???
La voz de Leandro resuena en todo el departamento. Carlos asiente, tembloroso. Tiene miedo de que su macho se enoje demasiado y le pegue. O que haga un escándalo, alguien reaccione y todo el mundo se entere de que Carlos, el machito ejemplar, el buen padre de familia, el profesional respetable, es en realidad un puto de mierda muerto de amor por un macho bellísimo y jodido en unos infartantes, espectaculares shorts de rugby.
—¿Puedo soltar el calzoncillo entonces, Macho Leandro?… Lo suelto un minuto y después se lo sigo chupando y lavando… Digo… eh… para… para poder pagarle, Macho…
Leandro lo mira serio pero se nota que está complacido con su puto Carlos. Se hace el serio, frunce el ceño:
—A ver. Mostrameló. Mostrame el calzoncillo a ver cómo me lo estuviste lavando…
Carlos se lo da, tembloroso, con el culo palpitándole como una concha, siempre tirado en el piso, como corresponde, sin pararse. Leandro revisa el calzoncillo. Se lo tira de nuevo a la jeta.
—Tenés que chupar mejor, puto… Mirá, ¿ves acá? Acá todavía está sucio… ¿ves acá?… Tiene unas gotas de meo todavía y en la parte del culo está marrón, ese debe ser un pedo que me debo haber tirado, juaaa…
Carlos chupa. Le muestra a su macho Leandro cómo puede chupar mejor. Cuando llega a la parte del culo en calzoncillos, advierte que efectivamente todavía está manchado. Refriega mejor con la lengua mientras chupa. Se lo deja impecable. Pero su verga empieza a crecer espectacularmente, está por explotarle, porque mientras chupa el calzoncillo no puede dejar de mirarlo a Leandro en sus mugrientos, gastadísimos shorts de rugby.
—Sí, puta, ya sé, ya sé… Vos querés el yorsito, juaaa… Vení, perra, vení a pagarle a tu macho que ya te ganaste un poco del short, juaaa…
Cuando Carlos empieza a hacer su trabajo sucio de esclavito sexual fetichista, ni su macho Leandro puede creer que el puto lo haga tan, tan bien… Le pasa bien los billetes por el culo, entre las piernas, sobre el bulto. Hasta que de repente Leandro se cobra. Agarra los billetes y se los pone dentro del short, debajo de las bolas…
Chupa como el mejor puto Carlos. le acaricia las piernas, se las besa, se las chupa, sigue arrodillado, sigue toqueteando, manoseando, palpando febrilmente el cuerpo de su macho en shorts. En un momento, cuando finalmente Carlos llega al infartante bulto genital de su macho Leandro, el culo casi se le cae de lo mucho que se le abre. Tiene el culo ya completamente puto Carlos. Arrodillado, con el slip bajado y el culo al aire, no deja de mirar un segundo, frente a frente, las bolas de su macho Leandro, el tamaño infartante de su bulto pujando dentro del short… Lo mira, solamente lo mira. Lo huele.
Está casi a punto de llorar de éxtasis el puto Carlos. Su macho Leandro lo mira. Solamente abre la boca para decirle:
—Seguí manoseando a tu macho, Carlitos, sé una buena perra… Olelo bien. Olé esas bolas. Y depositá apenas con la puntita de la lengua un besito en el bulto, sobre el short… dale, puto, eso viniste a buscar, pedazo de puto…
Carlos en éxtasis, sin proferir palabra, no deja de manosearle a su macho en shorts las piernas, el culo, sigue arrodillado mirando fijamente el bulto de su macho Leandro. Ni se anima a tocarlo. Sólo a olerlo. Sentir ese aroma a macho despuntando en el short de rugby. Es tanto el respeto que siente ante ese bulto majestuoso en el short que ni se anima a moverse. Se sobresalta cuando escucha la voz de su macho Leandro gritándole:
—Te dije que me chuparas el bulto sobre el short, puto de mierdaaaa!!!
Una vez que puso su lengüita golosa, insaciable, ávida sobre el short, el puto Carlos ya dejó de ser para siempre quien había sido. Ahora era solamente una perra. La perra feliz y esclava de su macho Leandro en shorts de rugby…
Estuvo horas franeleando, tocando, oliendo, besando… en ningún momento se animó a bajarle el short a su macho Leandro, a su dios, a su tirano, a su macho esplendido y despótico, infartante y majestuoso y bellísimo… Habría estado horas besándolo solamente sobre el short, con la puntita de la lengua. Olfateándolo. Sintiendo cómo ese aroma a macho lo embriagaba y lo transportaba a un mundo de placer tan inaudito y profundo que solamente era un culo palpitando Carlos, gozando sin necesidad de tocarse el culo, sin necesidad de bajarle a su macho ese short… Hasta que de pronto su Macho Leandro se impacienta nuevamente:
—Bueno, puto forro… Acabá de una vez, puto enfermo, que ya me estoy durmiendo… Además todavía tenés muchos calzoncillos de tu macho para chupar y lavármelos bien, juaa… los necesito a todos los calzoncillos para esta noche, puto…
Y se caga de risa, le señala los calzoncillos que siguen estando tirados sobre la alfombra roñosa. Carlos los mira, tristemente. Aparta apenas un segundo su hocico de perra en éxtasis del bulto que se hincha desmesuradamente dentro del short de rugby.
Leandro lo mira. De algo se da cuenta. Además se mira el reloj. Ya es hora de desembarazarse de ese puto. En un rato va a tener a otro cliente puto que también paga bien. Además tiene ganas de tirar la guasca ya y el putito de Carlos con su fetichismo del short ya le está rompiendo las bolas.
Carlos está triste. No sabe qué hacer. Por él seguiría chupando a su macho en el short, únicamente sobre el short, horas y horas… Por momentos piensa en decirle a su macho Leandro que está dispuesto a dejarle su sueldo entero si es necesario… pero que necesita horas, horas, para seguir manoseándolo en el short y olfateando ese bulto, pero que por favor, por favor, que no se lo baje el short…
Pero no se anima a decir nada. Así que nada puede hacer para rebelarse cuando escucha la voz de su macho Leandro diciéndole:
—Además tengo hambre, puto… hambre de culo. Me quiero morfar un culo, juaaa… Dale, puto, dale que me voy a servir…
Lo mira todo el tiempo Leandro, macho majestuoso y bellísimo en shorts, a Carlos, a su puto entregado Carlos. Sabe que puede hacer lo que se le canten las bolas con ese puto, lo tiene totalmente enamorado… y le quiere hacer el culo. No dejó de mirarle un segundo durante todo ese tiempo el culo a Carlos. Le señala el sofá:
—Ahí… Arrastrate, andá gatendo y mové ese culo, Carlitos… Dale que quiero hacerme tu culo, juaa… Dale que te voy a hacer mierda, Carlos enorme pedazo de puto forro, juaa…
Carlos se mueve como una puta, pero sólo porque su macho en shorts se lo pide. Es Leandro. Su Macho. Su Dios. Pero en lo más íntimo de su ano, Carlos sabe que lo que más quiere en el mundo es seguir olfateándole y besándole el bulto sobre el short. Nada más que eso. Y tiene miedo. Está cagado de miedo Carlos. Miedo de perder la virginidad de su bellísimo culito de machito, intacto.
Pero sabe que su culo está más que apetecible, sabe que si entrega ese culo… Tiene miedo. Pero como es una buena perra, el puto Carlos sigue moviendo el culo y se va gateando hasta el sofá, le da la espalda y le muestra el culo a su macho Leandro que está en shorts, detrás de él… Y aunque Carlos no lo pueda ver, puede escucharlo, puede sentirlo… Sabe que Leandro se está bajando el short. Escucha cómo prepara una escupida dentro de su boca. Mientras le muestra el culo, Carlos ve perfectamente, dando vuelta la cara, que su macho Leandro está con el short bajado y manoseándose las bolas y el palo con su propia escupida, preparando el arma letal que va a terminar por romperle el culo definitivamente, por hacerlo puta…
—Noooo, Leandro, por favor no… Eh… nooo… El culo nooo… Es que no gozo así yo, por el culo, ¿sabe macho?… eh…
Leandro no responde. Cada tanto Carlos escucha sus risotadas. Sigue escupiéndose, cada tanto le tira un chirlo en las cachas del culo de Carlos, abierto de par en par, pero la mayor parte del tiempo se escupe y se refriega las bolas y el palo con su propia saliva. Hasta que de repente Leandro dice:
—Callate, perra… Callate, Carlitos, que te quiero hacer el culo. Y me cago en vos. Me cago en lo que te gusta y en lo que no te gusta, ¿entendiste perra???
—Si, macho, pero… Perdonemé, pero… noooo, por favor, el culo no, el culo nooo…
Es que Carlos ya está sintiendo las dos manazas brutales e invasores de su macho, con el short bajado, desplazándose hambrientas y violentas sobre su profundo culito intocado. Su culito virgen. El hermoso, elegante, algo velludo culo masculino de Carlos.
—Te voy a hacer perra. Te voy a dejar hecha una puta perra preñada, juaaa…
Las manos de Leandro manosean infatigablemente las cachas del culo de Carlos. Pronto los dedos violentos, brutales, invasores, empiezan a entrarle en el ano a Carlos.
—Por favor, por favor, macho, nooo…. Entiendamé, por favorrr… El culo noooo….
—Juaaa, Carlitos, cagaste… Cagaste ya una vez que entraste acá porque tu macho siempre quiere culo, jaaa… Tengo hambre. Hambre de culo. Quiero cogerme ese culo, Carlitos, te voy a preñar, juaa…
Carlos quiere negociar. No está convencido. Mejor dicho: Está convencido de que si entrega su culo, ya no volverá a ser nunca más Carlos. Va a volverse una puta. Una puta adicta a su macho en shorts de rugby. Y no sólo a su short sino, de una vez y para siempre, adicto a su verga fatal.
—Por favor, por favor, Macho… entiendanmé… Sírvase, sírvase pero no me garche… úselo, tóquelo, chúpelo… Lo que usted quiera… pero no me lo rompa por favorrr… noooo… por Dios, el culo no, el culo noooo…
Leandro no responde una palabra. Súbitamente se arrodilla, lo agarra a Carlos por el culo, que sigue temblando sobre el sofá, lo escupe bien profundo adentro del ano y sigue chupando, clavándole la lengua hasta el fondo, moviendo infatigablemente la lengua dura y mortal por todo el culo, cogiéndoselo a Carlos por la boca, con la lengua, revolviéndosela hasta hacerlo llorar…
—Nooo, por favor, por favorrr… El culo noooo…. Eso no…. Por Diosss, se lo ruego… Le imploro, Macho, por favor… No me culee macho, por Diosss, el culo noooo…
Carlos no para de llorar. Siente todo el tiempo, durante largos minutos, cómo insiste su macho Leandro en cogérselo con la lengua, en revolverle esa lengua brutal y dura como un fusil dentro del ano. Ojalá solamente se lo chupase. Por Dios que no me garche, se dice Carlos todo el tiempo, que no me coja, que no me rompa el culo, por Diosss…
En algún momento, Leandro se incorpora. Carlos se da vuelta y lo mira a la cara, suplicante. Leandro, se nota, está verdaderamente disgustado.
Carlos vuelve a hablarle, trata de no llorar. Trata de componerse y hablar como un macho, como un verdadero machito:
—Perdoname, Leandro… En serio perdoname. Pero no puedo. El culo no, por el culo no puedo… Si querés… eh… chupalo, usalo así, pero no me cojas, por Dios te lo ruego, no me culees… El culo no, Leandro, te ruego, entendeme. El culo no.
Leandro se cruza de brazos. Carlos casi pega un alarido de yegua cuando atravesado por un orgasmo lo ve a Leandro calzarse nuevamente su short de rugby. Leandro lo mira disgustado y pensativo, con el ceño fruncido:
—Solamente gozás chupando a un macho en shorts, ¿no, puto enfermo?
Carlos asiente tristemente. Es su ultima oportunidad. Sabe que si no lo engaña así a Leandro, el macho se lo va a culear y…
—Mirá, puto, Carlos… eh… Me cagaste. Verdaderamente te digo: Me cagaste. Yo tengo hambre. Quiero culo. Quiero culear.
Carlos lo mira, es la última oportunidad que se le ocurre:
—Te puedo pagar. Pagar más por haberte defraudado, por no haberme dejado culear.
Leandro lo mira. Serio. Adusto.
—Está bien. De acuerdo, puto… Sacá toda la guita que tengas y volvé a metérmela entre las bolas, adentro del short…
Carlos explota de alegría, corre salvajemente y saca todo el dinero que tiene en su billetera. Vuelve a repetir el ritual de untarlo con plata a su macho en shorts. Lo vuelve a acariciar, a toquetear, a manosear, insistiendo casi todo el tiempo sobre el short, hasta que se lo baja nuevamente un poco, solamente un poco, para depositarle su pago de puto entre las bolas. Y le deja los billetes ahí.
Leandro se sonríe, aunque se nota que es una sonrisa forzada. No dejó de estar disgustado:
—Y eso no es todo, puto… algo más tenés que pagar, todavía…
Carlos lo mira. Leandro le señala los calzoncillos, entre los cuales también hay algunos otros shorts, que están sobre la alfombra:
—Necesito que me lavés todo eso, puto…
Carlos lo mira extrañado, poseído, feliz, intrigado, con el culo gozando más que nunca ahora que sabe que va a chupar todos los calzoncillos y shorts de su macho para complacerlo y lavárselos.
Pero Leandro le hace un gesto admonitorio con el dedo y le advierte:
—Pero así como estás, con el slip únicamente, mostrando el culito con el slip bajado, y para hacer más rápido, porque en un rato viene otro puto, te voy a hacer chupar solamente uno. El resto los vas a lavar, acá, en el lavadero. Vení puto…
Carlos lo sigue. Lo sigue como su macho Leandro le había ordenado desde el principio. Semidesnudo, gateando, únicamente con el slip, bajado a la altura del culo. Leandro se dirige en sus shorts hasta una cocina. Abre una puerta y Carlos ve que pasándola hay un lavadero. Leandro da la orden:
—Vas a traer acá todos los shorts y calzoncillos. Podés chupar solamente uno, el que vos elijas…. El resto me los lavás acá que los necesito a todos bien limpitos para esta noche que hay una fiesta… ¿Entendido, puto?
Carlos asiente. Sabe que el macho está caliente, que se lo quiere culear y que fue él, Carlos, el que le cagó los planes de culeárselo. Su machito Leandro se lo quería coger y Carlos no se dejó. Y a su modo Carlos se sentía para la mismísima mierda por eso. Pero a la vez sentía cierto alivio, el de saber que había resguardado su culo…
Lo miró manso a Leandro. Estando los dos en el lavadero, él con sus slips bajados a la altura del culo, Leandro espectacular y bellísimo en sus shorts, Carlos le hace un gesto señalándole a Leandro los balcones vecinos. Desde todos lados podía verse el lavadero del departamento de Leandro.
El hermoso rugbier no tarda en responder. Se encoge de hombros y le dice a Carlos:
—Me cago en eso, Carlitos… Me chupa un huevo. Vos empezá a chupar y a lavarme los calzoncillos que si no te garcho y te hago mierda. Dale, empezá, trae los calzoncillos y empezá a laburar, perra cagona…
Carlos no sabe qué hacer. Mira nuevamente. Una vieja lo mira inquisitivamente desde el balcón de un departamento más arriba. Le mira los slips y Carlos se siente cagado de vergüenza y de miedo. Más abajo todavía, Carlos observa que hay unos obreros trabajando y que entre ellos vociferan, se cagan de risa y lo señalan. Escucha que uno dice:
—Mirá, miralo al puto… juaaa…
Y los llama a los otros y entre todos los obreros lo señalan y se cagan de risa, algunos se empiezan a manosear las bolas, las vergas y le hacen gestos obscenos a Carlos.
Carlos sabe que es mucho, demasiado, lo que hay en juego. Su macho Leandro ya había entrado, estaba de nuevo en el living. Ahí lo está esperando. Carlos sabe que tiene que cumplir, sino este macho brutal y hermoso pero muy hijo de puta le va a arrebatar el culo.
Como puede, con su poco coraje juntado, Carlos regresa al lavadero con toda la ropa que juntó y se pone a lavar los calzoncillos y los shorts de su macho. Tiembla. Llora. Pero al rato viene Leandro y observa que su putito Carlos se había levantado un poco el slip, ya no está mostrando más el culo como él se lo había ordenado, y tampoco tiene en su boca un calzoncillo de su macho para chuparlo mientras refriega los otros en la pileta de lavar.
Cuando se lo recrimina, lo putea, lo maltrata, lo escupe, todo en voz bien alta. Incluso la señora del otro departamento lo escucha. Carlos tiembla más y llora… pero obedece. Sigue lavando, agarra el short que le ordena Leandro, se lo pone en la boca y entra a chupar. Sin dejar de lavarle los otros calzoncillos con sus propias manos, con jabón y agua bien caliente.
Al rato todos los obreros se están cagando de risa, Carlos observa por el rabillo del ojo que otros vecinos están saliendo también de sus departamentos. Los machitos obreros de la construcción le gritan guarangadas y le siguen mostrando las bolas y las vergas.
Mientras lava, Carlos chupa, saborea el calzoncillo de su macho Leandro. Está casi nuevo el calzoncillo ahora, ahora que lo chupó bien, ya tiene menos olor a bolas y a meo de Leandro. Le cuesta gozar. Le cuesta dejar de llorar.
La situación empeora.
Siente al rato cómo el hijo de puta de Leandro lo está apoyando por detrás. El hijo de puta se está bajando el short. apoya todo el peso inpresionante de su bulto genital, de su verga al palo en el aterido, tembloroso culo del machito Carlos.
Aunque no puede verlo, Carlos siente en su culo lo que el hijo de puta hermoso de Leandro le está haciendo. Está pasándole toda la verga por las cachas del culo. Le está mostrando a los vecinos y a los obreros de abajo cómo su puto se deja hacer el culo, cómo se deja manosear el orto mientras le chupa y le lava los calzoncillos a su macho.
Carlos ya sabe lo que va a pasar. Vuelve a escuchar la escupida de Leandro. Vuelve a percibir que su macho hijo de puta está bajándose el short. Vuelve a escuchar el sonido de otro chorro de escupida. Vuelve a sentir, aun sin mirarlo, que su macho Leandro está de nuevo lustrándose las bolas y la verga con su saliva mientras lo agarra a Carlos por detrás y le pone el short de rugby en la boca. Es poco lo que puede hacer Carlos.
La diferencia es que ahora, cuando le pone el short en la boca, Carlos siente que una escupida de Leandro va directamente al centro de su ano. Le abre un poco las cachas con sus brutales manos el hijo de puta. Cuando Carlos está por empezar a gritar, cuando siente en su culo la presencia amenazante y letal de la verga entrándole en el culo, Leandro hace rápido y le tapa la boca con el short, hace un bollo con el short y se lo mete bien hasta el fondo de la jeta, tapándole casi toda la cara al puto.
Es por eso que cuando le entre la poronga en el culo a Carlos, cuando el puto violado empiece a gritar, los obreros y los vecinos, que no dejan de mirar el glorioso espectáculo de la violación, lo único que van a escuchar es la débil voz aprisionada de Carlos, taponeada por el short:
—Aaahhhh… ahhh… Noooo… El culo noooo… Aahhh…

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar

Enamorado del culo de mi tío Eduardo

Posted in Uncategorized on October 9, 2006 by horacio36

Un cuento de: Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar
Con fotos de: Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

Esa mañana me levanté totalmente decidido. No sé, será que había soñado esa noche con el tío Eduardo… pero algo pasó en mi todavía adolescente cerebro para que tomara por fin la decisión. La mejor, la más importante decisión de mi vida. La de irme a vivir por fin con el tío Eduardo.
—Mamá. Papá. Soy puto. Me gustan los machos.
Pensé que iba a ser paro cardíaco. Casi lo fue, pero no llegó a tanto. Eso sí. Perdieron toda capacidad de reacción. Mi viejo quedó absorto, con todos los músculos de la cara tan congelados como los de Walt Disney. Mi vieja parecía más de plástico que nunca.
—Y qué le voy a hacer. Me gustan los hombres. Me gustan que me ensarten el culito, no es mi culpa al fin y al cabo…
Cuando Mami pudo articular palabra, atinó a preguntar: —¿Y adónde vas a irte, Marianito?
Cuando les di la respuesta, ya no pude permanecer en casa un minuto más. Me dio tanto miedo que agarré el equipaje ya preparado y salí corriendo. Es que me dio pánico ver que pasaban de ser dos monstruos congelados a pasar a ponerse verdes, violetas, rojos, turquesas, fucsias…
—A lo del tío Eduardo. Me voy a vivir con el tío Eduardo.

