Mariano culeado por su padre



Me llamo Mariano y soy un gay tapado de 27 años, de aspecto muy masculino, con el cuerpo velludo y los genitales bien abultados, heredados de mi viejo, un tipo que a sus 60 años conserva un atractivo viril realmente envidiable. Igual creo que lo mejor que tengo es el culo, aunque pocas veces me anime a ofrecérselo a un macho para que me lo haga pedazos.
Tanto mi viejo como yo siempre tuvimos buen levante con las minas. No puedo negar que mi verga y mis bolas siempre han gustado mucho a las minas e incluso he notado varias veces la mirada hacia mi bulto de muchos tipos con los que compartí vestuario por cuestiones de deporte a lo largo de mi vida, el fútbol y sobre todo el rugby. Estoy convencido de que lo mismo le debe haber pasado a mi viejo, que también fue siempre muy deportista. La verdad, no sé cuál de los dos está más fuerte en shorts de rugby. Pero la competencia entre nosotros viene dura, la verdad, jaja…
Yo mismo desde muy pibe fui un gran admirador en secreto de su físico de macho impactante, fuerte, bien peludo, hoy con muchas canas, y de la verga hinchada y los hermosos pedazos de pelotas que guarda entre sus gambas. De todos modos, tanto él como yo siempre fuimos tipos de una sola mujer y no le dimos bola a las muchas miradas de deseo de que podamos haber sido objeto por estar cada uno con su pareja.
Hace bastante tiempo que ya no vivo con el viejo. Mi vieja murió cuando yo era pibe todavía y a los 21 ya me fui a vivir solo. Pero mi viejo, por una desgracia personal, se quedó solo de nuevo hace unos meses: enviudó de su última esposa. La semana pasada, aprovechando que mi novia había salido de la ciudad para visitar a la familia, decidí ir a verlo y pasar con el viejo todo el fin de semana.
Cuando llegué a su casa, lo encontré muy desanimado, sin afeitar, vestido únicamente con un arrugado calzoncillo blanco, un poco sucio, se notaba a la legua que no se lo había cambiado desde hacía días. Se veía que se pasaba las horas sentado en el sofá, delante de la tele, aunque sin darle bola y con unos cuantos libros al lado, que era evidente que no leía. Ni siquiera había puesto un disco, mi viejo que es un fanático de la música y está todo el día entre el jazz y el tango. Incluso me fijé que las canas habían aumentado considerablemente en la espesa mata del pecho de mi viejo (siempre fue muy velludo, y eso en secreto siempre me calentaba). Parecía medio linyera. Un hermoso linyera, re fuerte, tuve que reconocer al verlo. Al darle un beso en la mejilla noté cómo me raspaba su barba de días.
—Hola papá, le dije-. Sonreí para animarlo y le mostré una bolsa que traía. –Traje unas cervezas de las que te gustan. Tenía ganas de tomarme unas birritas con vos. Como en los viejos tiempos, ¿te acordás?
—Gracias, Marianito. Vienen bien con este calor de mierda.
—Tomá, viejo, bien helada. Vas a ver que nos caen buenísimas.
—Tenía muchas ganas de verte, hijo.
—Y yo a vos, papá. ¿Te estás sintiendo muy solo, no?
—Sí, Mariano. Es muy duro todo esto. —y no pude evitar un pensamiento degenerado porque cuando dijo “esto” acto seguido se miró el bulto hinchado dentro de su calzoncillo. “Qué puto degenerado que soy. Es mi viejo”, me reté a mí mismo.
Noté que se le humedecían los ojos, estaba triste mi viejo, se me partía el alma de solo verlo. Pero el viejo es re machote y siempre quiere disimular. Me enterneció tanto que me senté a su lado pasándole mi brazo por los hombros y dándole otro beso en la mejilla. Al hacerlo me abrazó fuertemente y me retuvo un buen rato entre sus brazos. Estábamos en pleno mes de febrero y yo llevaba solamente un short y una remera liviana, así que en el fuerte abrazo de mi viejo noté tanto su calor y la caricia de su vello en la piel, que si el viejo me seguía apretando yo iba a quedar al descubierto por mi degeneración. De repente sentí unas ganas inmensas de sacarme el short y la remerita que llevaba y restregarme en el canoso vello de su pecho. En cuanto aflojó el abrazo le dije:
—Qué calor, viejo, no? Mejor me saco el short y me quedo en calzoncillos como vos, papá.