Ya a bordo del bus que me llevaba a la pequeña ciudad marítima donde vivía mi tío Eduardo, yo pensaba qué padre hijo de puta me había tocado en esta vida. Porque la cuenta es fácil: si alguien en este mundo odia a mi tío Eduardo, es porque es un hijo de puta. O un amargo. O un tarado. O un imbécil. O alguien que odia la vida. O todo eso junto. Y todo eso junto es mi padre.
Porque el tío Eduardo no solamente es el sol de mi vida. Yo sé, me consta que todo el mundo lo ama, lo aprecia, lo quiere. No solamente es bellísimo. Es el tipo más adorable del mundo. Da gusto ver cómo todo el mundo lo aprecia por las mismas cosas: por ser cálido, macanudo, cordial, atento, respetuoso, solidario, simpático. Y hermoso. Porque vaya si no es un macho hermoso mi tío Eduardo.
Y bueno, ahora el amargo de mi viejo tenía una buena nueva, lo mejor que le puede pasar a un amargo, que es descubrir una desgracia más. Y a mí me da orgullo decirla con todas las letras la desgracia de mi padre: YO SOY TAN PUTO COMO SU HERMANO EDUARDO.
Mi tío Eduardo tiene demasiada belleza en su cuerpo y en su alma como para quedarse a vivir en el mismo lugar que nuestra pútrida familia. Se cansó de ser infeliz y desdichado. Hizo bien. Se fue a vivir solo adonde nadie lo jodiera y donde todo el mundo lo quiere. Ahí estaba yendo yo.
Mientras la espesa y sensual voz de Sade me cantaba sus sensuales canciones por los auriculares del discman, a bordo del bus, yo pensaba que iba rumbo a la felicidad, iba a vivir feliz y dichoso con mi tío Eduardo, a resguardo de mi viejo y de todos los hijos de puta como él. Solos, solitos, juntos, felizmente putos, totalmente bellísimos y amándonos íbamos a vivir mi tío Eduardo y yo. Mi tío Eduardo es director en un colegio secundario de varones, es director allí del turno tarde y del de la noche. Como seguramente yo iba a llegar después de las 5 de la tarde, pensaba pasar directamente por el colegio y darle la sorpresa.
Llegué al colegio muerto de la excitación y de la impaciencia a las 5 y cuarto de la tarde. No pude verlo entonces mismo a mi tío Eduardo. Me atendió su secretaria, una vieja bastante atenta, que me dijo con una sonrisa después de salir de su despacho y consultar con él: —Su tío Eduardo está muy contento de su venida, señor Mariano. Dice si por favor puede esperarlo en la confitería de la esquina que él estará allí en una hora.
Pedí una coca-cola, un sanguche de jamón y queso y allí mismo, en la mesa de ese bar, desplegué todos mis regalos para mi tío Eduardo. Nueve calzoncillos, siete slips y cuatro shorts (uno de ellos, por supuesto, de rugby, blanco…)
Estaba muerto de la excitación. El mozo lo debe haber notado, porque cuando me trajo el sánguche y la coca cola se ve que el culo me palpitaba tanto de la excitación que debía vibrar todo el bar. En el momento en que llegó con el pedido, yo no me había dado cuenta y estaba rozando con mis labios el short de rugby para mi tío Eduardo, con los ojitos entrecerrados, la boquita húmeda y golosa, y tocándome la entrepierna… Mi tío Eduardo. Qué hermoso iba a quedarle ese short: pensaba en su cuerpo grandote y velludo, en sus piernas macizas, en su culote peludito y sabroso, marcándole bien ese cuerpo tierno y fuerte e infartante y colosal y paternal y sensual al que yo adoraba…
Es que yo de chico, antes de decirle a nadie que era puto —ni siquiera a mí mismo me lo decía—, no podía cada tanto de dejar de tener ataques que ya manifestaban lo que siempre sería: un putito adorador de los machos en shorts y en calzoncillos. No podía parar, así chiquito como era, de estar todo el tiempo buscándole los calzoncillos a mi tío Eduardo, que dejaba olvidados por ahí en su dormitorio cuando salía de la ducha, cuando se cambiaba para ir al trabajo… yo creo que él de algún modo sabía y los dejaba siempre a mano. El tema es que después sus calzoncillos no aparecían por ningún lado, y nunca les comentó nada a mis viejos de esa extraña desaparición. Un par de veces, únicamente a mí me dijo: —Qué raro, Marianito, alguien en esta casa parece que la pasa bien robándome los calzoncillos… —y lo dijo con un tono tan encantador, con un gesto tan risueño que así chiquito como yo era casi le arranco la boca de un beso. Mi tío Eduardo era un hombre fenomenal. Qué macho bellísimo.
En esa época, cuando yo debía tener 12 o 13 virginales e inocentes añitos, me hice la primera paja. Por supuesto, fue de noche, escondido en mi dormitorio, pensando en mi hermoso tío Eduardo y con un calzoncillo de él, que le había robado esa mañana, era un calzoncillo clásico, de tela, lisa, blanco… y yo me lo pasaba por la carita, por el culito, por la nariz, por la boca… absorbía todos los aromas intactos de mi tío macho, mi tío hermoso, pensaba en que ese calzoncillo había acariciado y lamido esas piernas, esa piel, esas bolas, ese pene, ese néctar de hombre fabuloso…
Cuando cumplí los 18 años —y me emociono mucho al recordarlo—, cuando ya todos se habían ido después del festejo, y mis viejos ya estaban peleando y yendo a amargarse más entre ellos en su propio dormitorio, mi tío Eduardo vino a verme a mi habitación. Entró hermoso y fenomenal, canchero, varonil, tierno, lindísimo; se sentó a mi lado, apoyó su pesada y cálida mano en mi pierna izquierda, me dio un hermoso, injustificado, prolongado beso en la mejilla, me acercó mucho sus labios a mi orejita para decirme:
—No te hagas problemas. Vos sos como tu tío, yo soy como vos… Nos queremos, Mariano… Todo va a estar bien… Por favor no sufras… Yo te amo, bebote lindo.
Me dio luego un espeso, cálido, largo, tierno, sensual, masculino beso en la boca. Yo no sabía si llorar, reírme o qué… había respondido a su hermoso gesto y le acariciaba la nuca mientras él seguía prodigándome su varonil encanto de macho potrazo chupándome la boca… No me dejó seguir mucho. No pude tocarlo demasiado, yo me moría por hacerlo, pero él me ganó de mano… No pude tampoco quitarle los ojos de encima mientras con su espléndida sonrisa de hombre grande se retiraba de mi habitación…
Había dejado sobre mi cama su regalo para su sobrinito puto, extasiado, que se derretía de amor por él. Era un calzoncillo. Un calzoncillo de él, de mi tío Eduardo…
Después él se fue, primero a vivir solo en un barrio apartado, y después pidió el pase y se fue a vivir a esa pequeña ciudad marítima donde yo estaba ahora visitándolo, en la que al poco tiempo de llegar le dieron el cargo de director del turno tarde y noche. Siempre nos habíamos escrito mucho, eso sí… primero cartas, y luego, cuando pusieron la compu en casa, mails… Al poco tiempo de intercambiarnos mensajes, ya nos intercambiábamos fotos de machos… Pero yo nunca me confesé y —si bien él me pasó toda su colección de fotos de machos en calzoncillos y yo la mía—, nunca le dije la verdad que es que yo siempre fantaseaba en él, que estaba totalmente enamorado, que él era mi único hombre en mis masturbaciones, o al menos el que yo adoraba más… Que no podía dejar de imaginar que él era mi hombre y que me desvirgaba y que me cogía y me culeaba cada vez más duro y más fuerte y más violento y más y más y más…
Ese hombre que venía ahí, al que veía por los vidrios de la confitería… ¿¿¿ese hombre??? ¿¿¿Ese hombre era mi tío Eduardo???… ¡¡¡Dios mío!!! Apenas lo vi, el culo se me abrió tanto que casi se me cae. Ese culito me lo podía abrir así solamente él. Un macho como él. Uuuyyy, por Dios, qué macho. Culeame, tío, cogeme, partime el ano tío Eduardo…
Guardé rápido en mi mochila el short de rugby junto con los otros shorts y calzoncillos.
Los años no habían pasado en vano. Calculé que mi tío Eduardo debía andar ya por los 47 años. Por Dios… Qué hombre. Qué varón fenomenal. Qué pedazo de hombre estupendo. Los años le habían dado un porte y una masculinidad que me hicieron sentir totalmente arrobado, extasiado… si nunca lo hubiera visto, si no hubiera sido mi tío Eduardo, si lo viera por primera vez, estaría igual e irremediablemente y totalmente enamorado a primera vista de ese potro machazo.
Alto, serio, corpulento, fornido, exudaba virilidad por todos sus poros… Era medio osito, velludo y grandote. Su pelo era extremadamente corto, de un masculinísimo color gris. Las facciones se le habían agudizado, tenía unas arruguitas preciosas. Nadie jamás podría decir que era puto. Tanta belleza masculina, insisto, chorreaba virilidad por los cuatro costados. Qué piernas. Qué morrudo que era. Ese cuerpo de rugbier, esas bolas, ese lomo… Qué bien le quedaba esa ropa de trabajo, ese pantalón gris que marcaba unas piernas y un bulto impresionante, esa camisa blanca, esa corbata azul. Qué hombre bellísimo. Qué varón estupendo, mi tío Eduardo… No pude con mi genio… ¿Qué calzoncillos estaría usando mi hombre adorado, mi tío re potro, mi varón legendario, mi tío Eduardo debajo de esos masculinísimos pantalones grises?
La sorpresa debía ser mutua. Por lo visto o mi tío Eduardo no me reconocía o no podía creer que fuera yo… Y… Los años pasan…
Fue un abrazo formidable, y yo no sé si él habrá sentido lo mismo que yo cuando me lo dio. Porque lo que es como por mi parte, se me puso la verga a mil cuando sentí el calor y la fuerza de su cuerpo compacto, grandote y morrudo apretándome. No pude disimular, yo ya casi tenía una tercera pierna… Sonrojándome tuve que sentarme porque de lo contrario, de la erección que me había provocado el tío Eduardo, iba a terminar perdiendo el equilibrio y cayéndome.
Estuvimos hablando en ese bar casi dos horas. En algún momento, sin pudor, con total naturalidad, mi tío Eduardo se sirve de mi vaso de coca y se lo lleva a sus labios. No puedo dejar de mirarlo. El orgasmo mío lo debe haber notado, pues me miró bien hondo y me tiró de nuevo una sonrisa tan cachonda, varonil y sensual que el culo se me hizo una concha. Pasó juguetonamente sus húmedos, gruesos labios varoniles y después su gorda, empapada lengua por el vidrio del vaso y, luego penetrándome con la mirada más masculina y provocativa que puedan imaginarse, me devolvió el vaso para que yo lo agarrara.
Eso hice. Y pasé mi propia lengüita por donde él la había pasado. Quería chuparme todo lo de mi tío Eduardo. Ya voy a tener tiempo de chuparte el pene, las bolas, el culo, el cuerpo todo, tío… empiezo por el vaso, pero andá preparándote tío, porque te voy a amar palmo a palmo de todo tu cuerpo. Qué puta enamorada de su macho era yo con mi tío Eduardo.
De repente, con toda mi calentura intacta por mi tío, me doy cuenta por su cara de que algo debe haberle ocurrido. La mirada hermosa de mi tío Eduardo se transforma súbitamente. En una esquina veo a dos flacos. Por las edades, calculo que pueden ser perfectamente alumnos de la nocturna que dirige el tío Eduardo. De noche es un colegio para adultos. Uno debe tener unos 25, 27 años; el otro parece un poco más pendejo, más o menos de mi edad, unos 20, 20 y algo…
El de 25 tiene unos jeans espectaculares, apretadísimos, que le ciñen bien apretado un bulto genital impresionante, palpitante, suculento. Tiene una barbita candado y si bien parece tranquilo, le veo como un gesto perverso, como una especie de diablo contenido bien jodido, un morbo raro, inquietante, que si te fijás bien da un poco de miedo.
El más joven es menos disimulado, y la verdad me cagaría en las patas si me lo encuentro solo en la calle. Tiene una onda más villero, es bien desfachatado, usa unas zapatillas carísimas con una remera y un jean bien berretas, que no por eso dejan de marcarle un cuerpo menos espectacular que el primero, pero de todos modos se nota por el bulto que va al frente con una poronga infartante… El jean marca unas bolas bien apretadas, que por el aspecto parecen a punto de explotar de guasca. El chabón lo sabe y le gusta mostrarlas, así, casi reventando el calzoncillo dentro del jean…
El mayor lo mira al tío Eduardo tranquilo, bien profundamente, como destilándole, bien despacito pero firme y con perfecta tranquilidad, una mala onda que da cagazo. El villerito también lo mira, medio como cagándose de risa, tiene una cara bien de morochazo reo, unos labios carnosos y morados que de a poco van preparando un espeso y pesado escupitajo que tira en la vereda de la calle, entre sus piernas, sin dejar de mirarlo con burla y desprecio a mi tío Eduardo. Ninguno de ellos se fija en mí.
Tío Eduardo sigue mirándolos. No veo en él ningún escándalo, parece estar manso, triste, melancólico, acepta mansamente el desprecio que le tiran, con infinita tristeza… y yo me enamoro cada vez más del tío. Pero no por eso deja de preocuparme la situación. Recién al largo rato, parece que el tío Eduardo se acuerda de mí. Sin ningún disimulo, me mira con tristeza y me confiesa:
—José Luis Ramírez y Miguel Castro… Expulsados ambos por tu tío ayer del colegio. O sea que los dos fueron alumnos del cole, y me sacaron canas verdes…
—Algo habrán hecho —dije yo.
—Y, mirá, Mariano… hace tres años que estoy en la dirección. Hice todo lo que pude. Hasta plata les presté alguna vez. Les di consejos, tiempo, ayuda de todo tipo. Todo al pedo. Me desprecian. Siempre me despreciaron… quizás… quizás porque… bueno, vos sabés… Viejo y puto, ¿no?
Quise interrumpirlo pero me puso las manos sobre la boca el tío Eduardo para callarme: —Es así. Está bien… Cada uno es como es. Yo soy así, y ellos son a su manera… No juzguemos por favor.
Qué hombre bellísimo mi tío Eduardo. Yo habría parado al mundo para comerle de una vez por todas la boca a mi tío Eduardo con un beso, el beso más largo, espeso e infinito del mundo. Cuánto lo deseaba… Me estaba volviendo loco de deseo y de amor ese hombre.
—Hace ya como un año que me vuelven loco con el tema de la merca. No solo consumen como bestias, eso al fin y al cabo sería asunto de ellos… Venden. Son capaces de venderle cualquier merca, poxirrán, coca, lo que le pidas, a un pibito de primer año… De hecho lo hicieron. Hablé con ellos miles de veces. Eso que le viste hacer a uno, eso de escupirme prácticamente a los pies, adonde voy a pisar yo, es un gesto que hace siempre, y marca cuál es el territorio de cada uno. Así me desafían siempre. Se cagan en mí, se cagan en todo… Recibí presiones, de todos lados… Padres, autoridades, profesores… O ellos o yo… Y así fue como…
Yo no podía más de seguir escuchando a ese hombre tan bello desarmarse de tanta tristeza e impotencia delante mío.
—Hiciste bien, tío… —y traté de reírme cuando agregué: —Vas a tener un problema menos…
Me costaba seguirle esa larga conversación a mi tío, pues yo no podía dejar de sentir una calentura por él que estaba derritiéndome todo el cuerpo.
El pacto que me propuso el tío fue bárbaro para mí en ese momento: no tenía problemas con que yo viviera con él, al contrario, estaba encantado, yo lo miraba para corroborar y sí, realmente parecía totalmente complacido, me dijo que yo era su punto débil, su “nene predilecto”… Yo casi relincho como una yegua en celo cuando me dice eso. “Después veremos”, me dijo al final, “un pibe joven como vos pronto se va a aburrir de vivir con un viejo”.
Yo seré muy tímido, muy introvertido, un poco tonto… pero… pero no la iba a dejar pasar. Yo ya estaba harto de no ceder a mis impulsos y deseos más profundos. Por eso le dije al tío Eduardo lo que le dije:
—De un viejo puede ser. Del hombre más hermoso, más bueno, del macho más espectacular que vi en mi vida, no. Eso nunca. Nunca jamás.
Cambió muchísimo la mirada de mi tío Eduardo cuando yo le dije eso. Pero era la verdad. En cuanto a él, me penetró con la mirada más masculina y profunda que puedan imaginar. Me sentí totalmente bañado, húmedo, empapado, subyugado por la sensualidad tan masculina del tío Eduardo. La situación en ese bar estaba resultando insostenible. Estábamos devorándonos con la mirada, chupeteándonos todo el cuerpo el uno al otro con las miradas, yo sentía una urgencia física, inaguantable de desnudarlo y lamerlo todo y decirle cuánto lo deseaba, cuánto lo amaba… él seguía cogiéndome con esos ojos de macho espectacular… yo ya no sabía qué decir. Él, por su parte, mi tío Eduardo, parecía estar gozando la situación. El silencio lo hacía más bello, más enigmático, más seguro que nunca en su dominio de macho espléndido que se sabe deseado, que sabe estar despertando la lujuria más tórrida en su putito enamorado.
—Eh… eeehhh… y… ehhh… te traje algo, tío Eduardo…
Se limitó a decirme, casi gozándome con su bonachona sonrisa: —Ajá.
—Sí… ehhh… espero que te gusten.
Cuando vio las bolsas hizo el gesto que mejor lo caracterizaba: el de saberse un macho que tiene a sus pies a un puto dispuesto a ser su esclavito sexual, su mascota muerta de amor por el dueño.
—¿Calzoncillos son?
—Sí… sí, tío Eduardo…
Lo miré bien fijo, no le quité un segundo la mirada a ese veterano hombre espléndido y bellísimo delante mío, cuando le dije, paladeando bien cada palabra:
—Sí, tío Eduardo. Estos calzoncillos y estos shorts los eligió tu sobrinito Mariano. Que se muere de amor por vos. Que estuvo todos estos años deseándote. Que te amo. Que te adoro. Que no dejo de pajearme una sola noche pensando en vos. Porque sos mi macho, tío Eduardo. Porque me tenés enamorado. Porque quiero ser tuyo, tío.
Me miró todo el tiempo, escuchó atentamente cada una de mis palabras. No dijo una sola palabra él como respuesta. Encendió un cigarrillo, totalmente calmo, sosegado, dueño de sí, dueño de la situación, dueño de mí. Apenas acercó un poco su hermosa, varonil cara de macho maduro a la mía para decirme:
—Y… Marianito?… ¿No te gustaría probármelos?
Pufff, el culo se me abrió de par en par.
Le dije la verdad, mirándolo por momentos fijo a su bellísima cara de macho veterano, por momentos al bulto apretado y palpitante de sus pantalones grises, en los que se adivinaba la presencia pujante de una poronga llena de guasca fresca:
—Me late el culo de probarte calzoncillos, tío Eduardo… Me tenés completamente puto, completamente enamorado. Cogeme, tío Eduardo, culeame yaaaa que te amo…
Yo nunca había dicho esas palabras en voz alta, nunca, a ningún hombre, créanme… pero me estaba derritiendo de amor y de ganas y de incontenible deseo por ese hombre maduro re fuerte frente a mí, mi tío Eduardo…
Me miró de nuevo bonachonamente, cancheramente, mientras pagaba la cuenta. Cuando subimos a su auto y arrancamos, lo primero que me dijo con su espesa voz cálida y varonil fue:
—Y agarrate bien fuerte, Marianito…
Me dijo señalándose ese bulto genital impresionante y adorado por mí… Aclaró por si hacia falta:
—Agarrate bien fuerte de mi verga, sobrino, que apenas lleguemos te voy a reventar el culo a pijotazos… Andá preparándole la poronga a tu tío, Marianito… Dale que con este palo te voy a desvirgar, sobrino…
Suerte que no era muy largo el trayecto desde la confitería hasta su casa en esa pequeña ciudad, ni había mucha gente en las calles… Igual no me habría importado nada, lo habría hecho igual. Ardía de deseos por el tío Eduardo, tenía el culo abierto de par en par, moría de ganas de que me rompiera el culo y me lo hiciera pedazos, nunca me había sentido tan puto con ningún otro hombre… Como el macho no dejaba de señalarse —autoritario, bien canchero, adorable— su bulto en ese elegante pantalón, lo primero que hice, presurosamente, casi desesperadamente, fue abrirle la bragueta. Divisé un calzoncillo hermoso, espléndido, blanco, como de tela de camisa, clásico y bien de macho, por la bragueta de ese calzoncillo saqué por fin mi tesoro, el botín de toda mi vida de puto. Era una poronga infartante. Tenía la cabeza bien gruesa, la rodeaba un vello bien oscuro y afilado, con unas pelotas del tamaño de pomelos, la cabeza de ese pene suculento y henchido palpitaba enloquecido. Mientras mi tío Eduardo manejaba presurosamente a su casa, a nuestro futuro nidito de amor y lujuria, me agarré bien fuerte de su pene, y empecé a masturbarlo primero con ternura, luego con furia. Cuanto más masturbaba a mi tío Eduardo, más cabezona, más henchida de leche burbujeante y fresca, más loca se ponía esa pija que estaba esperando llegar para recibir la frescura de una boquita de putito joven , un culo deseante y muerto de amor para desvirgar… Yo apretaba y apretaba esa verga, él ni me miraba ni me tocaba. Por mi parte yo cuanto más lo masturbaba más me derretía por su belleza de macho hermoso y no podía dejar de mirarlo…, qué hombre espléndido, qué macho… Llegó un momento en que lo estaba masturbando tan fuerte que temí que quisiera culearme allí mismo en el auto.
Pero no. Bien tranquilo, macho, hermoso, sosegado, dueño de la situación, el tío Eduardo estaciona frente a su casa. Se acomoda tranquilo su arma poderosa, el tesoro de mi vida, su pene exultante dentro de la bragueta del calzoncillo y luego lo guarda en su elegante pantalón gris. Tiene el bulto más marcado, más deseable que nunca dentro de esa ropa de macho bellísimo. Me mira tranquilo y me dice:
—Así no entrás…
No entendía nada. Quería que me culeara. Que me rompiera el orto yaaaaa. Lo amaba. No entendía nada, estaba desesperado del amor y de deseo y él me decía que… qué? Frente a mi mirada atónita, con una adorable sonrisa irónica y canchera me explica:
—Así no entrás porque estás demasiado vestido, Marianito… Así no me gustás. Así no me servís. Así no tiene que venir un putito a la casa de un macho para complacerlo.
Entendí la orden. Seré inexperto pero no tonto. Rápidamente, me bajé del auto y apenas salí, ahí nomás, pegadito a la puerta del auto, enfrente de mi tío Eduardo que también salía por su lado, mandé a la mierda mi remera, mi pantalón, mi camperita de verano, mi mochila. Me saqué todo. Quedé únicamente con un diminuto, pequeñito, gastadito yorsito azul.
El tío Eduardo se me acerca con cara de inspector interesado en su presa recién agarrada. Mientras me hace apoyar en el capó del auto, me abre de piernas, como un cana que va a palpar a un delincuente al que por fin agarró. La diferencia es que aunque su voz está más gruesa, más de macho que nunca, pero así como es, gruesa y adorable, autoritaria y mandona, no pierde un ápice de sensualidad y cordialidad.
—Entendé, sobrino… has crecido pero no te vi en detalle. Primero tengo que ver si me servís, Mariano… primero tengo que ver si tenés un culo interesante para que un semental como yo te lo rompa en mil pedazos. Porque si me servís cuando te empiece a coger no te largo más, te voy a destrozar el ano… necesito un sobrinito bien putito y con un culito que se sepa aguantar esta tranca…
Ahí nomás se abre la bragueta del pantalón y la del calzoncillo y empiece a hacerme ronronear como una putita en celo mientras me pasa su infartante poronga por las cachas, y después bien cerquita del hoyo deseante de mi culito virgen, todo mientras cancheramente, con experiencia, con pericia de varón experto y dominante, no deja de manosearme el culo y de meterme cada tanto un dedo bien adentro del culo.
—Un culo de primera, Mariano… lástima que ahora te voy a coger, vas a ser más feliz que nunca pero te lo voy a dejar hecho mierda, sobrino… subite el yorsito, quiero un putito que no sea una puta barata de mierda que se pone en bolas enseguida se le arrima a su macho…
Trato de guardar compostura, de comportarme bien machito, pero la verdad me está volviendo loco, miro alrededor y no veo a nadie, me subo el short, hago como mi macho ordena, le sigo el juego, le sigo el juego porque lo amo y porque lo deseo y porque me va a desvirgar y porque con esa voz de macho hermoso me acaba de vaticinar que me va a rompe el culo en mil pedazos.
Me subo el short, entonces, él acomoda su pija de nuevo dentro de su calzoncillo y de su pantalón, lo sigo bien sumiso y calladito mientras él con su paso seguro, pesado, elegante va ingresando en la casa.
Apenas miro la casa cuando entramos. Lo único que atino a hacer es ir hasta el sofá al que mi tío Eduardo me señala, sin decir una palabra, allí me acomodo sentado con mi yorsito azul y completamente loquito de pasión, de impaciencia, totalmente emputecido. Cuando me ve sentarme, me hace no con la cabeza. Me hace señas de que me acueste con el culito para arriba. Cumplo.
—Bajate un poquito el short, nada más…
Le muestro un poco de mi virgen culito, de mi culito urgido y deseante por ese macho que me estaba volviendo loco. Recién ahí me pregunta.
—A ver, Mariano… ¿Qué calzoncillo vas a probarme primero?
Insisto: soy inexperto pero no tonto. Su cara de macho hermoso me confirma que di en el clavo cuando le respondí:
—El que mi tío Eduardo quiera. Voy a respetar la orden de mi macho. Yo soy su putito y hago lo que mi tío Eduardo pida.
Está contento mi tío Eduardo, está satisfecho. Cada tanto me echa una mirada, a mi culito, a mi yorsito al que hago palpitar involuntariamente del pedazo de calentura temblorosa y cabalgante que tengo en lo más profundo del ano. Pero yo sé cómo es el ritual. Aunque nadie me lo haya explicado. Aunque el tío Eduardo no me haya dado ni una orden ni una instrucción al respecto. Nos entendemos. Él es mi macho. Yo soy su sobrinito puto. Y el ritual marca que el macho es él. El deseado es él. A mí sólo me corresponde ser un putito enamorado de su hombría, de su belleza de macho regio y espectacular. Mi culo sólo importa para satisfacerlo a él. Él es el Macho. Él es mi tío Eduardo. Y yo lo amo.
Acto seguido no puedo creer lo que veo. Se para delante de mí, pero a varios metros. Sabiéndose el macho de la situación, el que la domina, sabiendo que tiene un putito casi en bolas derritiéndose de amor por él, mi tío Eduardo empieza a desnudarse. Mientras se va sacando el saco, la corbata, la camisa, el pantalón, me va diciendo:
—Acá quiero un sobrinito bien puto y bien respetuoso. En esta casa manda el tío Eduardo. No hay lugar para pendejos malcriados, ni desordenados, ni que no sepan respetar…
Cuando se saca la camisa, creo que voy a gritar como una yegua en celo, de un orgasmo que me parte el cuerpo en dos. Tiene un lomo, un pecho espléndido mi macho, mi tío Eduardo… tiene una piel adorable, tersa, de un tinte ligeramente bronceado, poblado por un vello tupido, continuo. Adorable. Exquisito. Su jeta se está poniendo más hermosa que nunca, más de macho veterano irresistible. El culo me palpita de pasión, creo que me voy a morir de amor por él. Me sigue hablando:
—Ahora me vas a ver en calzoncillos… ahora en minutos me vas a ver en bolas. Y te vas a preguntar si te merecés un macho así.
Cuando se saca el pantalón, se lo baja de un tirón. Ya no tiene calzado ni medias. Solamente el calzoncillo. Mi culo grita, mi cuerpo tiembla, se me empiezan a escapar gotas de saliva por la boca a punto de gritar…
—Y la respuesta es que no. Ciertamente no, Mariano… Para ganarte este macho, vas a tener que respetarlo. A tu macho y a su casa. NUESTRA casa. Vas a tener que ser cumplidor y hacendoso. Y nada de cuestionarme.
Dueño de la situación, hermoso, macho irresistible, el tío Eduardo saca la poronga por la bragueta de su infartante calzoncillo, empieza a masturbarse suavemente cada tanto la cabeza de su pene palpitante y adorado, empieza a masajearse suavemente las bolas.
—Acá se hace lo que te digo yo. Vos me amás. Ok. Yo lo acepto. Pero tu lugar de puto en esta casa te lo tenés que ganar. Tu tío te va a cuidar. Tu tío te va a coger. Vos vas a cuidar la casa y hacer lo que tu macho mande para aprender a ser un buen puto y complacer a tu tío. A tu macho.
Se da vuelta, totalmente dueño de la situación, sabiéndose deseado, reverenciado, amado, deseado… se baja el calzoncillo un poco, lo suficiente para dejar totalmente expuesto al aire el mejor culo de macho que vi en mi vida. Compacto, grandote, de cachas duras y abultadas, totalmente velludo en el orto.
—Miles de putos maleducados e irrespetuosos darían la vida por chupar el culo de este macho. Vos vas a tener ese lujo. Espero que sepas merecértelo.
No puedo más. Ardo de pasión. El tío Eduardo no deja de hacerme poses, no deja de hablarme, no deja de darme órdenes. Estoy dispuesto a decirlo que sí a todo.
Él lo sabe. Sabe que lo amo. Sabe que me está matando de la urgencia.
Cumplo la orden de no moverme de mi posición en el sofá pero tengo la verga tan parada y excitada que me duele la entrepierna endemoniadamente. Mis ojos deben estar desorbitados porque no puedo parar de chuparlo todo con la mirada, de empaparlo con la lujuria líquida e hirviente de mis ojitos putos, se me escapa sin querer la saliva por las comisuras de mi boquita hambrienta de ese macho.
El tío Eduardo me enseña su mástil completamente al palo. Nunca en mi vida, créanme, nunca en mi vida me imaginé que mi tío Eduardo tendría semejante pedazo de poronga. Está palpitante, dura como una estaca, lustrosa, señalándome directo a la cara:
—Primero me vas a probar los calzoncillos. Después los slips. Después los shorts.
Se desnuda completamente, tira a un costado su hermoso calzoncillo pero se arrepiente y me lo tira directo en la cara:
—Sentilo, sobrino… Así huele el calzoncillo de un macho. Así de aromado a macho está ese calzoncillo que vas a tener que lavar con tu propia lengua.
Me lo paso, ya completamente fuera de mí, totalmente entregado a mi locura, me lo paso por la cara, por la nariz, por el culo, me masturbo con ese calzoncillo olvidándome por completo de todo, sabiendo todo el tiempo que mi tío Eduardo me está poniendo a prueba, quiere saber si soy un buen puto, quiere saber si sé qué hacer con mi tesoro, con su calzoncillo impregnado de su sudor, su aroma a macho, con mi trofeo.
A partir de ese momento todo se hace difícil de explicar. Yo estaba totalmente embriagado, emborrachado de mi tío Eduardo y sus calzoncillos. Se hizo tocar, chupetear, pidió distintos tipos de manoseos y chupadas en todas sus partes, en sus piernas, su culo, sus bolas, su pecho, mientras yo enloquecido no paraba de probarle distintos calzoncillos y distintos shorts. En un momento le puse un slip blanco, totalmente sencillo pero colosal, espectacular mi macho el tío Eduardo, que le sujetaba y le apretaba tanto las bolas y el palo que pensé que el calzoncillo iba a reventar. Fue ahí cuando me ordenó:
—Chupame las bolas por sobre el slip. Quiero que lo manches por completo con tu saliva de putito enamorado de su tío. Cuando el slip esté a punto de explotar me lo vas a sacar. Ahí me vas a besar el culo mientras al mismo tiempo me tirás de la goma. Tenés que ir preparándome la poronga para cuando te garche y te haga mierda.
Metí la lengua hasta el fondo de su tupido, aromático, machísimo culo y me lo cogí a mi tío Eduardo con la lengua más dura, más erguida, más fálica que puedan imaginarse. Mi tío Eduardo casi enloquece cuando se siente totalmente penetrado, cogido por la lengua de su putito sobrino. Se arrodilla sobre el sofá, se abre completamente el culo mientras yo me arrodillo sobre el piso para seguir penetrándolo con mi chupada en su culo. Él mismo se abre las cachas, yo le meto la lengua para matarlo con cada punzada mojada y dura que le doy con la lengua en el fondo del orto. Al rato escucho:
—Andá preparando el siguiente calzoncillo. Uno clásico, de tela, con bragueta. Dale. Y no dejes de chuparme el culo, puto, aaahhhh, qué bien lo hacés, sobrino, qué pedazo de lengua, cómo me estás cogiendo el culo putito hermoso, ahhhh, pero dale, Mariano, preparame el siguiente calzoncillo mientras no dejás por un segundo de tirarme de la goma.
En algún momento se para, con el culo totalmente empapado y machazo, me lo saca, empieza de nuevo a manosearse las bolas y el palo mientras yo arrodillado y gimiendo como una puta enloquecida le pongo un calzoncillo estampado, azul, con bragueta, el tío Eduardo rápido y casi violento me agarra de la nuca y me encaja de sopetón todo su arma poderosa y furiosa en la boca por la bragueta de su calzoncillo recién estrenado.
—Chupá, Mariano… Chupame bien el palo. Así, bien, bien, presioná el glande con la puntita de la lengua. Bien, bien, putito, bien… besame las bolas, dale…
No puedo parar de chuparlo, de lamerlo, siento venir la oleada incontenible, presurosa, urgente, adorada, fresca, hirviente de su guasca hinchándole las bolas y la verga.
—Dale, puto… Dale Marianito puto hermoso, dónde se ha visto a un tío que recibe a un sobrino y no le da de tomar la leche al nene…
Succiono tan fuerte el pene del tío Eduardo cuando escucho eso, me enloqueció con lo que dijo, me hizo definitivamente su puta, el tío Eduardo me escupe toda su guasca, fresca, caliente, hirviente, densa, espumosa, blanquísima en la jeta.
Me ensucia toda la carita con su semen adorado. Al rato de haber eyaculado, sigo besándole un poco el culo y me voy casi sin querer, tengo la cara completamente impregnada del semen de mi tío Eduardo, él me mira a la cara, le debe gustar su nenito con la cara enchastrada de su guasca. Me tomo los restos de mi lechita, la que me dio el tío Eduardo, chupeteándomela de los labios, no dejo un milímetro de leche de mi tío Eduardo sin tomármela, quiero ser un nenito puto y buenito con mi tío Eduardo cuando me da a tomar la leche.