—Ponete cómodo, Marianito, estamos entre machos. Si a este calor de mierda no hay quien lo aguante. Al fin y al cabo estamos entre hombres.
Me levanté y al toque me saqué el short y la remera, quedándome solamente con el slip.
—Veo que seguís en forma, hijo –me dijo palpándome el muslo que le quedaba a la altura de la mano.
—Gracias, viejo, pero vos tenés los pectorales algo caídos —le dije tocándole sus hermosos pectorales de hombre mayor, cubiertos de vello espeso y canoso.- Eso no es normal en vos. Mañana salís a correr conmigo, viejo. Los dos en shorts, al aire libre, ¿te acordás, no?
—No tengo ganas de carreras, Mariano. Vení, sentate conmigo acá y haceme compañía.
Papá volvió a palparme los muslos. Además yo no sé si es porque yo me sentía tan puto alzándome por la belleza de mi viejo, pero creí percibir que el viejo no dejaba de mirarme el culo.
—Estoy tan orgulloso de vos, Mariano. Que fuerte estás. Hacés honor a tu viejo, igual a como era yo antes. Pero yo ya estoy acabado. Vos mismo me acabás de decir que me estoy ablandando.
—Ufa, papá, no exagerés tampoco- le dije pasándole la mano por sus pectorales. -Y esas canas que te salieron en el pecho te hacen un viejo fachero, re interesante.
—Canas de viejo, hijo. Hasta en las bolas me salen canas ya.
—No me jodás, viejo ¿Tenés canas en las bolas?- le dije riéndome, aunque me intrigaba.
—¿No me creés? Mirá –dijo levantando un poco la pernera del bóxer, dejando salir por ahí un par de pelotas grandotas, peludas e infartantes.
Era verdad, entre el pelo de sus pelotas admirables se podían ver algunas canas que a mí me pusieron al palo. Yo ya me sentía como una puta en celo queriendo que mi viejo me preñara. Me puse al palo apenas tuve la visión de las hermosas pelotas de mi viejo, que hacía años que no veía.
-Pufff, sí, re viejo de mierda te estás poniendo –le dije, burlándome, agarrándole con la mano los huevos que le salían por el borde del calzoncillo y apretándoselos con cariño.
-Ya ves, Marianito, tu padre ya tiene las pelotas de un viejo choto. Hasta en el pelo de alrededor de la verga me salen canas. Pero me importa un carajo. Esta ya no se va a levantar más.
-Ja, ja, ¿también tenés hasta en la verga papá? No me jodas. ¿A ver?
Mi viejo se levantó y se bajó el calzoncillo delante mío. Era verdad. Las canas del pelo del pecho y de la panza seguían bajando hasta el espeso vello del pubis, que se unía con el de los huevos. Mi viejo parecía ya un oso polar, pero entre el pelo canoso ahí seguía su verga gorda con pellejo suficiente para taparle el glande por completo, con un aspecto espectacular, como siempre, pero todavía mejor, mejor que nunca. Qué hermosa verga tiene mi viejo, pensé una vez mas, mientras la mía se me iba poniendo al palo, quizás por el hecho de mirársela con tanta atención. Me sentía para la mierda, un degenerado, pero la verdad debo confesar que el culo me latía de sólo estar ante un macho tan imponente, un varón tan hermoso y tan viril. Lástima que era mi viejo, jaja. Marianito, sos un puto de mierda, peor, un degenerado —volvía a decirme una y otra vez.
Aunque la poronga de mi viejo se parecía a la mía, quizás por la edad, a la de él le encontraba un no sé qué especial, un morbo de macho totalmente experimentado, un veterano sexual, que me hacía sentir más puta que nunca, esperando calentar a su macho para que la preñe… Iba a decirle “tu verga sigue espectacular como siempre, viejo, dan ganas de chupártela toda hasta que me escupas toda tu leche, papito”. Pero como además de puto soy cagón, mejor seguí haciéndole bromas sobre las canas.