Me premia abrazándome fuerte, poderoso, tierno, varonil, reposamos los dos en el sofá donde empezamos todo, él eligió un bóxer blanco para su descanso glorioso, yo estoy totalmente desnudo, me besa en la boca largamente, quedamente, espesamente:
—Te amo, tío Eduardo, te amo…
Así nos quedamos aquella tarde, amarraditos, abrazaditos en el sofá, él casi en bolas, en sus magnánimos calzoncillos, yo con un yorsito y el culito al aire, o si él me lo saca, nada… Estoy re enamorado del tío Eduardo. Cada vez más enamorado, soy totalmente un putito feliz cuando me abraza, me siento bien agarrado de su cuerpo morrudo y cálido, velludo, palpitante, que me da calor de macho, aroma de hombre hermoso… Es un osote lindo y tierno aunque en el momento de trincarte se debe poner como un diablo y hasta que no te parte el ano y te lo deja chorreando de guasca no debe parar.
Se sabe deseado, amado, y lo hago feliz, aunque no creo que tanto como él a mí. De noche vamos a estar durmiendo tipo cucharita, él siempre detrás de mí, agarrándome bien fuerte y protector y machazo, y se mete cada tanto en mi culito alegrando mi despertar, enfebreciendo mis sueños… otras veces no puedo más del deseo, lo veo dormir, adoro su cuerpo palpitante y grandote y velludo, pero sé que el tío Eduardo necesita descansar porque trabaja mucho y entonces aunque me cuesta prefiero no molestarlo, entonces, así como está, machito dormido hermoso en sus sueños, despacio despacito le voy sacando el calzoncillo, lo dejo completamente desnudo y acabo yo solito, muerto de felicidad y el deseo, mirándolo hermoso, machazo, veterano maduro y espléndido en bolas, oliendo, tocando, acariciando, chupando su calzoncillo… que es mi trofeo de nene puto enamorado…
Esa tarde cuando me dio la leche por primera vez yo sabía desde el comienzo que era mi bautismo. Por eso cumplí con todo el ritual. Estoy enamorado de mi tío Eduardo y sé cómo encenderlo de calentura para que me ame él a mí. Él me bautizó con su leche haciéndome su puto, convirtiéndose en mi macho por siempre y para siempre…
Esa primera tarde después de tomarme toda mi primera ración de guasca de mi tío Eduardo, jugueteamos mucho, nos franeleamos y me besó largo en la boca por primera vez. Ahí creí enloquecer. Tiene la boca grande y perfecta, fresca y experimentada, los labios de una calidez exquisita, su saliva es dulce, espesa, cálida, me mete su lengua mimosa y húmeda bien adentro y me lo quiero comer todo. Nos matamos tanto a besos con el tío Eduardo que terminamos lastimándonos sin querer, haciéndonos sangrar los labios.
Cuando me besó la primera vez les juro que lo sentí a mi macho no sólo en la boca: lo sentí en el culo, entre las piernas, en el alma. Qué macho es mi tío besando, cómo te rompe la boca, cómo te sentís de puto feliz cuando un macho tan hermoso, con esa cara de veterano bellísimo, se te acerca para partirte los labios de un beso. Ese primer, prolongado, paternal beso se prolongó tanto que casi me quedé sin respirar, pero lo que más me impresionó fue que, como les dije, lo sentí en todo mi cuerpo, me dio como un escalofrío, el culo se me puso como un pimpollo de toda la fiebre de deseo que me despertó ese magnífico hombre.
Yo sabía, por supuesto, que algo faltaba. Nos matamos de amor, de pasión, nos habríamos quedado toda la vida yo chupándolo y él dejándose amar, mojar, chupetear todo, lamer íntegro, en calzoncillos, por su enamoradísimo sobrinito puto. Pero a ninguno de los dos se le pasó por alto que mi tío Eduardo no me había culeado todavía.
Yo quería. Por supuesto que quería. Ninguna otra cosa quería. Yo a ese hombre le daba mi vida, lo amaba con locura, cómo no iba a querer… ¡¡¡No quería otra cosa más que me rompiera el culo en mil pedazos, por fin!!! Yo quería que fuera él, ese macho hermoso, ese semental generoso y espléndido el que por fin me desvirgara. Porque esa también era la cuestión. Mi culito era virgen todavía. Y no les miento con esto que les digo. Es la verdad. Yo siempre supe que era puto pero siempre le reservé mi culito al que más amaba, al único hombre del que estaba enamorado hasta el fondo del culo: por supuesto, claro está, mi hombre, mi macho, mi tío Eduardo.
Las bolas de mi tío Eduardo, además de peludas y grandotas como pomelos y rebosantes siempre de guasca fresca y pujante, eran un manantial generoso del que yo no podía dejar de alimentarme. Me hice adicto a su pene. No podía vivir tranquilo si no me agarraba urgente de la mamadera de mi tío Eduardo y la chupaba y la chupaba y ejercitaba todos los movimientos posibles con mi lengua, los más dulces, los más frenéticos, los más sutiles, los más hambrientos, para que por fin de ese miembro viril poderoso, hermoso y durísimo como el fierro, brotara a chorros mi alimento más preciado: su guasca. Su generosa, chorreante, abundante, burbujeante guasca de macho.
Fue el mismo tío Eduardo el que sacó el tema: —Ya sé que te gusto, sobrino… vos también me gustás a mí. Hacía rato que te venía juntando guasca en estas bolas, porque te tengo ganas desde que cumpliste los 15, Marianito… y todavía falta lo mejor, jajaja… andá preparándome bien ese orto, sobrino, que cuando te agarre te mato. Te voy a culear tanto que no vas a poder sentarte en diez días, jajaja…
Su risa es como música de Vivaldi, está tan hermoso, tan casi en bolas en sus hermosos calzoncillos que acabo de regalarle, está tan velludo, su cuerpo me da tanto calor que no puedo sustraerme y, muerto de amor y felicidad, me aprieto bien apretadito a su cuerpo de osote bello y vuelvo a besarlo, largo, mojado, cálido, en la boca…
Y allí agrega mi tío Eduardo: —Pero para tener el culito bien preparado para rompértelo, necesito que tomes primero una buena cantidad de leche, jajaja…
Obviamente apenas me dijo eso, me arrodillé, me puse a las patas de mi macho, le bajé un poco el calzoncillo y agarré urgente ese pedazo de pene impresionante.
—Esperá, esperá sobrino… No sólo de guasca vive el puto. Además hay que morfar.
Se subió el calzoncillo, se puso delante de mí bien erguido para que su sobrino admirara y se calentara más con ese físico espectacular, y me preguntó, sonriendo con su hermosa sonrisa:
—¿Sabés cocinar vos?
Tímidamente le confesé que no con la cabeza.
—¿Y limpiar? ¿Lavar los pisos? ¿Lavar los baños? ¿Mantener una casa, en fin?
Yo ya me sentía una mierda. Es que yo nunca me había tenido que encargar de esas cosas. Él me miraba como cagándose de la risa, buenote, hermoso, machísimo, se ve que le divertía que su sobrinito fuera tan torpe y tontito.
—Vas a aprender todas esas cosas. En casa del tío Eduardo no se mantienen vagos ni pendejos malcriados. Tenés que aprender a merecerte el macho que te tocó en suerte.
Y me dijo, dándome una macanuda palmada en el hombro con ese cuerpote que casi me hace tambalear:
—Dale, vení… Te muestro toda la casa, que es grande. Vas a tener que laburar bastante en esta casa para que yo me digne tirarte guasca a la noche.
Me mostró todo. Era una casa bastante grande. Típica casa de un hombre solitario. Algunas cosas muy abandonadas, otras ordenadas de acuerdo a sus manías, muchas cosas de buen gusto, no caras, sino de tipo sensible, que entiende. Y libros, mucho libros. Miles de libros y papeles casi tapaban la computadora. Cuando llegamos por fin al dormitorio, con cara de adorable entendido risueño, me dice:
—Acá duermen el nene y el tío Eduardo.
Yo ya estaba ardiente de nuevo, no aguantaba más las ganas de volver a franelearme con el tío Eduardo, además estaba vez quería llegar tan lejos como para ponerlo bien al palo para que esta vez no se aguantara y me rompiera por fin el culo. No aguantaba más mi virginidad. Estaba enamorado. Quería darle a mi macho todo mi amor.
Con todo eso en la cabeza, aprovechando que me mostraba por primera vez nuestro dormitorio, haciéndome el tontito inocente le pregunté:
—Uuuuyyyy, qué bueno tío… Porque yo… eh… jeje… Yo siempre tuve que dormir solito… y… jeje… como soy medio boludito yo a veces de noche me da miedo…
Entonces se me acercó, me rodeó por completo con su hermoso y grandote cuerpo, y tirándome en la boca un beso infartante, me dice al final:
—Cuando tengas miedo, Mariano, vos te agarrás de mi pija. De aquí en más vos sos mío. No tengas miedo. Yo te cuido.
Con el culo palpitándome a mil, totalmente puta loca de amor por mi tío, traté de sosegarme y seguirle el camino, ahora que él de nuevo bajaba las escaleras y se internaba en la cocina. Y me dijo el tío Eduardo:
—Ahora el tío se va a poner cocinar. Así como está. En calzoncillos. Vos mirás a tu tío en calzoncillos y vas calentándote para que después te ensarte y te rompa el culo. Pero además mirá bien que tenés que aprender a cocinar, vaguito…
Traté de hacerlo. El tío desplegaba toda su machaza, infartante masculinidad por toda la cocina, en calzoncillos. Yo trataba de entender qué hacía con la comida pero no podía dejar de mirarle el cuerpo, el bulto, los sobacos, el pecho, el vello, las bolas, el calzoncillo… me lo quería comer todo al tío Eduardo. No aguantaba más.
Al rato se da vuelta, siempre en calzoncillos, con el bulto bien hinchado adentro del calzoncillo, y siempre risueño me dice:
—Te da hambre, no?
Yo me puse totalmente puta. Me arrodillé y hablándole bien fijo al bulto de su calzoncillo le confesé:
—No puedo más del hambre, tío. Quiero comer ya.
—Dale, sobrino puto. Empezá.
—Puedo, en serio, tío?
—Empezá, dale… no me hagas repetir.
Le bajé el calzoncillo, empecé a masajearle las bolas, después me metí casi toda una pelota bien peluda y palpitante de mi tío Eduardo en la boca, no pude más, agarré con la boca abierta y totalmente golosa, lo más abierta que pude, todo el infartante pene de mi tío. Chupé y chupé y chupé hasta que le escuché decirme:
—Esto se quema. Tengo que darme vuelta, pará de chupar un rato, Mariano…
Y de nuevo se subió el calzoncillo y me da la espada. Está muy concentrado en una salsa que aparentemente necesita cuidado urgente porque está por quemarse.
Pero yo también estoy por quemarme. Ardo de deseos. No puedo más.
Sin interrumpirlo siquiera un instante en su quehacer culinario, decido seguir con mi parte como pueda. Yo sigo arrodillado en el piso. Miro fijo al culo de mi tío. Grandote. Peludo. Intacto. Bellísimo. Machazo. Sigue revolviendo su cacerola el tío Eduardo.
Le bajo el calzoncillo y empiezo a cogerme con la lengua a mi tío Eduardo.
Lo agarro de sorpresa. Escucho su gemido instantáneo y nervioso apenas toda la pujante, afilada, vigorosa lengua hambrienta del putito Mariano se mete en lo más profundo de su peludo culo de macho. Cuando mi lengua está bien al fondo de su exquisito culo, aspiro bien para no quedarme sin aire. Mi lengua empieza a girar. Da vueltas, infinitas, famélicas vueltas en el culo de mi tío Eduardo mi lengüita de putito goloso. Me estoy cogiendo a mi tío Eduardo, qué gloria. Él apenas se deja hacer al principio, luego se enloquece. Se agarra bien fuerte de los bordes de la cocina, abre bien las piernas y luego con sus raudas, pesadas, velludas manos se abre bien las cachas. Tengo todo el culo abierto de mi tío en la boca. Me lo quiero comer. Chuparlo todo. Le empapo el ano hasta el fondo y cada vez hago más fuerza y penetro con más y más violencia y frenesí en ese orto exquisito de macho semental. Empiezo a escuchar cómo su bellísima voz de macho espléndido va cambiando
—Ahhh… ahhhh… Mariano… más más… ahhh… más por favorrr… ahhhh….
El tío está completamente abierto, de par en par, tiene un culo espectacular, glorioso, y yo no pienso parar hasta comerme todo su culo. Enseguida advierto que su pene está duro como un mástil. Poderoso, pujante, rebosante de guasca. Aunque estoy a pleno laburo en el culo de mi tío Eduardo, ni loco pienso dejar abandonado ese pene que es mío, que es el de mi macho. Lo agarro como para arrancárselo, al toque estoy masturbándolo locamente, salvajemente… Mi tío gimotea desesperado, lo escucho decirme
—Sos un hijo de puta, Mariano, eso no se le hace a un tío pero… ahhh… ahhhh… seguí Mariano por favor, por favor, por fa… ahhh…
Me estoy haciendo adicto al culo de mi macho. Mi tío Eduardo tiene un culo que es un manjar, qué olor, qué textura, qué fuerza en esas cachas, qué profundo y qué oscuro y qué peludo y qué rico su ano intocado, su ano desvirgado por la lengüita golosa y famélica de su putito Mariano, no puedo parar de masturbarlo, acariciarle las bolas, agarrar todo el cuerpo de su pene desde las bolas hasta la cabeza hasta que tire toda la guasca, yo también quiero comer tío, mi macho, voy a tragarme toda tu leche, voy a comerme toda tu mierda…
Quién de los dos, el sobrinito puto enamorado, el legendario tío Eduardo, el macho más bueno y más fuerte del mundo, cuál de los dos… No. Ninguno de los dos podría haberlo sospechado nunca.
Jamás podría haber sospechado ninguno de los dos que en ese mismo nos estaban espiando desde una ventana y que pronto seríamos los dos víctimas de una vejación brutal.
La situación era imparable. Llevados ambos por la locura y el frenesí, nuestros cuerpos no podían despegarse. Mi tío Eduardo había resuelto por fin dejar que la comida se quemase o lo que fuese, agarrado de la cocina cuidando de no quemarse en las hornallas, se había abierto las piernas y las cachas él mismo. Y yo seguía, sobrinito puto enamorado más puto que nunca, comiéndome todo su culo, los pelos de su culo, el aroma de su culo de macho, ese culo palpitante, duro, de cachas anchas, con un dejo lejano a sabor de mierda de macho, le estaba horadando el culo a mi tío Eduardo con la estaca, con el fusil de mi lengüita ansiosa, emputecida…
Con el calzoncillo blanco a punto de desgarrarse entre sus bellas, espléndidas, peludas gambas de macho, con todo el culo tomado por sorpresa y violado por su sobrinito, mi tío Eduardo estaba más hermoso, más espléndido, más cogible y deseable y emputecido que nunca… su voz que siempre salía a raudales, cordial y afable pero de volumen contundente, susurraba ahora entre quejidos y suspiros:
—Mariano, Marianito, sos un hijo de putaaaa… Ahhhh, sí, hijo de putaaa… Sí, culeame… haceme el orto, puto, haceme el culo con tu lengua, desfondame, rompeme bien el orto y lavame hasta el fondo del ano hijo de putaaa… Cogeme, haceme tu puta que cuando te agarre te parto el ano, Marianito, ahhhh…
Cuanto más me hablaba así, hasta los gritos por momentos, más me agarraba yo de su culo, más se lo cogía con la lengua, más famélico y fanático de mi tío Eduardo me volvía. Me iba a hacer adicto a ese culo. No iba a parar hasta comérmelo todo… El culo estaba ya empapado, latiendo, abierto de par en par, con el fondo oscuro del ano volviéndose cada vez más húmedo y vibrante, calentito…
En algún momento lo escucho advertir a mi tío Eduardo, más bello que nunca, entre sus suspiros y estertores de macho a punto de acabar:
—Salí, salí un rato hijo de putaaa… Salí un cachito, mi amor, ahhhh, por favor, por favor, por faaa… ahhh… hijo de putaaa… me vas a hacer cagar, no puedo más, no puedo más, ahhh…
Se estuviera o no cagando mi tío Eduardo, yo no podía parar. Ni loco iba a parar. Ese culo yo no lo iba a dejar intacto.
—Hijo de putaaa… no puedo más, no puedo más… ahhh… entre que me cago y estoy por acabar… ahhh… hijo de putaaa… la comida se quema la concha de tu madre… pará Mariano pará… me estoy cagando hijo de putaaa… me vas a hacer caer y además si seguís te voy a mandar un cago, hijo de putaaa…
No se cagó del todo mi tío Eduardo, qué va… Solamente se tiró un pedo, y cuando eso pasó por supuesto no lo rechacé, ni loco… Ese pedo humeante, oloroso, aromático de macho, me lo comí, junto con todos los pelos del culo de mi macho tío Eduardo que también me tragué hasta el fondo, loco del placer, loco del amor… De ese culo yo estaba prendido para siempre. Que aprendiera mi tío Eduardo lo que era un sobrinito puto enamorado. Todo lo que era de él yo me lo comía. Sus pedos, su mierda, todo, todo, nada me daba asco, todo lo quería, todo lo de él era para mí manjar, de mi macho, de mi hombre, todo me estaba comiendo, hasta el último de sus pendejos de culo de macho hermoso y fuerte, su guasca toda me iba a tragar apenas yo lograse hacerlo eyacular al hijo de puta hermoso de mi tío Eduardo…
Poco le faltaba. Efectivamente, no pudo más. Cuando se tiró los dos pedos que se tiró y vio que yo muerto de amor y de locura sexual me los comía, se los chupaba y le besaba más tiernito y derretido de amor el fondo del culo, no se preocupó más y siguió disfrutando de que su culo se lo estuviera mancillando su sobrinito trolo… yo ya tenía preparado el movimiento letal para cuando ocurriese. Y estaba ocurriendo. Como mientras tanto yo le sorbía el culo a mi tío Eduardo sin parar tirarle de la goma y acariciarle las pelotas, sus suculentas y peludas pelotas llenas de guasca a punto de ebullición, me di cuenta de que el tío Eduardo no podía más, que efectivamente estaba a punto de eyacular… las primeras gotas me las perdí. Pero solamente las primeras, soy un puto rápido y estaba esperando el trofeo de mi macho…
Brutalmente, velocísisamente, cuando las gotas pesadas, blancas, frescas de su guasca empezaron a salpicar raudas y briosas, deslicé mi cabeza por entre las piernas de mi tío Eduardo para hacerla reemerger entre sus pelotas, todo por debajo de su cuerpo, como un perrito que aparece entre las piernas y debajo de las pelotas de su dueño, su semental adorado… la guasca de mi tío Eduardo, el chorro frenético y fresco de su guasca, vino a aterrizar en mi carita de nenito puto, enchastrándome las mejillas, la nariz, los labios, por los que salía presurosa una lengüita insaciable y perversa ávida de probar el suculento, espeso, burbujeante manjar del semen de su macho…
Mi tío Eduardo suspiraba mientras se dejaba ir. Mientras yo me tragaba las últimas gotas que quedaban entre sus bolas, sobre su pancita, se levantó el calzoncillo y sin decirme una palabra, entrecerró los ojos. Yo mientras tanto paladeaba, saboreaba, entre pícaro y culpable.
Empezaba a sentir miedo. Miedo de que el tío Eduardo se hubiera enojado conmigo por haberlo agarrado así, por sorpresa, de prepo… miedo de que se hubiera enojado mi varón hermoso de que yo, su puto, me lo hubiera cogido así… Al rato, sin dejar de estar yo sentadito en el piso, veo que mi tío Eduardo por fin abre los ojos y me mira con una sonrisa algo triste y melancólica. Y me dice:
—Sos loco, Mariano… Sos degenerado eh? Jeje… Bueno, pero la pasamos bien… ¿no es cierto?
—Tengo algo que decirte, tío…
—A ver, Mariano, qué pasa ahora…
Lo miré casi llorando, yo tenía un nudo en la garganta, me estaba costando muchísimo no largarme a llorar.
—Pasa que sos el único hombre que me importa. Estoy enamorado de vos. Pero muy muy muy enamorado, ¿eh tío? Me quiero casar con vos, tío Eduardo… Yo te amo, te amo, te amooo… buahhh…
El tío Eduardo me miraba algo triste y preocupado: —Está bien, Mariano, ya estás acá… Vamos a vivir juntos… ¿qué te pasa, bebé? ¿Por qué llorás así?
—Es que… es que… buahhh… te amo tanto, tanto, tanto, tío Eduardo, que por momentos me hace doler…
Me agarró entre sus brazos, me dio todo su calor, sentí su cuerpo de osito grandote, velludo y tierno y fuerte abrazándome y dándome calor por todo el cuerpo, sentía por momentos cómo sus bolas grandotas y peludas y generosas volvían a hincharse, cómo de su pene magnánimo se irradiaba un calor exquisito, su pene por momentos volvía a alzar vuelo haciendo hincharse el volumen de su calzoncillo.
Al final tuvimos que pedir un delivery de pizza esa noche. Después nos reíamos, porque casi no la probamos y cuando vino el cadete estábamos tan confundidos, tan al palo, que mi tío Eduardo no se dio cuenta y salió en calzoncillos a atenderlo. Encima, cuando el pibe entra me ve y se debe haber dado cuenta de que mi yorsito estaba muy bajado y mi culito expuesto al aire… Igual no dijo nada, jaja… Pobre. Además del bello espectáculo que se llevaron sus ojos, debe haber estado contento porque el pobre tío Eduardo de confundido y al palo que estaba ni se dio cuenta que le dio un dineral a cambio de la pizza y encima fue tan boludo el pobre que le dijo que se quedara con el vuelto. Pero logramos el cometido. El chico de la pizzería se fue cuanto antes, y nos dejó solos.
Ya les dije, apenas probamos la pizza. Pero lo que más me gustó fue que sin darme cuenta yo empecé el jueguito y mi tío Eduardo se prendió al toque. Quiero decir, no nos agarramos cada uno una porción, sino que yo agarré y mordisqueé una puntita de la porción que se había agarrado él, terminamos comiendo pizza con las manos, haciéndonos un enchastre entre besos y muzzarella, dándonos besos que eran muchísimos más nutritivos, exquisitos y picantes que cualquier pizza…
Cuando ya estábamos muy al palo de nuevo, le dije al tío Eduardo:
—Vamos a tu cuarto, tío… Perdón, a NUESTRO cuarto, jeje… Quiero que me culees, tío, desvirgame… y después nos abrazamos bien agarraditos y nos vamos a hacer noni, vamos tío…
Algo de la respuesta que me dio el tío Eduardo me resultó inmediatamente intrigante. Sobre todo porque tenía que ver con algo que yo creía haber percibido cuando estaba en la cocina chupándole el culo al tío.
—Eh… noooo… por qué, Mariano, para qué vamos a ir al dormitorio ahora que… ehh…
Y mientras titubeaba y balbuceaba, yo veía que mi tío Eduardo hacía rápidos movimientos con la cabeza, como mirando a alguien, como buscando a alguien del otro lado de las ventanas.
—Esteeee… eh… por qué… jaja, bueno, acá están los calzoncillos que todavía no me probaste y la heladera con cerveza aquí nomás a pasos… ehhh… y estamos cómodos no?.. eh… porque… porque…
Si bien yo sospechaba algo, no sabía qué era… y la verdad es que estaba tan caliente, tan alzadito mirándolo a mi bello tío Eduardo, tan machoso y velludo y osote, en calzoncillos, reclinado en el sofá, que no pude con mi genio:
—Porque tengo hambre, tío, jajaja…
—Qué Mariano??? Che, qué pendejo malcriado, acabo de darte de morfar, carajo!
—Esto no me diste, tío… —le dije mientras dócil y traviesamente gateaba hasta su varonil corpachón de cuarentón irresistible… Mientras llegaba a mi tío Eduardo, éste sonreía y mostraba su infalible fusil al palo, sus pelotas generosas y peludas, su pene palpitante, sus 20 cm. de humanidad machaza a punto por fin de hacerme pedazos el culo, de mandar a la mierda mi intacta virginidad de sobrinito puto… Le chupé las bolas, le chupé el palo metiéndomelo hasta el fondo de la garganta, hasta que bruscamente mi tío Eduardo me interrumpió:
—Pará, pará, Mariano… Sabés lo que pasa, bebote… Necesito… eh… necesito que me revises…
Yo no entendía nada. ¿Revisarle qué? No había que revisarle nada, era el macho más hermoso, irresistible del mundo y seguramente el mejor culeador de todos con ese pedazo de arma con la que me estaba apuntando…
— ¿Sabés lo que pasa, Mariano? Me parece que… mirá, mirá…
Y entonces el tío Eduardo se da vuelta y vuelve a mostrarme, a darme de nuevo su espléndido culazo de hombre infartante: —Me parece que sin querer recién me lastimaste en el culo, sobrino… ¿Podés fijarte por favor?
Impaciente, casi furioso, muerto de deseo por él, sin creerme ni un segundo su estratagema de machito vicioso, el sobrinito Mariano vuelve a meterle, de una, sin el más mínimo milímetro de piedad, la estaca de su lengüita de nene puto en el orto a mi tío Eduardo… cuando empezó a ronronear, a ponerse loquito y a decirme cosas como:
—Hummm… sí, sí Mariano… hummmm… qué rico debe estar el culo de tu tío Eduardo, ¿no?… qué bien huele, huele a culo de macho, ¿no nene?… a ver, a ver hijo de putaaa, ahhh… a ver cómo te cojés a tu tío la puta madre que te parió… ahhh…
Cuando empezó a decirme cosas así yo le decía: —Ahhh, sí, tío… qué buen pedazo de ojete tenés, tío turro… hasta tu mierda se come el puto de tu sobrino de lo loquito de amor que lo tenés, ahhh…
—Ensartame bien el ojete, nene puto…
—¿Así, tío Eduardo? —le dije mientras cada tanto le mordisqueaba las cachas, tomaba aire y volvía a arremeter cada vez con más furia en lo más profundo de su ano caliente y ancho de macho vicioso…
Yo ya estaba resignado a que esa era la práctica sexual favorita de mi tío Eduardo, por lo visto me había salido mal el tiro por la culata… o por el culote de mi tío Eduardo mejor dicho, jajaja… Pero el tema es que yo me estaba enamorando de su culo y su culo de mi lengua, aunque mi culito…
Pero no. Resignado no es la mejor palabra. Porque en el fondo me encantaba. En el fondo del culo de mi tío Eduardo, jajaja…
Estaba haciéndole la bucal predilecta al ano de mi macho el tío Eduardo, casi olvidado de todo, deleitándome con su néctar y su perfume a culo de macho oloroso, cuando ronroneando yo también, siento que el tío Eduardo me agarra de una, y me sienta sobre sí, sobre sus patas, sobre sus pelotas, sobre su pene infartante que estaba a punto de estallar…
—Pero el tío Eduardo ahora se lo quiere culear al nene, jeje… ¿vos te crees que yo soy puto, Marianito, eh?… ¿vos te crees que te voy a dejar manosearme y chuparme el culo todo el día, la puta madre que te parió, pendejo malcriado?… Esta vas a sentir hasta el fondo del orto, putaaaa, esta, sentila, sentí las bolas, Marianito, sentí esta pija, tomá esta verga, tomá, tomá…
—Ahhhhh, ahhhh….. nooooo, tío, así no, tío por favorrr… ahhh
Me estaba matando el hijo de puta.
Sin que yo me hubiera podido resistirme, el grandote de mi tío con toda su fuerza bruta me había sentado sobre sus rodillas y sin la más mímica piedad me estaba taladrando el ano. Ni siquiera me había dilatado un poquito el ano el hijo de puta, ni siquiera me había lubricado… yo estaba llorando y a los alaridos, porque si bien quería que mi tío Eduardo me culeara, me estaba ensartando el ojete con total violencia e impiedad. Muerto de amor por él me había dejado engañar, me estaba violando el tío hijo de puta…
—Ahhh… tío, no, nooooo, me duele, me dueleeee…
—Mejor que te duela, Marianito, mejor… ahhhh… te voy a hacer una concha en ese culo de putito malcriado, te voy a hacer un hijo ahhhh… te voy a dejar el culo hecho mierda, hecho añicos puto… te van a tener que dar putos de sutura de lo que te voy a culear… tomá tomá tomááááá… ahhh…
Yo sentía las pesadas bolas de mi tío Eduardo tintinear cada vez que me agarraba sobre él, me alzaba un poco sin sacarme del todo su mortífera verga y volvía a sentarme el culito en su arma letal, me estaba desgarrando el ano, yo no podía parar de llorar, me sentía tan puta, tan puta violada que… ahhhh… estaba empezando a disfrutar como una puta cogida por su potro semental ahora que el dolor se me iba pasando…
—¿Ves, Marianito, ves puto?…. ¿Te gusta, eh? Te dolió la poronga de tu tío Eduardo pero te la querías comer con el orto, hijo de putaaa eh?… y toma tomá SENTILAAA CARAJOOO…
—Aggggghhhhhhhhhhhhhhhh, tío, me vas a matar, agghhhhhhhhhh….
—Así te amo yo, puto, sobrino, así te quiere ensartar tu tío desde que cumpliste los quince Marianito, así te quería culear, tomá tomááá!!!…
—Ahhhhhhhhhh, tío, sííí, soy tu putaaaa, reventame, haceme mierda, matame con tu poronga tío, te amo, machoooooooo…
—Yo también te amo, Marianito, te amo mucho sobrinito puto, ahhhhh, hace años que te quería ver crecer para culearte así, para desvirgarte sobrino puto hijo de putaaa… ahhh… TOMAAAA CARAJOOOO…
—Aggggggghhhh…
Volvía cada tanto a ese juego de levantarme para volver a sentarme y clavarme cada vez más duro en el ano. Yo no sé qué tan muerto del deseo por ese hombre debía estar yo, no sé cómo no me mató de tantas veces que me apuñaló con su verga fulminante…
—Vas a acabar conmigo, putito, vas a acabar con el tío, bebé… ahhhh… ahhhh Marianito hijo de puta cómo te voy a coger todos los días, andá preparándote, ahhhh…
—Pero no lo saques tío Eduardo por FAVOORRRRR, haceme mierda, cogeme toda la noche, haceme tu perra, haceme un hijo tío, pero no dejes de matarme con esa verga que me vas a matar ahhhhh… no pares tío… Dame más más maaasssssssssssssssss…
—Mierda me estas haciendo la verga puto con ese pedazo de culo que tenés… no tenés fondo Marianito… mirá como te clavo hijo mío, mi amor, mirá bebé… ahhh… hijo de putaaa…
—Ahhhhhhhhhh…
—Sentila puta, sentila cómo te amo, cómo te estoy re cojiendo putito, cómo te estoy haciendo el amor, ahhhhhh, te voy a matar putooooo, te voy a matarrrrrrrrrr… ahhhh… tomááá…
Salió a borbotones su guasca, incontrolable, libre, llena de pecado, de culpa, de amor, burbujeante, espesa, blanca, fresca, hirviente, de macho… Me dejó el culo tan satisfecho que no pude resistirme y le mandé un chupón inmenso en la boca a mi tío Eduardo mientras el hijo de puta degenerado me culeaba y desvirgaba como un animal… Efectivamente yo tampoco pude resistirme, besándolo en la boca, entrelazándose infinitamente nuestras hambrientas lenguas, con su estaca clavada hasta el fondo de mi ano puto, efectivamente yo también acabé tirándole toda mi lechita de nene puto a mi macho, a mi tío Eduardo, a mi hombre…
Así fue la noche que me culeó por primera vez el tío Eduardo, que me rompió el culo con infinita ternura pero con total prepotencia, así me dejó el ano… Dolorido. Contento. Estropeado. Lleno de guasca. Lleno de amor por él. Adicto. Así me dejó el culito mi tío Eduardo.
Cuando los dos, sucios nuestros cuerpos de sudor y de guasca, en calzoncillos él, en un yorsito chiquito y todo estropeado yo, cuando los dos dejamos el living para ir escaleras arriba, a nuestro nidito de amor, a nuestro dormitorio matrimonial de tío macho y sobrinito puto, me di cuenta de que el tío Eduardo ya no hacía esos raros gestos con la cabeza como mirando a ver si alguien espiaba por la ventana.
Igual fuimos haciendo nuestros pequeños, magníficos rituales de pareja insólita, de tío y sobrino viviendo clandestinamente un amor bien de putos en una pequeña ciudad pueblerina llena de gente chusma y un poco bruta, en esa casa un poco alejada que era la de mi tío Eduardo. Y a mí se me fue haciendo costumbre (adorable, exquisita, perversa, terrible costumbre) todo lo que tenía que ver con nuestras rutinas y con nuestro sexo. Me parecía no solo natural, me parecía HERMOSO ese gesto del tío Eduardo que mientras estábamos cojiendo, miraba a todos lados como cerciorándose que no hubiera espías. Como hermoso y macho e irresistible me resultaba todo lo que era de él.
Ya les dije: Mi tío Eduardo era rector de ese colegio de varones, en los turnos de la tarde y la noche. Pero no me puedo quejar. Cojíamos mucho, comíamos bien, estábamos horas en Internet buscando fotos de machos en calzoncillos, me culeaba mucho, nos matábamos a besos y yo cada vez lo amaba más, y él siempre era generoso, alegre, vivaz cuando estaba conmigo. Y hermoso. Terriblemente, fenomenalmente hermoso.
Él me dejó bien en claro cuál debía ser la “historia oficial“ en el pueblo. Yo era su sobrino y me había ido a vivir con él porque mis padres eran divorciados, mi mamá vivía en el exterior y mi padre había muerto (ojalá, jeje…) Y también, cariñoso y generoso como era, me dejó en claro que no debía abrirle la puerta a nadie, ni revisar su computadora, ni sus papeles, que tenía que tener mucho cuidado con lo que decía si alguien llamaba por teléfono cuando él no estaba… Pero nunca hubo problemas de ese tipo. Aprendí a cocinar, a limpiar, a lavar, hacía todo lo que tenía que hacer en la casa para que mi macho, mi tío Eduardo, estuviera satisfecho con su sobrinito. Yo no quería ser una carga para él. Y una noche, matándonos a besos, él me confesó que “de alguna manera” él también estaba enamorándose de mí.
Casi relinché como una yegua cuando me dijo eso. Era muchísimo más de lo que yo jamás hubiera podido soñar. Para mí era más que suficiente. Era un sueño hecho realidad. El hombre de mis sueños, mi tío. Qué macho hermoso. Qué macho fenomenal. Qué macho tan macho era mi tío. Qué cuerpo. Qué piernas. Qué pedazo de verga. Y sobre todo, pero sobre todo, qué pedazo de culo el de mi macho el tío Eduardo.
Porque ese en un punto era el ritual más raro de todos. Quiero decir, entre otros rituales: el tío Eduardo aceptaba bonachonamente, como un macho espléndido y hermoso y algo brutal pero siempre generoso, que yo le regalara calzoncillos todo el tiempo, que mamara del cántaro de sus brutas pelotas la leche del macho mientras él paladeaba el café que el sobrinito le había llevado a la cama, para endulzarle el despertar… Y a mí me encantaba complacerlo al tío. Todo lo que él me pidiera para mí era un placer máximo complacérselo. Por eso nunca pedí explicaciones. Jamás se me hubiera ocurrido. Él era el macho, él mandaba. Y yo era su putito que era feliz al satisfacerlo. Pero el ritual más raro era otro. Es que el culo de mi tío Eduardo para mí era hermoso, pero para él era algo muy especial…