—Y en el culo también tenés, viejo?
—No sé, no me lo veo.
—A ver? Date vuelta.
No podía creerlo. En su culo, peludo como el mío, la parte del agujero donde el pelo se nos espesa más y donde en el mío todavía estaba todo negro, también estaba salpicada de canitas, pero chiquitas, no se le notaban tanto. Mi viejo estaba poniéndome al palo, la verdad.
-Ja, ja, ja. Che viejo, tenés canas hasta en el fondo del culo.
-Y sí, Marianito, estoy viejo.
Me enterneció tanto que sentado como estaba ante mi viejo, de espaldas, me abracé a sus piernas y le planté un sonoro beso en su culo de macho maduro.
-Te quiero, papá -le dije.
-No seas puto, Mariano. Y no te rías de tu viejo porque sea un viejo choto al que no se le para más –dijo dándose vuelta y dándome una trompadita cariñosa en la cara.
-Que no se te para más? –dije viendo su pedazo de verga y sus gordas pelotas rebosando leche ante mi vista.-Vas a ver, papá.
Ni corto ni perezoso agarré sus pelotas en mi mano, acerqué mi boca a su enorme pedazo de verga y me la engullí entera.
-Mariano! Qué hacés???
-A ver si es verdad que no se te para más- le dije con la boca llena y chupándole como un puto frenético las bolas y la poronga, alternativamente. El viejo casi pierde el equilibrio y tuvo que apoyar sus manos en el respaldo del sofá. Yo, sin sacármela de la boca, riéndome con la boca llena, alcé la mirada hasta sus ojos pasándole la mano por toda la hermosa delantera peluda y canosa de su cuerpo.
-No seas puto, Mariano, quedate quieto yaaa –me dijo, pero sin sacarla.
Mi respuesta fue empezar a chupársela, totalmente loco, totalmente fuera de mí, decidido a que a mi viejo se le parara y demostrarle que aún tenía mucho de macho y toda la energía pujante de un hombre en lo mejor de su vida. Era mi viejo, yo lo amaba, yo era su hijo, qué tanto che. Tenía que hacer algo para darle ánimo, era mi viejo, yo lo amaba, daba la vida por mi viejo al que siempre quise hasta la locura. Créanme, aunque lo diga casi llorando, yo amo a mi viejo. Es el mejor padre del mundo.
-Sos un pelotudo, un puto, un forro, Mariano. Cagarte así de risa de tu propio padre.
-¿Yo, puto?- balbuceé casi atragantándome con el enorme pedazo de chupete duro que tenía en la boca.
Porque lo cierto era que su verga estaba creciendo. Y cómo crecía la hija de puta! Cuando estuvo en todos sus esplendorosos veintidós centímetros, con aquel grosor cercano a los siete de diámetro, típico en los varones de nuestra familia, la solté para que se la viera en pleno apogeo… Aunque no pude evitar bajar mi boca hasta sus huevos y deleitarme unos momentos comiéndoselos como se merecían las canosas pelotas rebosantes de guasca de mi viejo.
-Así que no te paraba más, eh viejo? Vos sí que estás hecho un forro y un puto. Si hasta parecés una mina con tanto patetismo y tanta queja–le dije. -Mirá, se te sigue poniendo más grande y más dura que a mí y te quejás. Andá, sentate y disfrutá haciéndote una buena paja. Te vas a sentir mucho mejor.