Consciente de la soberana belleza de su culo de machazo hermoso, me lo mostraba todo el tiempo. Le encantaba que su sobrinito lo adorase y se pusiese al palo cuando él decidía mostrarse, acomodarse bien cómodo en el sofá y bajarse un poco el calzoncillo para empezar a mostrarme su culo. Y así todo el tiempo. Era como un jueguito secreto entre él y yo. Por ejemplo, que hiciera una pose bien varonil, ligeramente disimulada, dándose vuelta antes de irse al colegio para preguntarme “si el pantalón le caía bien”. Tenía un orto que daban ganas de partírselo a mi macho, jeje… Yo siempre era sincero con él. Lo mismo cuando se duchaba. El jueguito era hacer como si él no se enterara de nada, como durante mi niñez cuando él vivía en lo de mis viejos, y mientras se duchaba yo espiaba por el ojo de la cerradura cómo se enjabonaba el culo, se lo abría bien, con sus manazas pesadas abría bien las cachas y exponía bien el fondo de su orto…
Yo no hacía nada para evitar masturbarme mientras el tío se duchaba y se enjabonaba ese exquisito culo de macho… cuántas veces en mis masturbaciones habré fantaseado que yo no era yo sino un jabón, jajaja…
Por eso tampoco me alarmaba cuando a lo mejor el tío Eduardo no me culeaba. Esas veces yo sabía por qué era. Era porque su culo me andaba necesitando. Y ya les dije: Mi felicidad era complacerlo a mi macho.
La primera vez me lo pidió como con miedo, o vergüenza, no sé… Nos habíamos estado franeleando y besándonos mucho en nuestra cama, los dos en calzoncillos, y cuando yo empecé a maniatarle las bolas y el pene por dentro del calzoncillo, él se lo bajó un poco más y me dijo:
—Ahhh… un poco ahí, por favor, Mariano… ahhh… Mirá, mirá qué buen culo tiene tu macho, sobrinito…
Por supuesto que sí. Y yo se lo untaba con mi baba, se lo mojaba bien, lo hacía dilatar por completo, lo penetraba y me lo re cojía al tío con mi lengüita…
Después fueron dedos. Le encantó. Una vez le entraron de una sola vez cuatro dedos mientras mi tío Eduardo, hermoso y machoso y con todo su cuerpo grandote puesto en cuatro sobre la cama, susurraba: —Ahhhh… sí, cogeme, culeame, meteme toda la mano Marianito… ahhhh… haceme mierda el culo que yo cuando te lo agarre te culeo hasta matarte… ahhhh…
Me acuerdo por ejemplo nuestro primer “aniversario”. Lo declaramos al mes de vivir yo allí. Yo sé que lo hice muy feliz a mi tío Eduardo, a mi macho, esa noche. Voy a contarles como fue.
Yo había comprado champán. Él como siempre, llegó del cole, cansado, hermoso, satisfecho de llegar por fin a casa, y cuando se pone en calzoncillos para guardar en el ropero sus pilchas de laburo y ponerse algo más cómodo, yo le muestro la botella.
Su sonrisa fue fenomenal, hermosa. Se puso muy contento el tío con mi idea. Será por eso que me dijo: —Bueno, la costumbre manda, a comer con el champán o después… Pero como estoy tan cansado, en calzoncillos, y con un nene hermoso en el dormitorio, mejor festejemos en nuestro dormitorio… Okay, bebé?
Nos matamos a besos, empezamos a franelearnos hermosamente, como siempre, muertos de amor el uno por el otro. Al rato ya había pasado lo del culo de mi tío Eduardo, lo de mis cuatro putitos dedos cogiéndole el culo. Y la botella sin descorchar. Cuando en un momento yo dejo de cogerme con la lengua al tío, éste se da vuelta intrigado y me pregunta: —¿Pasa algo, Mariano?
Y yo señalo la botella: —La botella, tío Eduardo, no la descorchamos todavía…
—Bueno, pero…
—Vos ponete cómodo, tío, mostrame el culo mientras la descorcho que me gusta verte…
—Bueno, pero…
—Daleeee, tío.
El pobre ni se la esperaba. Y la felicidad que le dio, jajaa!
Porque si bien lo tenía muy cerquita, él estaba en cuatro, yo detrás, él no me veía, descorché la botella con sumo cuidado y pericia y… sí… le emboqué… Le dio el corcho bien disparado, fresco y durito en el centro del orto… Brincó como una puta, mi tío Eduardo.
Mi felicidad era hacerlo feliz. Y yo lo lograba, lo sé. Éramos sumamente felices. Así de locos éramos, así de putos, así llenos de amor y locura el uno por el otro. Al tiempo ya teníamos preparado todo un arsenal de juguetes y consoladores anales para el tío. Yo se los elegía y me lo culeaba sin parar mientras él brincaba como una puta. Después, si tenía suerte, él me cojía a mí… ya antes de los juguetes anales para el tío Eduardo, le habíamos preparado el ano al tío con bananas, zanahorias, un salamín, etc… Pero sobre todo mi lengüita de puto. Sé que tengo buena lengua y la enarbolo como un fusil cuando se trata de culearme a mi macho, al tío Eduardo.
Pero la noche que pasó lo que quiero contarles no estábamos haciendo exactamente eso. En realidad, esa noche, en ese momento, cuando pasó lo que pasó, el tío Eduardo me estaba haciendo su putito… Me estaba culeando bien fuerte, zarpado y violento, más hijo de puta que nunca como me estaba rompiendo el culo.
Estaba sentado mi macho en su sofá predilecto, cogiéndose a su puto predilecto, en su pose predilecta: sentado él con la bayoneta erguida, con esa tremenda poronga saliendo a mil por la bragueta de su calzoncillo, rompiéndole el culito a su putito —yo, Marianito— sentado sobre él. Es más, en ese momento, cuando pasó lo que pasó, además de estar rompiéndome el culito, a punto de llenarme el culo de guasca, de “dejarte preñada, hijo de puta, puto reputoooo, sobrinito, ahhh……” —como me lo decía él cuando el torrente de su guasca estaba a punto de desbordarse en mi culo—, me estaba rompiendo la boca de un beso. Yo estaba en pleno frenesí, así que por lo menos por mi lado demoré varios, varios segundos en darme cuenta qué es lo que estaba ocurriendo. Además, fue terrible el golpe en la cabeza que me dieron.
Debía estar yo con los ojos entrecerrados mientras mi tío me culeaba, porque lo único que sentí además de los gritos de los tres hombres (ellos dos y mi tío Eduardo), fue que me caía al piso, que ya no tenía más la pija de mi tío taladrándome el orto, y que me dolía terriblemente la cabeza por el golpe, casi tanto como el culo por los porongazos que me había estado dando el tío Eduardo.
Yo solamente los veo, y veo que mi tío Eduardo los miraba fijo, desafiante, como si por mucho tiempo hubiera estado esperando la situación, el encontronazo… Eran los dos. Esos dos. Esos dos chabones de mala onda que lo habían estado mirando mal a mi tío la tarde que fui a buscarlo al colegio, ¿se acuerdan?
No sé cuánto tiempo habré estado inconsciente, o casi… Cuando confundido y dolorido abro los ojos, los veo a los tres… A mi tío Eduardo sentado en la misma posición, en calzoncillos, mientras los dos chabones le entran a dar manotazos, se ríen, se ríen fuerte y bien boludazos… Parecen como drogados, como si se hubieran estado dando con algo, merca o alcohol, para hacer lo que estaban haciendo. Sobre todo uno, el más pendejo, el más flaquito, que se llama Miguel, estaba empezando a divertirse escupiendo a mi tío Eduardo. Lo escupía en el pecho, en la cara, en las piernas… mi tío Eduardo no hacía nada. Sólo los miraba. Fijo. Tranquilo. Totalmente sosegado, seguro de sí mismo.
—A ver, viejo puto… dale putooo… Parate si sos macho, viejo puto, dale… Mové ese culo, puto… ¿Qué?, ¿no te da asco, viejo puto, cogerte a un pendejo? Encima es tu sobrino, viejo puto…
El otro empezó a hablar: —Qué va a ser el sobrino… Seguro que es un chonguito que se compró en la ciudad. Buena guita debe sacarle el puto ese para dejarse culear por un viejo puto de mierda como éste… Para hacerse el macho, jajaja… Quiere hacerse el macho, el viejo puto… Putooo… Si todo el pueblo sabe que es un puto, un viejo puto… —y empezó a escupirlo él también.
Al rato mi tío Eduardo estaba completamente cubierto por los gargajos espesos y plateados de los pendejos, que seguían vestidos, como excitados, con una risa rara, demasiado nerviosa… como si se estuvieran dando ánimos entre ellos.
Ustedes dirán que yo soy un degenerado, pero les juro que fue un raro despertar para mí y además de toda la mezcla de sensaciones raras que yo tenía, no podía dejar de pensar lo hermoso que estaba mi tío Eduardo sentado entre esos dos chongos reos. Estaba… no sé, cómo decirlo… Serio, callado, adusto, sin temblar ni hablar ni moverse nada… Totalmente señorial, totalmente varonil… Hermoso, simplemente hermoso…
Igual yo ya no podía más. Estaba muerto de la indignación. Ojo, por muy puto que yo sea, de cagón no tengo nada. Sé ser bien machito cuando se trata de defender a mi tío. Al hombre que yo amo.
Me levanté ahí nomás:
—Si tan viejo es, ¿por qué no se meten conmigo?… Dale, puto de mierda, a vos te hablo. Qué, te hacés el machito con mi tío, por qué no te la ves conmigo, pu
No pude seguir hablando. Se me vinieron encima. No se reían nada mientras se aproximaban, al contrario, me miraban con furia. Estaban calientes por lo que yo les había dicho, se les notaba al toque… pero, a la vez, no sé… A mí no me hicieron nada. Mientras me ataban las manos y me amordazaban la boca, incluso uno de ellos, el mayor, José Luis creo que se llama, me decía:
—No es con vos, pibe… Al contrario. Vos vas a mirar todo. Porque vos no sos el culpable, pibe, no es con vos…
Al contrario —dijo el otro.— A vos te respetamos bastante, pibe, la cosa es con tu tío. Es un viejo puto y degenerado, loco, vos porque sos pibe e inocente no te das cuenta…
Mil cosas podría haberle dicho yo, a él y al amigo… pero no pude. En un minuto ya estaba atado de pies y manos… Me habían tirado caballerosamente en un sillón enfrente del sofá de mi tío, que seguía mirándolos inmutable, regio, varonil, sin alarmarse, sin decir una palabra… me parece que mi tío Eduardo estaba tranquilo cuando ratificó que “la cosa” no era conmigo… Por mi parte, yo me sentía muy mal. No por los golpes, que habían sido muy calculados, y casi ya no me dolían… Era por la indignación, la bronca, la prepotencia… No pude más y me puse a llorar. Adoraba a mi tío. Qué mierda podían saber esos dos pelotudos pajueranos. Era amor, loco, qué degeneración ni ocho cuartos… Mi tío era el hombre más hombre, más hermoso, más bueno, no se abusaba de mí, al contrario, nos dábamos amor porque nos amábamos… que mierda podía haber de malo en eso… no aguanté más y me puse a llorar. Yo veía que no tenía modo de hacer nada para salvarlo a mi tío de… de vaya a saber Dios por qué, por Dios, yo me moría si le hacían algo a mi tío Eduardo…
Se me debe haber notado mucho que lloraba, aunque lo hacía silenciosamente, y además estaba amordazado, pero igual… el chaboncito más joven se acercó y me dijo.
—Es necesario, pibe… Además no lo vamos a matar, jejeje…
—Noooo, pibe, le vamos a dar el escarmiento nomás pibe, no llorés…Vos no hagás nada, vos mirá todo para aprender lo viejo puto y degenerado que es tu tío nomás… quedate tranquilo…
—Quedate tranqui, Marianito —me decía el hijo de puta de Miguel mientras yo ya convulso lloraba y temblequeaba todo—… Quedate tranqui, pibe… Mirá, nene, si algo te impresiona vos cerrá los ojitos y listo… eh?
Qué pedazos de brutos que eran, por Dios… no solo por los golpes y las escupidas que le habían dado al tio Eduardo, sino porque los tarados pensaban que me iban a calmar así. Yo a mi tío lo adoraba. Qué mierda iban a hacerle, carajooo, qué??? Cuanto más lo pensaba más lloraba, más destrozados tenía los nervios, me quería morir. Eso. Me quería MORIR.
Hasta el tío Eduardo se debe haber alarmado por mi reacción. Pero entendí su código. Ya hacía tiempo que veníamos conviviendo con el tío. Con ese gesto que hizo de guiñarme un ojo, de hacerme un gesto de calma con las dos manos, entendí que… Bah, no sé qué entendí… Creo que no entendía nada en el fondo. Solamente le hice caso. Mi macho me estaba ordenando que no hiciera tanta alharaca. Como pude, le hice caso. Era mi hombre. Siempre iba a serlo. Mi hombre, mi macho, mi tío Eduardo… Pasara lo que pasara.
Igual pobre tío Eduardo, con lo que dijo… Si a mí mismo, con lo nervioso que estaba, me dio risa cuando lo veo levantarse, espléndido en sus machazos calzoncillos, y decirle a los dos chabones:
—Bueno, señores… No quiero que esta situación se extienda. Así que por favor explíquenme de una vez qué es lo que los ha hecho irrumpir aquí de semejante manera…
Para qué, pobre tío… los dos chabones se olvidaron de toda la onda y caballerosidad que solamente para mí, por lo visto, tenían reservada.
Entraron a cagarse de risa. Lo que dijo mi tío Eduardo, ese habla tan formal de siempre, el verlo así de grandote y corpulento y velludo en sus calzoncillos hablándoles así, eso los hice cagarse de risa mal y entrar a festejarse entre ellos. Se pusieron como locos, estaban exacerbados los dos chabones.
—Juaaaa, miralo al viejo puto…
Entraron a darse puños entre ellos para festejarse las risas y las bromas.
—Se cree que todavía es el director nuestro… No se quiere dar cuenta que lo vinimos a culear, jaaa…
—Uuuuh, viejo putooo, te vamos a re garchar… Te vamos a hacer mierda, puto viejo, puto del carajooo…
—Vas a terminar preñada, dire… jaaa…
En algún momento se cansan de reírse. Sobre todo el mayor, José, se pone subitamente serio y se acerca a mi tío y lo agarra bien bruto de la cara hasta hacérsela casi astillas.
—¿Vas a colaborar, viejo puto?… ¿O la queres por las malas, putito?… Porque eso es lo que sos, profe… Una puta. Eso vas a ser. Nuestra puta. Te vamos a hacer mierda. De esta no te vas a olvidar…
Yo veía que mientras el mayor lo amenazaba al tío Eduardo y le hablaba agarrándole así la cara, el otro iba preparando el escenario. Empezó a tirar cosas y a despejar todo el espacio que había entre el sofá y el sillón donde estaba amordazado yo…
—Y tu sobrinito va a ver todo… Va a ver que no sos lo que parecés ser. Que sos un viejo puto. Una puta. Eso es lo que sos, dire… Una puta, entendés? Y mejor que colaborés, puta vieja, porque si no te amasijamos… tá claro? —terminó diciéndole mientras le disparaba un tremendo gargajo espeso y espumoso en el ojo.
El tío Eduardo no hablaba. No decía una palabra. No se resistía. Lo miraba serio al chongo. Fijo. Serio. Inmutable. Varonil. Hermoso. Más hermoso que nunca, mi tío Eduardo…
Yo mientras tanto observo que el otro hace espacio en la habitación y como si nada, empieza a sacarse la ropa. Se queda prácticamente sin nada. Es bien flaco, tiene buenos pectorales, las costillas marcadas, y cuando se queda únicamente con un slip blanco bien chiquito y berreta veo que está al palo. Tiene la poronga completamente inyectada de lujuria. Y los ojos bien dilatados. Cada tanto mira nerviosamente al tío Eduardo y a su compañero y se masajea las bolas. Además veo que hace gestos raros adentro de la boca, está juntando un proyectil de escupida para dárselo al tío. Lo corroboro porque veo que al rato se le acerca al tío Eduardo, brutalmente le agarra la mano a mi tío y se la mete de prepo adentro del bulto de su slip. Mientras su amigo le sigue sujetando la cara al tío, Miguel, con la mano de mi tío dentro de su calzoncillo de machito reo, se acerca y le tira el gargajo más impresionante que he visto en mi vida… Debe haberle tirado como como dos litros el hijo de puta.
—Che, hermano… No habría que decirle al puto para qué vinimos, che?
Y ahí José se abre la bragueta de su jean, y sale su arma completamente preparada. Al palo. Impactante. Fiera y dura y violenta y morbosa como su cara.. Yo empiezo a resistirme, quiero zafarme, ver si me puedo desatar… Si ese hijo de puta le pone eso en el culo a mi tío Eduardo, al pobre lo mata. No la va a aguantar. Lo mata. Nunca vi semejante pedazo de pene, qué hijo de puta…
—¿A vos te parece? ¿A vos te parece que el viejo puto no sabe ya que lo vamos a culear, que lo vamos a hacer mierda??? … Que le vamos a hacer mierda el culo hasta que sangre y hasta que le salga un hijo por ese culo de puto viejo de mierdaaaa???
Va alzando la voz a medida que habla, termina casi a los gritos, veo que le agarraron cada uno una mano al tío Eduardo y que el pobre tiene que sujetarles los dos penes, cada uno con una mano, mientras entre los dos lo están matando a escupidas.
—Porque eso es lo que sos, putoooo… Un viejo puto. Una puta. Una putita reprimida que se calienta mirando a los alumnitos en la clase de gimnasia… Viejo puto de mierdaaa!!!
Termina a los gritos José y cuando termina de hablar —además de escupirlo a mi tío Eduardo que sigue mirando fijo, serio, adulto, varonil—, José le agarra el pene a mi tío y se lo retuerce tanto que por el gesto me doy cuenta que le está haciendo doler.
—¿Te duele, putaaa??
Tío Eduardo no responde. Pero pese a que estoy tratando de avisarle y no puedo porque estoy amordazado, mi tío Eduardo no se da cuenta que el otro, el más hijo de puta, el más chico, estuvo preparándole una patada en las pelotas que al pobre tío Eduardo se le crispa la cara y se arrodilla ante ellos, instintivamente…
José le dice a Miguel: —Agarramelo al puto de mierda…
Uno lo agarra por los brazos, otro por los pies… al segundo mi tío Eduardo está con la cara crispada de dolor por el golpe que le dieron en las pelotas, y los otros se mueven desaforadamente…
José le dice a Miguel: —Dale, macho, dale, mostrale… Mostrale al viejo puto por qué viniste, jajaja…
Miguel como un chico excitado se abre las cachas del culo, se sienta apuntándole con su culo flaco y velludo a la cara de mi tío Eduardo, por momentos se lo apoya, por momentos lo tiene a milímetros de la hermosa, varonil cara de mi tío Eduardo…
—¿Sabes por que vine, viejo puto…? ¿Sabes por qué??? Porque me estaba re cagando, puto… Porque me quiero mandar un garco de tres kilos y estaba buscando un buen inodoro para tirarme un cago, juaaaa…
Están como locos los dos, como si bailotearan sobre el cuerpo casi inerte del tío Eduardo. Uno bailotea con su culo, amenaza con cagarse encima del tío, y el otro mientras tanto empieza a reírse bien fuerte también y le ordena:
—Dale, macho… Dale, que el puto se come la mierda de su macho, también… Todo lo que venga de un machito joven al puto viejo le gusta… Explicale bien al profe, hermano, explicale… —Y entra a masajearse las bolas y el palo salvajemente, bajándose el calzoncillo, que es un bóxer amplio, que tenía guardado un pedazo de pene violento y jodido, bien cabezón y totalmente hinchado…— Dale, hermano, mientras vos le mandás al puto ese cago que venís calentando y preparando hace dos horas, yo me voy echando un meo, juaaa…
El más joven ya está como loco: —Chupá, viejo puto de mierdaaa… Chupame bien el culo. Vas a chupar el culo mejor que el sobrinito, juaaa… Y si me echo un garco te lo vas a morfar, viejo putooo…
Mientras mi tío Eduardo abre la boca y saca la lengua para lamerle el culo a Miguel, veo que ya es tarde para avisarle. El otro hijo de puta busco el ángulo para mearle en la cara a mi tío Eduardo sin estorbarle el trabajo al amigo…
No puedo creer lo que estoy viendo. A pesar de que mi tío está amenazado de que le echen un cago en la boca, sigue chupando, eficiente, enérgicamente, el orto de su macho violador. Mientras tanto este se caga de risa. Y el otro, todavía mucho más serio, más adusto, con una cara de jodido total, apunta con su pistola un chorro amarillo y humeante de meo.
—Mirá cómo se lo morfa todo el viejo hijo de puta…
—Uuuuy, viejito puto, creo que me está saliendo un sorete del fondo del ano, juaaa…
Tío Eduardo como si nada. Sigue chupando. Serio. Seguro. Varonil. No se rebela. Está totalmente concentrado en el culo de su macho.
—Qué hembra puta que sos, Profe Eduardo… Con razón dabas clases de lengua, vos… De puro viejo trolo que sos, seguro que aprendiste chupando porongas, juaaa…
Cuando el mayor, José Luis, termina de mear, adusto y con cara de malo como siempre, se tira al piso, se acuesta al lado del tío Eduardo que sigue lamiendo el culo del otro que se caga de risa, acerca su cara a la de mi tío y mirándolo bien fijo a los ojos, una cara pegada a la otra, le dice:
—Sos un trolo puto y viejo pero lindo vos, ¿eh?
Y al piropo le sigue un tremendo escupitajo que le pega cerca de los ojos. Mientras tanto mi tío no se inmuta, sigue chupándole el orto a su machito, que le dice:
—Pero al final no me voy a mandar un cago, profe… juaaaa, te voy a dar otro regalito mejor, juaaa…
Es re bruto el tal Miguel ése. Igual, cuanto más bruto, menos se rebela mi tío Eduardo. Acepta todo con total dignidad y virilidad.
Al final los dos machos violadores se arrodillan uno frente al otro, los dos al lado de mi tío Eduardo que sigue acostado y mirándolos fijo. Empiezan a escupirlo entre los dos mientras se hablan entre ellos sin dirigirse a mi tío.
—¿Quién se lo culea primero al puto?
—Que elija él…
—Que elija las pelotas, carajo… Es un puto. Acá los que mandamos somos nosotros.
—Tenés razón. Puajjj, mirá el hijo de puto cómo se come los gallos, juaaa…
Es cierto. Lo miro al tío Eduardo y los machitos tienen razón. Se ve que mi tío Eduardo ya estaba demasiado empapado de baba y es por eso que, sin perder un ápice de masculinidad, empieza a rejuntarse con la lengua la baba por toda su cara y se la come. No deja de mirarlos. Fijo, serio, varonil. Como siempre. Mi tío Eduardo, masculino como un bellísimo macho hijo de puta, hasta cuando lo están violando, haciendo mierda… Dios mío, cómo lo amo al hijo de puta de mi tío…
José Luis hace una risa sardónica mientras sigue escupiéndole al tío junto con su compañero: —¿Estabas esperando esto, no puto?… que te culeen tus alumnitos, viejo degenerado hijo de putaaaa…
Como siempre, José Luis empieza apenas musitando y cuando termina la oración lo hace casi gritando. Pero ahora es diferente. No solamente grita el hijo de puta.
Mientras iba hablando se paraba y ahí nomás le dio una tremenda patada en el culo al tío. Este apenas se queja. Tampoco lo celebra. Simplemente se aguanta. El otro sí, el menor… ese sí se caga de risa.
—A este me lo culeo primero yo, te voy a dejar el culo del puto lleno de guasca, vas a ver cómo te lo preparo yo el orto del viejo, juaaa… te va a entrar la pija por el culo del puto viejo como por un tubo, juaaa…
José Luis a los gritos le ordena al tío Eduardo: —Te van a culear, viejo puto de mierda. Portate bien o te carneamos al sobrino.
Mientras Miguel va preparando su arma entre las piernas, José Luis sigue escupiéndolo al tío y se saca el calzoncillo. No entiendo qué es lo que hace. Se lleva al calzoncillo a su propio culo. Al rato entiendo. Se raja un tremendo pedo y se pasa su propio calzoncillo por dentro del culo, del que salió recién el pedo. Cuando se lo saca del culo se lo lleva cerca de la boca y lo escupe. Se lo tira al tío Eduardo:
—Tomá, viejo puto de mierda… ahí lo tenés. Tragatelo ahora. Olé. Olé bien cómo huele el culo de un macho. Recién cagado y escupido el solsiyonca, puto…. Disfrutá como una perra mentras mi amigo te hace mierda el culo, viejo trolo…
Lo hacen poner en cuatro y mi tío Eduardo con total dignidad y masculinidad agarra el calzoncillo al vuelo y empieza a olerlo. Ahí ya no puedo creer lo que mis ojos ven.
Mi tío Eduardo saca una sonrisa tan profunda, hermosa, inmensa, satisfecha que no puedo creerlo. Parece más masculino que nunca, pero a la vez me doy cuenta de que está feliz, está empezando a sentirse como una puta. Mientras el hijo de puta más joven lo va escupiendo y le entra a meter manos en el culo, mi tío Eduardo se retuerce como una putita y empieza a oler y a saborear con la lengüita ansiosa el calzoncillo de su macho guaso y violador.
Al rato se lo están clavando. No sé si puedo contarles todo lo que vi, porque yo mismo a veces no puedo creerlo.
Lo agarran, le ponen el calzoncillo en la boca, por momentos juegan cagándose de risa haciéndole creer al tío Eduardo que van a sacarle el calzoncillo de la boca, el tío ahí se enloquece, empieza a ronronear, a quejarse como una putita, a suplicar… Ellos entran a reírse cada vez más jodidos, cada vez más groseros… Al segundo nomás Miguel lo está poniendo a mi tío Eduardo en cuatro, como una perra, y al segundo nomás escucho al tío Eduardo gritar como una perra muy bien culeada apenas siente el primer pijotazo partiéndole el ano.
Mientras tanto José Luis inspecciona pero en ningún momento deja de escupirlo y putearlo: —Te gusta, viejo puto… Yo sabía que te gustaba. Andá a clavarte un pendejo después de esta que te vamos a hacer, profe… vas a aprender a no abusarte de un menor, hijo de putaaa…
A medida que avanza en la oración, va alzando la voz, se pone furioso y termina en un grito. Al grito lo acompaña siempre más y más escupitajos. Cada tanto le manda una patada en algún costado del culo del tío Eduardo, mientras el otro se lo taladra. Tengo miedo, pero a la vez veo que las patadas que le dan me duelen más a mí que al tío.
En algún momento, veo que Miguel está sacudiéndose demasiado, está como frenético, saca más y más fuerzas para penetrarlo a mi tío que sigue chupando el calzoncillo cagado y escupido de José. En algún momento José Luis le dice al tío:
—Me dejaste sin calzoncillo, viejo hijo de remil putas… Tomáaa!!
Y le manda otra patada en el culo. El menor se excita más, le hace lugar para que el otro lo patee en el culo a mi tío Eduardo y cuando vuelve le mete un pijotazo todavía más violento y profundo que lo hace gritar al tío.
—Me vas a tener que chupar bien ahora las zapatillas y las medias, viejo hijo de remil putas… Si no, no te culeo.
Cuando Miguel escucha lo que su amigo dice, parece enloquecer porque entra con bramidos a decir:
—Ahhhhh… qué buen culo tiene el dire, juaaa… ahhhh… hijo de puta, qué orto, qué culo… ahhh… te voy a dejar preñada, profe, te voy a hacer mierdaaa… ahhh…
El chorro de guasca le sale a borbotones y lo deja chorreando al culo de mi tío Eduardo. José Luis sigue hablándole a mi tío, desde arriba, porque está parado y mi tío Eduardo está hecho una perra puta que le están bañando el culo de guasca.
—Pedime… Dale, pedime… Bien putita, eh? Vos sabés lo que quiero decir…
Mi tío Eduardo levanta la cara para mirarlo. Con cara de putita que ni yo puedo reconocerlo, le dice a José:
—Culeame, José Luis… Por favor, por favor haceme tu puta… Por favor, macho, haceme el favor de usar a esta puta que se muere por vos, machito… lavo tus patas, tu calzoncillo cagado, tus medias sudadas, tus zapatillas, tus bolas, lo que vos quieras…
José Luis escucha satisfecho pero no dice una palabra. Lo mira serio. Parece aceptar la súplica emputecida de mi tío Eduardo. Lo único que hace es arrimarle a la cara del tío sus pies. El tío Eduardo acepta la ofrenda como una puta enloquecida. Puedo ver cómo de esa hermosa boca de varón de mi tío Eduardo sale una lengua chorreando de saliva, famélica, muerta de pasión, que a chorros entra a enjuagarle las zapatillas y las medias a su machito violador…
—Hummmm… mi amor, mi macho… qué tufo tan pesado tus patas, mi machito, cuánta mierda pisaron estas zapatillas Josecito… hummm… cuántas horas de chorrear sudor con las medias puestas, mi amorrr…. hummm… Culeame, machito, haceme tu perra. Soy tu puta, preñame, cogeme, reventame. Haceme mierda, José Luis, por favor, por favor… Ahhhh…
En algún momento José Luis hace un gesto de asco. Se aparta con violencia. Retira el pie de la lengua chorreante de mi tío Eduardo. Lo mira con demasiado asco, demasiada violencia. Tengo miedo. Me doy cuenta por la cara que tiene de que está completamente loco ese José Luis. Lo va a hacer mierda al tío Eduardo. Me doy cuenta de que me lo quiere matar. Y yo me muero si…
—Te voy a matar viejo hijo de putaaaaa…
—Síííííí, matame, haceme mierda, reventame… Soy tu puta, soy tu perra…
—Subite YAAA a esa mesa y ponete en cuatro hija de putaaa…
Lo ensarta sobre la mesa, a la que se sube rápidamente de un salto, y nunca vi en mi vida, les juro, un macho tan sacado… Lo agarra por el culo con tanta furia y tanta violencia que creo que lo va a matar a mi tío Eduardo. Al tío esto parece encantarle. Apenas siente el primer pijotazo pega un alarido lleno de dolor, de furia, de amor, de pasión, de desgarro…
—AaaaaHHHHHHHHHHHHH….
El otro machito se esta cagando de risa, los mira, cada tanto le dice al amigo: —Viste, loquito, qué bien te lo preparé al puto, juaaa… me embarró la pija de mierda, hermano. Ahora con tanta mierda y tanta guasca en el culo al puto viejo seguro la tuya le entra de una, jaaa… Matalo, man, hacelo mierda, partilo, juaaa… Que aprenda, viejo putooo!!!
Yo a todo esto no sabía si llorar o qué. Por un lado, porque era una vejación horrible. Pero a la vez lloraba porque era mi hombre, mi tío Eduardo. Y yo lo amaba.
Pero a la vez me calentaba tanto, me enamoraba cada vez más de él, de mi macho, aunque lo estuvieran violando… Me extasiaba ver cómo mi tío Eduardo les siguió el juego. Y es muy difícil de explicarles. Pero aun en los momentos de mayor crueldad, yo vi que mi tío Eduardo jamás perdió la hombría. Ni siquiera cuando el mismo se decía puta. Ni siquiera cuando se entregó. Y estaba hermoso. Más hermoso, más hombre que nunca. Pese a lo que le dijo ese hijo de puta de José Luis cuando le estaba eyaculando en el orto a mi tío Eduardo:
—Con esta vas a pagar todas las que le hiciste al pibe, puto de mierdaaaa…. Nunca más te lo vas a poder garchar después de esta… Mirá… ahhhh… sentila venir perraaa… Ahhhh…
Ja. Qué equivocado estaba José Luis. Qué equivocado.
A la media hora más o menos, todo ya habría terminado. Se fueron corriendo, como con miedo, como delincuentes. Lo dejaron al tío Eduardo tirado así en el piso, con el culo al aire, chorreando guasca… adormecido, humillado, violado, meado…
Tuve que esperar a que el tío Eduardo recobrara la conciencia para que viniera en mi socorro y me desatara.
—¿Cómo estás, sobrino…? Por Dios, mi amor, mi bebé… ¿cómo estás, mi amor, te duele algo, qué te hicieron?
—Noooo, tío… Yo estoy bien. Estoy bien, bien…
Nos dimos cuenta que llorábamos los dos, nos abrazamos, nos matábamos a besos… Nos amamos más que nunca… Yo no sabía qué decir, no quería hacer referencia a nada que le hubieran hecho… Él, él estaba como avergonzado… Solamente nos palpábamos el uno al otro para cerciorarnos de que no estuviéramos demasiado lastimados.
El pobre tío Eduardo terminó de enamorarme cuando me dijo: —Vas a ver que no va a pasar más nada… Esto fue para protegerte, mi amor, a vos no te va a pasar nada. Y conmigo no se van a meter más, ya vas a ver… Vos sos mi amor, mi bichito, mi bebote… Tu tío Eduardo te va a proteger siempre, Marianito…
Casi no podíamos habar entre tantos abrazos, tantos besos, tantas lágrimas.
—Nada me importa, tío… Yo solamente quiero estar con vos. Quiero ser tu sobrinito puto, siempre, tío… porque… porque yo… yo te amo, tío… buahhh… me quiero casar con vos, tío… YO TE AMO TÍO EDUARDO!!!
Yo lloraba pero él también. Nos reconfortábamos como podíamos, el uno al otro, besándonos, hablándonos, besándonos, matándonos a besos… Creo que más que nada así fue como pudimos esa noche declararnos nuestro amor.
Le costó mucho al tío Eduardo subir a su dormitorio. Lo habían golpeado bastante. Tuve que ayudarlo. Y me costó, porque es muy grandote, mucho más que yo, y pesado, muy pesado… Igual lo hice con todo el orgullo del mundo. Es mi hombre. Mi HOMBRE más HOMBRE. Mi tío.
Ahora duerme a mi lado, mientras termino de escribir todo esto. A mi lado. En la cama. En calzoncillos. Velludo, grandote, hermoso, palpitante, con una hermosa sonrisa satisfecha entre sus hermosos, carnosos, varoniles labios.
No fue así antes de dormirse, pobre… él mismo me lo dijo, casi llorando
—Ya nunca más podré ser el hombre de tus sueños, Mariano… Después de lo que viste…
Pero se durmió. Así que todo bien. Él duerme a mi lado. Lo miro. Está en calzoncillos. Está hermoso, radiante, varonil… me pregunto con un hombre así en calzoncillos, a mi lado, en nuestra cama… me pregunto qué mierda será la felicidad si no es esto…
Tengo toda la vida por delante para explicarle que nunca estuvo tan hermoso, tan soberbio, tan regio, tan espléndido y varonil como cuando lo violaron. Nada de él me da vergüenza. Todo lo que es de él sólo me da excitación, calor. Amor. Amor por mi tío. Amor por mi hombre.
Solamente un macho como mi tío Eduardo puede ser tan espléndidamente varonil aun cuando se lo están culeando. ¿Alguna vez podré hacerle entender que hay que ser muy macho para dejarse hacer con entereza y con hombría todo lo que le hicieron a el? ¿Alguna vez me creerá que siento morir de pasión por él cuando lo veo disfrutando tanto por su ano insaciable, vicioso…?
Me importan poco las palabras, igual, a esta altura del partido… Creo que hay cosas que se explican de otra manera… No con palabras.
Apuro mis manos sobre el teclado para terminar de escribir cuanto antes, para empezar a preparar los juguetes del tío, besarle ese culo, ir preparando mi lengüita experta de sobrinito putito enamorado, bajarle esos calzoncillos y…