Mi padre se sentó, todavía en calzoncillos, mirándose la erección de la pija por la bragueta del calzoncillo, acariciándose aquellas terribles pelotas que casi no le cabían en la mano. Me quedé caliente y me sentí más puto que nunca admirando ese ejemplar de macho maduro, medio rapado, sin afeitar, pero más macho y re fuerte que nunca, con aquel cuerpazo velludo repleto de canas y con aquella verga gorda y majestuosa, tan empalmada que el pellejo ya se estaba retirando para dejar ver por momentos, lentamente, un hermosísimo glande, terso, sólido, que cuando quedó por completo al descubierto, estaba todavía más ancho que el grueso tronco que coronaba. Me quedé extasiado viendo cómo la inmensa poronga de mi viejo se iba descapullando sola, cómo iba apareciendo su glande inflado, impulsado únicamente por la potencia que aun conservaba la erección del macho maduro que ya era mi viejo. En aquel momento no me importaba que viera la mía, que se notaba escandalosamente al palo bajo mi slip. Al contrario. Yo me sentía orgulloso de mi viejo y de su pene infartante, digno de un concurso de varones al palo, y deseaba que él también se sintiera orgulloso de que padre e hijo nos pareciésemos tanto. Sus mirada pasó de su verga alzada y dura como un fusil al bultazo que se me marcaba bajo el slip. Me mandó una sonrisa pícara, inédita hasta entonces en él, y me dedicó una expresión cómplice, bien satisfecha. Yo me la acomodé un poco dentro del slip, avergonzado, y decidí continuar animando a mi padre.
-¿Qué esperás, viejo? ¿Voy a tener que pajearte yo o qué? Mierda, viejo, con el pedazo de poronga que se trae el viejo choto este– le dije animándole.
Al ver que se sentía un poco cortado, me senté de nuevo al lado, le pasé mi brazo por los hombros, le di un beso en la rasposa mejilla y le dije –¿Ya no te acordás cómo se hace?-. Al segundo mi mano libre agarraba su tremendo pene por la base y empecé a pajearlo con todo el cariño y fanatismo que sentía por mi viejo y por esa verga al palo. El viejo cerró los ojos y yo seguí pajeándolo con mi boca pegada a su mejilla, besándolo y diciéndole cosas cariñosas para que se sintiera bien.
—Estás hecho un pibe, viejo. Qué dura la tenés, qué hijo de puta. Cómo carajo podés pensar que sos un viejo choto con el pedazo de poronga que tenés –le decía sin dejar de masturbarlo—. Esta poronga todavía va a romper varias conchas y va a amamantar varias boquitas golosas, viejo. Y esos pedazos de pelotas, con canas y todo, todavía hay muchas putas que la van a desear y lamer. Ya vas a ver, viejo.
Mi viejo empezaba a responder a la tremenda paja que este nenito puto que soy le estaba obsequiando. Se estremecía, empezó a gemir entrecortadamente. Estaba disfrutando, el hijo de puta. Y eso hacía que yo la recorriera cada vez con más atención. Era una poronga tan gorda, tan dura, tan sólida y despedía un olor a macho en celo que me hacía agua la boca, qué puto que soy pero, bueno, es la verdad. Mi boca empezaba a salivar y él seguía con los ojos cerrados, así que, desconociendo sus gustos, decidí apoyar mi trabajo manual bajando mi boca a sus tremendas pelotas llenas de guasca caliente y burbujeante, las cuales empecé a lamer con los ojos bien abiertos para no perderme ni un cachito de ese pedazo de hermosura, de ese pedazo de varón del que yo había salido. No les puedo explicar qué bueno me estaba resultando lamerle las pelotas a mi papá.
Noté el calor y la dureza de su poronga erecta en mi mejilla, que detuve unos segunditos para sentirla bien, hasta que de pronto mi boca se encontró mamándole la verga a mi padre como la cosa mas natural del mundo. Ahí fui yo el que cerró los ojos para mamar a fondo, enterándome bien del gordo y duro pedazo de verga paterna que tenía en la boca. La devoraba sin soltar, por supuesto, los calientes y peludos huevazos que llenaban mi mano, que no es precisamente chiquita.
Por fin mi viejo, caliente como una moto, habló: -Mariano, tremendo hijo de puta, vení para acá.