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar

Mi papi Carlos, mi tío Lucho

Posted in Uncategorized on September 20, 2006 by horacio36

Esto que voy a contarles se debe fundamentalmente a que soy hijo de gays.
Cuando digo que soy hijo de gays, me refiero a que mi familia sólo estuvo compuesta por hombres que gustan de hombres. Y eso que a algunos puede parecerles bárbaro, en realidad tuvo sus complicaciones. Por todo esto que voy a contarles, Uds. verán que siempre necesité con mucha urgencia sexual de un macho importante y poderoso, de un verdadero papi que supiera calmar con su guasca mi sed en mi culito de putito hambriento.
En realidad, soy hijo de Carlos y Horacio. Mi papi Horacio fue un hombre hermoso, un joven delgado de cuerpo mediano pero bellísimo, sumamente puto, sumamente elegante, al que se le notaba la procedencia de alta alcurnia. Era un puto adorador de los machos en calzoncillos. Su amigo del alma, Fabián, también lo era y, junto con mi papi Horacio, diseñaba los calzoncillos más hermosos para los hombres más viriles y espléndidos que su afiebrada imaginación podía concebir. Ambos se pelearon antes que yo y mi hermano naciéramos. Tengo entendido que mi papi Horacio un día despidió a Fabián de casa porque había tratado mal a un macho bien guaso, hijo de puta y excelente cogedor que hacía las delicias anales de Horacio. El boludo de Fabián, creo yo por las descripciones afiebradas y emputecidas de mi papi Horacio, había tratado mal, justamente, nada más y nada menos que al mejor, al macho más macho, a Carlos.
Fabián y Horacio, cuando todavía eran los mejores amigos del mundo, cuando coleccionaban los mejores machos en calzoncillos que encontraban para compartirlos sexualmente, conocieron un día a mi papi, Carlos.
Carlos era un hombre hermoso, era el potro más fenomenal y alucinante que podía concebir la pajera imaginación del puto más cachondo. Debía tener alrededor de unos 32 años cuando Horacio lo vio por primera vez. Y desde ese momento nunca dejó de adorarlo, de amarlo, de querer devorarlo sexualmente; aun en la distancia, porque pronto Carlos y Horacio dejarían de verse, Horacio siempre diría que Carlos era el hombre más macho, mejor cogedor, más hermoso y viril, más machazo que nunca había visto en toda su vida de puto.
Alto, sumamente robusto, velludo, con el pecho siempre palpitante y bellísimo, la mayor parte del tiempo ofreciéndole al mundo el infartante espectáculo de su naturaleza masculina semidesnudo, en sus espléndidos calzoncillos, Carlos tenía el físico típico de un jugador de rugby. Aun cuando jugaba poco al rugby, a Carlos le encantaba ponerse esos shorts de rugby, en principio blancos, algo grandotes pero ajustado en las partes fundamentales, que realzaba la belleza machaza de sus pelotas, de sus piernas peludas y fuertes y duras, de los glúteos de su culo masculino y algo peludo también… pero sobre todo sus oscuras, poderosas, impactantes bolas. Ese bulto tremendo y fenomenal, ese enorme pedazo de estructura genital, esas dos pelotas palpitantes y sabrosas a las que humedecía con la saliva fresca, recién escupida por su manía de escupirse la mano todo el tiempo para acariciarse los testículos; ese enorme pene, ese increíble pedazo de poronga, dura, cabezona, con la mejor garcha del mundo, ese enorme y machísimo pedazo de taladro que cuando agarraba el culo de un puto lo despedazaba, lo partía al medio, lo exprimía, para dejarlo al final aterido, tembloroso, agradecido y goteante de su adorable jugo de macho, de su espesa y caliente y burbujeante guasca… Carlos siempre dice que si los culos tienen puto es para usarlos. Para reventárselos. Para sacarse las ganas, para saciarse el hambre de su enorme pedazo de poronga que está todo el tiempo amenazando con ponerse al palo para volver a atacar. Carlos es un macho con todas las letras. A Carlos sólo le basta que un puto lo mire y lo contemple hasta babearse, que se deleite imaginando garchado por mi papi, que empiece a sentir ganas de arrancarle con los dientes y baboseándoselo con la lengua el calzoncillo, para que mi papi Carlos acometa, agarre el culo del puto y se lo haga mierda. Eso hizo con Horacio, por ejemplo. Mi papi Carlos se sabe el macho más hermoso del mundo, y sabe aprovechar y disfrutar la situación. Tiene un cuerpo para que los putos se lo chupen, se lo baboseen, lo mimen, lo besen, lo acaricien y para que, increíblemente sorprendidos, lo palpen, lo manoseen, lo toquen para ratificar que realmente existe un enorme pedazo de varón bellísimo semejante. Carlos es un macho con todas las letras y sabe que pertenece a una especie, lamentablemente, casi en extinción. La de los machos.
Y Carlos a su modo, entonces, también necesita de los putos. Para sentirse adorado, reverenciado, complacido y, por sobre todas las cosas, sexualmente satisfecho. Cuando mi papi Carlos quiere cagar va al baño, cuando quiere escuchar música pone un disco, cuando tiene hambre pide comida y cuando quiere garcha… bueno, allí estamos nosotros, sus dos putitos, sus dos hijos adorados. Mi hermanito Diego y yo, Marianito, estamos allí para satisfacer a nuestro macho. A nuestro papi. A Carlos.
Por motivos que tienen que ver con su reaccionaria y homofóbica familia, un día mi papi Horacio tuvo que partir. Lo hizo llorando, pero no por nosotros, no porque tuviera que abandonarnos a nosotros sus dos cachorritos putos, sino porque tenía que dejar al varón más apreciado, al macho que mejor lo había culeado, al hombre que le había partido el culo llevándolo al paraíso. A mi papi Carlos.
Horacio se fue, y no sin pesar. Pero aquí quedamos los dos hermanitos putos, Dieguito y yo, para servirlo y complacerlo a nuestro adorado macho Carlos. Nuestros culos jóvenes, lozanos y sumamente putos, nuestras lengüitas insaciables, incansables y servidoras están aquí para babosearle el calzoncillo, para chuparle bien las bolas y prepararle el enorme pedazo de arma fálica con la que nos va a partir el culo cada día. Y mi papi Carlos, nuestro hermoso y machazo semental Carlos, nos ama cada día más y mejor, y está sumamente contento de tener a sus dos cachorritos putos que se desviven por atenderlo y que solamente se pelean para ser el primer culo roto de ese día por su pene glorioso y todopoderoso.
Dieguito y yo dormimos los dos juntitos, en la misma cama, y para dormirnos bien tranquilos y tener lindos sueños con lindos machitos, nos manoseamos bastante los culitos (los dos somos únicamente pasivos, bien putitos ambos), nos damos muchos besitos, nos franeleamos al principio tiernamente hasta terminar devorándonos la boca, estrujándonos los penes dentro de nuestros inmaculados (o casi) slips blancos. Tarde o temprano, intercambiándonos las babas de nuestras abiertas bocas sedientas, intercambiándonos los sudados calzoncillos, terminamos eyaculándonos el uno sobre el otro, con los cuerpos empapados de sudor y pasión por los hombres, acariciándonos al final de nuevo tiernamente, como dos nenitos putitos que se aman como hermanitos, y que aman por igual al mismo macho, al que reverencian y complacen con el mismo intacto amor puto: nuestro macho Carlos.
Más de una vez, Carlos, más en broma que en serio, dice que un día le vamos a gastar la leche y que ya no tendrá más guasca para amamantar y dar de comer a sus dos cachorritos putos, mi hemanito Dieguito y yo. Pero a nosotros no nos asusta ese chiste. Sabemos que de las pelotas magnificas, peludas, inmensas, grandotas y suculentas de nuestro macho Carlos, siempre tendremos más y más leche; sabemos cómo va inflamándose su impactante estructura genital dentro de ese calzoncillo grandote y blanco y bellísimo, lo sabemos Carlos, lo sabemos papá. Sabemos cómo prepararla a esa leche, cómo calentarla y condimentarla y saborearla hasta que termine hirviente, burbujeante, humeante, poderosa, ensuciándonos el culo, o las boquitas.
Más de una vez, Carlos aparece en sus hermosos y machazos calzoncillos blancos, o en su short de rugby —ya totalmente reventado y sucio por el mucho uso sexual fetichista que le damos—en el vano de la puerta. Nos mira largo rato, en silencio, como un hermoso macho paternal en celo, mientras nosotros fingimos no darnos cuenta de su presencia —a la que esperamos con total devoción de hijitos putos— y entramos a franelearnos más y más, a darnos piquitos, a intercambiar saliva con nuestros besos en la boca, a manosearnos los calzoncillos y los bultos y los culitos deseosos de la verga de nuestro papi Carlos, a entrar a estrujarnos los cuerpos hasta que los dos finjamos otra vez, ahora como sorprendidos, de verlo a nuestro soberano macho en calzoncillos en la puerta, y entrar a rogarle papi, Carlos, mi amor, nuestro machazo, papi, papi, culeanos, garchanos, haceme mierda el culo papi, disparame con tu pene hasta lo más profundo del ano hermoso macho Carlos, a mí primero, papi, dale paaaa, dame tu leche, danos tu guasca cada día bellísimo señor, a mi primero, a mí primero, paaaa, a mí, a mí, a míiiii, no lo mires más a mi hermanito, mirá lo abierto y mojado y preparado para tu verga que tengo el culo Carlos, no lo mires a él, dame la garcha primero a mí, yo soy más lindo, yo tengo mejor culo, a mí se me dilata mejor…
Y medio en broma, medio en serio, Carlos nos reta, nos dice que como hermanitos no debemos competir ni pelear, se va bajando el calzoncillo Carlos, empieza a mostrarnos sus pelotas palpitantes y grandotas y burbujeándole la guasca, nuestro alimento, bien adentro; Carlos amenaza con que si sus cachorritos se pelean, va a retirar el pene de nuestra boca y nuestro culo para siempre; no le creemos; nos reímos los tres; pero Diego se impacienta y quiere ponerse todo el pene en su boca, y a mí casi no me deja espacio para saborearle las pelotas a Carlos; yo quiero toda la garcha de papá en mi culito, y cuando Carlos empieza a penetrarme Diego empieza a gritar y a hacer berrinches porque quiere que papi Carlos se lo culee primero a él; Carlos medio como que se enoja; lo estamos volviendo loco; Carlos no quiere que los nenes se peleen. Carlos para consentir a uno tiene que sacarle la garcha del culo a otro, y el otro se enoja y empieza a gritar, buahhhh, por qué siempre a él, sos un papá malo, tenés preferido… no puedo hacer milagros, lamenta Carlos, no me puedo culear a los dos a la vez, tengan paciencia, ya les voy a dar a los dos, o me cabreo y me mando mudar y me voy a culear a otro puto de afuera.
Y así siempre empiezan los líos.
Y eso que Carlos nos ha enseñado. Lo que pasa es que somos nenes malcriados. No tenemos paciencia. Lo amamos demasiado y no respetamos sus lecciones, las de nuestro paternal y atento macho Carlos.
Por ejemplo, el calzoncillo. Yo siempre quiero sacárselo yo, pero apenas lo estoy haciendo Diego se aprovecha y me gana de mano, entonces cuando el pene de Carlos se libera y yo todavía estoy acomodándole el calzoncillo entre las rodillas a Carlos, Diego ya se enterró todo el pene de nuestro macho en su boca, y a mí no me deja nada. Y quedo puteando, muerto de hambre y de sed. Entonces Carlos me ve triste, y dice pobre Marianito, entonces se deja lametear las bolas por Diego y entra a besarme en la boca. Sin despegar sus labios del pene de Carlos, Diego empieza a hacer lío de nuevo porque Carlos me está besando y le despierta celos. Entonces cuando Carlos lo agarra de los pelos y le zampa un beso en la boca y le morfa toda la boca y se la llena de saliva, yo ya estoy abajo untándole con mi propia baba el pene y las pelotas. Diego es un maleducado, es el peor, no tiene paciencia.
Carlos por ejemplo nos ha enseñado una técnica por la cual mientras uno de sus nenes putos le chupa la poronga y las bolas, él se pone en posición para que el otro le bese y le chupe el culo. Generalmente al principio a mí me toca el culo de Carlos y Diego —que es el más glotón— entra a saborearle el pene y las bolas. Otra técnica es que mientras Carlos se cabalga a Marianito, Diego tiene que besarlo en la boca, en el culo, o —en el mejor de los casos, si Carlos condesciende a darle ese preciadísimo trofeo— que se masturbe pasándose todo el calzoncillo de Carlos por todo el cuerpo, fundamentalmente por el culo. Entonces así, mientras Carlos eyacula en el culo de uno, el cogido tira su lechita mientras lo tiene a Carlos taladrándole el culo y el que se masturba con el calzoncillo de pa tiene permiso para enchastrárselo un poco con su propio semen. Después, para que Carlos descanse unos breves minutos, Dieguito y Marianito tienen que besarlo en la boca entre los dos, o hacer un armónico beso entre las tres bocas, nos lengüeteamos un poco entre los tres y cuando Carlos ya tiene la verga alzándose al palo de nuevo, le toca al otro ser culeado por el papi.
Pero, aunque yo también tengo mis berrinches, créanme… Mi hermanito Diego será muy lindo pero es un maleducado, un consentido, un nene de papá, terrible y sumamente celoso, egoísta y mal hermano. Si tanto lo quiere a Carlos, tendría que empezar por respetar su palabra. Y el pobre Carlos es tan bueno que casi nunca se anima a culearme primero a mí. Porque sabe que Diego empezará con sus berrinches y no lo va a dejar trincar a su otro nenito puto en paz. Diego además chupa muy rápido, pero yo sé que chupo bien las pelotas de Carlos… a Carlos le gusta… también le gusta cómo yo le bajo el calzoncillo, sé mojárselas bien primero, ir pasando la lengüita después por la parte de debajo de las bolas y poco a poco ir metiéndome todo el pene bien erecto y grandulón hasta masturbarlo completamente con la exacta presión de mi lengua en su glande, todo con un tiempo perfecta y sabiamente calculado. Pero cuando se la estamos chupando a Carlos, y yo hago mi parte, Diego se porta tan mal que papá pierde la paciencia y prefiere sacarme el pene y empezar a culearse a Diego, porque sabe que si no el otro maleducado le hará perder los estribos. Diego chupa rapidísimo, eso le gusta a Carlos, pero me consta que también le gusta que se la chupe yo con mi propia manera. Me consta porque más de una vez haciendo mi perfecto trabajo de nenito puto paciente Carlos me ha escupido toda la guasca en la cara. Y cuando Carlos le ordena a Diego que me chupe la guasca de él y me la saque de la carita con su lengua, Diego ya está celoso y enojado y dice no, mi hermano no, es feo, yo no le beso la cara a ese, aunque tenga tu guasca Carlos.
Como verán, mi hermano será muy lindo y muy puto y dice amarlo mucho a nuestro papi Carlos, pero tendría que empezar por respetarlo, y en algunos sentidos no lo hace. En cambio, yo como putito soy mejor porque sé que lo primero es atarse a la palabra del macho y complacerlo. Soy más sumiso porque eso es lo que corresponde cuando uno tiene en esta vida la magnifica suerte de haber sido culeado por un macho como Carlos.
Papá Carlos, por su parte, es a veces demasiado bueno. Y por eso a veces termina equivocándose. Eso pasó una vez, por ejemplo, la noche que ahora voy a contarles. Diego se portó tan mal, y como Carlos trata de ser un buen padre e igualmente generoso y macho con los dos, se equivocó por los grititos y llantitos de Diego a cada rato, y sin querer terminó culeándose a Diego dos veces y a mí ninguna.
Esto no puede seguir así, me dije a mí mismo. Muerto de bronca y de tristeza. Yo nunca podía disfrutar completamente a Carlos por culpa de mi hermano. Para eso, mejor habría sido tener un hermano heterosexual. Yo me voy a ir, voy a abandonar esta casa, voy a seguir la ruta de mi padre Horacio, me dije a mi mismo al tomar la decisión, la desgarrada y trágica decisión. Aunque lo ame a Carlos tanto. Voy a conseguirme un macho que nunca será por supuesto tan macho y tan hermoso y no culeará tan bien como Carlos, pero… por lo menos será totalmente para mí. Mi culo puto estaba muy necesitado y aunque lo amaba a Carlos… bueno… para qué repetirlo…
Igual, Carlos estaba dormido y no podía escucharme, pero me puse a su lado en la cama, lo miré en sus hermosos calzoncillos blancos, durmiendo semidesnudo con el pecho palpitante y el bulto creciéndole de nuevo y le dije: nunca voy a tener un macho como vos, papá Carlos, pero tengo que abandonarte pues esto no puede seguir así, jamás nadie te amará como yo, perdoname Carlos si me considerás un mal puto por esto, pero es lo único que puedo hacer…
Cuando fui a mi cuarto a buscar mi ropa para empacar, y estaba repartiendo con mi hermano Diego los shorts de putitos que nuestro padre nos había regalado, le transmití la información. Y aunque él lloró y me rogó que no me fuera y me jurara y perjurara que no volvería a hacerlo, que al día siguiente cuando llegara la hora de la comida sexual él se iba a portar bien y me iba a dejar todo Carlos para mí, yo no le creí nada y me mandé mudar igual.
Tonto de mí. No me había dado cuenta de que era pleno invierno. Y en esa ciudad en la costa del mar, una ciudad balnearia a la que iban turistas únicamente en verano, el invierno es crudo. La noche que partí de la casa de Carlos hacía un frío que calaba los huesos y una lluvia torrencial. Y yo —acostumbrado como estaba a vestirme así para mi macho Carlos, para complacerlo sexualmente, ya que Carlos era un verdadero fetichista de los chicos en shorts y en slips—, me había vestido nada más con unos shorts y una liviana remera de verano.
Estaba lloviendo, yo estaba muy triste y desorientado. Y yo con el frío, solo, vagabundeando en la playa, había levantado, por el frío y la soledad, una temperatura fenomenal en mi ano. Lo tenía latiendo apresuradamente, deseoso de que me clavaran cuanto antes allí una verga que me dejara el culo inundado de guasca. Vagaba por allí, en la playa de noche, sin saber qué hacer, y deseando tener de nuevo entre mis brazos a mi macho Carlos, en calzoncillos, haciéndome una y otra vez el amor. Lo necesitaba tanto a Carlos. Lo amaba tanto a Carlos.
De repente, entre el sonido ahogado de las olas, mojado por la lluvia, muriéndome de frío, creo escuchar una voz varonil gritándome algo desde algún lugar no muy lejano.
Empiezo a mirar de donde viene la voz. Está todo muy oscuro, llueve mucho, no distingo nada. La voz vuelve a llamarme, retumba, es una voz muy espesa, profunda, varonil… Por eso entre tanto ruido ahogado algo llego a oírla. Creo distinguir que viene de no muy lejos, de una especie de parador que hay en la playa, edificado precariamente sobre la arena. Veo allí la silueta pesada y grandota de un hombre que agita los brazos, me hace señas y me grita:
—Te vas a morir de frío, ahí pibe!!! Que estás haciendo? Vení cuanto antes, pibe, que ahí te vas a pescar una neumonía…!!!
Insisto: Yo no lo veía para nada. Distinguía solamente su silueta. Se notaba que era un cuerpo fornido, todavía joven, y tenía unos brazos bien pesados con los que me gesticulaba. Nada más. No distinguía nada más.
De a poco me fui acercando. Y allí empieza la historia de amor más hermosa, más profunda, la única y mejor historia de amor que un pibe putito como yo puede tener en su vida.
Cuando me acerqué por fin al parador, el hombre me estaba esperando adentro. Se había sacado su sweater para pasármelo a mí, para abrigarme y defenderme del portentoso frío. Estaba solamente en cueros, en unos shorts, y también me había preparado una toalla. Apenas pude verlo algo en los primeros minutos. Porque apenas entro a la posada, él toma mi cuerpo enérgicamente, me lo cubre por completo con la toalla y empieza a refregarme con fuerza todo el cuerpo.
Como trataba de darme calor, el hombre me apretaba con la toalla, por todo el cuerpo, las piernas, el pecho, el culo, todo… demoró tanto tiempo en hacerlo que yo ya empezaba a disfrutarlo y no hice nada para disimular mi creciente erección. Ese hombre al que apenas podía ver, porque estaba oscuro y me cubría encima con la toalla inmensa, apenas se dejaba ver, me estaba dando un calor y una excitación inigualables. Tenía una fuerza en esos brazos y en esas manos que yo no quería que por nada del mundo los despegara de mi cuerpo. En ese primer encuentro, mientras me secaba y me daba calor por todo el cuerpo con su toalla, llegué a preguntarme si ese hombre sabía lo que estaba haciendo. Quiero decir, estaba excitándome mucho. ¿Lo hacía a propósito, o solo era un hombre bienintencionado que quería cuidar a un nene indefenso, perdido en la playa, vestido únicamente con una remerita y un short de verano?
Al rato se ve que el hombre ya vio cumplida su misión salvadora y me liberó, lamentablemente, de su toalla y de sus brazos dándome calor. Yo, ya les dije, estaba cachondito y no había podido evitar que se me pusiera un poco al palo, lo que todavía menos podía ocultarse con el short chiquito que era mi única vestimenta.
Cuando por fin pude verlo de frente, creí que iba a desmayarme.
Por Dios, créanme, ¡¡¡que hombre tan bello!!! Si existe algo así como la pasión masculina más encendida, el verdadero amor a primera vista entre hombre y hombre, eso fue exactamente lo que me pasó con él. Era un tipo todavía bastante joven. Yo no le daba más que unos 35 años, 38 a lo sumo. Estaba solamente en cueros, con un short de baño. Tenía unas piernas largas, macizas, duras, totalmente velludas; un pecho infartante; era totalmetne velludo y su hermoso cuerpo guardaba todavía las marcas del bronceado del sol en la playa. En la piel medianamente oscura se veía una superficie bastante musculada, en la que cada ángulo era de una total perfección.
Yo no podía dejar de mirarle los brazos y las piernas. Jamás había visto un hombre tan fuerte, tan lozano, tan viril, tan enérgico, con tanta energía corriéndole por dentro de todo el cuerpo. Vi debajo de su short unos perfectos genitales abultados que dejaban ver la huella de un pene cabezón, largo, grueso, mucho más grueso que el que se ve habitualmente. Pero créanme que lo que más me llamó la atención fueron dos cosas: su boca y sus facciones. Como tenía barbita de días, la cara resultaba todavía más masculina. Tenía una cara de hombre perfectamente saludable, jovial, totalmente masculino y profundamente bueno. En ese hombre la belleza venía de adentro para afuera. Solamente un hombre de una infinita bondad podía tener una sonrisa tan hermosa, de una masculinidad tan tierna y tan fuerte a la vez. Tenía una boca de labios carnosos, apenas cubiertos por algo que no llegaba a ser tanto como un bigote, se veía como una boca perfectamente cálida, bella… No podías dejar de mirarle la boca cuando te estaba hablando, fuera en su amena seriedad o en la más bella de sus sonrisas.
Cuando lo observé así por primera vez, yo todavía semidesnudo con mi short, y él con el suyo enfrente mío, el culo se me abre del todo y la pija me pega un cimbronazo. Tuve una erección frente a ese hombre bellísimo y espléndido como la que nunca antes había tenido en mi vida, ni en mis mejores momentos con Carlos. El mismo se dio cuenta porque cuando la pija saltó así, casi sin querer se me explota el short. Pero solo se rió. No se aprovechó de la situación, ni se escandalizó, ni nada… simplemente se mandó una de esas risas buenas, saludables y espontáneas que siempre he amado en él. Al rato me pregunta:

—¿Y vos, pibe? ¿Qué estabas haciendo en la playa en plena noche con este temporal?

Me di cuenta de que correspondía explicarle la situación. Cuando entré a pensar para ordenar mis pensamientos… Carlos, mi papi Horacio que se había ido y del que nunca más se supo nada, Diego, mi hermano, que me quitaba a mi hombre sin querer darse cuenta de que éramos hijos del mismo padre… cuando pensé todo eso no pude menos que echarme a llorar. Yo soy así. Un nene bastante tonto, en realidad, pero muy sensible. Y un hombre tan hermoso como ese frente a mí, encima, me desarma. Estaba tan necesitado de su calor que no pude menos que ponerme a llorar como un nenito desamparado de cinco años.

Me vio llorar y me dio una palmada… su cuerpo se sentía tan bien, con tanta gratitud y tanto calor en el mío… Me extendió su sweater, que yo por supuesto no acepté (porque quería que los dos siguiéramos, así, casi desnudos, solamente en shorts, el uno frente al otro). Se ve que este hombre se sintió un poco incómodo porque los minutos seguían transcurriendo y yo no podía parar de llorar.
Y ahora les cuento algo para que vean cómo ese hombre además de bellísimo es el hombre más bueno y más cálido del mundo. Me abrazó. Cálidamente, macanudamente, con toda su calurosa masculinidad, se me vino encima, me abrazó y me apretó fuerte. Estuvimos así, un largo rato, yo quería tocarlo en sus partes más suculentas y sexuales pero no me animaba, por otra parte me venía bien su consuelo y su apoyo, y necesitaba seguir llorando. Me preguntó cuál era mi nombre. Le dije, Marianito, Mariano me llamo. Seguimos tocándonos apenas, como un padre con un hijo asustado, y yo no pude más y en algún momento empecé a besarlo despacito, con ternura, casi como con miedo, en las mejillas y en los brazos. En algún momento escucho el hermoso raudal de su voz espesa preguntándome:
—¿Tenés hambre, Mariano?
Y yo le respondí, sin poder refrenarme, pero también sin ninguna grosería, le dije la más pura verdad:
—Quiero leche. Necesito leche. Leche bien caliente.
Yo no sé si es que estaba enloquecido, enloquecido de amor por ese hombre, o simplemente era que estaba tan necesitado de un hombre, que sin pensarlo un segundo, sin sentir la más mínima culpa, pero sí con un poquito de miedo, me arrodillé y le bajé el short. Su pene, al verse liberado por el short, salió resueltamente, con total dignidad, no del todo erecto pero si mostrando toda su soberana belleza de macho, sus pelotas por otra parte eran bellísimas.
Así como estaba, arrodillado yo, parado serenamente él con sus shorts bajados, me puse despacito en la boca su pene en estado de semierección, empecé a acariciarle las bolas mientras mamaba de su pene, empecé a acariciarle las piernas… Y cuando su pija se levantó con total magnificencia, con toda su belleza y su salud de hombre sexual espléndido, se la mamé, se la chupé bien, le masturbé toda su bellísima naturaleza con mi lengüita de nenito puto hambriento. Él no dijo una palabra. Se dejó hacer, pero no disimuló para nada cada tanto su excitación, al principio con suspiros, luego abiertamente, con jadeos, haciendo fuerza, cabalgándome con toda la fuerza de su pene pujante la boca, penetrándome la boca, haciéndome el amor con su pene infartante y cogiéndome la boca con toda la salud intacta de un macho bravo y fuerte a punto de tirar guasca.
Cuando eyaculó, ese hermoso hombre bueno también fue pródigo y generoso. Me dejó mamarlo por completo. Tragué toda su leche, me alimenté de su semen espeso y caliente, y saludable, y abundante… hasta los restos de su guasca en mis labios los terminé de saborear con mi lengüita.
Estuvimos conviviendo con él, con Lucho —ese era su nombre—, cinco días. No me preguntó demasiadas cosas. Era un hombre solitario. Decía que cada tanto venían chicos lindos para visitarlo, chicos que apreciaban su naturaleza de hombre bueno, solitario, con sus mañas, pero profundamente bello y deseable. Será por eso que no se escandalizó demasiado cuando le conté que Carlos era mi padre, y lo que hacía Carlos con mi hermano Diego y conmigo. Era un hombre que ofrendaba su sensualidad de hombre hermoso en shorts sin parsimonias, con total naturalidad y generosidad. Yo ya estaba completamente enamorado de él.
Dormimos juntos en su cama, en la cama de Lucho, esos cinco días. Nos abrazábamos mucho, nos besábamos al principio despacito y luego locamente, él me dejaba recorrer con mi lengüita toda su piel sabrosa y velluda y masculina, y luego él empezaba a besarme todo el cuerpo, a veces me tocaba el culito, aunque jamás me tocó entre las piernas, y me besaba intensamente en la boca, me empapaba los labios con su saliva… A veces parábamos de besarnos en la boca y nos mirábamos profundamente a los ojos. Como alimentándonos el deseo el uno con la mirada del otro. Por Dios, qué hombre, qué hombre tan bello era Lucho… Luego volvíamos a tocarnos, a encendernos, a excitarnos mutuamente, a recorrernos con los dedos, con las manos, con las lenguas… nos tocábamos todo el cuerpo y acabábamos eyaculando ambos con nuestras bocas entrelazadas y nuestros cuerpos fuertemente apretados.
Jamás me penetró. Yo mismo cuando me di cuenta casi no pude creerlo. Por mí mismo, quiero decir. Siempre fui tan adicto a la poronga… y no es que no me gustase el pene de Lucho. Por el contrario. No tengo miedo a exagerar al decir que yo amaba tanto el pene de Lucho como todo su cuerpo, su belleza, su masculinidad, su besos en la boca… pero es que descubrí que todo en Lucho era como él lo deseaba. No imponía su voluntad, como hacía Carlos. Simplemente se dejaba llevar por su propio deseo. Y entonces —razoné yo—, a mi culo él no lo debe desear. Debe solamente querer besarlo, chuparlo un poquito, como hace a veces, pero no más que eso…
Todo lo que hacía con Lucho, todo lo que resolvía él hacer conmigo, para mí estaba bien porque era bellísimo y buenísimo y yo lo amaba. A Lucho le divertía por ejemplo que yo estuviera tanto tiempo lavando su ropa, sobre todo sus shorts y sus calzoncillos. Pero realmente me encantaba hacerlo. Él hacía conmigo lo que yo quería, y yo me dejaba llevar. Me encantaba ser llevado por un hombre así, tan cálido y tan bueno (y no tan dominante y jodido como era a veces Carlos). Igual, me intrigaba por qué nunca había querido culearme Lucho. Yo sé que a él le encantaba cómo yo mamaba de su pene, cómo le chupaba al miembro y las bolas, cómo me tomaba mis tiempos para hacerlo gozar bien entre las piernas, con todo su pene erecto para su putito. Entonces, ¿qué pasaba? No pude más de la curiosidad y se lo pregunté. Entonces ahí ocurrió algo que cambiaría para siempre el rumbo de nuestra relación con Lucho:
—No puedo culearte, Mariano. Y no porque no quiera…
Me miró muy tristemente:
—Es que no puedo. Simplemente no puedo.
—¿Pero por qué, Lucho?… Vos sabés que yo ya no soy virgen, casi nunca lo fui, jajaja, estoy preparado. No me va a doler demasiado… ¿O es que tengo el culito feo y no te despierto las ganas de bombearme?
Me miro con mucha preocupación, pero quiso disimularla un poco con esa sonrisa de hombre bueno y cálido:
—No puedo, Mariano. Entendeme que no puedo. Y no puedo porque… eh… porque… Simplemente porque no puedo culearme al hijo de mi hermano… de mi hermano Carlos…

Yo quedé tan impactado que me desmayé.
Cuando recobré la conciencia, seguían atormentándome los pensamientos… Mi padre, Carlos… nunca me había hablado de que tuviera un hermano… Pero ¿qué le pasaba a mi pobre vida de putito? ¿No podía enamorarme de alguien que no fuera de mi familia? Cuando yo por fin me había enamorado, del hombre más bello y más hermoso y más bueno del mundo… ¿resultaba que no podría olvidar nunca a mi padre Carlos, que seguía de algún modo atado a él… a él, quiero decir, al macho poderoso, al que me había culeado y desvirgado y amamantado… a Carlos… ?
Lucho estaba preocupado por mi desmayo y porque tampoco me veía bien después de haber vuelto a la conciencia. Seguíamos los dos como siempre, en cueros, únicamente en shorts, y abrazándonos y besándonos mucho… nos abrazábamos y besábamos con más amor que nunca. Amor entre tío y sobrino.
Después de mucho razonar entre los dos y de declararnos ambos nuestro amor eterno, Lucho juntó coraje y tomó una decisión que apenas me explicó:
—Juntá toda tu ropa… o sea, todos tus shorts y tus slips y las pocas remeritas que trajiste… Ponete lindo y vamos ya a ver a tu padre.
Sin ser mandón, porque nunca lo fue, pero siendo como siempre contundente y enérgico, no pude discutirle nada. Tampoco quise. Él era mi hombre, él era mi macho, yo no tenía por qué discutirle nada. Aunque por eso tuviera que volver a verlo a Carlos.
Apenas llegamos de la mano con Lucho a la casa de Carlos, nos vio mi hermano Diego. Carlos estaba por llegar, nos dijo él. Creí divisar en la cara de putito atorrante de mi hermanito asomar de nuevo el celo y las envidias. Es que Lucho es un macho inigualable, bellísimo… Yo ya me veía venir que Diego estaba ardiendo de urgentes deseos por Lucho.
Pero esta vez iba a perder, mi hermano. Por nada del mundo yo iba a permitir que se aproximara un solo milímetro de más a mi tío Lucho. Habíamos compartido a Carlos, pero eso era todo. Si Diego pretendía levantarse a mi tío, yo mismo iba a arrancarle el culo con mis propios dientes. Se me debe haber notado en la mirada, porque apenas lo miré al putito atorrante de mi hermano este pareció darse cuenta y cagarse en las patas y dejó de mandarle miradas cachondas a mi tío.
Carlos llegó por fin. Qué hermoso era Carlos. Qué hermoso era Lucho. Qué hermosos eran los dos hombres, los dos machos, los dos hermanos… Diego y yo no éramos ni la millonésima parte de hermosos que eran estos dos hermanos, Carlos y Lucho.
Carlos apenas lo vio a Lucho quedó demudado. Lucho era el hermano menor. Carlos era un macho maduro, Lucho era más joven, estaba en la flor de la edad. Pero juntos los dos hermanos partían la tierra. Cualquier puto que los viese juntos eyacularía ahí mismo, de solo verlos. Tan varoniles los dos, con sus físicos abultados y velludos, uno en shorts, el otro ya en calzoncillos —Carlos se sacaba los pantalones y se quedaba sólo en calzoncillos apenas traspasaba la puerta—… Se miraban el uno al otro como dos perros machos que se echan miradas de recelo, de desafío, parecían olisquearse y desgarrarse con las miradas. Al rato Diego y yo los vemos a los dos hermanos, sin tocarse, pero totalmente próximos el uno al otro, tocándose únicamente por los bultos, como comparando abiertamente cuál de los dos bultos era más pesado y poderoso que el otro. Las pocas palabras que se intercambiaban parecían escupirlas… sobre todo Carlos. Lucho no era tan jodido como Carlos. Era más respetuoso, no iba directamente a la ofensiva como lo hace siempre mi papi. Igual yo creía percibir que el bulto de Lucho crecía poderosamente cada vez que desde la bragueta del calzoncillo de Carlos éste le mandaba una señal fálica capaz de partir la tierra en dos.
Por otra parte, mi hermanito Diego me comenta en voz baja que si observábamos bien, podía notarse que la actitud de Carlos hacia su hermano menor, además de despreciativa, estaba inflamada de ganas sexuales, de deseo… Diego me lo dijo muy poéticamente (porque es escritor):
—El día que papi lo agarre al tío le tira tanta guasca que lo congela.
Escuchamos de repente la voz de Lucho que se impone, como siempre, con toda autoridad pero sin ninguna prepotencia:
—Carlos, tenemos que hablar. Me quiero culear a tu hijo. A Mariano. Solamente Mariano me interesa. Yo ya sé que es tuyo. Ya sé que soy tu hermano menor y que te debo respetar. Pero lo amo. Me lo quiero culear y me lo quiero llevar conmigo. Porque estamos enamorados…
—Ya lo sé que estamos enamorados.
—Me refiero a Mariano y a mí, Carlos… No estaba hablándote en este momento de vos y de mí.
Diego y yo nos miramos estupefactos, pero no decimos nada. Al rato escuchamos la voz de Carlos desde lo más profundo de su pene crepitando dentro del calzoncillo, decir:
—Estas cosas se arreglan entre machos.
Y Carlos nos mira a los dos, a Diego y a mí, y agrega: —Sin putos a la vista…
Lucho replica, serenamente, con total masculinidad: —De acuerdo, Carlos. Vayamos a arreglarlo a solas.
Carlos y Lucho se encierran en el cuarto de Carlos. Diego y yo corremos para mirar todo desde la puerta, pero como hay poca luz adentro no es mucho lo que podemos ver. Menos aun lo que podemos escuchar, puesto que los dos hermanos, nuestros dos machos, están hablando en voz baja, entre ellos, murmurando y secreteando.
Lo que sí podemos distinguir perfectamente —y nos produce escalofríos— es que Lucho se arrodilla sumisamente ante Carlos. Vemos que Carlos se baja el calzoncillo. Vemos con qué unción y respeto Lucho empieza a sobarle las bolas a Carlos, cómo lo toma suavemente del culo y se mete toda la poronga en su boca, cómo se la empieza a chupar al principio lentamente, luego famélicamente. Vemos cómo Carlos se sonríe y goza, complacido de que su hermanito menor esté cumpliendo bien su misión. Al rato vemos con qué firmeza Carlos lo agarra a su hermano Lucho y le abre de par en par las cachas.
Lo tira en la cama. Lo hace poner en cuatro. Le hace abrir las patas para que Lucho le ofrezca a su hermano Carlos todo su culo en la cara. Culo abierto y palpitante que pronto con su lengua de machazo culeador Carlos empieza a chupetear, a saborear, a devorar. Al rato, Lucho —en la cama, con el culo abierto de par en par, en cuatro sobre la cama— abre bien su culo al aire para su hermano mayor, y Carlos con todo su miembro ultrapoderoso empieza a pasárselo groseramente por las cachas a su hermano… Lucho gimotea como una putita.
Yo no puedo menos que sorprenderme pero también de excitarme, porque está hermoso mi macho ahora que su hermano mayor, ahora que mi papi Carlos lo va a sodomizar. Lucho parece entregado por completo, complacido. Ofrece su culo buenamente para que su hermano mayor se lo rompa en mil pedazos. Carlos se escupe como siempre, escupe su saliva de macho hijo de puta en la mano, se pasa la escupida por las bolas y después por el palo.
Después le tira una escupida salvaje y abundante en el culo a Lucho, directamente, sin pasar por la mano, lo escupe directamente en el culo. Después le cachetea con su violencia brutal las nalgas a mi macho, motivo por el cual Lucho se pone más puto que nunca y empieza a gimotear como una putita. Carlos le abre bien los cantos del culo y cuando menos se lo espera, de repente empieza a cabalgarle el culo al hermano.
El hermano parece dolorido, al principio… pero al rato encantado de que el hermano mayor se lo esté cabalgando. A los pocos minutos Carlos ya no puede más y aprieta con toda su fuerza brutal el culo de Lucho y le escupe la guasca adentro. Lucho queda en la cama, en cuatro, como una perra. Está bellísimo mi macho ahora que mi padre lo hizo puto. Está más lindo que nunca. Está tan viril y tan masculino en esa posición de macho recién culeado, tan putito y tan machito a la vez…
Carlos no parece hacerle asco a lo que le está haciendo a Lucho ahora (que a nosotros nunca nos hizo). Como su hermano todavía no eyaculó y él ya le escupió toda su guasca adentro del culo, Carlos le agarra brutalmente la pija a mi macho, hace pasar sus manazas de macho bruto por el culo de Lucho y termina agarrándole bien fuerte la verga y lo empieza a masturbar. Al rato mi machito Lucho, con los ojos entrecerrados, recién culeado, con la mano de su macho masturbándole la pija, tira de su miembro una lluvia gloriosa de semen blanco, bellísimo, humeante…
Quedan los dos tumbados en la cama. No se miran. No se tocan. No se hablan. Cada uno se pone su calzoncillo, sin siquiera rozar al otro. Carlos es el mayor, es el macho de su hermanito, por eso habla primero, es el que rompe el silencio:
—Está bien. El acuerdo es porque soy un buen hermano y no te voy a cagar. Vos te lo llevás a Mariano pero me lo traés tres veces por semana. Y esa misma noche que me lo traés venís conmigo… Y… y… te quedás toda la noche.
—Entendido Carlos.
—Y Diego es mío. Únicamente mío. Mariano es mío tres veces por semana. Esos tres días según como se me canten las bolas, a lo mejor te culeo a vos, a lo mejor me lo culeo a mi hijo Mariano …
—Entendido Carlos.
—A lo mejor se me cantan las bolas y un día me los culeo a los tres.
—Entendido Carlos.
—Che hermanito, estás crecidito… me gusta que te hayas puesto tan lindo y tan fuerte y tan machito. Pero cuidameló al nene, okey???
—Sí, Carlos… Ese calzoncillo te queda hermoso, Carlos… Estás hermoso. Ningún macho en calzoncillos es tan hermoso como vos, Carlos.
—No seas puto, parecés una mina hablando.
—Perdón Carlos.
—Vamos a hablar con los cachorros.
—Entendido Carlos.
El pacto, nosotros (Diego y yo), ya lo habíamos escuchado. Es que el les conté. A nosotros nos encantaba, yo iba a vivir con mi macho del que estaba enamorado, y Diego estaba feliz de tener a Carlos todo para él solito.
Lo que yo no sé es si alguna vez Carlos supo cuánto nos gustaba a mí y a Diego mirar sus hermosos juegos varoniles de machos, eoss juegos entre ellos, los de él y su hermano Lucho… Parecían dos leones en celos agarrándose: cuando Carlos lo escupía en el culo a Lucho, cuando le partía el culo para que sus dos nenitos putos lo mirasen a escondidas, cuando Lucho entraba a masajearle las bolas y a lamerle el palo a Carlos… qué hermosos, qué dos machos tan hermosos y gloriosos los dos hermanos…
Esa misma noche, en la casa de Carlos —pero en nuestra propia y nueva habitación en la casa de Carlos— Lucho hizo de mí, de su sobrinito Mariano, su putito más feliz. Esa noche me perforó el culo. Como estaba recién culeado mi macho, yo creo que es por eso que Lucho tenía tanta felicidad y tanto brío en el cuerpo. Me mató a besos, me franeleó mucho antes de desgarrarme el culo, pero estaba mas enérgico, más bruto que nunca ahora… ahora que mi padre recién se lo había culeado.
En algún momento mi tío se bajó el calzoncillo y me ordenó que le chupara el culo. A mí me encanta chuparle el culo a mi macho, yo mismo le terminé de bajar el calzoncillo para hacerlo, pero brinqué de felicidad al percibir en lo profundo del ano de Lucho el sabor ácido, fuerte, irresistible, de mi papi Carlos.
Y cada día estoy más enamorado. Y mi macho, mi tío, yo sé que él también me ama y que está muy complacido y muy feliz conmigo. Soy su putito ejemplar, sigo lavándole los shorts y calzoncillos y mejorando día tras día, con verdadero y profundo amor, para servirlo sexualmente cada día mejor.
Lo que nunca sé, lo que él mismo no creo que sepa nunca, es cuándo está más hermoso Lucho. Si cuando tímido y algo asustado entra a la habitación donde lo espera su bravo hermano mayor, Carlos, su bravío macho en calzoncillos, para culeárselo y hacerlo mierda. O si está así de hermoso porque —con la guasca de mi padre todavía fresca en su culo— me va a agarrar fuertemente por las piernas, se las va a subir por los hombros y me va a entrar a bombear el culo a mí. Pero lo amo. Lo amo. Es mi macho. Es Lucho. Es mi tío. Lo amo.

Marianito

yorsitoblanco@yahoo.com.ar

Mi amante intruso Carlos

Posted in Uncategorized on September 19, 2006 by horacio36

Un cuento de:
Diego Putito Lopez
diegomotion1@yahoo.it
Con fotos de:
Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

El sábado pasado vino Carlos a casa. Por suerte mi viejo no estaba. ¡Para qué le habré dado mi dirección! Recuerdo que fue una noche de tormenta mientras hablábamos por teléfono que le dije dónde vivía. Estábamos muy cachondos, me hablaba con esa voz de macho prepotente mientras me masajeaba los huevos y el culo en la cama y le decía que se la iba a chupar hasta dejarlo seco y él me decía que me iba a atravesar de lado a lado con su verga. Entonces me puse el celular en el orto mientras lo escuchaba acabar del otro lado de la línea.
Y vino este sábado, a las dos de la tarde. Mis vecinos policías no estaban, los del fondo se habían ido a Bariloche y los del otro lado dormían. Mi vecino de enfrente, que a veces anda a caballo en cuero aunque sea invierno, tampoco estaba, se había ido en su camión. Antes de irse dio un paseo por la vereda, con su pantalón de las tres tiras blancas que le marca tanto el culo, se puso de frente un momento para que le vea el bulto bajo la tela azul. Usa slips. Me miró como quien mira un cactus en el desierto. Se trepó al camión tensando los músculos al subir y tras varios rugidos arrancó y salió levantando el polvo de la calle.
Cuando Carlos llegó yo estaba por tomarme una ducha de agua fría. Llamó muy fuerte:
-¡Diego! ¡Dieeeeeeeegoooo! ¡DIIEEEEEGGGOOOOOOOOOOOO!
Salí en shorcito a atenderlo antes de que despabile a todo el barrio. Le sonreí. Vestía un flamante jean azul, los zapatos lustrosos, un cinto de cuero con hebilla plateada y gruesa. Su camisa estaba impecable, sin dibujos, solo el color celeste y varonil. Su perfume era como el olor de un caballo salvaje, lleno de bríos.
Le abrí. Lo primero que hizo fue morderme las tetas.
-Esperá que cierro la puerta.
Cerré con candado. Me levantó en el aire y me llevó al fondo. Sobre el césped me tiró y se arrojó encima para seguir besándome el pecho y pasarme las excitadas manos por mi shorcito blanco cortito. Su barba apenas crecida me pinchaba la piel. Puse mi mano sobre su miembro. Su pija estaba tan erguida que casi hace un agujero en su pantalón nuevo.
-Carlos, ¡pará! Seamos civilizados.
Me besó, aflojó su cuerpo y me ayudó a levantarme. Entramos a la cocina y preparé unos mates mientras me contaba sus aventuras.
Recostado contra el mármol de la pileta, de pie, le acercaba los mates a Carlos. Él, sentado, con las piernas abiertas, se bajó el cierre para mostrarme su boxer blanco. Era un hermoso boxer. Entonces se lo corrió para que le vea las grandes pelotas peludas y su verga al palo. Acercó el mate a su pija para que los compare. Ni punto de comparación, sólo la calentura de sentirlos en la boca. Por instinto me fui acercando y me metí por completo el choto de Carlos en la boca. Sin saborear, solo lo quería tener bien adentro, todo lo adentro posible, aunque me hiciera arcadas en la garganta. Él siguió con el mate hasta hacer ruidito y lo dejó en el piso. Solté su pija para mirarla un rato, un hilito de gasca se corría de la puntita. Lo casé con la lengua y con los labios apreté su cabecita para que largara más. Lo probé y me gustó. Bajé y subí con la boca para seguir calentando esa verga lechera. Lo agarré de las bolas, me calienta mucho masajearlas mientras su pija me infla los cachetes. Mi lengua se pasea de arriba abajo, arriba y abajo. Estoy muy concentrado en apretar bien mis labios en cada centímetro de su pija. Se enfría el agua del mate. Lo dejo un rato y le digo que me voy a duchar.
Me desvisto dejando la ropa tirada en el camino y entro a la ducha fría. Se me pone la piel de gallina. El pelo mojado me cubre los ojos, no lo veo pero Carlos está muy cerca.
-Lavate bien el culo putito, que te lo voy a partir.
Me despejo los ojos y lo veo a Carlos sin la camisa ni el pantalón. De su boxer asoma su tremenda pija en alto. Se acerca. Me arrodillo y le paso la lengua por la cabeza y el palo. Mientras se la chupo me pone champú en el pelo y me lo masajea hasta llenarlo de espuma. Me masajea con fuerza y me agita la verga en la garganta. Con mis manos enjabono bien mi culo para dejarlo super limpio. El jabón me entra entero en el ano de tan excitado que estoy. Soy todo espuma.
Carlos me suelta un rato para que me enjuague. Cuando salgo del agua me pasa la lengua por las todo el cuerpo para sacarme el agua, me aprieta las nalgas con sus manos y su lengua pasa por mi cuello, mis labios y mis oídos. Su pija choca con la mía, sus bolas oprimen las mías. Quiero tenerla adentro.
Me envuelve con la tohalla, me seca el cabello y después me abraza de tal forma y fuerza que no puedo mover mis brazos ni mis piernas. Me mordisquea el cuello y siento su pija presionando mi culo. Su mano busca mi verga y me empieza a pajear. Me lleva hasta mi cuarto y me deja libre sobre la cama. Ladra un perro, mira por la ventana pero no es nadie. Regresa con su pija húmeda y dura y me arrimo para chupársela de nuevo. Su mano explora mi culo y me lo abre.
-¡Metémela Carlos, metémela!
-Todavía no.
Mi boca se llena de saliva y subo y bajo por su verga una y otra vez. Separa su pija y me entra con su lengua en los labios. Después me hace bajar la cabeza para que le bese las tetillas. Cuando se las dejo mojaditas y duras me hace bajar más, sigo besando todo su cuerpo y me hace bajar más y más, hasta que le beso las pelotas y las lleno de besos.
-Así, Dieguito, usá tu lengüita.
Le paso la lengua por las bolas, por el borde del palo y del glande. Muerdo la base de su pija y la vuelvo a besar. Después le doy muchos besos a la cabecita hasta que me quedan los labios pegoteados de leche. Me limpio los labios con la lengua y lo vuelvo a besar.
Mi culo palpita de placer y de deseo. Me devoro su pija y chupo con desesperación, como si fuera a acabar en cualquier momento. La tengo toda en la boca.
-¡Sos una perra! ¡Cómo te la comés putita! ¡Besame el orto!
Me paso al otro lado y pongo mi lengua en su culo. Lo beso todo, los cachetes, la raya, el orto. Pongo mucha saliva en su culo y hundo mi lengua todo lo posible. Se lo abro bien con los dedos y entra toda mi lengua hasta la base. Mi pija no da más y le chorrea leche, pero mi culo es el más desesperado.
-¡Vení para acá puta!
Me ordena Carlos.
-Ponete en cuatro.
Pongo mis codos y rodillas sobre el colchón con el culo en alto, esperando que en cualquier momento Carlos me embista por atrás con su cañón. Me agarra del cuello con una mano y la otra me abre el culo, que ya estaba bastante abierto, y de tanto abrirlo me mete el puño entero y me lo agita adentro.
-¡Haaaa! ¡Carlos!
-¡Qué culo, cómo lo tenés! Preparate porque te voy a ensartar.
La pija de Carlos no se hizo esperar más. Me dio vuelta y me levantó las patas sobre sus hombros. No le ví la pija pero me la hizo notar cuando me la enterró.
-¡Te voy a dejar preñado! Te voy a echar tanta guasca que te va a salir por las orejas.
Bien sujeto por la cintura, con la garcha de Carlos en lo profundo de mi orto, podía verle la cara de goce mientras me culeaba. Mis tetillas estaban duras de excitación y sentía que mi pija iba a acabar en cada embestida de Carlos. Entraba y salía de mi culo. No aguanté más y acabé esparciendo leche por toda la cama. Carlos me seguía dando por el culo y me hizo cambiar de posición. Me puse culo arriba en la cama, en posición horizontal. Se puso encima mío y me penetró despacio. Entró toda y se movió despacio arriba y abajo, por último aceleró y acabó a borbotones llenándome el orto de guasca caliente.
Estábamos así en la cama, todo embarrados en guasca. Le pedí que se marchara, que iba a llegar mi viejo en cualquier momento. Me sacó la pija del culo y me sentí desnudo. Tan desnudo me sentí que se la chupé toda para tenerla otro ratito más adentro mío. Pero tenía que irse. Me puse un slip, él se puso su boxer. Estábamos al palo de nuevo y nos abrazamos para sentir nuestras duras pijas una contra la otra.
Mi mano lo buscó de nuevo y lo pajeó hasta hacerlo acabar de nuevo. Mi mano se llenó de leche. Lo limpié con la lengua y le saqué las últimas gotitas de guasca.

-Ahora sí, vestite y andate.
Se puso el jean, la camisa, los zapatos. Estaba guapísimo. Lo acompañé hasta la puerta. Me puso una mano en el orto y me puse cachondo de nuevo. Su pija estaba al palo otra vez y como despedida me la puso contra la puerta de la casa. Los perros del vecino aullaban como condenados. Mi culo roto estaba adolorido pero cómo gozaba con esa pija. Acabó y me pajeó con delicadesa, mi leche pintó la pared de blanco.
Me puse el pantalón y unas zapatillas y lo acompañé hasta la vereda. Ya era de noche.
-Carlos, no vuelvas más por acá, es peligroso.
-No seas hinchapelotas y chupamela.
Se bajó el cierre y me hizo arrodillar en la vereda para que me la ponga en la boca. La agitó contra mis cachetes dejándomelos colorados. Su leche se escurrió por mis dientes y la tragué toda de nuevo.
-Ahora me voy.
-Esperá, llegan mis vecinos, no quiero que te vean.
Lo hice entrar a Carlos de nuevo mientras mis vecinos de al lado entraban el auto.
La luz de la luna trepaba por la piel de Carlos, que se había sacado la camisa otra vez. Se veía tan lindo. Bajé su pantalón para verle el culo iluminado por la luna. Otra belleza. Le besé el orto peludo y se lo chupé bien chupado. Pasé la lengua por donde la luna pasaba y la metía donde la luz de la luna no podía llegar. Carlos empezaba a aullar como un hombre lobo. Le mordí la boca para callarlo pero era él el que me iba a hacer aullar a mí. Me empomó el orto con su pija de nuevo y me sacudió una y otra vez. No acababa más, entraba y salía sin descanso y la pija no se le desfallecía. Estaba incansable.
En ese momento llegó mi vecino de enfrente con el camión. Desde lo alto de la cabina podía verme como Carlos me tenía a los tumbos con sus pijazos. No se bajó, siguió mirando desde el cambión. Yo no pude evitar que nos viera, pero ya no tenía importancia. No podía decirle a Carlos que se oculte.
Me puso en cuatro contra el pasto y me siguió dando por atrás. Esta vez acabó y lanzó un suspiro. Tenía razón, me salió guasca hasta de los oídos. Salí a la vereda con Carlos, camisa en mano y nos despedimos. El vecino mirón bajó del camión y noté que se agarraba la pija.
Lo cité a Carlos de nuevo para el sábado, a la hora que el vecino de enfrente se trepa al camión.