Me agarró con las manos por las orejas y, con toda la autoridad de un macho alzado, y pese a mi resistencia inicial a sacármela de la boca, tiró de ellas retirando mi cabeza de su verga y dirigiéndola hacia arriba, arriba, arriba, hasta llevar mi boca a la altura de la suya y meterme la lengua bien adentro. De repente me encontré con mi viejo dándome una serie insaciable de chupones, besándome en la boca con mi papá, abrazado a él, con el pelo de su pecho frotándose en el del mío, mis rodillas apoyadas en el sofá y mis muslos abiertos haciendo puente, y en consecuencia con su mástil instalado sin proponérmelo entre mis piernas y apuntando directamente a mis huevos, aun cubiertos por el slip. Al moverme un poco su poronga al palo se topó con ese espacio entre las nalgas que parece diseñado justo justito para adaptarse a un buen pedazo de poronga. Quise cerrar las piernas para aprisionar su palpitante y duro pedazo de pene, y notar bien su calibre. Nos dimos lengua a fondo y, con el instinto de la calentura, la mano de mi viejo bajó a hurguetear en mis calzoncillos. Sin sacarme la lengua de la boca, metió la mano palpándome las bolas y se cercioró de lo dura que también estaba mi verga. Cuando la tuvo en la mano, sacó un momento su lengua de mi boca para decirme con voz bien de macho calentón:
-Che Mariano, qué hijo de puta, la verdad te volviste un machito que no se puede creer. Nadie puede negar que sos hijo mío. Estoy orgulloso de vos, Marianito, machito lindo.
-Gracias, papá.
-Vamos, nene, bajate el slip vos también –me dijo mi papá.- A ver si esos cojones también son de la familia.
Estábamos tan bien acoplados que levantarme para sacarme el slip era un bolonqui, con lo cual entre los dos simplemente lo rompimos por la cara. Así, sin demora mi verga se disparó sobre su estómago, mientras la del hijo de puta de mi viejo, por supuesto con la ayuda de un movimiento mío, metió su cabezota aun húmeda de la saliva de mi boca y con el jugo de la calentura, entre los pelos de la entrada de mi ojete. Mi padre me agarró las bolas, después el culo, empezó a apretármelo mientras me decía:
-Muy bien, Marianito, hijo, muy muuuuuuuuy bien.
Mi padre y yo volvimos a morfarnos las bocas a besos y chupones, aventura mayúscula entre padre e hijo que recién acabábamos de descubrir, pero ahora intentando los dos no dejar de sentir bien la morbosa presión de nuestras respectivas vergas. La mía en su barriga, mis huevos en su mano, la suya entre mis piernas y las pelotas de él en mi mano. A punto de caernos del sofá nos dejamos de franelear las bolas para volvernos a abrazar con las bocas fundidas. La verdad es que me gustaba sentir su lengua en mi boca y su pija entre las piernas y empecé a delirar notando su calibre bajo mis huevos. Probando probando, me fui moviendo y de entre las piernas la fui colocando bien acoplada al agujero de mi culo deseoso, hasta sentir la sorpresa, con su ayuda también, de sentir la punta presionándome el ano. Y yo uní mi culito a su presión de macho.
-Papá, qué bueno que estás hijo de puta.
-La estamos pasando bien, eh Marianito?
-Síííí. Todo culpa mía. Perdoname viejo
-Me está gustando esto, hijo.
-Y a mí también, papá.
-Sos un hijo de puta, Mariano.
-El hijo de puta sos vos. Me la estás metiendo. Me estás por garchar, papá.
-Y vos me vas a embarrar la pija de mierda con ese culo estupendo que tenés, Marianito hijo de puta. Te lo voy a llenar de guasca. Te voy a hacer un hermanito, Mariano.
-Hijo tuyo, además de la puta de la vieja. ¿Te gusta mi culo, papá?
-Sí, hijo, tenés un culo que dan ganas de matarte. Y que me hace sentir orgulloso de vos, Marianito. Decime, Mariano ¿tu novia te chupa el culo?
-Aaahhh, viejo. Qué orgullo ser tu hijo, tu puto, tu hijo y tu puta. Qué pedazo de verga que tenés, papá hijo de puta. Y no me hablés de esa bruja que es peor que la vieja.
-Cómo te está entrando mi poronga en el culo, Mariano. ¿Te duele, hijo? ¿Paro?