Marcelo, mi macho hermoso, mi amo y señor

Posted in Uncategorized on August 29, 2006 by horacio36


Un cuento de:
Marianito – yorsitoblanco@yahoo.com.ar
Con fotos de:
Horacio – calzoncillosquearden@gmail.com

Yo nunca tuve problemas en darme cuenta de mis gustos sexuales. Desde que era chiquito, desde que iba al jardín de infantes, siempre, siempre, siempre me gustaron los hombres. Pero Uds. sabrán que nada hay peor para un puto que haber nacido en un pequeño pueblo de provincia. Ése fue mi caso. Nací en un pueblito de mierda que ni figura en el mapa. Y cuando terminé mi secundario de pronto me di cuenta de que no iba a poder más allí.
Quería hombres. Quería que me culearan, quería que un hombre hermoso, fuerte y algo bestia por fin me rompiera el culo y me hiciera su puto. Así que debía irme a la ciudad, me dije a mí mismo. Y antes, por supuesto, exactamente la misma noche anterior a mi partida, se los dije a mis padres. Todavía no había llegado el plato principal, recién estábamos por la sopa.
—Papá, mamá… tengo que decirles algo. Soy puto. Me gustan los machos.
A Mami casi le agarra un infarto. Me miró con los ojos desorbitados. Mi padre se puso rojo, empezó a juntar rabia en todos los músculos de su cara.
—Quiero que los machos me hagan el culo. Quiero ser puto siempre. Amo a los hombres. Me encantan.
Y agregué: —Mañana mismo ya no estoy acá. No se preocupen.
Y así fue. Yo no tenía prácticamente un peso, solamente algunos billetes de mierda que había juntado como podía (en mi casa éramos bastantes pobres). Pero con esos pocos billetes grasientos yo me mandaba a mudar, y a la mañana siguiente ya estaba en la estación de tren para llegar por fin a la grandísima, hermosísima, densísima, putísima Buenos Aires.
Ahora podría contarles todo lo que pasé, todos mis infortunios y todas mis pequeñas glorias, desde que vivo en esta ciudad inaudita. Todos Uds. saben lo mal que puede pasarla un jovencito inexperto provinciano en una ciudad como ésta. Pero lo que quiero contarles es todo lo concerniente a él. A Mi Hombre. A Mi Macho. A Marcelo.
Yo ahora soy su puto, y cada mañana me siento feliz de despertarlo y verlo todavía durmiendo, bello, maduro, velludo, fuerte, varonil, descansando con su verga creciendo y su pecho palpitante, en calzoncillos, en la cama… le preparo el café y se lo llevo a la cama. Y lo habitual es que mientras Mi Macho toma y paladea su café, yo tomo y paladeo su verga. Si Mi Macho Marcelo se levanta con demasiadas ganas de mear, yo lo sigo como su mascota hasta el baño y mientras se baja las pelotas y la poronga por el calzoncillo, yo le sostengo las bolas y voy palpándolas, voy viendo cómo ese hermoso caño de macho viril descarga su meo y se va inflando de guasca, mientras a mí se me hace agua la boca. Pronto Mi Macho Marcelo habrá meado y ahí mismo yo me arrodillo y termino de lavarle las bolas y el palo con mi lengüita ansiosa de nenito puto glotón. Me encanta cuando me escupe su meo caliente y amarillo, rabioso y fulminante, por la carita o por el culo. Me encanta que me mee, pero las más de las veces cuando se lo ruego, Marcelo me responde bramando: —Dale, marica enfermo, dejate de joder, dejame mear tranquilo que ahora te voy a romper la boca con ésta… y a la noche te parto el culo, Marianito, andá preparando el orto…
Sea cuando le chupo la verga y los huevos enseguida después de mear, sea cuando le sirvo el café y le chupo la poronga por la bragueta de su calzoncillo, Mi hermoso Macho Marcelo sabe cuál es el desayuno que su esclavito sexual, su mascota predilecta, su Marianito, quiere para el desayuno. Yo quiero su leche, su guasca, su semen hermoso, hirviente, burbujeante, espeso. Y me la trago toda, sin dejar de chuparle y palparle con la lengua las pelotas y el palo mientras él me escupe toda su guasca por la boca. A él le gusta mancharme la carita de nene puto con su escupida rabiosa de guasca, pero a mí lo que más me gusta es tragármela toda, beber ese néctar varonil y guaso que es la razón de mi vida. Igual como Marcelo es mi macho y señor, es muy mandón, y lo que él quiere de sus putitos (sé que tiene varios en su colección pero también sé que soy su preferido) es que lo sepan complacer y sean obedientes. Así que si tiene ganas de enchastrarme la cara con su blanca escupida de macho, a los gritos, gruñón y hermoso como es, Marcelo me lo hace saber con sus gruesas puteadas matinales, y por supuesto no dejo de obedecer. Después lo ayudo a elegir su calzoncillo para ese día, y yo mismo se lo pongo. Quiero que mi señor esté hermoso para cuando llegue a su oficina. Y mucho no me cuesta porque francamente es hermoso, elegante, viril, el sueño de todo puto. Y todo hombre elegante empieza por elegir bien sus calzoncillos. A mí me encanta comprárselos, probárselos, elegírselos, lavárselos y chupárselos: todo eso, nada menos… y así son entonces nuestras ceremonias matinales de mi Macho conmigo, Marianito, su nenito dócil y su mascota sexual preferida.
Pero quiero contarles ahora cómo tuve la inmensa dicha de conocerlo a Marcelo.
Como tenía poco dinero, y debía vivir en alguna parte, busqué una pieza mugrienta en una pensión de mala suerte. Tenía solamente para pagar unos dos o tres días de esa pieza. A las pocas cuadras, caminando desolado y desorientado por esta ciudad terrible y nueva para mí, vi un bar. En la puerta habían puesto un cartelito que decía SE NECESITA MUCHACHO PARA LAVACOPAS MOZO Y ENTREGA A DOMICILIO. Entro al bar, tímido como soy, pero algo decidido porque realmente ahora tenía que arreglármelas solo.
Me atiende un señor gruñón, fue una conversación bastante parca, el sueldo era miserable, pero yo estaba en apuros. Durante todo el tiempo que el viejo me hablaba el mozo me miraba. Era un tipo bellísimo, de unos 24 años. No era un macho lindo en el sentido de los modelos publicitarios, actores de telenovela y cosas así. Era un tipo decididamente macho, reo, laburante y bastante bestia. Forzudo, de músculos bien marcados pero por haber trabajado (me contaría después) haciendo trabajos en el puerto, como repartidor de gaseosas después, etc. Era bien velludo, machote, tenía unos brazos espectaculares, un lomo infartante, unas piernas que parecían de roble y una cara totalmente viril, de macho medio malo y bastante bruto. Además como era verano vestía solamente un jean apretado y una musculosa. Por ese jean que no pude dejar de mirar todo el tiempo mientras el patrón me hablaba, me di cuenta de que tenía un culo perfecto, bien parado, y un bulto genital impresionante. El tamaño de esas pelotas y de ese palo adentro del jean era tan marcado que francamente daba un poco de miedo. Pero también y sobre todo, muchísimo deseo. Lo que había hecho la naturaleza con ese pedazo de macho animal era impresionante.
Como el negro se daba cuenta de que yo lo miraba y me lo comía con los ojos, se puso orgulloso y sensual, cuando nadie más nos miraba se sobaba las bolas y el caño por el jean y me hacía gestos obscenos con la lengua. Soy terriblemente tímido, pero ese macho —al rato siguiente mismo me enteraría de que se llamaba Fabio— me estaba calentando tanto que mis instintos sexuales de putito desesperado me hacían sentir totalmente caliente, cachondo, yo me moría porque ese negro bruto me agarrara y me hiciera mierda, me hiciera sentir como una puta. El patrón terminó de arreglar conmigo, el sueldo era miserable pero me aclaró que más no podía, y además que yo no hinchara y que hiciera todo bien porque él no podía venir más porque tenía que encargarse de otro bar que tenía en otro barrio. Así que agregó: —Yo vengo una vez por semana, me llevo la guita y los papeles y no quiero problemas. Vos y Fabio se la tienen que arreglar solos.
Yo me sentí totalmente puto, desinhibido y sensual cuando mirándolo con la mejor sonrisa a Fabio, le dije al patrón: —Por supuesto, señor. No se haga problema. Fabio y yo nos arreglamos solos.
Cuando dije eso, Fabio volvió a pasarse la lengua por los carnosos y abultados labios y volvió a exhibirse sobándose las pelotas para que yo lo admirase, lo disfrutase, lo desease… Estábamos ya excitadísimos el uno con el otro Fabio y yo. El patrón dijo: —Mañana te espero, entonces.
Y ahí fue cuando escuché por primera vez la voz de Fabio que me dijo, sin que el idiota del patrón sospechara nada, mirándome de frente a los ojos con su cuerpo impactante de macho hermoso, con su voz gruesa de varón bruto y guaso, sobándose las pelotas:
—Yo también te espero mañana, Marianito.
A la mañana siguiente, a las 7 de una mañana hirviente de calor en el febrero de Buenos Aires, yo ya estaba en ese bar. Apenas entro casi me desmayo, se me abre el culo de par en par, medio dormido como estaba sentí tanto deseo sexual de lo que estaba viendo que me habría dejado garchar ahí mismo, en la puerta de calle. Estaba Fabio vestido únicamente con un short blanco, había corrido todas las mesas y estaba lavando el piso del bar. Tenía un cuerpo tan espléndido, tan fuerte y tan machazo, de movimientos tan brutos y majestuosos, que el ano se me puso como un capullo. Apenas me ve, se da cuenta de lo que me estaba pasando por todo el cuerpo a mí. Y entonces hace su sonrisa de siempre, ésa que hace cuando se sabe un macho deseado, cuando sabe que quien lo mira se está volviendo loco de deseo y de lujuria.
Y me dice:
—Todavía faltan cuarenta minutos para abrir, Marianito… —y tocándose las bolas como le gusta hacer siempre, me agrega: —Tenemos tiempo…
Yo no sabía qué decir, le pregunté: —¿Tiempo para qué?
Me mira fija a los ojos, no puedo dejar de mirarle ese cuerpo espléndido y bellísimo en esos shorts mojados y palpitantes: —Ponete cómodo, nene… Sacate todo que hace calor y ayudame, después nos pegamos una ducha…
Su sonrisa de hombre deseado, de macho en celo porque sabe que está siendo deseado, lo hace todavía más y más hermoso al negro bestia. No puedo con mi timidez, con mi miedo, con mi culo latiendo enfebrecido, y le digo: —No tengo nada abajo del pantalón, solamente un slip…
—Quedate con eso, entonces… y vení así me ayudás y terminamos más rápido y nos duchamos antes de abrir. Hay una ducha en el fondo…
Me quedo solamente con el slip y durante todo el tiempo que trabajamos juntos, nos sentimos tan sudados y tan calientes por el hambre sexual, que empezamos a equivocarnos, a reírnos, a jugar y a tirarnos baldazos de agua. Nuestros cuerpos están empapados, él en su short, yo solamente con un pequeño slip blanco que se me pega al cuerpo y al culo, y ninguno de los dos hace nada para disimular que estamos los dos completamente al palo y devorándonos con la mirada. Terminamos de secar, de acomodar la última mesa, Fabio me agarra bien bruto y tocándose las bolas y tocándome sin la menor vergüenza ni pudor el culo se fija la hora y me dice: —Ok, Marianito, dale rápido, a la ducha, tenemos quince minutos antes de abrir…
Rápido y bien bruto, me agarra del brazo, así como estamos los dos, semidesnudos y empapados, me lleva hasta el fondo y veo que no hay un baño ni una ducha, sino solamente un pequeño patio. Ahí Fabio abre una canilla y una manguera y seguimos jugando los dos, se saca el short, brutalmente me arranca el slip, nos empezamos a jabonar, a tirarnos agua el uno al otro con la manguera, él empuña el jabón y entra a apretarme bien fuerte todo el cuerpo, se demora un buen rato en el culo, yo no puedo parar de manosearlo, a él le encanta que lo manosee y de repente sin ningún preámbulo ni problema, me agarra de la cabeza, me hace arrodillar y me dice que se la chupe. Cuando se baja del todo el short, y su miembro sale erecto y radiante golpeándome en la cara, me asusto. Nunca vi un pedazo de verga semejante. Me da un poco de miedo, esa poronga no me entra en la boca, no debe medir menos de 20 cm., está totalmente al palo, vibrante, palpitante, esperando ser lustrada. Fabio nota mi temor y me dice: —Dale, Marianito, la vas chupando de a poquito, no tengas miedo…
Yo sí tengo miedo porque pienso que si mi macho se calienta demasiado va a querer penetrarme y con semejante pedazo de fusil en el culo va a asesinarme. Igual cumplo sus órdenes, el macho está impaciente y yo muero aunque sea terrible por tener ese miembro animal y asesino en la boca. Le chupo las bolas, de a poco voy tocando con la lengüita el miembro hasta perderle el miedo, está demasiado sabrosa, demasiado erguida, vibra demasiado, pide la lengua de un puto la pija esa. Al rato estoy chupando frenético y enfebrecido, amo a este macho, nunca vi un pedazo de hombre semejante, pero aunque no pueda con toda la poronga en esta pequeña boquita que Dios me ha dado, me lo quiero comer todo. El negro empieza a gimotear y rápidamente me escupe en la lengua su leche a borbotones, yo estoy al palo pero Fabio se enjuaga bien, agarra una toalla, tira el short a un costado y se pone la ropa. Yo sigo talmente al palo, loco, loco de amor y de deseo por ese hombre. Entonces se da cuenta y me dice, sin agresividad pero bien firme y dictatorial: —Si querés más verga, puto, tenés que venir más temprano. Mañana vení un cacho antes y te doy un rato largo, así estás bien amamantado antes de empezar a laburar.
Se ríe, se termina de vestir, hago lo mismo y vamos a abrir el bar.
A partir del día siguiente, repetimos cada mañana el mismo ritual, cada vez mejor preparado pero en lo fundamental sin mayores modificaciones. Llego cada mañana un buen rato antes de abrir, cada mañana hace más calor y Fabio ya está al palo, deseoso y en sus espléndidos shorts, que le marca todo su infartante cuerpo y hace que el bulto de sus pelotas crezca de guasca urgente haciéndole apretar el volumen del short. Me pongo en slips y mientras baldeamos el bar y preparamos las mesas, ya estamos tocándonos todo el cuerpo, él me toca descaradamente el culo, yo cada vez con menos timidez y pudor acaricio sus pelotas creciendo bajo el short, luego nos vamos atrás, sacamos la manguera, empezamos a tirarnos agua a los cuerpos enfebrecidos de calor y de frenesí sexual. Yo cada vez me detengo más y más tiempo en paladear sus pelotas henchidas de guasca, de ese semen espeso, rabioso, suculento que a los pocos minutos Fabio me escupirá por la cara. A él le encanta que yo me demore en su cuerpo, que lo toque, que lo manosee, que le palpe el bulto, los pectorales, el lomo, incluso el culo, sin sacarle del todo el short, hasta que luego me arrodillo y preparo mi lengüita para saborearlo todo, empiezo cuando él me lo ordena a saborearle el pene, que ya estará tenso, al palo, deseoso, urgido, esperando por la frescura de la lengüita de su putito hambriento que soy yo, Marianito… Cada tanto me tocará el culo, yo me demoraré por momentos en besarlo, en chuparlo, en saborearlo, recorro con mi lengua y con mis manos milímetro a milímetro todo su cuerpo salado, fibroso, sudado, deseante… Cuando por fin tenga mi carita de nene puto totalmente ensuciada por la escupida de su guasca, Fabio me dirá cada mañana:
—Mirá que sos lindo puto, ¿eh?
Durante el resto de la jornada, hablamos poco y nada de nuestra intensa actividad sexual de cada mañana. Como quien no quiere la cosa, cuando hay pocos clientes y en la radio no pasan nada divertido que absorba nuestra atención, Fabio empieza a sonsacarme:
—Y a vos te gustan los hombres siempre, no?… Porque mirá que yo tengo una yegua de novia que si la vieras, no sabés qué tetas la hija de puta, también se la doy por el culo a veces… a vos nunca te hicieron el culo, Marianito?
Yo no respondo nada, como mucho cada tanto me río y hago el papel que mejor me sale: el de nene boludo.
—Porque yo tengo unos amigos que… bueno… ellos me dijeron una vez que… eh… nada… que en el barrio había un pibe una vez como vos y… eh… bueno, si querés yo les digo a ellos de vos… vos podés venir al barrio y…
Yo ya sé qué es lo que quiere Fabio. Poco a poco, como puede, con su mucho morbo y su poco y nada de cerebro, Fabio lo que quiere es culearme delante de todos sus amigos para quedar como el más macho, el mejor semental, mi macho, el dueño exclusivo de su putito Marianito, y después prestarme a todos sus amigos para que me culeen ellos también.
—Total… no le vamos a decir a nadie, no?… porque… bueno… si a vos te gusta… porque a vos te gustamos solamente los tipos, no?… esteeee…. entonces…. vos venís al barrio y….
Hasta el momento nunca habíamos hecho otra cosa con Fabio más que sexo oral. Yo le chupo el miembro y me dejo ensuciar todo por su guasca generosa, divina, bien de negro animal… a él le gusta ver mi carita de nene corrompido por el macho bestia… me detengo en su cuerpo porque lo admiro, lo amo… pero no sé si tanto como para dejarme culear. El tamaño del miembro de Fabio es impactante: es bellísimo, dan ganas pero también muchísimo miedo, cagazo. Y yo me siento totalmente miedoso de perder la virginidad de mi pobre culito trolo a manos de semejante pedazo de burro. Creo que si me agarra no solamente me va a doler. Me va a matar. Y una vez que me la ponga, quién mierda va a poder lograr que me la saque. Me va a asesinar con semejante pedazo de caño. Nunca logré ponérmela toda en la boca, con eso les digo todo…
Así estábamos siempre, cada mañana, repitiendo ese ritual algo insuficiente, porque siempre nos quedábamos con algo de ganas mi machito Fabio y yo. Él de culearme, yo —como casi nunca eyaculaba— de seguir mamándole la poronga y a veces fantaseaba de que Fabio me agarraba por la fuerza y me rompía por fin el culo.
El bar abría temprano a la mañana, pero había un poco de movimiento —tampoco demasiado, no era un bar tan grande ni tenía muchas mesas— hasta la hora en que los comensales iban a sus trabajos, cuando abrían los bancos y las oficinas. Entonces no quedaba casi nadie, alguna que otra vez algún universitario que consumía poco y se quedaba mucho, entonces Fabio y yo nos aburríamos y pronto nos olvidábamos de todo. Cuando se aburría demasiado Fabio empezaba a insistir en entregarme a sus amigos del barrio para que me culearan entre todos. Y yo dudaba, y evadía el tema…
En esos momentos fue cuando lo vi por primera vez, cuando lo conocí, cuando lo deseé fervientemente, cuando se me despertaron unas ganas sexuales que me abrían las cachas del culito de par en par, ahí fue cuando lo vi por primera vez a mi macho, a mi hombre, a mi amo y señor, a mi macho Marcelo. Mi hombre.
¡¡¡Qué pedazo de varón, por Dios!!!
Maduro, de unos 46, 47 años; con un físico duro, palpitante, velludo; un hombre con un porte varonil, con una virilidad que arrasaba… el pelo sumamente corto, algo plateado por las canas, las facciones agudas, como de hombre malo; el tipo era sumamente recio; parecía un tipo de despertar un poco de miedo, o en todo caso muchísimo respeto; no te daba como para acercártele a él así no más… la primera vez que lo vi a Marcelo yo estaba distraído, creo que limpiando las tazas de café de la mañana… Una se me cayó del pedazo de sensación que me dio subitamente en el culo de sólo mirarlo… El tipo apenas me miró, porque esa primera vez lo atendió Fabio. Cuando oyó el ruido de la taza haciéndose trizas, apenas levantó la mirada y apenas me miró, con total indiferencia y arrogancia… yo me quedé haciéndome agua la boca, con el culo palpitándome… Tenía los restos de la taza en la mano y mi pose debía ser de tan absorto y ensimismado, sin poder despegarle un segundo la mirada, que tuvo que venir Fabio para darme un empujón, mientras me decía, porque se daba cuenta de todo:
—Parece que el veterano te despertó el culo, Marianito…
Ahora les digo la verdad, algo que siempre me pregunto. A Uds. les parecerá una boludez, pero cada vez que hago memoria sobre Marcelo, no puedo dejar de preguntármelo a mí mismo. La pregunta que me hago tiene que ver con en qué momento del día Marcelo estaba más hermoso, más potro, más machazo hiper viril e irresistible. Porque en general, de lunes a viernes, que era cuando abríamos, Marcelo venía a nuestro barcito dos veces por día. Una vez a la mañana, y después de nuevo a la tarde.
La primera vez por la mañana, caía a eso de las 9, 9 y 15. Por la ropa, que ahora pasaré a describirles, se notaba que iba para el trabajo. Después volvía casi a la hora del cierre, tipo 19, 19.30, y se quedaba hasta que cerrábamos, tipo 20, 20.15. Créanme que en ambos momentos del día Marcelo me dejaba extasiado, con el culo totalmente abierto, con ganas de entregarme a él. Yo creo que nunca en mi vida me había sentido tan, tan puto hasta conocerlo a él, a Marcelo… yo ya estaba profundamente enamorado, cada vez que lo veía no podía dejar de fantasear las cosas sexuales más bajas, más degeneradas, pensando en él, en su cuerpo, en ese cuerpo duro y palpitante, fibroso, maduro, velludo, duro, macizo… debía tener una poronga espectacular, debía ser bellísimo en pelotas Marcelo… yo no podía dejar de pensarlo… no podía dejar de que por mi cerebro me trepidaran imágenes de Marcelo, de sus piernas, de su bulto, de su miembro infartante, de su pecho velludo, palpitante, de hombre veterano, algo dominante y sumamente soberbio, arrogante, viril… quería ser su puto, quería entregarme a él. Que él me rompiera el culo, me hiciera su puto, totalmente suyo, que me hiciera mierda si quería, pero yo quería ser de él, de mi Macho Marcelo, solamente de él… le daba mi vida a ese hombre. No me importaba nada. Solo quería seguir mirando su belleza, su virilidad, darle mi culo y todo mi cuerpo, que se dignara aunque más no fuese a mirarme y usarme una sola vez.
Pero nada de eso pasó la primera vez. Me miró, como les dije, casi con desprecio, pero más que nada con indiferencia.
La primera vez que lo vi fue durante la mañana. Por las mañanas Marcelo estaba bellísimo, era un tipo maduro, veterano como le decía Fabio, pero admirable, espléndido, totalmente elegante y totalmente masculino, más masculino de lo que yo había visto alguna vez. La imagen de Fabio, totalmente bellísimo, estupendo como era, palidecía por completo si uno la contrastaba con la de Marcelo, que por lo menos debía llevarle unos 20 años. Un tipo trajeado, generalmente con pantalones grises o negros, camisa blanca, saco al tono. Una cara perfecta, un semblante austero, tranquilo, macho, perfectamente empilchado, prolijo, afeitado. Yo no podía dejar de mirar cada mañana el bulto que marcaba en esos pantalones. Y me preguntaba siempre lo mismo. Me preguntaba qué calzoncillos debía usar ese macho. Porque, les cuento, por el bulto genital tremendo y palpitante, impresionante y suculento que marcaba en los pantalones o tenía un pedazo de pija que no había calzoncillo que pudiera sujetársela bien y por eso marcaba tanto volumen, o era todo la imagen alucinada de un putito muerto de deseo como era yo cuando lo tenía, ahí nomás, a metros de mí, a mi macho Marcelo. Qué pedazo de macho, qué hombre… se sentaba, sin mirarme a mí ni a Fabio cuando pedía su café, con un tono algo mandón y sumamente parco, solamente daba la instrucción:
—Café. Bien cargado, negro, sin azúcar. Dos medialunas. Una de cada. El diario y la cuenta.
Todo lo hablaba así, pronunciaba sin énfasis pero con total contundencia, para no darle al otro, a Fabio o a mí, el más mínimo espacio para que turbáramos su tranquilidad. Quería estar tranquilo, no miraba a nadie, no quería charla, quería solamente que se cumplieran sus órdenes y que nadie le rompiera las pelotas. Yo una vez lo intenté. Quiero decir, hablar de cualquier cosa, sonsacarlo, yo ya estaba totalmente enfermito de amor por él, enfebrecido… quería por lo menos la dádiva de que me dirigiera una vez la mirada o una palabra. Entonces yo una vez no tuve peor ocurrencia que decirle, con la mejor intención de querer ser amable, servicial con él:
—¿Quiere que ponga alguna música en especial en la radio?
Jamás podré describirles a Uds. la cara que me puso. Apenas alzó la mirada. Creo que se sintió burlado, como si yo quisiera ser irónico… ¡nada más lejos que mi intención verdadera, que era la de un putito que se desmayaba de amor por él! Me miró con total desprecio y bien parco y seco me dijo:
—Rajá, pibe, y que el café y el diario me lo traiga el otro negro.
Yo casi me pongo a llorar, pero no dije nada. Me quedaban solo dos chances, y les juro que las pensé. Pero qué iba a hacer yo. En definitiva yo era un pobre pendejito puto y provinciano que no era digno de un hombre macho y soberano como él. O le aclaraba que había querido ser amable, y Marcelo me iba a sacar cagando por seguir molestándolo, o me enojaba —aunque no me correspondía pues el macho era él y yo solamente tenía que complacerlo llevándole el café— y Marcelo no venía más y yo ni siquiera iba a poder mirarlo, que era lo único que me correspondía a mí como putito de mierda indigno de él… mirarlo, desearlo, admirarlo… Creo que si frente a mi ofrecimiento de la radio, Marcelo al menos me hubiera escupido, para demostrarle quién era yo y cuánto lo respetaba y lo amaba a mi macho, me habría tirado al piso ahí mismo, con el culo totalmente dócil, para comerme todo su escupitajo: mi néctar, la saliva de un macho, del único macho verdaderamente macho que habia visto yo en mi pobre vida de putito provinciano.
Todo el episodio fallido de mi ofrecimiento a Marcelo, Fabio lo había visto. No dijo una palabra el negro, pero pareció disfrutarlo. Le llevó el café, el diario, ni a mí ni a él nos dijo nada, pero todo el tiempo me miró como disfrutándome. Marcelo por supuesto tampoco lo miró ni nada a Fabio. Pero Fabio estaba contento porque veía que así yo era solamente de él, que un putito como yo no tenía derecho a ningún macho espléndido como Marcelo, que era un macho en serio, y que a mí me correspondía solamente un negro bestia y bruto como él, como Fabio… Yo casi no aguantaba las ganas de llorar. No había otros clientes para atender. Me quedé en un rincón del mostrador, mirándolo, deseándolo, amándolo a Marcelo. A Fabio no le di pelota, ni le dirigí la palabra en el resto del día, y al día siguiente no fui temprano a curtir con él, a propósito llegué bien tarde, un minuto antes de abrir el bar. A mí no me correspondía limpiar, ni tampoco quería coger más con Fabio.
También venía por la tarde Marcelo al barcito. Y ahí, la primera vez que lo vi por la tarde, casi relincho como una yegua y me tiro a morir ahí mismo, en un solo orgasmo mortal por haberlo visto. Salía del gimnasio Marcelo, y se ve que antes de volver a su casa pasaba por el barcito para tomarse el último café del día mi espléndido, mi bellísimo macho. Ahí usaba shorts y una remera —y si bien se notaba que se había duchado antes de salir del gimnasio, porque incluso estaba un poco húmedo todavía mi macho—, por el calor que hacía ese verano ya venía de nuevo un poco sudado. Estaba más hermoso que nunca. Más hombre, más animal, más macho en celo portentoso que nunca, cuando estaba en shorts. Verlo en shorts fue lo que terminó de convencerme de dos cosas: que yo era un puto, que jamás sería otra cosa más que un puto, y que él era mi hombre, y que yo lo amaba.
Si yo fuera un escritor como la gente, lo primero que haría es describirles esas piernas. Ojalá pudiese. Imposible describir una belleza, una masculinidad semejante. Tenía unas piernas bien apretadas, duras, venosas, velludas, pero todo con total moderación, equilibrio, se ve que había hecho deporte toda su vida mi macho Marcelo, pero, como todo en él, sin ninguna exageración, sin ninguna mariconeada, todo en su justa, elegante, viril medida… Ese hombre era —es— un prodigio de elegancia y virilidad, nadie puede nunca ser como él, es simplemente perfecto… y esos shorts!!! Según los días, usaba diferentes shorts. Usaba unos grises la mayor parte de los días, bien deportivos, tipo fútbol, no tan apretados pero sumamente masculinos. Pero los que a mí más me gustaban eran unos shorts azules, de un azul un tanto oscuro, porque además de marcarle bien el apretado, ceñidísimo bulto, le marcaba un culo perfectamente delicioso, duro y bien paradito, totalmente masculino, a mi macho. Apenas lo vi en esos shorts, les juro que tuve como un ataque de locura, no pude sino cerrar los ojos e imaginarme a mí mismo bajándoselos, chupándole muy bien después el pene y las pelotas sudadas, tragándome todo su sudor, después su semen… y… después pidiéndole por favor que me prestara sus shorts bien sudados, esos shorts que habían acariciado y palpado sus piernas, su culo, sus pelotas, su verga… de solo poder chupar y oler esos shorts yo habría dado la vida, y me habría muerto ahí nomás, de una sola vez, de un solo y putísimo orgasmo de tener esos shorts, y olfatearlos, chuparlos, saborearlos…
Desde que lo vi por primera vez a Marcelo, incluso cuando ya me había despreciado, yo tenía cada vez más amor por él y menos ganas de curtir con Fabio. Y el negro estaba furioso con eso, cada día que pasaba sin que yo le chupara la pija y me fuera a desayunar su guasca como hacía antes, se ponía cada vez más loco. No tardó en decírmelo. Se daba cuenta de todo el negro, tan bruto en el fondo no era cuando se trataba de garcha. Yo estaba en el mostrador, en silencio, bien sumisito en un rincón del mostrador, mirándolo y deseándolo furtivamente a mi macho Marcelo en sus shorts, cuando escucho la guasa voz de Fabio diciéndome:
—La cagada es que al veterano no le van los putos…
Yo hice como que no había escuchado, aunque había escuchado perfectamente por supuesto, y bien machito como soy a veces, disimulé mis ganas de llorar y ni un músculo de la cara se me movió. Al final, qué me importaba Fabio, y qué me podía importar a mí que yo para Marcelo no existiera. Yo lo único que quería era amarlo a él, a Marcelo, admirarlo y desearlo en secreto. Mientras lo tuviera ahí, a pocos metros de mí, en sus espléndidos y machazos shorts, con todo ese hermoso cuerpo encima, yo mantendría mi lugar. Yo sabía que no me merecía un macho como él.
Pero pasó algo muy raro esa tarde en que Fabio me dijo eso. Y es que Marcelo había escuchado. Sí. Así nomás. Marcelo escuchó y entendió perfectamente bien lo que Fabio me había dicho.
Me di cuenta porque inmediatamente Marcelo había interrumpido la lectura de su diario, se ve que había estado profundamente concentrado y absorto, y cuando Fabio dijo lo que dijo, fue la primera vez que lo vi a mi macho levantar la mirada, algo confundido… Miró al mostrador. Yo me estaba conteniendo las ganas de llorar, estaba disimulando y seguí haciéndolo. Fabio es un pobre bruto, así que menos que menos iba a cambiar su actitud. El único que cambió su actitud fue Marcelo, mi macho. Hizo algo que mostraba lo hombre que es, algo que jamás podría hacer ni entender un boludito como Fabio. Me miró expeditivo y me preguntó:
—¿Algún problema, pibe?
Yo no sabía qué hacer. Entre las ganas de llorar que había tenido por lo que me había dicho Fabio y la emoción de que mi macho me hablara y se preocupara por mí, la verdad no sé cómo no me morí en ese mismo instante. Lo único que atiné a hacer fue un gesto de negación con la cabeza, totalmente turbado, tanto que debo haber parecido un pobre forrito.
Marcelo volvió a su diario, a que nadie le rompiera más las bolas. Sus hermosas bolas. Sus bolas de macho espléndido, exquisito, viril, elegante, maduro… en esos shorts…
Fabio es un tipo bestia, había vuelto a la cocina a sacar un tostado para una vieja que recién se lo había pedido, y yo no podía creer lo que me había ocurrido… ¡¡¡Mi Macho Marcelo me había dirigido la mirada, me había hablado y —lo definitivamente increíble— se había preocupado por mí!!!
Los minutos pasaban, ningún cliente nuevo entraba al bar, de a poco se iba haciendo la hora de cerrar. Y entonces, ahí nomás, a minutos nomás de lo que había ocurrido con el comentario bruto y bestia de Fabio, veo algo que mis ojos no pueden creer.
Sin desviar un segundo los ojos del diario, con su porte espléndido de macho elegante y viril, Marcelo empieza a tocarse las bolas por sobre el bulto de su short. Al principio algo despacio, después bien marcadamente, sin perder un segundo la compostura. Sus manos pesadas se deslizan poco a poco por toda la superficie del short, van redondeando su camino por todo ese espléndido bulto genital aparatoso y palpitante, poco a poco el short va delatando cómo se hincha el volumen portentoso del bulto genital de mi macho, cómo la guasca que corre espesa y burbujeante le va haciendo crecer las pelotas, esas espléndidas pelotas llenas de leche masculina y vital, haciendo que el short crezca y crezca más… se toca las bolas con total elegancia y total desparpajo mi macho Marcelo. Nadie en el mundo salvo yo asiste a ese glorioso, solitario, bellísimo espectáculo. Solamente yo. Yo, su putito. Ese espectáculo de mi macho acariciándose sus propias pelotas, al que asisto en silencio, con el culo totalmente abierto, de par en par, sí, soy su puto, me excita terriblemente mirarte, Marcelo, estás más macho, Marcelo, más hermoso que nunca, qué bien te queda ese short, cómo te están creciendo esas grandiosas bolas que tenés papito, ese suculento pedazo de poronga que amo dentro del short, cómo me gustaría lamerte todo, Marcelo, quiero ser tu putito, quiero sacarte el short y empaparte las bolas con mi boquita de nenito puto hambriento, embelesado, enamorado de su macho…
En algún momento, sin dejar un solo segundo de sobarse las bolas sobre el short, Marcelo me mira. Me mira como es él. Parco, serio, varonil. Yo no sé qué hacer. Le sonrío. Él me retribuye ahondando un poco el tacto de sus manos sobre el bulto de sus testículos llenos de guasca fresca, de leche caliente, que va preparando poco a poco. Como enseñándome lo macho que es. Mostrándome su short, sus piernas, su cuerpo. Sus bolas. Le sigo sonriendo. Sé que tengo linda carita, la carita de nenito puto es lo único que puede ayudarte en este momento, Marianito —me digo a mí mismo.
.Marcelo al segundo nomás deja de mirarme. Ya sé. Entiendo lo que está haciendo. Está haciéndome disfrutar de su presencia de macho poderoso y deseable, está disfrutando haciéndose desear, sabiéndose deseado y fantaseado y reverenciado por un pibito enamorado y emputecido como yo. Y yo por supuesto sé retribuirle el gesto. No dejo un segundo de mirarlo. De disfrutarlo. De amarlo. Sigue tocándose sus velludas y pesadas pelotas en su hermoso short mi hermoso macho Marcelo. Aunque no me mire. No pienso dejar de mirarte un segundo, mi macho Marcelo, estoy aquí para observarte, para amarte, admirarte, desearte, sólo espero con mi culo totalmente deseoso —y totalmente al palo yo también ahora— que me des tu orden para ir corriendo a complacerte, macho mío…
Tan al palo estoy que no me doy cuenta de qué es lo que estuvo ocurriendo con mi cuerpo todo este tiempo que estuve amando a mi macho Marcelo en sus shorts. Fabio observó lo que estaba ocurriendo, y al palo y hambriento sexual como estaba, se me había puesto atrás, se había parado detrás mío, y me había depositado su propio bulto en el culito. Como a su vez mi macho Marcelo está concentrado en su diario y no me mira más, él tampoco se dio cuenta de lo que está haciéndome Fabio. Sigue acariciándose las bolas, sigue haciéndose desear por su putito mi macho Marcelo. Fabio aprovechó, está prácticamente culéandome, me aprieta cada vez más fuerte el culo con su bulto totalmente al palo. Yo me dejo hacer, pero no me gusta nada. No puedo desviar un segundo la mirada del bulto impresionante en los shorts de mi macho Marcelo. Quiero rebelarme.
Estoy totalmente al palo, boludo, totalmente al palo pero no por vos, por él, por mi macho, por Marcelo, forro, boludo, no te das cuenta —quiero gritarle a Fabio pero… pero por supuesto no puedo. Soy tonto, estoy totalmente excitado, esto es como un sueño, no sé qué hacer, estoy totalmente puta de sólo mirarte y desearte y amarte, Marcelo, por eso me pasa lo que me pasa… Fabio hace danzar el bulto de su pija sobre mi culo, empieza a disfrutarme, está como loco, hace círculos con la verga al palo bordeándome y apretándome todo el culito, y de a poco empiezo a rebelarme, empiezo a decir cosas tontas y deshilvanadas, sin poder apartar la mirada y la mente del short de mi macho Marcelo:
—No, Fabio, pará…. No, boludo, noooo…. salí, forrooo… No jodás, che, pará….
Por supuesto Fabio ni bola que me da. Aprovecha el embotamiento general de todos. Aprovecha que la vieja en un rincón alejado del bar mordisquea, ensimismada en su propio mundo, su tostado y su café con leche. Aprovecha que mi macho Marcelo disfruta palpándose sus hermosas bolas y de la exhibición para mí de su hermoso, viril, fabuloso cuerpo. Fabio aprovecha que yo también estoy al palo, y seguramente el boludo sabe que no es por él, que es por mi macho, pero también se debe creer que estoy disfrutando el camino sinuoso, palpitante, penetrante de sus bolas franeleándome todo el culito hambriento:
—Fabio pará, che…
Marcelo sigue con su diario, con su propio manoseo en sus propias bolas, con su propio short, en su hermoso propio viril mundo de macho… donde no entro yo. Por eso casi no sé qué hacer cuando Fabio me baja el jean. A pesar de que yo no quiero, no sé qué hacer. El degenerado de Fabio me saca el jean, quedo solamente en un yorsito blanco, desgastado, bastante rotoso, muy diminuto y chiquitito, mientras el hijo de puta me dice:
—Es que hace mucho calor, Marianito… no pasa nada… hace mucho calor y estás muy calentito…
Mientras me escupe sus guasas palabras de macho reo calentón, Fabio me entra a meter manos dentro del short, está adueñándose de mi culito, lo recorre ansiosamente, está caliente el negro, entra a manotearme y después a recorrerme con el palo totalmente duro y caliente explotándole dentro de su propio calzoncillo, yo no sé qué hacer, no puedo dejar de pensar en Marcelo, estoy a punto de acabar, quiero eyacular porque amo a mi macho Marcelo y no puedo dejar de mirarlo un segundo mientras sigue tocándose las bolas y el pene totalmente al palo dentro de su short mi macho Marcelo, cierro los ojos, estoy a punto de gemir, cuando de repente, totalmente poseído por el sexo degenerado e invasor de Fabio en mi culo, con los ojos cerrados, escucho.
—Oiga joven, ¿se puede saber qué carajo está pasando acá???
Le está preguntando mi macho Marcelo a Fabio.
El espectáculo debería resultarle insólito a cualquier transeúnte que pasara por la calle, pero en esta zona y a esta hora no pasa nadie. Yo con el culito totalmente expuesto, el yorsito blanco mustio y forcejeado caído a la altura de mis rodillas; Fabio detrás mío, sacando su fusil al palo con el jean medio bajado también, sacando la verga enrojecida y al palo por la bragueta de su calzoncillo; y mi Macho Marcelo, espléndido y regio en sus shorts, grises, que no pueden ocultar el espectáculo impactante de su miembro totalmente erecto, distinguido, elegante, machísimo:
—Nada, señor… Algo entre el pibe y yo, don, no se haga drama —le responde Fabio, medio guaso.
—Mirá, negro de mierda —dice mi hermoso macho Marcelo sin el más mínimo pudor por su verga enfurecida bramando dentro del short—. Mejor dejalo ya mismo al pibe, si no te la vas a ver conmigo…
Fabio cuando está con hambre sexual como lo está ahora, pierde totalmente los cabales:
—Oíme, viejo choto, ¿por qué mierda no te vas a hacer un enema y me dejás tranquilo culearme al puto, que encima le gusta?
Marcelo sigue bellísimo, machísimo, inmutable, regio y viril y despótico en sus shorts, la verga no le baja ni un milímetro cuando le responde a Fabio:
—Vos a mi edad vas a ser una puta vieja y enferma buscando chongos… pero no quiero discutir con un forro de mierda. Se va a hacer lo que el puto diga.
Y me mira. Por segunda vez mi hermoso macho Marcelo me está mirando. Yo estoy babeando, totalmente famélico, lo amo, lo amo, pero no soy un buen puto, soy muy tonto, soy un putito enamorado de vos, Marcelo, pero muy boludito, por eso no sé qué decirte, pero te amo tanto, Marcelo, te deseo tanto, sos mi hombre, te admiro, te deseo, Marcelo, por eso nomás, porque me hacés sentir tan puto siendo vos un macho tan macho, será por eso nomás que te digo:
—Él siempre me molesta, señor…
Y no puedo hacer nada para evitar que empiecen a brotarme las lágrimas, que se me haga un nudo en la garganta cuando te digo, Marcelo, macho mío:
—Él siempre se abusa de mí, señor… me quiere violar… me quiere llevar a no sé dónde para culearme él y sus amigos… y yo no quiero… y yo… yo… buahhh… yo lo deseo a Ud., señor, solamente a Ud…
Cuando pienso en lo que acabo de decir, pienso que Marcelo me va a escupir del asco, de la lástima, de todo lo que le doy, cuando sé dé cuenta él qué puto de mierda que soy.
Pero nada de eso ocurre. Es como que despierto de un confuso letargo, pasa solamente una milésima de segundo, miro y veo que Marcelo está como siempre, hermoso, desafiante, arrogante, viril y machazo en sus shorts, con el fusil al palo. Y me doy cuenta de que Fabio medio como que retrocedió, porque percibo que se acomodó el calzoncillo y dejó de manosearme el culo como si fuera mi dueño.
Marcelo dictamina, como mirándolo con asco y desprecio a mi (ex) machito Fabio: —Esto se arregla entre machos. Y ya mismo.
Ni yo ni Fabio entendemos qué debe estar queriéndonos decir Marcelo. Inconscientemente, sin darnos cuenta, veo que los tres miramos todo el bar, para darnos cuenta de que sólo estamos nosotros tres, salvo por la vieja que se quedó dormida después de bajarse su café con leche y su tostado.
Fabio no pronuncia una palabra. Marcelo pregunta: —¿Dónde es que te lo llevás al puto, vos pelotudo de mierda?
Fabio como un autómata responde: —Al fondo, señor… Al fondo hay como un patiecito y a la mañana el puto me la chupa ahí …
—Vamos ya mismo.
Yo estoy como obnubilado, no sé qué quieren de mí. Pero sé que voy a hacer cualquier cosa que mi macho Marcelo ordene. Soy un puto, soy su mascota sexual, aunque él no me use, ni me mire, ni me quiera, yo a él sí lo amo y hago lo que mi macho quiera. Fabio es medio lerdo para entender pero aunque yo tampoco entienda por qué, obedece lo que dice mi macho y de repente lo veo diciéndole a Marcelo, enseñándole el camino, como con respeto:
—Por acá es, señor…
Como por instinto, yo me arrimo más a Marcelo, mantengo la distancia, no me pego a él. Pero prefiero por instinto estar más cerca de él, me siento más cuidado, más protegido… Fabio sigue al frente, caminando, cada tanto da vuelta la cabeza para cerciorarse de que Marcelo y yo lo seguimos. Cuando estamos en el patiecito, Fabio para. Marcelo mira alrededor. Yo me mantengo lo más cerca posible de mi macho. De él. De Marcelo.
Marcelo como que inspecciona el lugar. Al segundo nomás le dice a Fabio:
—Sacate todo menos el calzoncillo.
Todo es como una película muy rara, porque aunque todo sea insólito, percibo que en ningún momento Fabio cuestiona a mi macho, al que hace sólo un rato incluso había insultado. Fabio cumple la orden de mi macho Marcelo, entonces. Frente a la mirada escrutadora, inquisitiva de mi macho Marcelo, Fabio se saca todo menos su hermoso calzoncillo blanco de bruto hermoso y calentón. Marcelo dictamina:
—Estás más o menos bueno. Buen lomo y buenas patas. Igual se nota que sos un pedazo de forro pelotudo. A ver. Sin sacarte ese calzoncillo mugriento de negro sucio, sacá la poronga por la bragueta del calzoncillo y mostramelá…
Fabio empieza a sonreírse. Empieza a hacer su clásico gestito con la lengua de macho obsceno. Me imagino lo que se debe estar creyendo. Marcelo también, porque al toque le dice al pobre:
—No seas forro, pedazo de boludo. No soy maricón, no me van las vergas y menos las de un pedazo de forro pelotudo como vos. Pero mostramelá que quiero averiguar algo.
Es la primera vez que Marcelo se da vuelta para mirarme y darme a mí, también, una orden:
—Vos, pibe, a ver… Mostrame el orto.
Por supuesto lo hago. Pero créanme que no lo hago para seducirlo. Sé que mi culo es lindo pero jamás seré un putito como para él. Sólo lo hago para complacerlo a él, a mi Macho Marcelo, que me dio la orden.
Al mismo tiempo, como sometiéndose a un examen, algo temeroso y avergonzado, Fabio saca por la bragueta de su calzoncillo su poronga infartante completamente al palo. Yo estoy con mi yorsito bajado, mostrándole el culo a mi macho Marcelo.
—Cerrá los ojos, pibe… —escucho que me dice.
Él lo dice, yo lo hago. Cierro los ojos. Escucho un ruido raro, al segundo me doy cuenta de que está escupiendo, se escupe en las manos y empieza a manosearme el culo. Totalmente emputecido y muerto de amor por mi macho como lo estoy, el culo se me dilata rápido. Marcelo me manosea, hace pasar sus raudas, brutas manos expertas por toda la superficie de mi culo, las nalgas, las cachas, después se escupe nuevamente, entra a meterme dedos en el culo, mientras escucho que le dice a Fabio:
—¿No ves vos, forro? Así se prepara a un puto…
Marcelo me está culeando con sus dedos, está horadándome perfectamente, labrándome bien guaso y penetrante el ojete, el ano, mi inexperto culito virgen, yo me dejo hacer, me olvido casi totalmente de Fabio, pero no puedo porque Marcelo vuelve a hablarle: —Con ese pedazo de poronga que tenés y un culito de puto demasiado bueno para un pobre pelotudo como vos, si no te lo sabés trancar bien lo vas a matar al pibe, boludo…
Y agrega: —Y nunca te conviene montarte a un puto, hacerle doler el orto cuando no lo tenés bien metejoneado con vos… se te retoban después… Yo hago así porque puedo, el puto está muerto conmigo…
No entiendo muy bien lo que quiere hacer Marcelo, por el rabillo del ojo veo que Fabio también está confundido, no sabe qué hacer él tampoco, Marcelo sigue culeándome, cogiéndome con su sabio mano experta e invasora, qué bien me coge, qué bien me siento dándole el culo, tiene tanta fuerza y tanta pericia en las manos que por momentos casi me olvido de fantasear con su pene, hasta que escucho la orden de mi macho Marcelo diciéndome:
—A ver, mojame bien el caño, putito… Chupame y lustrame bien la verga… Vos, negro forro, mirá cómo lo tengo dominado al puto…
Obviamente lo hago. Me arrodillo, y veo por primera vez a mi macho Marcelo bajarse un poco el short, al mismo tiempo que se baja el calzoncillo, tan rápido y expeditivo que no puedo verlo el calzoncillo, saca ante mí por primera vez el pene hermoso, impactante, elegante, masculino, experto, veterano de mi macho Marcelo. Apenas me da a comer de su miembro, me lo meto todo en la boca. Estoy demasiado caliente, demasiado hambriento, tanto es así que mi macho Marcelo me dice:
—Pará, pará, nene, tranqui… no te lo voy a sacar. Tenés un rato largo para chupar que papá es generoso. Vos primero enjuagame bien las bolas y el tronco y solamente ahí después te la ponés toda en la boca.
Yo me lo quiero engullir todo, es que no puedo creer el miembro hermoso de Marcelo disparándose fulminante y machísimo delante de mi carita de nenito puto con su lengua glotona. Pero hago como él me dice. Fabio debe estar más confundido que nunca, porque al toque escucho la voz de Marcelo totalmente firme pero sosegada y autoritario diciéndole:
—Mientras Marianito y yo te enseñamos a culear, vos tenés derecho a pajearte…
No me molesta para nada que Fabio pueda observar qué puto soy con Marcelo, cómo me estoy llenando la boca del miembro henchido y palpitante de mi macho. Al contrario. Estoy orgulloso. Orgulloso de ser el puto de un macho así y me excita muchísimo más si puedo mostrarle al mundo entero cómo soy un buen putito complaciendo a mi señor Marcelo. Que está más hermoso, más machote y majestuoso que nunca, con el short bajado, el calzoncillo a la altura de las rodillas, la verga poderosísima al palo, con su putito arrodillado ante él comiéndose semejante pedazo de pija.
—¿Viste, negro?.. el puto la chupa muy bien, eso seguro… pero es porque está caliente conmigo, porque le gusta su macho… ahhh… bien, bien, putito… viste, negro, no me da el más mínimo trabajo… al contrario…. uuuuhhhh… qué bien la chupa el puto, negro, no sabés…. está re caliente conmigo, desde la primera vez que me vio… la de pajas que se debe haber hecho el puto soñando con su macho, con un momento como este… ahhhh… cómo la chupás Marianito, qué buen puto chupavergas que sos, mirá negro vas a ver cuando me lo entre a culear cómo se pone el puto…
Apenas escucho que Marcelo me quiere garchar, me agarro bien fuerte de su miembro con la boca, entro a hacer trabajar la lengua frenéticamente, quiero darle todo el placer, quiero mostrarle, quiero hacerle sentir cómo lo amo, cómo me desvivo por su pene, cómo soy de puto, el puto más puto, con él, con mi macho, con Marcelo, mi macho el más macho. Todo es como un sueño. Sueño que Marcelo me da de comer su pija de macho soñado y que tengo que ganarme su guasca que me va a bautizar y me va a dar la dicha eterna haciéndome entrar en el paraíso. Porque esto es la felicidad. La felicidad es ser el puto de un macho como él. Como Marcelo.
Totalmente poseído, enfebrecido, hambriento, feliz, orgulloso, siento que mi macho Marcelo da la próxima orden:
—Sacame del todo el short y el calzoncillo, pibe…
Lo hago. Pero se ve que frente a un macho portentoso como él, hasta el más boludito como yo sabe ser el mejor puto. No le saco el short con las manos. Tiene el short bajado hasta la altura de la ingle, se lo saco trabajando bien con la lengua y con mis labios, voy chupándole bien el short, y de paso beso sus piernas, se las chupeteo un rato, voy probando la superficie tibia y salada de su piel de macho, y bajándole el short poco a poco agarrándolo con mis labios y haciendo fuerza.
Se ve que a mi macho Marcelo le gusta, porque cuando el short ya cedió un poco y bajó algunos centímetros, se impacienta y se lo termina de sacar del todo él. Y ahí se devela el misterio. Porque mi macho quiere sacarse ahora del todo el calzoncillo que tiene a la altura de sus rodillas. El misterio de sus calzoncillos develado ante mis ojos. Tiene un slip blanco, tipo Jockey, exquisito, varonil, elegante, perfecto, limpio, macho, que le molesta a mi macho entre las piernas. Yo todo el tiempo había estado chupándole el pene con el short medio bajado, él se había bajado rápido el calzoncillo para sacar la poronga, lo tenía a media asta, por eso no se lo había podido ver. Ahora mi macho Marcelo se sacó todo. Está totalmente en bolas.
Apenas lo veo totalmente desnudo, me hago puta. Llega el prodigio. Ya no soy más Marianito, el pobre provinciano boludito. Ahora soy el puto más puto, la yegua putísima de mi macho Marcelo. Es el hombre más hermoso del mundo. Es el hombre al que amo, al único que voy a amar. Es Marcelo. Mi hombre. Mi Macho. Mi Macho con o sin short, mi Macho Marcelo con o sin calzoncillos.
Que digan los putos mal culeados que el hombre de los sueños jamás se hará realidad. Marcelo es verdadero, es ahora mi realidad, muchísimo tiempo antes de que yo pudiera animarme siquiera a soñarlo. Es que un pibito como yo jamás habría tenido cabeza ni imaginación suficiente para soñar semejante ejemplar de macho.
Delante de Fabio, que no podía dejar de pajearse frenéticamente, como un zombi, Marcelo me tiró al piso.
—Lo agarrás bien al puto, lo manipulás así… ves?
Me agarra bien fuerte Marcelo, me sube a una mesa que hay ahí, sin sacarme un segundo la mano del culo me abre las gambas mientras le dice a Fabio:
—Si tenés el culo del puto así de abierto… ves, infeliz?… le metés un cacho la mano, se la untás bien así…
Se manda otra escupida en la mano mi macho Marcelo y me mete de una tres garfios escupidos por él mismo bien profundo dentro del ano, hasta hacerme gritar:
—Si grita mucho el pibe, le tapás la boca con el solsiyonca así…
Agarra su calzoncillo mi macho y me lo mete de una hasta asfixiarme, soy un putito desesperado, lo amo, me duele el ano donde me culean los dedos de mi macho, con su calzoncillo casi no me deja respirar pero lo amo, lo amo, quiero entregarle mi culo, sentir su pene horadándome, desvirgándome, culeándome, no puedo más, al mismo tiempo lo escucho:
—Mirá cómo está el puto, mirá cómo lo tengo… está muerto de amor conmigo, quiere que su macho lo haga mierda. Cuando sienta la verga empomándolo bien, va a abrírsele el culo más que una concha… Aprendé vos, forro —le dice a Fabio.
Me terminó de trabajar el culo con su experta mano escupida, Marcelo me abrió las cachas, me escupió él mismo bien adentro del ano, me bautizó con el chorro fulminante de su escupida de macho y sigue sacudiendo sus crueles, machos, expertos dedos abriéndome el ano que ya tengo por completo dilatado, impaciente, urgido, totalmente extasiado, enamorado mi culito de la manopla de mi macho Marcelo, esperando con desesperación que entre su pene a matarme y bautizarme de una vez por todas.
—Mirá cómo gime el hijo de puta… Éste es un puto de primera, forro, mirá lo que te estás perdiendo… Mirá cómo lo tengo, está feliz el nene de que su macho se lo vaya a culear, miralo…
Marcelo se untó el palo con su propia saliva bendita, Marcelo entró en mí, me culeó, me rompió el culo, me hizo su puto, me hizo brincar de placer, de dolor al principio, de éxtasis después…
Cuando su poronga al rojo vivo, dura como un fierro, presurosa, pujante me entró de una en el culo, pegué un grito que casi sin querer escupo el calzoncillo de mi macho que tengo en la boca y casi se me sale. Bien bruto, mi macho Marcelo me pega más fuerte en el ano, me empuja todo la poronga hasta el fondo, casi hasta hacerme quebrar, no puedo parar de gemir, cómo me hacés doler hijo de puta, qué pedazo de poronga tenés que estás acribillándome y sin embargo no puedo dejar de amarte, de pedirte más, más, más…
—Abrí bien el culo, Marianito, abrí bien ese ano de puto que te voy a partir el culo en cuatro, te voy a hacer mierda… Mirá, miralo vos negro boludo, mirá cómo le duele al putito y sin embargo quiere más… Mirá cómo le doy… mirá, mirá…
Tengo las piernas abiertas de par en par, la boca tapada por el calzoncillo, estoy desesperado, feliz, urgido, muerto de miedo, muerto de ganas, como una yegua puta que quiere que su potro la deje preñada. Mi Macho es impiadoso, cuanto más dolorido y más enamorado me ve, más me pega con su pene henchido y durísimo, más me lo hinca hasta el fondo, sabe que me tiene enamorado, sabe que me domina, no va a tenerme la más mínima piedad. Tiene entre sus piernas el arma fatal y quiere usarla hasta el final el hijo de puta.
Entra a bombearme, sádico, cruel, hermoso, el mejor cogedor… se mueve rítmicamente, sin piedad, hace toda la fuerza con el pubis, casi no mueve sus piernas para trepidarme. Me quiere dar toda la pija sin respiro, quiere sacarse la guasca, usar a su puto, me tiene tan dominado y enamorado que ni le importa que el culo me lo está haciendo añicos.
—Mirá… ahhh… qué buen puto, loco… ahh… mirá cómo se queja y cómo goza, mirá cómo le estoy dando al puto… Le voy a dejar el culo sangrando, puntos de sutura van a tener que darle, va a chorrear tanta guasca por los cantos que después le vamos a chupar el culo entre los dos… ahhh… Dale puto, abrí, abrí bien ese culo… aaaahhh… Mostrame cómo querés a tu macho, Marianito… cómo te gusto hijo de puta, eh?… qué ganas me tenías Marianito, puto, putito… ahhh…
Apenas entró a bombearme, poseído totalmente por la fuerza imperiosa del sueño, supe que era en serio lo que yo le decía, mi juramento de amor al macho que me desvirgaba:
—Sííííí, te amo, soy tu puto, ahhhh, Marcelo, mi macho, mi hombre… haceme tuya, Marcelo… ahhhh…. quiero ser puto únicamente para vos, para vos mi macho, mi hombre, mi dueño, rompeme el culo, haceme mierda, haceme puta, quiero ser tu puto, Marcelo mi machoooo… te amo, te amo, te amoooo, ahhh… ahhh…aaaaahh…