-Nooooooooo, viejo, nooooooo, seguíiiiiiiiiii. Hoy es tu día, papá. El nuestro.
-Te voy a romper el culo, Marianito, te lo voy a hacer mierda. Te voy a reventar el culo. Te voy a garchar tan fuerte que ni sentarte vas a poder.
-De acuerdo, sí, siiiiiiiiiiiii….
-Ahí va un poco más… más… maaaaaasssssssssss…… tomá….. ahhhhhhhhhh…
-Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, papá me estás matando hijo de puta!!!
-Tomá, hijo. Tomá, tomá, tomaaaaaaaaa!!!
-Ahhhhhhhhhhh, me estás matando…pará viejo, paráaaaaaa… ahghhh……
-Sentate arriba mío, Marianito. Dale puto!!! Yaaaaaaaa carajo, o tu padre te va a matar, puto malcriado, yaaa!!!
-Así?
-Sí, así, Marianito. Así, así, nene lindo… Ahhhh…
-Sos un viejo hijo de puta, papá. Me estás matando… Ahhh… como me estás haciendo gozar, papito. Haceme tu puta, papá, te amo te amo… ahhh…
-Ya vi que te gusta la poronga, puto… ¿Te metieron muchas vergas, Mariano?
-No, papá.
-Mejor, hijo.
—Dale papá, llename el culo de leche. Haceme un hijo, papá. Haceme un hermanito. Haceme tu puta, papááááa… ahhhhhhhh…
Mi viejo se enfureció, subió mis patas sobre sus hombros y empezó a taladrarme este ano de puto hasta casi matarme.
-Que verga, papá!
-Que culo, hijo! Te voy a reventar. Te voy a matar. Te voy a garchar hasta matarte, Marianito, hijo hermoso, puto, putitoooo… Ahhh…
-Que verga tenés, hijo de puta, me estás matando.
-Que concha tendrías si fueras mina. Te la garcharía diez veces por día. Te haría mil hijos, hermanitos… ahhhh Marianooooooo…
-Macho, sos un semental, papá… sos lo más, reventame, haceme putaaaa…
-Puto de mierda. ¿Querés más putaaa?
-Si papaaaaaaaaa… ahhh… ¿Te está gustando mi culo eh? Te estás aprovechando de que me gusta, viejo, porque me estás matando hijo de puta…
-Mucho, hijo. Y a vos te está gustando la garcha de tu viejo, ¿no?
-Mucho, muuuuuuuuuuucho, ahhhhh… Te amo, viejo, sos lo más. Macho, reventame, garchame, haceme tu puta que soy tu hijo. Ah viejo de mierda, por qué carajo no me culeaste antes papito?
-Porque no sabía que tenías un culo tan de puto y que tenía un hijo tan pero tan puto, Mariano.
-¿Te gusta?
-Me estoy haciendo adicto a tu culo, Marianito.
-Te quiero mucho, papá.
-Te quiero mucho, hijo.
-Dame leche, papá. Nene tiene hambre y sed de tu leche papá.
-¿Así, hijo?
-Si, papá, así, así..
-¿Asíiiiiii?
-SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!
Al rato habíamos acabado, pero seguimos morfándonos embelesadamente las bocas, como adictos, mi viejo y yo, padre macho e hijo puto unidos para siempre, hombres enamorados el uno del otro como nunca, como solo un padre puede amar a su hijo, como solo un putito como yo puede amar al varón machazo de mi papá. La cerveza la mandamos a la mierda, porque yo ya había descubierto que para hacerme un machito lindo y cogible lo único que me hacía falta era la leche de mi papá.

Marianito
yorsitoblanco@yahoo.com.ar
Fotos: Horacio
calzoncillosquearden@gmail.com
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2 Responses to “Mariano culeado por su padre”

  1. que hermoso quiero sentir el rigor de un hombre haaa

  2. QUE PAJA ACABO DE HACERME CON ESTE RELATO, YO COJO CON UN TIO MIO QUE TIENE 65 MACHAZO COMO EL DEL CUENTO!!!!

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