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar

Álvaro y Sebastián, machitos bisexuales y morbosos

Posted in Uncategorized on August 11, 2006 by horacio36

Un cuento de: Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar
Con fotos de: Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com

para Mauro

Álvaro y Sebastián se conocieron de una manera sumamente habitual.
Sus respectivas novias, Laura y Cecilia, eran compañeras de facultad. Dos chicas jóvenes, trabajadoras y estudiosas, que iban casi siempre a las mismas clases, se dieron cuenta de que compartían muchísimos gustos y características. Entre esos gustos compartidos, estaban los hombres. Ambas descubrieron pronto que sus novios, por lo que se desprendía de sus charlas entre ellas, debían ser dos hombres también sumamente afines. Seguro que si se conocen, dijo un día Laura, se van a ser totalmente amigos. Como nosotras, ratificó Cecilia.
Dicho y hecho. Un día una de ellas le dijo a su novio, Álvaro, que tenía ganas de invitar a cenar a su amiga. La idea era que los novios estuvieran presentes, así se conocían.
—Ufa —dijo, siempre poco sociable, Álvaro.
Es que era un tipo poco sociable, algo hosco y antipático, pero eso más que nada encubría cierto desprecio que tenía por los otros hombres Álvaro. Él trataba a los otros tipos como seres inferiores, seguramente menos fuertes e inteligentes que él, y probablemente maricones. Si se daba cuenta de que no eran así, cambiaba totalmente. Pasaba a ser un amigo leal, muy solidario y cálido y atento.
—No me rompas las bolas, Lau… —le dijo Álvaro.- Los sábados a la noche es el único momento que tenemos tranquilos para coger. Tenemos toda la noche, los otros días no. Y preparate mejor para este fin de semana que te voy a romper la concha. Y además te quiero culear. Hace como dos semanas que no me das el culo, nena… y tengo guasca para tirarte hasta la mañana, te voy a dejar preñada, hija de putaaa… con lo caliente que me tenés haciéndome esperar sacarme la leche de las bolas toda la semana…
Laura se sonrió. Es que Álvaro era así, y a ella le gustaba un poco que cada tanto, sexualmente, él la tratara como a una puta. Álvaro era tan macho. Y por lo que le había comentado su amiga, parece que Sebastián también era medio bestia, medio obsesivo y bastante guarro con el sexo. Entonces Laura le explicó a Álvaro que el tipo le iba a caer bárbaro. Empezó a enumerarle todas las características que las chicas se dieron cuenta que tenían en común los dos tipos. Seguro iban a hacerse amigos. Amigos íntimos y cercanos como ellas dos.
—Lo único que espero —le dijo para terminar Laura.— es que no esté todo el día paseándose por la casa en shorts o en calzoncillos como vos. Podrías vestirte más para esa noche.
—¿Qué? ¿No te gusta acaso? —le respondió desafiante y risueño Álvaro.
Y se le acercó a Laura y ahí mismo ella empezó a calentarse.
Álvaro era un potro espectacular, un macho bellísimo. Ligeramente osito, bastante velludo, se le notaba en las piernas, en el lomo, todo el deporte que había hecho toda su vida. Fútbol y rugby, sobre todo. Tenía unas piernas duras y macizas, fuertes como el roble, lo que sumado al mucho vello, y al físico morrudo y contundente lo hacían un macho sumamente hermoso, irresistible. Y tenía una verga, un pedazo de palo, espectacular.
Y si a él le gustaba tanto andar mostrándose todo el día en shorts o en calzoncillos, era porque se sabía un macho deseable, y lo que realmente lo excitaba a Álvaro era que la persona que lo viera así, semidesnudo, empezara a desearlo y a hacerse los ratones pensando en él. Ahí Álvaro entonces empezaba a refregarse las bolas, lo que hacía siempre… Era su mejor manera corporal de seducir. Resultaba totalmente caliente y excitante verlo a ese macho tan fuerte, calentándose porque sabía que estaba excitando con el espectáculo majestuoso y bellísimo de su cuerpo. Ofreciéndose como el mejor macho y el mejor tesoro sexual.
Él decía siempre que si andaba en shorts o en calzoncillos, era porque resultaba totalmente cómodo, más ahora en verano. Y con sus modales bruscos y guarangos de siempre, decía:
—Y al que no le gusta que no mire…
Pero a quién podía no gustarle ese pedazo inmenso de varón hermoso.
Laura, por ejemplo, sabía perfectamente bien que su novio tenía un encanto sexual que lograba que ella le perdonara todas sus tozudeces y caprichos de macho en celo. Y a ella él le había sacado todas las inhibiciones sexuales, tratándola como a una puta, y ella estaba encantada, aunque fingiera escandalizarse, de tener por novio a un varón tan macho, tan rudo, tan bestia… y sobre todo, tan pero tan buen cogedor. Un potro envidiable.
—Seguro que ese puto, el novio de tu amiga, no tiene todo lo que tengo yo.
Y ahí nomás Álvaro le agarró la mano temblorosa a Laura, y se hizo tocar todo por dentro del short, bolas, culo, pene, lomo, todo… Brutalmente, con un manotón en la cabeza, la arrodilló a su novia y se hizo chupar, lamer, saborear todo. Todo su cuerpo. El sexo a Álvaro le gustaba así. En esa pareja el macho era él, y sexualmente sabía que era el capitán, el que más sabía, el que mandaba. Le gustaba así; ser él el deseado. Después a ella la toqueteaba bastante y se la cogía como él quería. La manejaba a su antojo. Y a ella le encantaba, y nunca estaba pidiéndole cosas, le gustaba no más complacer a su macho.
—Decile al puto ese y a la boluda de tu amiga que vengan pero que no me rompan mucho las bolas… si se quedan mucho tiempo, vos te quedás sin el postre.
Le dijo Álvaro, sacándole a Laura temporariamente de la boca el bocado exquisito, macizo y duro de su miembro al rojo vivo… Ella lo miró suplicante, con ojos de adoración a su macho, como implorándole a su macho que por favor no le sacara la poronga, ella se lo quería chupar todo a él.
—Está bien, Álvaro… Mil gracias, mi amor, se va a hacer como vos digas. Mil gracias, amorcito.
—Vení puta, dale, a la pieza, metete en la catrera que te quiero reventar. Te voy a dejar preñada esta noche, putita…
Y la noche de la cena en cuestión por fin llegó.
—Álvaro, este es Sebastián. Sebastián, este es Álvaro… —los presentó un poco nerviosamente Laura.
Apenas lo vio Álvaro a Sebastián, se sintió sumamente tranquilo.
El tipo era un tipo como él. Apenas lo vio, lo sintió como a un amigo del alma, un hermano se diría. Sebastián era bien machito y varonil —Álvaro despreciaba a los maricones—, hasta de físico se parecían: Sebastián era apenas un poco más alto, pero igualmente deportista, de fisico contundente, bien velludo, algo tosco y —sobre todo— se ve que no le gustaban las pelotudeces e histeriqueadas de las minitas, y que había ido porque la novia tambien le había roto las bolas… pero se notaba que el tipo no se enganchaba demasiado… La otra diferencia sutil entre ellos —esa pequeña diferencia que remarcaba todo el resto de similitudes— era que Sebastián se rapaba el pelo todavia mucho más que Álvaro.
De más está decir que se llevaron bárbaro desde el principio. Es más: entre ellos hicieron rancho aparte, dejando a sus novias que hablaran sus boludeces de mujeres entre ellas, y se enfrascaron en su propia conversación. De todo hablaron. Fútbol, música, los mismos programas de televisión, hasta los empleos eran parecidos. Por momentos se sorprendían ellos mismos de ser tan parecidos en todo, pero cuando eso pasaba se cagaban de risa entre ellos todavía más. Y se reían como les gustaba reírse a ellos. A los gritos, bien fuerte, y se cagaron de risa todavía más cuando comentaron que sus novias, las dos, los criticaban por reírse tan fuerte.
Incluso a Álvaro le ocurrió en su mente algo extraño cuando lo conoció a Sebastián, algo que creía haber olvidado. Un recuerdo de infancia. Conocerlo a Sebastián le trajo a la memoria que de chico siempre había querido tener un hermano. Y que nunca pudo ser. Solamente tenía una hermana, y él con las mujeres no tenía mucho que ver. Así que de alguna manera era como que el destino le estaba trayendo por fin a su hermano, de una manera un poco mágica y bastante misteriosa. Eso se dijo Álvaro a sí mismo, en el momento más sensible que tuvo esa noche, después que Sebastián y su novia se hubieran ido, antes de dormirse. Estaba en la cama, en calzoncillos y… misteriosamente —aunque su presencia viril, palpitante en calzoncillos la hiciera sentir cachonda y húmeda a su novia—, él esa noche no se la quiso coger. Y eso que había pensado toda la semana en agarrarle por fin el culo y rompérselo bien bien roto y dejarle en el orto toda la guasca adentro.
A las semanas nomás, Álvaro y Sebastián ya eran amigos del alma, hermanos. Si ya casi ni recordaban que hacía tan poco que se conocían. Para ellos era como si hubieran sido amigos toda la vida.
Las chicas, por su parte, tomaron como la mejor noticia del mundo que sus novios fueran tan fanáticamente amigos. Ellas siempre habían tenido el problema de no tener tiempo suficiente para estudiar, por lo posesivos y absorbentes que eran sus novios. Bueno, ese problema había desaparecido. Ellas estaban todo el tiempo juntas, porque entre el trabajo y el estudio hacían mucho más rápido si compartían sus obligaciones. Y ellos hacían la suya por su parte. Como parejas, se reunían a lo sumo una vez por semana, para alguna cena, alguna salida al cine…
Ellos empezaron a compartir prácticamente todas sus actividades. Durante el día, cada uno en sus empleos, se mandaban chistes por mail o por teléfono celular, y a la salida de sus trabajos, ambos en el centro y con los mismos horarios, uno iba a pasar a buscar al otro, y listo. Seguían juntos el resto del día, hasta que era muy tarde de noche y se iban a sus casas. Cenaban casi siempre juntos por ahí, terminaban comiendo hamburguesas o pizzas a cualquier hora de la noche. La joda era imparable. Amigos fanáticos uno del otro, hacían todo lo que querían, porque tenían los mismos gustos para todo. Así que iban a ver las mismas películas que sus novias no querían ver, iban a los bares que a ellas no les gustaban, a comprar discos, ropa, hasta consumían merca los dos juntos. Todo. O casi todo, pensó un día Álvaro, y rápidamente, en tono chistoso, se lo dijo:
—Che hermano, un día tendríamos que ir de levante, enganchamos un par de putitas bien pibitas y nos mandamos unos polvos…
—Dale, encantado, cuando quieras…
Era tan afín, tan parecido, tan querible Sebastián que Álvaro no pudo contenerse y ahí nomás le mandó un tremendo pedazo de abrazo con besote incluido, que los dos terminaron cagándose de risa. Igual lo de las putas al final no lo hicieron nunca. Un día fueron juntos a comprar pilchas y en el mismo local del shopping, Álvaro le dijo a Sebastián, mostrándole un calzoncillo:
—Mirá hermano, qué bueno está éste… Me lo comprarían, man, pero la bruja me dijo la otra vez que con este tipo de calzoncillos voy a parecer un puto. No me lo dejó comprar la forra…
—Compratelo igual, no le des bola, loco…
—Me lo voy a probar.- —dijo resuelto Álvaro mientras agarraba el calzoncillo y se lo llevaba a un mostrador.
—Pará, pará hermano…
—¿Qué?
—Pará que yo también agarro uno.
Y riéndose agregó: —Ahora sí que me hiciste tentar, boludo…
Al final se fueron al mismo probador. Eso era lo copado que tenía ser tan amigos. Álvaro sentía que podía ponerse en bolas delante de su amigo, incluso probarse los mismos calzoncillos uno en presencia del otro, con total libertad.
A los minutos estaban los dos en el mismo probador, uno parado delante del otro, con los mismos calzoncillos, toqueteándose y haciéndose chistes, cagándose de risa:
—Huy, loco… ¡cómo no le va a gustar a la bruja este calzoncillo que está buenísimo, espectacular!!! ¡Con este físico que tenés hasta yo me hago puto, jaaa!
—Y vos, loco, no te quedás atrás… Estás un machito re fuerte con ese solsiyonca, man…
Se manoseaban las bolas, los culos, los bultos, con total libertad, admirándose francamente el uno al otro, se veían tan parecidos, tan hombres re machazos los dos, que eso les daba muchísima seguridad y una sensación de libertad que era la cosa más maravillosa del mundo.
Un día Laura le dijo a Álvaro, muy preocupada: —Mi amor, vas a tener que disculparnos a Ceci y a mí—. Frente a la mirada ceñuda e interrogativa de Álvaro, ella siguió: —Es que tenemos que hacer un trabajo práctico para Botánica II, en la facu, con Ceci… y… y… Tendríamos que viajar a Mendoza este fin de semana. Igual nos iríamos el viernes a la tarde a la salida del trabajo y vendríamos el domingo a la noche. Pero pasa que necesitamos observar y experimentar con una flora que acá no hay..
—La puta madre que te parió, boluda. Vos y tus florcitas de mierda. Este fin de semana al final tampoco te voy a poder garchar, boluda. ¿Y qué carajo querés que haga todo el fin de semana solo, se puede saber?
—Podrías invitarlo a Sebastián, total él también se queda solo…
La cara de Álvaro se transformó súbitamente. Como siempre, su amigo Sebastián le salvaba la vida. Si no fuera por su hermano la vida sería un embole. Pero por suerte tenía a su hermano, al mejor amigo del mundo.
—Tenés razón. Okey, entonces anda nomás…
Durante la semana se la pasaban haciendo planes de la joda que podían armar ahora el próximo fin de semana. Incluso Álvaro le recordó a Sebastián lo de las putas. Pero al final Sebastián el viernes le dijo, tomando una cerveza, antes de pasar a buscar a las chicas y llevarlas a la estación de tren, que él por su parte estaba cansadísimo: —Che Álvaro, no te chivés. Pero por qué mejor no nos juntamos en tu casa, nos miramos un par de pelis, pedimos pizza, tomamos birra tranqui… si querés después nos fijamos en Internet y hacemos que vayan unas trolas y las cogemos ahí. ¿Sabés lo que pasa? Estoy reventado de laburo, re cansado, y encima estaríamos gastando guita por ahí al pedo, porque total este finde tenemos la casa para nosotros solos…
—Listo, tenés razón. Pasá por el depto. mañana cuando quieras. A partir de las siete seguro ya estoy.
—Okey, buenísimo…
Fueron a la estación de tren, despidieron a las chicas, después ellos se fueron a comer una pizza por ahí y Sebastián al rato volvió a repetir que estaba francamente cansadísimo.
Siempre muy paternalista con él, Álvaro le hace un abrazote a su amigo Sebastián, le masajea los hombros y le dice:
—Andá a dormir, bebé, necesitás descansar… Igual mañana lo espero a mi hermanito en casa a las siete, okey?
—Gracias pa, sí, mejor me tomo un taxi y al sobre… Gracias por no enojarte, eh?
—Vos cuidate, okey? Así mañana te venís bien enterito para una buena joda.
En un momento de breve ternura, se dieron un abrazote con besitos. Eran como un hermano mayor cuidando a su hermanito menor, y Álvaro lo dejó a Sebastián a bordo de un taxi rumbo a su casa.
—Cuidate y descansá, bebé… —le volvió a decir Álvaro mientras su hermano se iba.
Al día siguiente, Álvaro se levantó un poco alzado. Apenas entreabrió un poco los ojos, se dio cuenta de que tenía el miembro completamente hinchado, lleno de guasca presurosa por salir, hasta le dolían un poco las pelotas de tanta guasca hirviente que tenía ahí dentro, abultándole el calzoncillo… Pensó en masturbarse un poco. Pero resolvió que mejor no. A Álvaro no le gustaba mucho pajearse, pensaba que si un macho se masturbaba era un pajero que no sabía coger. Así que resolvió pegarse una ducha, a ver si se calmaba un poco. Se divirtió metiéndose bajo la ducha con el calzoncillo puesto. Era algo que había visto en una propaganda. Un tipo que se duchaba en un slip blanco que se le pegaba al cuerpo. Seguramente era así porque en la tele no podía salir un macho totalmente en bolas. Pero Álvaro tenía ese capricho y por fin esa mañana pudo hacerlo porque total estaba solo y tranquilo… No iba entrar su novia en cualquier momento en el baño preguntándole por qué hacía eso.
Después salió de la ducha, se puso un short y empezó a prepararse café y sanguches. Cerca del mediodía pasó rápido por el videoclub, sacó un par de películas, y después fue rápido al supermercado para comprar cerveza y algo para comer. Quería tener todo listo para cuando llegara su hermanito, que nada les rompiera las bolas. Quería estar tranquilo y sin obligaciones y poder disfrutar de la compañía de su amigo.
Cuando llegó Sebastián, Álvaro estaba en la cama, en calzoncillos, disfrutando la tranquilidad y la falta de horarios, se había dormido un poco mirando la tele. Cuando escuchó el timbre salió rápido para atenderlo a su hermano y del apuro ni se dio cuenta de que estaba saludándolo en calzoncillos.
Cuando se dio cuenta, se rieron un poco con Sebastián, que al rato dijo:
—No, dejá, loco, todo bien… ni en pedo te pongas ropa que hace un calor de cagarse. Quedate en calzoncillos, loco, yo también me voy a quedar en calzoncillos, hace un calor de la puta madre…
Sebastián se sacó la ropa, toda transpirada, bien rápido, porque realmente no podía más del calor. Se quedó en calzoncillos, como había dicho. Álvaro volvió a pensar qué lindo machito, qué machito fuerte y saludable, qué osito lindo y varonil era su hermanito del alma. Así como estaban los dos, en calzoncillos, Álvaro se acercó mimosamente y lo abrazó:
—¿Dormiste bien al menos, hermanito? ¿Querés pegarte una ducha?
—No, papi, gracias… sí dormí bastante, pero creo que tengo un cansancio que necesitaría dormir tres días seguidos.
—Mirá, bebé, hagamos una cosa. Vamos a la catrera, así, en calzoncillos los dos, nos ponemos a ver la tele o alguna película, así de paso nos refrescamos un cacho y el hermanito descansa, querés?
—Dale, papi, sí… Che, man, gracias por cuidarme tanto. Yo no sé qué haría sin vos.
Álvaro volvió a abrazarlo, mimosamente, le gustaba ser el hermano mayor y más fuerte de su hermanito, tan machito él también, así en calzoncillos los dos lo sentía más tierno todavía, más lindo, más querible todavía… Sebastián, efectivamente como un osito, se hizo todavía más el mimoso y se apretujó, cansadito, contra la figura palpitante y maciza de su hermano Álvaro, y aprovechó para darle un beso en la mejilla. A Álvaro le encantaba que su amiguito fuera tan tierno y cariñoso, le encantaban los besitos de Sebastián.
—Llevame a la catrera, papi, llevame que el nene está cansado, quiero descansar…
—Vení, mi amor, vení así en calzoncillos que vamos a descasar vos y el papi.
Se pusieron en la cama, los dos casi en bolas, semidesnudos, muertos de calor. Álvaro prendió el ventilador de techo, trajo del freezer un par de cervezas, sirvió un platito con galletitas saladas y queso, y se puso de nuevo en la cama al lado de su hermanito Sebastián. Al rato estaban los dos tomando cervezas, directamente de las latas, cosa que nunca les dejaban hacer sus novias, y mirando la tele. Y al ratito nomás el pobre osito de Sebastián se durmió, estaba completamente cansado. Álvaro se enterneció y lo abrazó bien fuerte. A Sebastián le encantó en sus sueños dormirse apretado a su hermano mayor, y Álvaro siguió mirando la tele.
Con Sebastián durmiendo, sin hablar, Álvaro pronto se dio cuenta de que la película que estaban pasando en la tele era aburridísima. Encima no quería despegarse de su amiguito, que seguía bien abrazado a él. Le daba mucha ternura estar así: los dos varones en calzoncillos, una escena como de hermanitos… resolvió pasar una película.
Debe ser un error —se dijo Álvaro apenas se dio cuenta el tipo de película que le habían dado en el video.
—Jaaaaaaaa, es una película de trolos, che Sebastián mirá!!!
Efectivamente, se ve que el empleado del videoclub por error le había dado una porno gay. En la pantalla circulaban escenas de machos con unos cuerpos increíbles, unas mazas impresionantes, unos terribles bultos. Y los chabones andaban por ahí poniéndose en bolas y dándose maza entre ellos. Álvaro no lo podía creer. Cuando lo sacudía a Sebastián para despertarlo, el otro era como que se dormía más y se abrazaba más fuerte a su hermano. Álvaro se estaba cagando de risa, la cagada era que no tenía a su hermanito para que se riera con él. Álvaro estaba impresionado. Lo que más le impresionó, por ejemplo, era cómo un macho sumamente varonil, fornido, velludo, le bajaba el short a otro más joven, con bigotes, y le empezaba a lametear las bolas y después se ponía todo la pija alzada del otro en la boca, y entraba a chupar como una puta, pero sin perder un milímetro de virilidad. Era increíble. Álvaro estaba impresionado.
Al rato estaba totalmente al palo. Seguía cagándose de risa solo, casi no se daba cuenta de que su propio pene estaba tan exaltado, se había hinchado y erecto tanto que estaba por explotarle el calzoncillo. Álvaro seguía la acción comiéndosela con los ojos. El no sabía que había machos tan machos que hacían esas cosas entre ellos. No se sentía identificado, ni estaba derribando prejuicios, ni siquiera lo analizaba, simplemente no podía dejar de mirar la pantalla. Le costaba creer un poco que machos tan absolutamente machos, tan total y soberanamente machos, se estuvieran haciendo entre ellos esas cosas tan de putos.
Al rato Sebastián se ve que se despierta un poco y comienza a refregarse los ojos, sin dejar de abrazarse a Álvaro, quien casi se olvidó de su presencia (no tanto, porque en realidad lo estaba manoseando cada vez más a su amiguito). Le costó a Álvaro encontrar una respuesta cuando de súbito escuchó la inocente voz de Sebastián preguntarle:
—¿Qué estás mirando, papi?
Eso era lo bueno que tenía Sebastián, pensaba Álvaro, es tan puro, tan inocente…
Le dijo, con total confianza y libertad:
—Mirá, bebé, mirá lo que me dieron en el video por equivocación. Una película de trolos…
—Huy, mirá…
—Che, nene, ¿vos sabías que eran así los trolos?
—Así cómo?
—Y… son… son… son totalmente machos, Sebastián, fijate. Son más machos que los machos en realidad, jajaja…
—Sí, tenés razón. No. No lo había pensado.
—Yo pensé que eran re mariquitas pero no, mirá…
—Huy sí, mirá ese! El pedazo de poronga que tiene el animal y sin embargo se la está morfando al negro ese!
—Sí, totalmente… Mirá, mirá… Viste el pibito rubio ese, al principio parecía re nena, mirá ahora el pedazo de poronga que le da de morfar al marinero…
—Che, papi, fijate…
—Qué?
—El tipo ese. El que hace de rugbier.
—Qué?
—Tiene el mismo calzoncillo que nos compramos el otro día con vos, papi, no te acordás?
—Huy sí, tenés razón…
—Y mirá, no se saca del todo el calzoncillo para dársela de chupar al rubiecito…
—Sí, tenés razón. Igual yo me pregunto… qué sé yo…
—Qué, papi?
—¿No te deben doler las bolas al rato que te estén chupando la poronga, que te suba la guasca y no poder sacarte el calzoncillo?
—Nada que ver, loco… No, no creo…
—Y sí, loco, mirá… Imaginate si cuando la Ceci te agarra la verga y te la empieza a chuponear, si no te vas a poner al palo y no te vas a querer sacar el solsiyonca…
—No, papi, nada que ver… seguro que no.
—Sí, nene, mirá. En algunas cosas callate porque papi es más grande, sabe más y… ¿que hacés, loco? ¿Que hacés???
Con su cara de machito totalmente impasible, pero con suma concentración en la mirada, sin perder él tampoco un milímetro de masculinidad, Sebastián, el osito adorable y machito, lindo y varonil y rapadito y en calzoncillos, se había acomodado un poco en la cama y le estaba chupando la poronga con la boca totalmente abierta a Álvaro, su amigo del alma, su hermano…
Álvaro no podía creerlo. Todo era como un sueño. Todo era increíble. Pensó que debía estar alarmado, pero no. Para nada. Se sentía totalmente bien. Solo un poco extrañado de que su hermanito del alma, su adorable machito Sebastián, la chupara tan pero tan bien.
Le había sacado toda la poronga al palo, de un tamaño descomunal, infartante, pero sin miedo, con total naturalidad. Sebastián abría bien la boquita, sacaba toda la lengüita fresca y jugosa, y le refrescaba bien el palo duro y al rojo vivo a su hermano mayor. Por momentos lo agarraba de las pelotas y se las masajeaba un poco mientras hacía distintas presiones y distintos movimientos con la lengua, pasándosela por el glande, por las bolas, por el tronco, todo con total naturalidad de machito tranqui…
—Claro, si somos amigos, qué drama hay… —se dijo a sí mismo como para tranquilizarse Álvaro.
Todo era como un sueño, pero Álvaro no quería despertar. No podía más de la calentura. De pronto se dio cuenta de que se sentía más macho que nunca. Un estupendo macho. Un macho soberano. Estaba completamente erecto, sentía su pene maravillosamente bien, masajeado, acariciado, degustado por la lengüita golosa de su machito. Entrecerró los ojos. Se dejó llevar por el prodigio del sueño. Efectivamente, el calzoncillo no le molestaba. Para nada necesitó sacárselo Sebastián para darle el mayor de los placeres en la pija.
Por momentos Álvaro se preguntaba cómo seguir. Sentía tanto amor en ese momento por Sebastián que era como si quisiera retribuirle algo del muchísimo placer que le estaba dando su amigo. Se sentía como un amarrete. Era torpe, un poco torpe por lo inexperto Álvaro.
Un poco torpemente, un poco bruto, pese a toda la ternura que sentía por su machito, empezó a tocarle un poco el culo Álvaro a Sebastián. Este se dejo hacer, dulcemente. Álvaro le bajó un poco el calzoncillo, y entró a acariciarle el culo, pero como no sabía y sentía que estaba a punto de explotar, no pudo reprimir la rudeza y al rato estaba maltratándole el culo, tenía ganas de reventarle el orto Álvaro a Sebastián. Pero él no se molestaba, seguía sin parar lameteando las bolas, el tronco, el glande, todo el pene de su hermano mayor. Álvaro decía:
—Lo único que te pido, macho… lo único… ahhh… quiero acabar pero…ahhh…
Sebastián interrumpió por un segundo el masaje bucal que estaba haciéndole a Álvaro y lo miro dulcemente a los ojos, totalmente machito, totalmente varonil:
—Qué papi? Qué necesitás?
No podía hablar Álvaro. Estaba totalmente al palo, totalmente al borde del desmayo, presa de la guasca que le corría rabiosa, hirviente, burbujeante, espumosa, por las bolas y por el choto.
Lo miró. Solamente lo miró a la cara Álvaro a Sebastián. Estaba tan lindo, era un machito joven tan lindo, tan rapadito, tan… solamente lo miraba. Arrobado, enamorado, hermoso su machito varonil, le tocó un poco el culito y…
Ya. No pudo más.
Álvaro le tiró toda la guasca, blanca, espumosa, radiante, refulgente, hirviente, le ensució con su semen presuroso e incontenible toda la carita a su machito varonil, a su osito lindo:
—Perdoname nene.
Estaba tan lindo Sebastián. Apenas se sonrió, totalmente manchado en la cara, el semen le corría por las mejillas, por la boca, por la nariz. Tenía toda la carita hermosa, manchada de guasca de su macho. Sebastián se sonreía, se pasó un poco la lengüita por la boca para tragarse un poco de todo el meo de semen que su macho le había escupido por la jeta:
—Qué manera de eyacular, hijo de puta, me tiraste tres litros de leche man, juaaaa…
Se reía a carcajadas, loco de placer, totalmente natural, empapado de semen, Sebastián.
Por eso lo quería tanto Álvaro a Sebastián. Con su osito lindo y varonil, con su hermanito adorado, todo era natural, fresco, espontáneo. Todo era lindo con él. Casi tan lindo como él.
Álvaro volvió a sentirse tacaño. Sentía culpa. El le había derramado toda la leche, le había escupido toda la guasca a su hermano por toda su linda carita. Totalmente lleno de energía pujante, lo agarró a su hermano sin explicaciones, bien bruto, bien bestia, lo dio vuelta, lo tiró de las patas y se metió todo el culo de su hermanito en la cara. Empezó a chupárselo, famélico. Le entró a lametear primero las nalgas, después le abrió con sus manazas de macho bruto las cachas, y le metió la lengua famélica y dura como un miembro en lo más profundo del ano.
Al ratito nomás Sebastián estaba con el culo totalmente abierto, sorbiendo los últimos restos de semen por el pubis de su amigo, y dándole todo el culo, todo el ano a su macho que estaba devorándoselo. Le metía la lengua bien hasta el fondo, apenas le había bajado un poco el calzoncillo. Sebastián se sentía totalmente cogido, penetrado como una yegua por la lengua dura y al palo de su hermano mayor. Acabó así, eyaculando sin parar, cogido bucalmente por el culo… apenas reparó al eyacular que él ahora también estaba manchándole con su semen todo el cuerpo a Álvaro.
Se ducharon juntos, como si nada. En el baño, bajo los chorros calientes y humeantes de agua, desnudos los dos, se hicieron mimos como dos osos un poco torpes y brutos, pero siguieron con la misma hermandad de varones, sin mayores cuestionamientos. Salieron de la ducha, se pusieron los calzoncillos, Álvaro fue a preparar un poco de café, al rato se pusieron los dos a remolonear de nuevo en la cama.
Álvaro empezó a sentirse inquieto. Sebastián como siempre, como si nada extraño hubiese ocurrido. Álvaro sentía mucho amor por su amigo, pero estaba empezando a tener miedo de volverse puto, y por momentos no podía reprimir echarle miradas de desconfianza a su amigo. No sabía como seguir la relación. Pero lo raro es que veía que su amigo seguía tratándolo como siempre. Sebastián había hecho tan bien lo suyo —pensaba Álvaro… ¿no habría sido puto siempre su amigo y recién ahora se venía a enterar? En un momento no pudo más y al final se lo preguntó de frente. Sebastián, como si nada, respondió: —Nada que ver, loco. Sos mi hermano y te requiero.
Y añadió con total tranquilidad: —No somos putos vos y yo.
Más tranquilo por la absoluta certeza con que le había respondido, Álvaro prefirió olvidarse de sus desconfiados y perniciosos pensamientos y siguió adelante como si nada. Estuvieron en calzoncillos toda la tarde y toda la noche, mirando películas normales, comiendo, la única diferencia es que no hablaron de llamar a putas, pero fuera de eso, todo bien. Siguieron en la cama todo cuanto pudieron y cuando Álvaro sentía la necesidad de abrazarlo a su hermanito, lo hacía con total ternura y con total tranquilidad. A él le gustaba así. Sentirse el hermano fuerte, el mayor, y darle protección a su osito. Así lo pensaba: Somos machos, amigos, hermanos. Culo y calzoncillo. Y bien machos los dos.
El lunes, en su oficina, a Álvaro se le venían de nuevo cada tanto los turbios, malignos pensamientos y no sabía cómo sacárselos de encima. Para colmo de males, era la hora que lo llamaba al laburo siempre a su hermano, y esta vez francamente no sabía cómo hacerlo. Al rato se descubrió impaciente, nervioso, mirando su celular todo el tiempo para ver si Sebastián lo llamaba a él. Y, sobre todo, se preguntaba qué le iba a decir esta vez. Cómo le iba a hablar. Pero Sebastián no llamó. Eso lo tuvo un poco mal todo el día y le costó concentrarse en el trabajo. A eso de las 6 de la tarde, no pudo más y lo llamó:
—Oíme, puto, qué estás haciendo…
—Ah qué hacés, man… ¿nos tomamos una birra en lo de Anselmo hoy?
—Todo bien. Pasame a buscar.
—Okey, te espero en la puerta abajo.
Álvaro no sabía cómo seguir la conversación. Quería indagar pero no sabía. Al final le reprochó con el tono más jodido que pudo:
—Che puta, podrías haber llamado hoy, ¿qué estabas haciendo, chupando pijas en Constitución o andás con la menstrua?
—No, loco. Me cagaron. Me dejaron al lado del despacho del jefe porque el boludo de mi compañero fue padre y no vino hoy.
—Ah, bueno, todo bien…
—Perdoná, papi…
—Todo bien. Te dejo que llega el trompa.
—Chau.
—Chau.
El comportamiento de Sebastián siguió perfectamente normal, seguía actuando como siempre había sido. Por momentos Álvaro se decía a sí mismo que era un forro, un enfermo. Tenia clarito ante sus ojos que Sebastián era su amigo del alma, su mejor compañero, su hermano, y él estaba manchándolo todo con sus pensamientos degenerados.
Tomaron birra, se comieron un par de sanguches, y cuando eran como las 8 de la noche, súbitamente Sebastián le dijo: —Che man, ¿vamos a comprar calzoncillos hoy?
Álvaro lo miró consternado: —Qué???
—Dale, papi. Vamos a comprar calzoncillos como la otra vez.
Y guiñándole un ojo agregó: —Así los estrenamos el sábado.
Álvaro sintió tantas cosas juntas cuando Sebastián dijo eso que no pudo expresarlas. Entre otras cosas, sintió un cimbronazo en la pija que casi le estalla el calzoncillo. Sentía de nuevo el fragor de su guasca creciendo y espesándose y espumándose dentro del calzoncillo con lo que había dicho recién su hermanito, que seguía mirándole con su linda carita varonil de siempre: —Dale, vamos.
Hicieron como la otra vez, se compraron calzoncillos y se lo fueron a probar juntos al mismo probador. Los mismos manotones, los mismos apretujones en los huevos, en los culos, hasta que de repente, con toda la guasca a punto de explotarle de la terrible erección que tenia, Álvaro le dice a Sebastián, tocándole el culo:
—Y preparame bien ese orto, hijo de puta, que el sábado te rompo el culo…
—Todo bien, papi. —dijo Sebastián con su tono reo de macho de siempre, sin perder un milímetro de masculinidad.
Álvaro empezó a sentirse fiero de nuevo. No sabía qué decir. No sabía cómo actuar. Sin poder explicárselo, le arrancó el calzoncillo a Sebastián. Este lo miró intrigado.
—Mostrame el culo, puto…
Parecía que a Sebastián no le gustaba nada que lo trataran así. Pero cuando Álvaro le decía algo, Sebastián siempre le daba la autoridad. Así que le mostró el culo, pero en su cara se notaba que no le gustaba para nada lo que estaban haciendo.
—Sabés una cosa, Seba?
—Qué pasa, papi?
—No me digas más papi, carajooooo!!!
Lo agarró del cuello y lo estrujó contra el espejo del probador:
—Sabés lo que pasa, puto. Pasa que sos un puto. Sos un puto marica degenerado. Eso es lo que sos. Y me cagaste. Me hiciste creer que éramos como hermanos y sos un putoooo!!!
—Pará, loco, qué te pasa… puto yo???
—Me vas a decir que nunca te comiste una pija antes, que nunca antes te culearon…
—Nada que ver, boludo!
Sebastián respondió con la misma violencia, o más. Lo apartó con un solo brazo a Álvaro. Este se sorprendió de haberse olvidado de la fuerza de su amigo, que casi lo voltea. Sebastián tenía una cara que nunca antes le había visto Álvaro antes. Una cara de bronca, de tipo jodido, francamente disgustado.
—Sos un enfermo, Álvaro. Sos un pelotudo de mierda. Por empezar yo no soy puto. Ya te dije que no somos putos, pero ahora me parece que el puto sos vos. Sos un enfermo, entendiste todo mal. Y yo de lo único que me arrepiento ahora es de pensar que eras mi hermano. Porque sos un pelotudo y un degenerado y no entendiste nada. Y si te me acercás de nuevo sos boleta. No te va a reconocer ni la conchuda de tu novia mal cogida.
Dicho esto, Sebastián se puso el pantalón y la camisa, y se fue echando un portazo.
Álvaro se quedó totalmente mal. Desconfiado, enfermo… no sabía qué pensar. No sabía lo que le pasaba. Por momentos le daba culpa haber pensado mal de Sebastián. Por momentos se decía que igual era mejor así, porque si seguían con esa onda, seguro iban a volverse putos los dos.
Igual nada era como antes. Lo extrañaba muchísimo a su amigo. Pero no era algo sexual lo que extrañaba de Sebastián. Era esa onda compinche. Lo extrañaba horrores. No podía ni tomar una cerveza porque casi se ponía a llorar. Extrañaba no estar con el todo el tiempo hablando boludeces y cagándose de risa, una vez en un bar estando solo ve que pasan un partido de fútbol por la tele… y casi se larga a llorar. Ni el fútbol valía la pena sin su amigo. Lo extrañaba muchísimo. Por momentos pensaba en disculparse y se sentía tan culpable, tan enfermo, tan degenerado y tan hijo de puta que no se atrevía.
Así pasaron cuatro días. El viernes a las cuatro de la tarde, súbitamente, interrumpió su trabajo, juntó coraje y lo llamó. Mientras marcaba los números, lo único que pensaba era en pedirle perdón.
Pero cuando Sebastián atiende lo único que atina a decirle es:
—El sábado a la misma hora. En mi casa también.
Álvaro apenas se da cuenta de lo que acaba de decir. Está totalmente extrañado, enloquecido. Para colmo de males escucha a Sebastián decir:
—Tá bien.
Y corta ahí nomás Sebastián.
El resto del tiempo fue un infierno para Álvaro. Trata como puede de seguir la normalidad, juntar paciencia pero no puede. Se siente completamente confundido. Rabioso, exaltado, violento, más degenerado que nunca. A la vez se siente para la mierda por haber corrompido a su amigo del alma. Lo único que hace es espetarle a su novia: —Este fin de semana no contés conmigo. Andate con la otra, o qué sé yo. Sebastián y yo tenemos que hacer.
Ni atina a mirarla a ella a la cara, que lo único que hace es responder tranquilamente: —Está bien, amor. Te llamo el domingo a la noche si querés.
La noche del viernes Álvaro apenas durmió. Se mantuvo en palo, en calzoncillos toda la noche, en su cama, cada tanto se masajeaba el pene hinchado y erecto, totalmente enrojecido, por la bragueta del calzoncillo. Pero no se pajeó. Solamente estuvo tratando de controlarse, de pensar en Sebastián. En su puto. En su hermano.
Cuando fueron las diez de la mañana se dio cuenta de que había dormido unas tres o cuatro horas. Se levantó tranquilamente, se pegó una ducha, se puso un short, tomó café y almorzó algo muy rápido. A la hora convenida sonó el timbre de la puerta.
Álvaro le abre, con el short que tiene preparado. Abre con la cara totalmente seca, autoritaria, de varón crispado y disciplinario. Apenas lo mira a Sebastián.
Este parece darse cuenta de algo, porque muy de repente pasa de ser el machito resentido a ser sumiso, como si le tuviera miedo a su hermano mayor. Álvaro le ordena:
—Así no entrás. Sacate todo menos el calzoncillo.
Sebastián cumple con la extraña orden. Deja toda su ropa hecha una pila a la altura de sus pies. Se quitó todo menos el calzoncillo. Es un calzoncillo simple. Perfecto. Varonil. Un calzoncillo blanco, como de tela de camisa, totalmente liso. Totalmente de machito. Sebastián, en la puerta, solo en su calzoncillo, mira a Álvaro esperando la siguiente orden.
—La ropa la dejás en la puerta. Si se la lleva alguien jodete. Acá solamente podés entrar únicamente con un short o un calzoncillo. ¿Entendido puto?
—Entendido Macho.
—Pasá.
—Gracias Macho.
Entró Sebastián. Está como nervioso, cabizbajo, sumiso. Y muy lindo y machito en su calzoncillo. Lo hace más osito, más velludito, más varonil que el slip de la otra vez. Sebastián lo mira como con miedo a Álvaro, quien le pregunta:
—¿Café o cerveza?
—Algo bien fresco, por favor.
—Andá a la heladera y sacá cerveza.
Sebastián vuelve con dos latas de cerveza.
—Cerveza únicamente para mí.
—Perdón.
Sebastián vuelve a la heladera y deja la otra lata. Vuelve adonde está Álvaro, espléndido, machazo, soberbio, autoritario, impactante. Vestido solamente con un short de rugby, blanco, bastante gastado, que ciñe bien apretado un bulto genital impresionante.
—Arrodillate puto, bajame un poco el short y empezá a chupar.
Sebastián hace un pequeño gesto que delata que está complacido de obedecer a su macho. Se arrodilla y empieza a masajearle las bolas sobre el short, de a poco se lo baja, cuando baja el short por completo la verga hinchada y palpitante está tan absolutamente erecta que le impacta en la cara. La agarra con la lengua, hasta que escucha que Álvaro le ordena:
—Toda adentro, puto…
—Sí, perdón.
Sebastián lo agarra a Álvaro de las pelotas y logra insertarse ese tamaño fabuloso e impresionante de poronga en la boca. Empieza a chupar enloquecidamente, con frenesí. A Álvaro lo excita ver que cuanto más puto se pone Sebastián, más machito varonil parece. Le fascina esa combinación en su machito. En su puto. En su esclavo.
—Cerrá los ojos, puto.
—Sí.
—Cerrá los ojos y mantenelos cerrados porque si no te hago mierda. Con los ojos cerrados vas a abrir bien la boca y sacar la lengua hasta que yo te dé la segunda orden.
Sebastián está con los ojos cerrados, con la boca abierta, con la lengua afuera, cuando escucha a Álvaro decir:
—Tragá todo.
Pronto Sebastián acude presuroso con su boca a recoger todo el meo incontenible, a chorros, caliente, humeante, amarillo, exquisito de su macho.
—Abrís bien la boca y lo tragás mientras lo largo…
Álvaro a propósito no había meado en toda la noche y la cerveza estaba por fin haciéndole explotar la vejiga. Tenia meo para darle un buen rato a su puto.
Cuando ve que Sebastián empieza a tragar el meo a medida que sale, Álvaro saca abruptamente la chota de la boca de su puto y lo mira, desafiante:
—¿Querés más, puto?
Sebastián asiente, lo mira suplicante.
—Ponete sobre la mesa, como una puta, como una perra puta. En cuatro. Y abrí bien ese orto.
Sebastián más hermoso y más emputecido que nunca lo hace. Tiene un culo hermoso. Bellísimo. Totalmente machito y virginal y varonil ese culito.
Álvaro le tira el resto del meo en el culo a su puto, que empieza a relinchar como una yegua, abriéndose el mismo las cachas para dejar el ano bien al descubierto y abierto, para recibir bien adentro y profundo la catarata ácida, chorreante y caliente del meo de su macho.
—Ahora bajate de la mesa, puto. Subite el calzoncillo, arrodillate y vas a chupar todo lo que yo te diga.
Nadie, nadie en el mundo agarró con más frenesí y lujuria una pija que Sebastián en ese momento frente a Álvaro, quien seguía al palo, totalmente tranquilo y totalmente autoritario, dando órdenes mientras su puto le enjuaga el palo.
—Preparame bien la poronga, puto. Porque con esta te voy a romper el orto. Te voy a romper el culo hasta hacerte completamente puto, entendido?
Sebastián para un rato de chupar para mirarlo a los ojos, totalmente putito y totalmente machito:
—Entendido, Álvaro.
—Seguí chupando.
Cuando Álvaro siente en algún momento que la guasca que está rejuntándose en sus pelotas y en su pene está a punto de desbordar, da la próxima orden:
—Si te portás bien, te voy a dar una recompensa. Pero atendé bien, porque si no te reviento. Quiero un puto bien puto. Completamente puto. ¿Entendido?
—Entendido.
—Como un verdadero machito, sin hacer mariconeadas, vas a ir gateando de acá hasta la catrera, sacándote poco a poco el calzoncillo. Y sin putañear porque te amasijo. Cuando llegues a la cama vas a encontrar un consolador. Vos mismo, vos solito te lo vas a poner en el orto. Cuando empieces a sentirte totalmente puta, recién ahí, vas a empezar a ronronear. Vas a gemir como un putito bien putito que pide guasca. Y ahí te voy a entrar a culear hasta matarte. Ese va a ser tu bautismo.
—¿Bautismo, señor?
—Te voy a hacer puto. Mi guasca impregnándote bien el ojete te va a hacer definitivamente puto. Pero únicamente puto para mí, para el resto de las cosas, para el resto de la gente, te quiero bien machito.
Sebastián cumplió las órdenes. Como pudo, con los ojos cerrados, sin querer tropezarse con nada, fantaseando todo el tiempo con la poronga llena de guasca de su macho, a la que había acariciado y saboreado recién con su boquita golosa, fue bajándose el calzoncillo, fue arrimándose a la cama, fue poniéndose el consolador. Le dolía. Solamente imploraba que su macho estuviera cerca para ayudarlo si hacía falta. Porque el ano le dolía terriblemente y el consolador no le gustaba. Pero lo hacía por él. Por Su Macho.
En algún momento, Álvaro se escupe en la mano, se empieza a refregar las bolas. Se escupe nuevamente, y con la saliva recién escupida, entra a masajearle el culo a su puto, a prepararle el ano. Pese a los mohines de disgusto de Sebastián, Álvaro le introduce brutalmente el consolador en el orto. Parece que lo hizo con mucha rudeza, porque su hermanito no contiene el grito. Álvaro se saca el short. Escupe en su short. Cuando está bien escupido, después de dos o tres gargajos, se lo mete en la boca a su puto y le hunde todavía más fuerte el consolador.
Cuando parece estar acostumbrándose a sentir eso en el ano, Álvaro le saca abruptamente el consolador a su puto. Y le dice:
—Este short meado y escupido que tenés en la boca, puto, puede ser tuyo si te portás bien. Si me resultás un buen puto te lo regalo y te lo llevás.
Apenas dice esas palabras, Sebastián se enloquece. Empieza a mover el culo, a pedir por favor poronga
—Culeameee, siiiiiiiii, voy a ser tu putaaaa, haceme tu putaaa pero dame tu short macho!!! Por favor, por fa…!
Álvaro le tapa nuevamente la boca con el short. No quiere escucharlo gritar a Sebastián. Menos ahora que va a ser su puto.
Le hunde toda la poronga de una. Lo hace mierda. Le parte el ano. Le rompe el culo con tanta fuerza y tanta violencia que su putito empieza a bambolearse, quiere zafar, el culo está terriblemente dolorido, traumado…no aguanta el ardor y la fuerza de ese miembro que está taladrándolo.
Cuando ve que el dolor en el ano es infinito, Álvaro se compadece un poco y se la saca. Se unta la punta de la pija con crema. Se pasa la crema por las bolas y después le pone también un poco al puto en el culo. Le sube las patas, con las dos piernas en sus hombros, Álvaro empieza a bombearlo, lo hace hembra, lo hace puto, lo hace gozar, lo hace gritar, mientras su putito gime con ardor, con placer, con locura:
—Síiii, ahhhhhhh… reventame, partime el ano hijo de putaaaaaaaaa, ahhhhhhh, qué bien culeás hijo de remil putas, ahhhhhhhhhh…
La escupida de guasca en el orto del puto no tarda en llegar. Álvaro no le saca la pija hasta el ultimo segundo. Quiere ver cómo su propia guasca se desliza blanca y espesa por las cachas de su machito recién culeado.
A los pocos minutos están durmiendo los dos amigos, los dos en calzoncillos, como aquella vez, la primera vez entre ellos. El osito abrazado a su hermano mayor. Álvaro está contento. Acaba de hacerlo puto a su osito lindo. Ya recibió Sebastián la bendición de su meo, de su guasca y de su short.
Todo vuelve a la adorable normalidad, a la vieja fidelidad dichosa de amigos compinches, cuando despiertan. Se ponen los calzoncillos, empiezan los arrumacos, los juegos, la ducha, el trato de igual a igual en total confianza y libertad.
Solo cuando Sebastián le confiese algo a su hermano mayor Álvaro, este le va a dar el primer beso en la boca: —Che papi, Ceci está embarazada… descuido, jeje, o un forro pinchado… qué sé yo… la cosa es que está preñada… y… bueno… nada, papi… nos gustaría que vos y Laura sean los testigos… puede ser???
Es entonces cuando Álvaro le da un hermoso, pausado, espeso beso en la boca. Y después de besarlo en la boca y antes de besarlo nuevamente una y otra vez, le dice a su amigo Sebastián, a su nenito adorado, a su putito machito hermoso:
—Por supuesto, bebé, obvio que voy a ser tu padrino. Yo y la bruja estaremos muy honrados. Pero acordate ahora que vas a ser papi que…
Álvaro por momentos parece emocionarse y no sabe cómo hablar:
—¿Qué pasa, papá? ¿Que me querés decir?
—Nada, bebé… ahora que vas a ser papá, te quiero mucho más todavía. Solamente acordate que aunque seas papi, yo quiero que mi bebé seas vos.
Es hermosa la sonrisa de Sebastián cuando le dice que sí y le arrima la cara para romperle boca de un beso a Álvaro y decirle:
—Por supuesto, papi. Mi culito es todo tuyo. Solamente tuyo, papá.
Y guiñándole bellísimamente un ojo, con su cara de putito adorable y varonil, agregó:
—Pero no te olvides de darme tu regalo, macho… ese short me lo gané en buena ley. ¿O no?

Marianito
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